MoboReader> Fantasía > El caballero de las botas azules

   Clásico 3 No.3

El caballero de las botas azules By Rosalía De Castro Palabras: 7744

Updated: 2018-11-14 00:03


Lleno de abatimiento, volviste entonces la mirada hacia las antiguas musas y comprendiste que estabas perdido. ¡Nada nuevo te restaba ya! La inspiración, esa divina diosa que algún tiempo sólo se comunicaba con algunos elegidos, dignos de recibir las celestes inspiraciones, correteaba ya por las callejuelas sin salida, guarida de los borrachos, y se paseaba por las calles del brazo de algún barbero o de los sargentos que tienen buena letra. Poemas, dramas, comedias, historias universales y particulares, historias por adivinación y por intuición, por inducción y deducción, novelas civilizadoras, económicas, graves, sentimentales, caballerescas, de buenas y malas costumbres, coloradas y azules, negras y blancas… de todo género, en fin, variado, fácil y difícil, habías visto trabajos de deslumbradoras apariencias y aspiraciones colosales… ¿Qué te restaba, pues, que hacer en ese infierno sin salida, en medio de ese desbordamiento inconmensurable en donde nadie hace justicia a nadie, y en el cual los más ignorantes y más necios, los más audaces y pequeños quieren ser los primeros? He aquí por qué me llamaste, por qué no puedes abandonarme aun cuando ponga en relieve tu vano orgullo y te diga tan amargas verdades, ¡he aquí por qué me buscarás siempre!, pues sin mí serás ¡uno de tantos! y nada más que esto.

HOMBRE.- ¡Oh musa! ¡Qué mentiras, qué verdades y qué impertinencias acabas de echar por esa boca, que no sé si es de tinta o de carmín! Hablaste a tu gusto… ¡vives tan alto!… y aquí me tienes rendido de desaliento y de asombro. Si lo pasado es un sueño, lo presente caos y confusión, y nada las glorias del mundo para el que ha atravesado el umbral de la eternidad, ¿qué me resta ya? En ti, donde tenía cifrada mi postrera esperanza no hallo más que desencanto, presunción y malicia, lo cual aumenta en mucho mi profunda pena, pues aun cuando mi vida haya sido como la de tantos, apariencia y lodo, y haya dado la vuelta al mundo con un puñado de ochavos, y querido aparecer calvo, lo cual es un abuso de ornato y nada más, en el fondo amo ardientemente la poesía, amo lo justo y lo honroso con toda la fuerza de mi corazón, y nada de esto hallo en ti. ¿Si serás, ¡oh musa!, un nuevo Mefistófeles con su pluma de gallo y sus retorcidas uñas?

MUSA.- ¿El diablo?… ¡Qué locura! ¿Acaso el inmortal Béranger no ha cantado muy alegremente: Ha muerto el diablo, el diablo ha muerto? Y he aquí, sin duda, por qué desde entonces, el mundo que se regocijó con tan dichosa nueva, ha inventado darse al progreso indefinido y al movimiento continuo ya que no podía darse al caballero de la pata coja.

HOMBRE.- Algo de verdad hay en lo que dices, maliciosa, pero añaden algunos que, pasada aquella época de efervescencia en que se cantaba la muerte de todos los tiranos, el diablo, hábil prestigiador, ha vuelto a aparecer más de una vez, si no con su pata coja en una forma más académica y menos sospechosa para los tiempos que corren. Y en verdad que al oír tu voz y al notar tus maliciosas tendencias, estoy por creer que el diablo, haciéndose el muerto como la zorra cuando quiere engañar confiadamente a su presa, burló la sagacidad del cantor popular de la Francia.

MUSA.- Inverosímil es que hombre de tal valimiento se haya dejado embaucar por un personaje tan conocido en sus mañas… y creo mejor que Béranger habrá querido llorar con ese estribillo, Ha muerto el diablo, el triste fin de alguno de sus amigos. ¡Séale la tierra leve!

HOMBRE.- ¡Impía! no quiero oírte, pues que tu sarcasmo alcanza hasta los muertos. ¡Ay, triste de mí! Las viejas musas, apenas hallarían fuerza en sus brazos enflaquecidos para sostener uno solo de mis cabellos, mientras que tú serías capaz de ofrecerme por única inspiración la recolección de las cebollas o una copa de cerveza alemana… ¡Y todo esto, cuando yo necesitaba una idea virgen, un trabajo penoso q

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ue, al través de vías inaccesibles y contra la corriente de los ríos del mundo, me guiase directamente a la gloria y la inmortalidad!… Todo era un sueño y en verdad que la vida es ya para mí una pesada carga… ¡Porque el suicidio es un crimen! (Se aleja a grandes pasos.)

- III -

HOMBRE.- (Pensativo, pálido y triste, contempla a orillas del río cómo corren las aguas.) Así mí existencia… corre y corre monótona, cansada, y sin acabar nunca… ¡Musa maldita! Bien haces en no acudir a mi voz; mi llamamiento es el de la desesperación, y ¡ojalá me sorprenda la muerte sin volverte a ver! ¿Pero en dónde se encuentra ese ángel sombrío que cierra tantos ojos que quisieran ver la luz, mientras los míos que la detestan permanecen abiertos? (Vuelve a quedar inmóvil y pensativo.)

MUSA.- (Oculta entre la niebla que voltejea sobre una pequeña colina, y haciendo resonar sus palabras a semejanza del viento cuando agita las hojas secas en silenciosos remolinos, o balancea lentamente las altas copas de los cipreses.) ¡Pasa… pasa presto! Extínguete ya, germen de vida, que encierras en tu esencia males, agitaciones y desvelos. Tú no eres más que una pálida y fugitiva sombra, de falsa sonrisa, de aliento impuro, de sangre que miente púrpura cuando rompe la vena irritada, y es veneno que abrasa cuando circula rápida del corazón al cerebro, y del cerebro al corazón, que a su impulso late, sin tregua, sin descanso, hasta la muerte. Pasa, pasa presto; que si haces sentir y amar, y gozar y sufrir y aborrecer, todo sueño al fin, todo mentira, vanidad, ilusión, polvo… nada… tu refugio es el hoyo estrecho, en donde el ataúd perfectamente encajado guarda con primor el cuerpo corrompido que inocentes gusanillos charolados, felpudos, rojos, verles y brillantes, roen con placer infinito, mientras el cadáver reposa inmóvil bajo la elegante losa de mármol, o la enarenada superficie de un cementerio a la última moda. ¡Oh! ¡Qué bien se duerme en la tumba!… ¡Qué amable intimidad la de los gusanillos de mil colores, la de las plantas en germen, y la de la humedad de la madre tierra!… ¡Oh, venturosa calma de los muertos!… ¡Oh, ángel de tinieblas, bellísimo ángel sin olor, color, ni sabor! ¡Oh, tú, cuyo silencioso beso calma, según cuentan algunos, todas las penas y dolores!… ¿Será verdad lo que de ti murmuran los vivos? ¡Los vivos que no han muerto siquiera una vez!… ¿Cómo, pues, le conocen? Por conjeturas, por esas hijas de los espíritus inquietos, y dados a toda clase de pensamientos prohibidos… Mas… ¡cuán engañosas son!… Tú, muerte, eres muda, llegas, hieres y pasas, y ya en vano es interrogar al lecho vacío en donde hace poco se hallaba tendido un cadáver. ¡Un cadáver! ¡Qué palabra!… Ya en vano es alzar el grito al lado del féretro, alumbrado por los cirios, que arden y chisporrotean impasibles, que oscilan a veces y palidecen como si quisiesen apagarse. ¿Qué es todo aquello? Blandones en medio del día, llantos… silencio… asombro en torno… Él o ella allí, en reposo, sin ver, sin oír, sin hablar, en medio de los gemidos, de los que son todavía… A lo lejos, suenan los golpes melancólicos de una campana, y llega por fin la noche, ciérrase una tumba, la gente bulle por calles y plazas… «Ríen y cantan mientras la muerte se acerca silenciosa». Ya no hay féretro ni blandones, ni suena la campana. Él o ella, ¿en dónde están? Cuanto pasó ¿fue un sueño? ¡Acaso… !

HOMBRE.- (Levantándose tembloroso.) ¿Qué acentos de muerte han resonado cerca de mí?… Vagos eran, como las brisas de una noche de verano, pero entendíalos claros y distintos mi entendimiento, como si resonasen dentro de mi propio ser… ¡La muerte! ¡Dios mío! Llamábala hace un instante, y ahora su solo recuerdo trastorna mi cabeza y me hace supersticioso y cobarde… , pero ¿quién ha murmurado esas palabras aquí… a mi lado? ¿Fue el viento quien las trajo hasta mi oído?…

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