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   Clásico 6 No.6

El caballero de las botas azules By Rosalía De Castro Palabras: 8174

Updated: 2018-11-14 00:03


Los criados, en tanto, llenos de asombro, pálidos como la misma muerte y dando traspiés como beodos, se habían encaminado hacia la puerta para saber quién era el que osaba cometer tan deplorable, tan inconcebible escándalo.

Un joven y elegante caballero, vestido de negro, que calzaba unas botas azules que le llegaban hasta la rodilla, y cuyo fulgor se asemejaba al fósforo que brilla entre las sombras, se hallaba en pie a la entrada de la antecámara, agitando en una mano el cordón de la campanilla mientras con la otra daba vueltas a una varita de ébano cubierta de brillantes y en cuya extremidad se veía un enorme cascabel.

Era el singularísimo y nunca bien ponderado personaje de elevada talla y arrogante apostura, de negra, crespa y un tanto revuelta, si bien perfumada cabellera. Tenía el semblante tan uniformemente blanco como si fuese hecho de un pedazo de mármol, y la expresión irónica de su mirada y de su boca era tal que turbaba al primer golpe el ánimo más sereno. Sobre su negro chaleco resaltaba además una corbata blanca que al mismo tiempo era y no era corbata, pues tenía la forma exacta de un aguilucho de feroces ojos con las alas abiertas y garras que parecían próximas a clavarse en su presa. A pesar de todo esto, el conjunto de aquel ser extraño era, aunque extraordinario en demasía, armonioso y simpático. Sus botas, maravilla no vista jamás, parecían hechas de un pedazo del mismo cielo, y el aguilucho que por corbata llevaba hacía un efecto admirable y fantástico: podía, pues, decirse de aquel personaje que, más bien hombre, era una hermosa visión.

Acometidos de una doble sorpresa, los criados retrocedieron al verle; mas él les preguntó enseguida:

-¿El señor de la Albuérniga?

-Duerme… -respondió uno con inseguro acento.

-Sírvase usted despertarle.

-¡Despertarle… ! -exclamó otro temblando-. Antes dejaríamos que el palacio se desplomase sobre nosotros. Nadie despierta al señor de la Albuérniga cuando duerme… Es cosa que sabe todo el mundo.

-Y yo también -añadió el caballero con indefinible sonrisa-; pero necesito verle en este instante, y si ustedes no me anuncian, lo haré yo mismo. Soy el duque de la Gloria.

Con la voz añudada en la garganta, el más valiente de los criados se atrevió a responder todavía:

-Perdónenos el señor duque… pero… nos es absolutamente imposible anunciarle ni permitir que lo haga su señoría.

-¡Ah… !, no necesito permiso -dijo entonces el caballero con naturalidad. Y cogiendo de nuevo el cordón de la campanilla hizo que la tormenta anterior volviese a empezar en el grado más sublime de las tempestades. El escándalo no podía ser mayor; el palacio parecía estremecerse, y los criados con el espanto retratado en el semblante y mesándose los cabellos pedían en vano piedad a aquel asesino de su fortuna, por causa de quien iban a ser despedidos de la mejor casa del mundo.

-¡Caballero… ! ¡Caballero… ! -repetían con voz sofocada-. Usted nos provoca a que hagamos uso de nuestro derecho… No nos pagan para que permitamos esto… ¿Qué dirá Madrid de semejante atropello?

Y como el duque de la Gloria se mostraba tan sordo a sus lamentaciones cual si se hallase realmente en el lugar de los bienaventurados, los leales servidores de la mejor casa del mundo iban, aunque temblando, a arrojarse sobre el duque, cuando el mismo señor de la Albuérniga apareció de repente en la estancia.

Medio envuelto en una ligera bata de seda negra, al través de la cual dejaba entrever unos calzoncillos de color carne perfectamente ajustados, hubiérase creído a primera vista que había equivocado el gran señor la antecámara con la sala de baño. Entre su delicado pie y la alfombra sólo se interponían unos calcetines, hermanos de aquellos hermosos calzoncillos, digna invención de la industria inglesa; cubríale la cabeza un gorro de cachemira blanco y concluyendo en punta, bajo del cual salían con profusión hermosos rizos de cabellos castaños, y como la cólera había tornado pálido y hosco el semblante siempre sereno del caballero, excusado es decir que tenía el aire más notable y dis

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tinguido que imaginarse pueda.

Un tinte sombrío pareció extenderse con su presencia por aquella singular escena, a pesar del resplandor brillante y azulado con que la iluminaban las botas del duque de la Gloria.

Alto y corpulento como un hijo del Cáucaso, la hermosa cabeza del caballero parecía fulminar rayos, mientras lanzaba sobre sus aterrados servidores interrogadoras miradas que encerraban un tratado de disciplina doméstica. El rico-filósofo-sibarita estaba imponente como Neptuno cuando fruncía las arqueadas cejas.

A pesar de esto, el duque de la Gloria le miró de alto a bajo con una casi inocente curiosidad, parándose a contemplar con suma complacencia ya el gorro cómico, ya los calzones, ya los casi descalzos pies del irritado caballero… y… ¡cosa extraña!, mientras éste se puso a contemplar, a su vez, la corbata, la varita negra y las deslumbradoras botas azules del duque, la cólera que antes le había tornado tan pálido el semblante pareció reconcentrarse en lo profundo de su corazón para dejar paso a la admiración y al asombro.

Un silencio profundo reinaba en la estancia, tomando así aquella escena, nueva en el colorido y en la forma, un interés creciente.

¡Cómo, a medida que el duque agitaba distraídamente la varita con el cascabel, la graciosa nariz del señor de la Albuérniga iba dilatándose… dilatándose… semejante a una amenaza que se ignora hasta dónde… puede alcanzar!

Fue el duque quien, interponiendo su argentina voz entre las extrañas iras de un cascabel sonoro y de una hermosa nariz, dijo el primero:

-Sospecho que me hallo en presencia del señor de la Albuérniga.

-¡De sospechar es! -repuso éste, con pausa aterradora.

-En efecto -añadió el duque, con un tono frío y cortés-; sólo este caballero podría usar un traje tan adecuado a su persona y a la estación reinante.

Miróle el de la Albuérniga, al oír tal, como una dama aristocrática miraría un insecto desconocido, que de repente se le hubiese posado en la blanca falda. Adelantó después un paso, rascó una ceja, echó hacia atrás el gorro descubriendo una frente espaciosa y lisa como una plancha de acero, y plantándose frente a frente del duque, como si pretendiese medir su altura, dijo con una calma tras de la cual parece que debía haber o un abismo o muchísimo sueño:

-Sepamos, caballero, ¡o lo que usted sea!, qué motivo de vida o muerte pudo obligar a una persona nacida a hacer tan insolente protesta contra mi voluntad, ¡¡aquí!!, en el seno de mi propio hogar.

-No me ocupo de protestar contra ajenas voluntades… Otros asuntos más graves llenan mis horas -respondió el duque con llaneza.

Un silencio más largo que el primero se siguió a estas palabras. El de la Albuérniga no acertaba a creer que las hubiese oído y le hubiesen sido dichas en un tono que, ¡vive el cielo!, no había sufrido nunca en ningún otro hombre. En el colmo, pues, de la más sorda cólera, y de un asombro siempre creciente, añadió por fin en voz tan baja que costaba trabajo percibirla:

-¿Sabe usted que estoy en mi casa? ¿Que amo el silencio y el reposo como el mayor bien de la vida? ¿Que no permito ¡jamás!, ¡jamás! que se me interrumpa en mi sueño?

-Ése fue precisamente el motivo que me trajo aquí antes de que pasase la hora en la cual, sin excepción alguna, se excluye de esta morada a todo ser que tenga vida y respire.

-¡¡¡Cómo!!! ¡preci… sa… men… te… por eso… ! ¡¡¡Ah!!!

Con verdaderas e inequívocas muestras de un pasmo profundo, hizo el de la Albuérniga estas exclamaciones, y, por un instante, hubiérase creído que iba a devorar o convertir en polvo a su adversario… Mas no sucedió así.

Su mirada se fijó indistintamente ya en la corbata, ya en la varita, ya en las botas del duque, y con un acento que ya no revelaba cólera sino ardiente curiosidad, exclamó después:

-Tan estupendo me parece lo que acabo de oír con mis propios oídos y ver con mis propios ojos, en mi propia casa, a la hora de mi reposo, me hace un efecto tan extraordinariamente nuevo y singular que… se hace forzosa una explicación entre nosotros. Sírvase acompañarme.

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