MoboReader> Fantasía > El caballero de las botas azules

   Clásico 7 No.7

El caballero de las botas azules By Rosalía De Castro Palabras: 7805

Updated: 2018-11-14 00:03


El duque siguió al de la Albuérniga, y al ver los criados el inesperado giro que había tomado aquel suceso, para ellos aterrador, tomaron aliento diciendo:

-Fuego mata fuego. Es un refrán que no engaña.

Capítulo 2

Después de atravesar, sin detenerse, galerías y corredores, llegaron al inmenso salón, cuya mayor belleza consistía en su severa desnudez.

Nada viene a turbar la enlutada monotonía del negro mármol que reflejaba entonces por todas partes, como un bruñido espejo, la gran figura del señor de la Albuérniga, y la no menos alta, si bien aún más notable, del duque de la Gloria. Y en verdad que al ver el caprichoso efecto que sobre la lisa superficie del pavimento formaban los calcetines color de rosa del primero y las luminosas botas azules del segundo, mientras los dos caballeros caminaban el uno en pos del otro, mejor que criaturas humanas creyéraselas extrañas visiones evocadas por el espíritu misterioso de aquella habitación silenciosa y negra como la noche.

Callados la recorrieron del uno al otro extremo en donde, abierta una colosal ventana, se distinguía un vastísimo jardín, fresco como una gruta, silencioso como un cementerio. Sólo se veía en él una fuente de alabastro con una ninfa dormida mientras rosas blancas asomaban por dondequiera su lánguida corola rompiendo la monotonía de la menuda yerba que verde y espesa, como el terciopelo, brotaba en todas partes cubriendo la superficie.

Butacas de una piel fina y blanca como la espuma y altos taburetes para colocar los pies se hallaban esparcidos en desorden al pie de la monstruosa ventana, hasta la cual llegaba, en alas de un viento suave, el agreste aroma de la yerba mezclado al de las rosas, y el rumor de la fuente que regalaba el oído con su cadencia monótona y dulce, la más a propósito para producir tranquilos sueños.

Imposible hubiera sido encontrar un sitio más apetecible que aquél para gozar en el estío de un fresco reparador. Mas era al mismo tiempo tan callado y silencioso, tan triste y tan sombrío que un espíritu aprensivo o una mujer nerviosa hubiera experimentado allí congojas mortales.

El de la Albuérniga se sentó negligentemente, colocando en el más alto de los taburetes los pequeños y delicados pies, que vinieron a quedar a nivel de su hermosa cabeza. ¡Postura impolítica y por demás extraña! Pero el duque de la Gloria, sin aguardar a ser invitado, se sentó asimismo, imitándole, mientras decía:

-¡Delicias de las delicias! He aquí la postura más confortable y más espiritual que han discurrido los hombres que saben discurrir de estas cosas, y la más a propósito para que el pensamiento tome en sus aspiraciones el vuelo del águila.

Más asombrado que nunca, el de la Albuérniga, al ver tan singular arrogancia, nada respondió al duque, contentándose con dirigirle una mirada a la corbata…

-Sí, caballero -prosiguió diciendo éste como si estuviese en su propia casa-; cuando descanso de esta manera, me hallo más empeñado en marchar con ánimo sereno por el camino que he emprendido, camino áspero y escabroso, como todos los buenos caminos, pues tal pintan en el cielo. Pero he aquí, señor mío, cómo en donde quiera que existe la más leve simpatía entre dos personas se conoce al punto. Ya es imposible que usted y yo dejemos de ser simpáticos, ambos preferimos hacer la figura de una A vuelta al revés.

Cuando dejó de hablar el duque, el de la Albuérniga se revolvió en su asiento como si le pinchasen, y sin dejar de mirar, casi con espanto, a su huésped, repuso:

-Prosiga usted… prosiga usted explicándose como le acomode… ¡Hace usted bien! Imagínese usted que nos hallamos en medio del desierto, y que este salón es el interior de una de sus pirámides, o lo que es lo mismo, una vastísima tumba. Sí, por mis días; podemos hablar sin que nadie nos oiga, matamos sin que nadie lo perciba…

-Entiendo… entiendo… y por consecuenc

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ia, acceder usted a mis exigencias sin que nadie lo sepa -concluyó el duque con la más ingenua naturalidad.

-¡Exigencias… ! -repuso el de la Albuérniga riendo de una manera como de seguro nadie le habría visto reír-. ¡Exigencias… ! ¿Usted sabe quién soy? ¿Me conoce usted?

-¡Así tuviera usted la satisfacción de conocerme!

-Si no le conozco todavía, le conoceré muy pronto, lo aseguro.

-Me llamo el duque de la Gloria. He aquí todo lo que por ahora puedo decir.

-¡Oh! Juro que no he de contentarme con eso. Usted ha venido a provocarme a mi propia casa de una manera que ninguno hubiera osado, porque saben todos que la reparación seguiría inmediatamente a la ofensa…

-Y sin embargo -le interrumpió el duque-, he aquí que permanecemos deliciosa y tranquilamente sentados en la forma de una A vuelta al revés, el uno en frente del otro sin ceremonia alguna, como buenos amigos que seremos a lo futuro y fieles aliados.

-¡Silencio!, ni una palabra más sobre este punto -dijo el de la Albuérniga con ira mal reprimida-. Aun cuando por un acto extraordinario y caprichoso de mi voluntad, le permita a usted hablar cuanto se le antoje, para después obrar yo como me parezca conveniente, todo lo que toca a mis afecciones es sagrado. Ni tengo amigos, ni formo alianzas con nadie… ni quiero que ninguno…

-Dispense usted, caballero -le interrumpió el duque-: precisamente he ahí el principio del fin, yo quiero que usted quiera lo que no ha querido nunca… Nada, señor mío; no vaya usted tampoco a extrañarse de lo que estoy diciendo, porque además de ser una verdad innegable no encierra nada de ofensivo. Este mundo es un abismo en donde el que entre no sabe ni lo que llegará a ser, ni lo que llegará a hacer, ni lo que llegará a ver.

-¡A fe que empiezo a creerlo… !

-¿Cómo no? Dígnese usted, por lo mismo, descender o ascender, como mejor le agrade, al terreno de la filosofía, y bajo este punto de vista oírme con la calma y la paciencia de los sabios, y responderme como ellos, es decir, franca, sencilla y noblemente. ¿No es verdad que soy el ser más extraño que ha pisado jamás las calles de esta corte, ni de otra alguna del mundo?

Tan extraña pregunta dejó completamente parado al de la Albuérniga, quien, vencido al mismo tiempo por la fuerza de la verdad, respondió calándose el gorro hasta las narices:

-No hay duda. Nada puede haber existido que a usted se le asemeje.

-Que haya o no existido, no lo discutiremos; pero lo que puede afirmarse es que no existe, y que en Europa es usted el primero que tiene la fortuna y el alto honor de contemplarme de cerca y de oír el eco de mi voz.

-¿Cómo no adiviné que hablaba con un loco? -pensó entonces el de la Albuérniga-; pero, vive el cielo, prosiguió que si por mí no vuelvo, en loco me convierte también. Su rostro pálido se me figura el de un espíritu sutil y burlón; la varita negra que agita entre las manos, haciendo resonar el cascabel más impertinente de todos los cascabeles del mundo, dijérase la de un mago, y respecto de esa corbata y de esas botas azules, de tal modo excitan mi curiosidad y trastornan mi cabeza que me hacen soportar a mi enemigo, pese a su locura, a su desfachatez digna de un látigo, y a sus trazas de duende.

-No, no vaya usted a creerme ni espíritu, ni persona demente -dijo el duque dando en el blanco de los pensamientos del de la Albuérniga y confundiéndole con una fría y severa mirada-. Mis modales son aquellos que me he complacido en adoptar, prosiguió, y mi persona y mi traje lo más maravilloso que encontrarse pudiera, como usted ha confesado con toda sinceridad. Pero, gracias al cielo, nunca la razón de ningún mortal se ha mostrado más lúcida y clara que la mía, pues todo me lo hace ver, aun lo más secreto y misterioso, como al través de un trasparente cristal. De ahí el que yo contemple satisfecho la justa admiración que mi persona produce en su ánimo, y…

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