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   Clásico 5 No.5

El caballero de las botas azules By Rosalía De Castro Palabras: 7996

Updated: 2018-11-14 00:03


UNO.- (Viéndole pasar.) ¿Has visto qué rostro el de ese hombre alto y delgado que acaba de tropezarnos?

OTRO.- Sí: ¡qué pálido, qué severo y qué burlón!

EL PRIMERO.- No es sólo eso, sino que es el retrato de Napoleón I. Me pareció que le estaba viendo en Santa Elena.

OTRO.- Pues, ¿qué?, ¿sabes tú por ventura qué semblante tenía Napoleón en la isla de su destierro?

EL PRIMERO.- ¡Como que le he visto por espacio de una hora entera!…

OTRO.- ¿Estás loco? Si no habías tú nacido cuando él ha muerto… ¿cómo pudiste verle?

EL PRIMERO.- ¡Toma! Le he visto en el panorama tan perfectamente como ahora os veo a vosotros… Acababan de colocarle en el féretro y tenía la cara ni más ni menos que la de ese que acaba de pasar.

TODOS.- ¡Ah!, ¡ah!, ¡ah!, ¡ah!

Capítulo 1

Hay en Madrid un palacio extenso y magnífico, como los que en otro tiempo levantaba el diablo para encantar a las damas hermosas y andantes caballeros. Vense en él habitaciones que por su elegante coquetería pudieran llamarse nidos del amor, y salones grandes como plazas públicas cuya austera belleza hiela de espanto el corazón y hace crispar los cabellos. Todo allí es agradable y artístico, todo impresiona de una manera extraña produciendo en el ánimo efectos mágicos que no se olvidan jamás.

A pesar de esto, hubo un día no lejano en que ni el amor ni la franca alegría encontraban allí asilo, y en que el llanto y la desgracia pasaban a prisa ante aquellas doradas puertas, sin atreverse a traspasar su dintel.

¡Mansión de paz… afortunada mansión!

El que la poseía en toda la plenitud de su regia belleza era rico como Creso, sibarita como Lúculo, filósofo como Platón, y a pesar de sus principios basados en una moral austera entendía como ninguno el arte de pasar la vida lo más apacible y dulcemente que puede alcanzar criatura mortal.

¡Oh, qué mañanas suavemente arrastrado en una carretela de blanco movimiento, mientras un sol templado y cariñoso resplandecía en la altura! ¡Oh, qué tardes pasadas al grato calor de un fuego aromático y viendo, a través de los anchos cristales, la muchedumbre que se tropieza en las fangosas calles, que sopla los dedos y tirita de frío!… y, ¡oh, qué tranquilas noches oyendo resonar en alguna habitación lejana los ecos del piano, mientras el viento pasaba rebramando por entre la hojarasca de los solitarios jardines y humeaba en la tacilla de oro el rico café de Moka! Tales hechos, como diría cualquier periodista, no necesitan comentarios.

El señor de la Albuérniga -así se llamaba tan dichoso mortal-, conocido, y no sin razón, por una de las notabilidades más ricas y más raras de la corte, se trataba como una tierra madre trata a su hijo predilecto, queriendo sin duda probar en sí mismo cuánto podía durar en estos tiempos de decadencia física un hombre cuidado a la perfección. Por eso, y a fin de que ninguna sedosa o torpe mano viniese a turbar de cualquier modo que fuera su apacible existencia, había empezado por cerrar su alma al sentimiento y la ternura.

Vivía célibe, sin amistades íntimas, sin amores, desligado de todo lo que no era su propia persona y ajeno a toda ambición. Filósofo por entretenimiento, amaba instintivamente el bien y aborrecía el mal; pero en vano se hubiera esperado que hiciese por el prójimo ni mal ni bien.

Antes que todo estaba él después él siempre él; lo demás, era cuestión de los demás. Verdadero anacoreta del siglo en que vivimos, su casa, cuajada de mármoles y obras de arte, era la encantada Tebaida donde vivía en sí y para sí. ¿Qué podía echársele en cara? ¿Conspiraba nunca contra el gobierno? ¿Había dado o negado su voto, fuesen o viniesen leyes?

-¡Paz!… ¡Reposo!… ¡Bienes sin precio que me ha concedido el cielo… , yo os bendigo!

Esto solía repetir con mesura y recogimiento en los momentos más caros a su existencia: la hora de la siesta. ¡Hora de castas delicias!… ¡Hora dulcísima! Sin ella, ¿qué hubiera sido, qué se hubieran hecho después de la suculenta co

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mida los espíritus apacibles?

Era ésta la hora suprema en que el gran caballero, después de haber comido con excelente apetito, se levantaba de la mesa para ir a gozar del más dulce reposo en un ancho y mullido sillón. Allí entre despierto y dormido, veía al silencio tender sus alas sobre aquella mansión afortunada, y soñaba tranquilo ya con lo vano y lo pasajero de los goces de esta vida, ya con la insuperable amargura que la idea de la muerte debe prestar a las conciencias non sanctas, de cuyo número excluía la suya. Y el buen caballero tenía razón en este punto, porque pasaba sus días en una balsa de aceite.

¡Ay de quien entonces osara interrumpirle en su sueño!…

Pero… ¿pudiera eso acontecer? Admirado, acatado y respetado siempre como una notabilidad riquísima, ninguno había osado jamás contradecir a la singularidad rarísima, muy dueña, por otra parte, de dormir cuando y como quisiera a la extensa sombra de su mansión encantada. Pagárala, era suya, y amén.

Tres fieles y leales servidores velaban y cuidaban día y noche al poderoso caballero que se hacía entender de ellos por medio de un gesto o de una mirada. ¡Oh! ¿Y quién como él vio nunca cumplidos sus menores caprichos? Atentos a la más leve insinuación de aquella dichosa criatura, sus servidores no cesaban de repetir con un entusiasmo siempre igual: «Que esté el señor contento, y desquíciese el universo».

¡Mas no vayamos a formarnos ilusiones vanas! Este extraño razonamiento en un criado, y sobre todo en un criado de nuestros días, no provenía ni de benevolencia, ni de instintos de afecto o mansedumbre. El caballero de la Albuérniga pagaba con desusada magnificencia un buen servicio, haciendo que el oro ocupase el lugar de la gratitud y de las consideraciones, y tenía una puerta franca a toda hora para el que cometía la primera falta, ¡la primera sin apelación!, porque, perdonada ésta, solía decir el rico-filósofo-sibarita, quedaba ancho y fácil camino para la segunda. He aquí por qué sus tres criados eran los mejores criados del mundo, y por qué hubieran consentido en sufrir el tormento antes que pronunciar una palabra en voz alta cuando su amo y señor dormía.

Después que el reloj del gran salón de mármol negro había dado las tres de la tarde, el palacio más silencioso del mundo se convertía en una tumba. Ni el zumbido de un insecto turbaba aquel reposo de muerte.

Como se ve bien claramente, el de la Albuérniga amaba sobre todo la quietud y la buena concordia entre su cuerpo y su espíritu: era idólatra de esa paz interior y exterior que hace del hombre el ser más perfecto, y gustaba de encontrar lisa y llana la senda de la vida, lo cual había conseguido y pensaba conseguir hasta el fin de sus días.

Mas para probar sin duda que no hay nada en la tierra ni estable ni duradero, y que todo lo que es obra del hombre cambia y perece al menor soplo, un acontecimiento inaudito y no conocido todavía en los anales del palacio de la Albuérniga vino a turbar tan pura y serena existencia.

En una calurosa tarde de agosto, a la hora en que las mismas Fu parecen languidecer de fatiga y cuando el de la Albuérniga sentía que los cansados párpados se le cerraban blandamente para hacerle gustar las incomparables delicias de la siesta, en una tarde de verano, un ruido estrepitoso y agudo al mismo tiempo llegó hasta él, haciéndole dar un salto en su asiento como si hubiese sentido la picadura de un áspid.

Era el de una campanilla de las antecámaras, cuyo repiqueteo prolongado y maldecido hería los oídos, irritaba los nervios y se extendía por todo el palacio semejante a un trueno.

Tan conmovido quedó el caballero que pensó por un instante si aquel estruendo atronador sería delirio o alucinación de su mente… pero no cabía duda: alguna mano nerviosa, o endemoniada acaso, agitaba la fatal campanilla cuyo timbre desgarraba sin compasión el delicado tímpano del hombre más pacífico de la tierra y hacía estremecer su alma como si fuese el eco de la trompeta final.

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