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   Clásico 1 No.1

El caballero de las botas azules By Rosalía De Castro Palabras: 8074

Updated: 2018-11-14 00:03


Un hombre y una musa

PERSONAJES

HOMBRE.

MUSA.

- I -

HOMBRE.- Ya que has acudido a mi llamamiento, ¡oh musa!, escúchame atenta y propicia, y haz que se cumpla mi más ferviente deseo.

MUSA.- (Oculta tras una espesa nube.) Habla, y que tu lenguaje sea el de la sinceridad. Mi vista es de lince.

HOMBRE.- De ese modo podrás conocer mejor la idea que me anima. Pero quisiera que se disipase el humo denso que te envuelve. ¿Por qué tal recato? ¿Acaso no he de conocerte?

MUSA.- No soy recatada, sino prudente; así que te acostumbres a oírme, te acostumbrarás a verme. Di en tanto, ¿qué quieres?

HOMBRE.- ¡Hasta las musas son coquetas!

MUSA.- Considera que soy musa, pero no dama, y que no debemos perder el tiempo en devaneos.

HOMBRE.- ¡Qué estupidez!… pero seré obediente, en prueba de la sumisión que te debo. Yo quiero que mi voz se haga oír, en medio de la multitud, como la voz del trueno que sobrepuja con su estampido a todos los tumultos de la tierra; quiero que la fama lleve mi nombre de pueblo en pueblo, de nación en nación y que no cesen de repetirlo las generaciones venideras, en el transcurso de muchos siglos.

MUSA.- ¡Necio afán el de la gloria póstuma, cuyo ligero soplo pasará como si tal cosa sobre el esparcido polvo de tus huesos! Cuídate de lo presente y deja de pensar en lo futuro, que ha de ser para ti como si no existiese.

HOMBRE.- ¿Y eres tú, musa, a quien he invocado lleno de ardiente fe, la que me aconsejas el olvido de lo que es más caro a un alma ambiciosa de gloria? ¿Para qué entonces la inspiración del poeta?

MUSA.- ¡Locas aprensiones!… El bien que se toca es el único bien; lo que después de la muerte pasa en el mundo de los vivos, no es nada para el que ha traspasado el umbral de la eternidad.

HOMBRE.- ¿Qué estoy oyendo? ¿Aquella de quien lo espero todo se atreve a llamar nada al rastro de luz que el genio deja en pos de sí? La gloria póstuma, ¿es asimismo una mentira?

MUSA.- ¡Cesa!… ¡Cesa!… si quieres ser mi protegido. No entiendo nada de glorias póstumas, ni de rastros de luz. El poder que ejerzo sobre el vano pensamiento de los mortales, acaba al pie del sepulcro.

HOMBRE.- Estoy confundido… ¡Qué respuestas… qué acritud, qué indigna prosa!… Tú no eres musa, sino una gran bellaca, tan cierto como he nacido nieto de Adán.

MUSA.- He ahí una franqueza poco galante y de mal gusto en boca de un genio.

HOMBRE.- ¿También irónica? ¡Oh! ¿De qué baja ralea desciendes, deidad desconocida? ¿Te pareces por ventura a las otras musas tan cándidas, tan perfumadas y tan dulces como la miel? ¿Si tendré que llorar a mis antiguas amigas de quienes ingrato he renegado por ti?

MUSA.- ¿Tú llorar… ? ¿Cómo de esos ojos acostumbrados a sostener las iras de los tiranos, pudiera destilarse ese fuego de dolor que el corazón del hombre sólo exprime en momentos supremos?

HOMBRE.- ¡Taimada! Las lágrimas son patrimonio de todos.

MUSA.- Sea, mi pequeño Jeremías; pero tú sabes que has acudido a mí, fatigado de recorrer las obligadas alamedas del Parnaso. Allí, el vibrante son de las cuerdas del arpa, la armoniosa lira, el eco de la flauta, el murmurio de los arroyos y el canto matinal de los pájaros, habían llegado a poner tan blando tu corazón, tan quebrantado tu ánimo, y tu espíritu tan flojo y vacilante, que, pobre enfermo, sintiendo escapársete la vida, te volviste ansioso hacia mí, para respirar el airecillo regenerador, que yo agitaba vigorosamente con mis alas invisibles.

HOMBRE.- ¡Una musa con alas!…

MUSA.- Llámales abanicos o sopladores si te agrada mejor. Vana cuestión de nombres.

HOMBRE.- ¡Horror!… ¡Abominación!…

MUSA.- ¡Necio de ti!, que buscando mi amparo no sabes abandonar todavía las antiguas preocupaciones. Mas, por última vez te advierto, que si quieres ser mi aliado, dejes de fijarte en las palabras y atiendas sólo a los hechos, que rompas con todo lo que fue, porque mal sentarían a tu nuevo traje los harapos de un viejo vestido.

HOMBRE.- Cualquiera diría al oírte, extr

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avagante deidad, que vas a regenerar el mundo.

MUSA.- Hombre de genio: yo pido a mis discípulos que sean menos charlatanes y más obedientes y sumisos; di, pues, de una vez si es tu deseo entregarte a mí con el ardimiento de una fe sincera y la lealtad más acendrada.

HOMBRE.- ¿También te atreves a pedir ardimiento y lealtad, cuando pareces la antítesis de cuanto presta aliento y poesía al corazón del hombre?

MUSA.- (Alejándose.) Sigue, pues, tu antiguo camino, mortal pertinaz, contumaz y renitente en pasadas culpas y añejos vicios, y no vuelvas a importunarme. Otro más afortunado que tú será mañana el que…

HOMBRE.- (Interrumpiéndola.) Espera… ¿te he dado acaso una respuesta?

MUSA.- (Volviendo a acercarse.) ¡Cuán penetrante aguijón es la envidia!… Pero acabemos de una vez. ¿Quieres ceñir la pensativa y calva frente con la aureola de la gloria?

HOMBRE.- Y de la inmortalidad.

MUSA.- De la popularidad querrás decir, pues ya te he advertido que mi poder acaba en donde empieza el de la muerte. ¿Quieres, en fin, ser mío?

HOMBRE.- ¡Tuyo!… ¡Tuyo!… es eso, ciertamente, mucho pedir… Pero bien… seré tuyo. Inspírame ya, musa desconocida que habitas esas extrañas regiones en donde hasta ahora no ha penetrado el pensamiento humano; inspírame para que pueda cantar en ese nuevo estilo que se me exige, que se espera con avidez, pero que nadie sabe.

MUSA.- No, no se trata de cantar…

HOMBRE.- ¿Empiezas a burlarte de nuevo?

MUSA.- (Mudando de acento.) Tú, mi hijo mimado, a quien destino para lanzar sobre la muchedumbre el grito supremo, óyeme con atención profunda y sumisa. Ya no es Homero, cuyos lejanos acentos van confundiendo su débil murmullo con las azules ondas del mar de la Grecia; ya no es Virgilio, cuyo eco suavísimo, a medida que avanzan los años, se hace más sordo y frío, más lento e ininteligible, como gemido que muere; ya no es Calderón, ni Herrera, ni Garcilaso, cuyas nobles sombras, cuando la clara luna se vela entre nubes blanquecinas y esparce por la tierra una confusa claridad, vagan en torno de las academias y de los teatros modernos, buscando en vano alguna memoria de tus pasados triunfos. Su nombre no resuena en ellos, el rumor de los antiguos aplausos se ha apagado para siempre, y únicamente les es dado ver salir por las estrechas puertas a los nietos de sus nietos que, ensalzando sin conciencia palabras vacías y abortos de raquíticos ingenios, acaban de echar sobre las venerandas tumbas de sus ilustres abuelos una nueva capa de olvido. Avergonzadas entonces, las nobles sombras quieren huir y esconderse en el fondo impenetrable de su eternidad; pero el mundo, encarnizadamente cruel con los caídos, al percibir a través de la noche sus vagos contornos, les grita, -¡Ya fuisteis!, y pasa adelante. He ahí lo que queda de lo pasado.

HOMBRE.- Sin duda, ¡oh musa!, como vives muy alto, se te figura noche tenebrosa acá abajo lo que es purísimo y claro día. No, ni Garcilaso, ni Calderón, ni Herrera, ni ninguno de nuestros buenos poetas morirán nunca para nosotros, ni Homero, ni Virgilio dejarán de existir mientras haya corazones sensibles sobre la tierra.

MUSA.- ¿Cómo me pides entonces nueva inspiración, si en ellos puedes hallar todas las fuentes? Si el mundo está satisfecho con lo que posee, si ninguna de esas sombras ilustres ha perdido su antiguo dominio en la tierra, ni ha desaparecido su memoria, ¿por qué me has dicho: Inspírame, musa desconocida, para que yo pueda cantar en ese nuevo estilo que se me exige, que se espera con avidez, pero que nadie conoce?

HOMBRE.- Gustar de lo nuevo no es despreciar lo viejo.

MUSA.- No se desprecia, pero se olvida, no llena ya las exigencias de las descontentadizas criaturas… no basta a satisfacerlas.

HOMBRE.- ¿Qué es lo que basta entonces? Ése es el secreto que debes revelarme. ¿Acaso Cervantes?…

MUSA.- El hombre contiene en sí mismo cierta materia, dispuesta siempre a empaparse con placer en la burla, a quien un gran genio bañó con la salsa amarga y picante de sus hondas tristezas.

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