MoboReader> Fantasía > El caballero de las botas azules

   Clásico 2 No.2

El caballero de las botas azules By Rosalía De Castro Palabras: 11076

Updated: 2018-11-14 00:03


HOMBRE.- Ésta es la única vez que te he oído hablar razonablemente. He aquí, pues, un buen punto de partida. Búscame a semejanza de don Quijote, aunque revestido de modernas y nuevas gracias, un caballero, ya que no hidalgo, porque ya no hay hidalgos…

MUSA.- ¿Y hay caballeros?

HOMBRE.- ¡Injuriosa pregunta! Si no de la Mancha, de Madrid; si no de Madrid, de Cuenca; y aun cuando sea un fullero andaluz, un taimado gallego o un avaro catalán, si te parece que para el caso es igual, le aceptaré de buen grado.

MUSA.- Vuelve la mirada hacia el mediodía.

HOMBRE.- (Lleno de asombro.) ¿Qué es lo que me señalas con esa mano blanca y cubierta de hoyuelos que dejas escapar a través de la niebla que te envuelve? ¿No es aquella la figura del cínico Diógenes que lleva una linterna encendida en medio del día para buscar un hombre?

MUSA.- Ella es.

HOMBRE.- Y ¿qué pretendes, mostrándome esa horrible visión?

MUSA.- Tal como Diógenes buscaba un hombre, tendría yo que buscar un caballero, con tal que ese caballero, a la manera que yo le comprendo, no fueras tú mismo.

HOMBRE.- Yo… ¿qué te atreves a decir?

MUSA.- Tipo acabado de los que hoy por el mundo corren y viven y triunfan, quizá pudieran encontrarse algunos peores que tú; mejores, ninguno.

HOMBRE.- Empiezas a causarme graves recelos, o diablo, y me arrepiento de haberte invocado. Eres voluble y grosera, y jamás, en fin, ha podido soñarse un ser de tu especie, más insolente ni más malicioso.

MUSA.- Para darte una severa lección de filosofía, de una filosofía lúcida y consistente de la cual llevo siempre conmigo la conveniente dosis, no haré caso de tus palabras. Únicamente me dignaré añadir que, puesta la mano sobre el corazón, te interrogues a ti mismo y me digas después, si puedes, quiénes son tus padres.

HOMBRE.- ¿Quieres bajar un poquito más y te lo cuento al oído?

MUSA.- (Lanzando una sonora carcajada.) Él era; lo era y decíamos que no lo era.

HOMBRE.- Musa extravagante, a quien de buena gana haría saber cómo duelen los mojicones dados por un débil mortal, ¿a dónde vas a parar con semejante jerigonza?

MUSA.- A la herida que mana siempre sangre en tu corazón, o más bien dicho, en tu orgullo.

HOMBRE.- ¿Y no has reflexionado que te volveré la espalda y te dejaré partir en mal hora?

MUSA.- Ya es tarde, discípulo mío, para que puedas abandonarme sin pena. Yo poseo ese agridulce patrimonio y encanto de las mujeres que no son bonitas, y que se llama belleza del diablo; de modo que aun cuando en un momento de mal humor me desdeñases, volverías en busca mía; no lo dudes.

HOMBRE.- Pretenciosa… ¿Y para qué iría en tu busca? ¿Para que me hablaras en esa jerga grosera e infernal que lastima el oído?

MUSA.- Es decir ¿que nada mío te gusta? Corriente; pero al menos no quiero que me niegues el don de haber sabido adivinar tu historia y de haber leído en tu corazón.

HOMBRE.- Si sólo de mi historia y de mi corazón se trata, puedes ahorrar palabras inútiles porque de todo eso me hallo muy bien enterado.

MUSA.- Mucho olvidaste que te hace falta recordar y no imagines que, a semejanza de los ociosos, me ocupo de estas cosas para pasar el tiempo. Toda nueva vida requiere una confesión sincera de las pasadas culpas, y como tú no has examinado todavía tu conciencia, quiero librarte generosamente de tan incómodo trabajo. Además, es preciso que te veas tal cual eres y que te conozcas perfectamente a ti mismo, sin cuya circunstancia creerías valer más de lo que vales, y por temor a descender no darías un paso en la escabrosa senda que te espera.

HOMBRE.- Porque no creas que temo las amenazas de un ser como tú, te escucharé algunos momentos más; pero no aquí; pues si las gentes te oyesen, se escandalizarían de tus palabras.

MUSA.- Vámonos, pues, pudoroso cortesano, al bosque vecino, donde para consuelo tuyo y contento mío sólo nos oirán los lobos y las zorras, que, si acertasen a comprendernos, algo podrían aprender de las traiciones e infamias de los hombres.

- II -

MUSA.- Ahora que nadie puede escandalizarse de mis palabras, te diré que quien tiene dañado el corazón no debe horrorizarse de las culpas de sus semejantes, ni temer que le contaminen, cuando más bien pudiera contaminarlos.

HOMBRE.- Mi corazón está limpio y, gracias al cielo, no necesito de tus consejos. ¿Por qué te habré buscado si soy cuanto he ambicionado ser?

MUSA.- ¡Mientes! Pues antes que todo, hubieras querido nacer príncipe y eres un hijo de cualquiera.

HOMBRE.- ¡Mil veces necia! ¿Crees que tengo en más que la mía la sangre de los príncipes, y que no me envanezco de mi humilde cuna?

MUSA.- Nadie debe envanecerse ni avergonzarse de esas cosas, que son, como quien dice, un azar de la suerte; mas no acontece así. Cuando tu lastimada vanidad lo exige, haces alarde de tu oscuro origen, es cierto, pero en el fondo del corazón llevas clavada esta verdad, como si fuese una dura espina, y jamás puedes acordarte sin rubor de que has tenido que vestir la librea de los que se llaman altos señores para parecerte a ellos. ¡Como si un hombre no valiera tanto como otro hombre!

HOMBRE.- ¿Qué estás diciendo? La cuna ni distingue ni engrandece; pero el hombre sabe distinguirse y engrandecerse sobre los demás.

MUSA.- Mostrad cómo.

HOMBRE.- ¿Querrías acaso compararme con un imbécil de esos que pasan a mi lado revolcándose entre el fango como las bestias? Y el rico y el noble, que no saben hacer más que comer y gastar sin tasa lo que el diablo amontona en sus arcas,

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¿estarán nunca a la altura del poeta y del sabio, cuya existencia se consume en bien de la humanidad?

MUSA.- ¡Rutinario! El corazón del hombre es un arcano que sólo Dios comprende, y únicamente podré decirte que así el sabio y el poeta como el imbécil, el noble y el rico egoísta creen valer tanto o más que el resto de los humanos. Quién tenga o no razón, es tan problemático como inútil discutirlo.

HOMBRE.- Musa sin seso… si lo que dices fuera verdad, hace mucho tiempo que hubiera renegado de mí mismo. Un estúpido no pudo ser hecho a semejanza de Dios, y es imposible que me parezca a él.

MUSA.- ¡Orgullo y vanidad! ¿Y qué eres tú más que miseria y polvo como ellos? ¡Tú, que te llamas genio y grande hombre y que aspiras a la inmortalidad! Algún talento, audacia y ambición colosal, he aquí los ejes poderosos sobre los que han girado las ruedas de tu fortuna…

HOMBRE.- El pedestal de mi fortuna ha sido el trabajo; la asiduidad y la inteligencia, el escabel que me ha elevado sobre los que me son inferiores.

MUSA.- ¡Tu trabajo!… ampollas de jabón para algunos, así como tu inteligencia.

HOMBRE.- ¡¡La envidia fija siempre en lo alto sus miradas!!

MUSA.- La presunción en todo ve alabanzas y ojos codiciosos, soberbia criatura… ¿De qué puedes estar orgulloso? ¿De haber escrito pomposos artículos llenos de la más acendrada filantropía y de haber desplegado tu mayor ciencia en lanzar anatemas devastadoras contra los enemigos de la patria, es decir, contra los más pequeños y que no podían volver por su honra sino en bien de tu propia gloria? Pues así fue cómo empinándote poco a poco sobre los hombros de los débiles, te fuiste irguiendo audazmente con el aplomo y la gravedad de un hombre que no depende de nadie y que todo lo debe a su talento. Cuando, por fin llegaste a la dorada cumbre en donde la gente de contra y de pro se pasea sin vergüenza, importuna compañera del vano honorcillo que se ha dejado como inútil en el último peldaño de la escalera mágica, te diste de codo con los poderosos, alargaste con llaneza y abnegación tu dedo meñique al miserable que te había servido de escabel (esto porque no te llamasen ingrato), jugaste con sus Excelencias (q. D. g.) tu sueldo de un año, que perdiste, pero cuya pérdida valió a tu orgullo que algunas duquesas te hablasen al oído, y con sólo cinco mil reales, ¡incomprensible maravilla!, diste la vuelta al mundo, reposando después, allende los mares, sobre una tierra virgen, en las Antillas, en fin, en donde los afortunados refrescan la frente abrasada por el calor del clima, en ríos que corren sobre cauces de oro. Cuando después, perfectamente conocedor de la política, de la estética, de la fisiología, de la mineralogía y de las costumbres extranjeras, te devolviste generosamente a la patria (antes del viaje ostentabas una preciosa cabellera, que no daba indicio de tus profundos pensamientos), apareciste en las Cámaras con la cabeza calva y reluciente como la cáscara de un limón verde, interrogaste a los ministros con esa acentuación cómica, que da tanto valor a las palabras más vacías, insultaste a tus adversarios; y tus antiguos amigos viéndote al fin un hombre, que no puede dejar de serlo el que ha visto correr en sus cauces de oro los anchurosos ríos del nuevo mundo, exclamaron desde el interior de su corazón: «Pésanos, amadísimo compañero, de no haber podido ir delante de ti, pero esperamos fervientemente una ocasión propicia para derribarte de tu frágil solio». Entre tanta pompa y tanto brillo, el recuerdo del modesto puchero, con que te criaron tan gordo y tan bien dispuesto tus buenos padres, estaba a cien leguas de ti, o era como si no existiese: tomando el rábano por las hojas creíste que eras tú el que habías levantado tu fortuna, y no que era la fortuna la que te había levantado a ti, y descontento ya de victorias que otros ganaban a semejanza tuya, al lanzarte por el camino que habían elegido, fue cuando has dicho: «¿Qué he hecho y qué soy al fin? ¡diputado y ministro!… ¡ya no es nada de esto la fruta del árbol prohibido!, sino que parece la esperanza de los abogadillos charlatanes y de todo el que tiene derecho a mandar porque manda. Pigmeos, llegan a alcanzar la fruta velada, y ministros y diputados suben y bajan del poder, en estos felices tiempos, como suben y bajan en la olla las habas que no han acabado de cocerse. ¡Y qué sustos, qué luchas, qué descalabros, qué vergüenzas cuando la patria o los émulos, semejantes al maestro que corrige al pequeñuelo azotándolo, corrigen asimismo al diputado y al ministro… obligándole a hacer su dimisión, decorosamente por supuesto, pero con látigo!… No, ninguno de estos triunfos, mezquinos como su origen, deja un verdadero rastro de gloria en pos de sí: casi siempre ha sido el poder el palenque de las doradas medianías y el bazar de los honores que se toman por asalto, y no es nada de esto lo que conviene a un espíritu emprendedor como el mío, cuyos triunfos no debieran tener rival en el mundo. Rico ya y dueño de algunos millones, no quisiera seguir las trilladas sendas de la vida, sino emprender algún trabajo desconocido que llenase de asombro la Europa, que me rodease de una gloria inmortal… pero ¿qué hacer?… ¡Oh! De buena gana escribiría un libro… y lo grabaría con letras de oro… , pero se escriben tantos… ¿Y de qué trataría en él? ¿Quién lo leería? Y aun cuando lo leyesen, ¿recordarían al día siguiente su contenido? ¡Locura! ¿Quién se acuerda más que de sí mismo?… Y, sin embargo, ésa es mi más querida ilusión… ¡mi eterno sueño!».

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