MoboReader> Fantasía > El caballero de las botas azules

   Clásico 4 No.4

El caballero de las botas azules By Rosalía De Castro Palabras: 7838

Updated: 2018-11-14 00:03


MUSA.- En sus alas te las he enviado…

HOMBRE.- ¡Ah!… ¿conque al fin has atendido a mi llamamiento, musa o demonio?

MUSA.- No he venido por ti, sino por las melancólicas y terroríficas lamentaciones con que diviertes tus ocios…

HOMBRE.- Pues que caigan sobre su odiosa existencia todas las maldiciones que puedan caer sobre la más infame de las criaturas; que impía y desnaturalizada como pareces, tengas el fin que a semejantes seres corresponde. (Quiere huir.)

MUSA.- (Envolviéndolo de repente entre un humo denso y espeso.) ¡Ingrato!… Me llamas y me rechazas, vuelves a llamarme y quieres rechazarme otra vez… Esto no puede pasar así… Aunque eres ingrato como todos los hombres, me mostraré benigna contigo y no te dejaré abandonado a tus caprichos antes de que me conozcas… ¡Mira! (El humo se disipa y aparece una figura elevada y esbelta que viste larga y ceñida túnica, calza unas grandes botas de viaje y lleva chambergo. Su rostro es largo, ovalado y de una expresión ambigua: tiene los ojos pardos, verdes y azules y parecen igualmente dispuestos a hacer guiños picarescamente o a languidecer de amor. Un fino bozo sombrea el labio superior de su boca algo abultada, pero semejante a una granada entreabierta, mientras dos largas trenzas de cabellos le caen sobre la mórbida espalda medio desnuda. En una mano lleva un látigo, y en la otra un ratoncito que salta y retoza con inimitable gracia mientras aprieta entre los dientes un cascabel.)

HOMBRE.- (Contemplándola llena de asombro.) ¡Ah! ¿Conque mi musa era un mari-macho, un ser anfibio de esos que debieran quedar para siempre en el vacío?… ¡Qué abominación!

MUSA.- Todo lo que ha sido hecho es bueno, hombre eminente.

HOMBRE.- Todo, menos tú: un ser semejante nunca podrá ser bueno.

MUSA.- Tendrá su contra y su pro, como todas las cosas.

HOMBRE.- Basta ya de discusiones y dime, por piedad, ¿quién fue la buena madre que te parió, y cuál es tu origen, qué quieres, y a dónde te diriges con tan extraño atavío?

MUSA.- Voy a satisfacer tu justa curiosidad, en cuanto me sea posible, no porque lo merezcas, sino a fin de que concluyas por apreciarme en lo que valgo. Sabe, pues, mortal indómito, que mi primer origen fue el acaso, esa cosa que anda en boca de graves eminencias y de los hombres de mundo, semejante a un caramelo al que se le da vueltas sin poder masticarlo. El ¡acaso! ¿Entiendes tú algo de esto?

HOMBRE.- ¿Para qué lo necesito?

MUSA.- Ya sabía yo que no me contestarías de otro modo, y eso que eres de los instruidos en tales pequeñeces. Pero, como iba diciendo, mi primer origen ha sido esa cosa que no se explica; engendrome la duda y pariome el deseo. Después, vuelta de arriba, vuelta de abajo, resbala aquí y tropieza acullá, fuime criando, a puntapiés, como quien dice; pues mientras los unos me amaban, detestábanme los otros, y unas veces viviendo al prestado, y otras vistiéndome de despojos, fuime criando, como la mala o buena yerba (que no sólo la mala yerba crece) a la sombra de los pensamientos venales y de las imaginaciones ardorosas. Tenía además por mis familiares a la revolución, dama desmelenada y entusiasta si las hay; a la libertad, matrona honrada como ninguna, pero a quien han dado en vestir con tales jaramallas que no la conoce quien la crió; al orden, persona un tanto hipócrita, pero de aspecto inalterable, y al desorden, que anda siempre a puñadas con su antagonista, al honor desacreditado, y no sin razón, en los duelos… y al descaro y al ¿qué se me da a mí?, dos seres los más groseros y mal educados del mundo, pero también los más listos y que saben mejor que nadie abrirse paso por las sendas prohibidas.

HOMBRE.- Infernal conjunto, pero ¿consiste en eso toda tu ciencia, reina de la maldad? El mundo está lleno de truhanes y descarados, y a fe que tus prosélitos no alcanzarán gran cosa por ese camino.

MUSA.- ¿Qué sabes tú de mi ciencia? ¿Puedes acaso ve

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r como yo las estrechas vías que nadie ha recorrido?

HOMBRE.- ¡Nadie! Desde que el mundo es mundo, ¿ninguno habrá posado su mirada en donde tú la posas?

MUSA.- Desde que la raza de Caín se extendió por la tierra, recorro el universo enseñando a mis prosélitos los caminos ocultos que ninguno encontraría sin mi ayuda. Los hombres tienen un ángel que les guía por la senda del cielo, mientras yo les descubro las del mundo.

HOMBRE.- ¡Por eso no distingo en ti el más leve rayo de celeste luz! Eres puramente una hija del lodo formado por las escorias de las criaturas… Pero… , ser incomprensible… , ¿cómo has acudido a mi voz? ¿No he invocado la nueva musa? ¿Y cómo, existiendo desde que la raza de Caín se extendió por la tierra, puedes llamarte nueva?

MUSA.- Hasta que Dios llame a los hombres a juicio, viviré sin envejecer jamás, ni perder nada de mis encantos: ayer fui el vapor, hoy seré musa; mañana… me llamaré el movimiento continuo o la cuadratura del círculo… ¿quién sabe lo que de mí saldrá?… Pero la ciega humanidad seguirá siempre mis pasos y me rendirá culto, proclamándome la soberana del mundo.

HOMBRE.- Acaba… dime tu nombre.

MUSA.- ¿No has adivinado aún? Me llamo la Novedad.

HOMBRE.- ¡Ah!… comprendo, musa; soy tuyo en cuerpo y alma. Manda y obedeceré.

MUSA.- No en vano mis ojos te habían seguido desde lo alto. ¡Ea, pues! Te haré el más popular de los hombres y miles de corazones se estremecerán de curiosidad y emoción a tu paso.

HOMBRE.- ¿Por qué senda vas a lanzarme?

MUSA.- ¡Qué impaciencia! Difícil es, tal como lo has pedido. Lo que no se tolera, lo que irrita, lo que provoca y atrae el ridículo serán tus armas.

HOMBRE.- ¡Cómo!… ¿Querrás hacer de mí un bribón, o un verdadero Quijote?

MUSA.- No; porque de lo uno y de lo otro tienes ya tu parte…

HOMBRE.- ¡Siempre provocativa!… ¡Ah!, te temo como a un demonio burlón; te estoy mirando, y ya me pareces hombre, ya diablo, ya cortesana. La atmósfera en que te envuelves es tan vaga, y tus pensamientos y tus palabras suben y bajan con tal velocidad la escala de todos los tonos que has llegado a causarme pavor.

MUSA.- Déjate de vanos escrúpulos y rompe de una vez con las pasadas preocupaciones. Te hice ver cómo eres todo un héroe de nuestros tiempos, y ahora añadiré que para que puedas cumplir tus gloriosos votos, sólo falta que te instruya en mi ciencia, dándote parte de mi manera de ser y una apariencia extraña y maravillosa. Con esto triunfarás, cautivarás y representarás la más aplaudida y ridícula y singular comedia de tu siglo. Los espectadores se devanarán los sesos por comprender su argumento, y te juro que no lo conseguirán, así como nadie los comprende a ellos, sobre todo cuando, con el furor y el entusiasmo con que el Hidalgo de la Mancha emprendía sus hazañas, hacen que su pobre ingenio se prodigue y desparrame en miles de pliegos, vanamente escritos pero perfectamente impresos. Valor, pues, para resistir y arrostrar las luchas que te esperan. Valor para reírte de ti mismo y vencer a mis amigos y enemigos… ¿Qué más puede ambicionar un hombre en el siglo de las caricaturas que hacer la suya propia y la de los demás ante un auditorio conmovido?… ¡Oh, dicha inefable!… Ahora, ¡adiós!

HOMBRE.- ¿No has de instruirme?

MUSA.- Esta noche iré a hablarte en secreto al ladito de tu cabecera… El mundo debe ser espectador de tus maravillas, pero no saber lo que a ti solo revelaré. Adiós y no me olvides… mi genio queda contigo y ya no eres el mismo. (Desaparece.)

HOMBRE.- (Caminando lentamente.) Parece que me siento regenerado y que un extraño espíritu, no sublime, pero nuevo y burlón anima todo mi ser. ¡Cuán ridículas me parecen todas esas gentes que corren y atraviesan la calle, ataviadas a la última moda!… ¡Qué peinados!… ¡Qué trajes! ¡Qué farsa!… Si estuviese dispuesto a que yo me salvara… muy horrible debería parecerme en el cielo el recuerdo del mundo.

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