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   Clásico 15 No.15

Azul Por Rubén Darío Palabras: 7976

Actualizado: 2018-11-14 00:04


Así lo hizo. En un extremo del taller formó un gabinete minúsculo, con biombos cubiertos de arrozales y de grullas. Predominaba la nota amarilla. Toda la gama, oro, fuego, ocre de Oriente, hoja de otoño, hasta el pálido que agoniza fundido en la blancura. En el centro, sobre un pedestal dorado y negro, se alzaba riendo la exótica imperial. Alrededor de ella había colocado Recaredo todas sus japonerías y curiosidades chinas. Las cubría un gran quitasol nipón, pintado de camelias y de anchas rosas sangrientas. Era cosa de risa, cuando el artista soñador, después de dejar la pipa y los pinceles, llegaba frente a la emperatriz, con las manos cruzadas sobre el pecho, a hacer zalemas. Una, dos, diez, veinte veces la visitaba. Era una pasión. En un plato de laca yokohamesa le ponía Fu frescas todos los días.

Tenía, en momentos, verdaderos arrobos delante del busto asiático que le conmovía en su deleitable e inmóvil majestad. Estudiaba sus menores detalles, el caracol de la oreja, el arco del labio, la nariz pulida, el epicantus del párpado. ¡Un ídolo, la famosa emperatriz! Suzette le llamaba de lejos: -¡Recaredo!

-¡Voy! -y seguía en la contemplación de su obra de arte. Hasta que Suzette llegaba a llevárselo a rastras y a besos.

Un día, las Fu del plato de laca desaparecieron como por encanto.

-¿Quién ha quitado las flores? -gritó el artista desde el taller.

-Yo -dijo una voz vibradora.

Era Suzette, que entreabría una cortina, toda sonrosada y haciendo relampaguear sus ojos negros.

Allá en lo hondo de su cerebro se decía el señor Recaredo, artista escultor: -¿Qué tendrá mi mujercita? No comía casi. Aquellos buenos libros desflorados por su espátula de marfil estaban en el pequeño estante negro, con sus hojas cerradas sufriendo la nostalgia de las blandas manos de rosa y del tibio regazo perfumado. El señor Recaredo la veía teriste. ¿Qué tendrá mi mujercita? En la mesa no quería comer. Estaba seria. ¡Qué sería! La mirada a veces con el rabo del ojo y el marido veía aquellas pupilas oscuras, húmedas, como si quisieran llorar. Y ella al responder, hablaba como los niños a quienes se ha negado un dulce. ¿Qué tendrá mi mujercita? ¡Nada! Aquel «nada» lo decía ella con voz de queja, y entre sílaba y sílaba había lágrimas.

¡Oh, señor Recaredo! Lo que tiene vuestra mujercita es que sois un hombre abominable. ¿No habéis notado que desde que esa buena de la emperatriz de la China ha llegado a vuestra casa, el saloncito azul se ha entristecido, y el mirlo no canta ni ríe con su risa perlada? Suzette despierta a Chopin, y lentamente hace brotar la melodía enferma y melancólica del negro piano sonoro. ¡Tiene celos, señor Recaredo! Tiene el mal de los celos, ahogador y quemante, como una serpiente encendida que aprieta el alma ¡Celos!

Quizá él lo comprendía, porque una tarde dijo a la muchachita de su corazón estas palabras, frente a frente, a través del mundo de una taza de café:

-Eres demasiado injusta. ¿Acaso no te amo con toda mi alma? ¿Acaso no sabes leer en mis ojos lo que hay dentro de mi corazón?

Suzette rompió a llorar. ¡Que la amaba! No, ya no la amaba. Habían huido las buenas y radiantes horas, y los besos que chasqueaban también eran idos, como pájaros en fuga. Ya no la quería. Y a ella, a la que él veía su religión, su delicia, su sueño, su rey, a ella, a Suzette, la había dejado por la otra.

¡La otra! Recaredo dio un salto. Estaba engañada. ¿Lo diría por la rubia Eulogia, a quien en un tiempo había dirigido madrigales?

Ella movió la cabeza: -No. ¿Por la ricachona Gabriela, de largos cabellos negros, blanca como un alabastro y cuyo busto había hecho? ¿O por aquella Luisa, la danzarina, que tenía una cintura de avispa, un seno de buena nodriza y unos ojos incendiarios? ¿O por la viudita Andrea, que al reír sacaba la punta de la lengua, roja y felina, entre sus dientes brillantes y marfilados?

No, no era ninguna de ésas. Recaredo se quedó con asombro. -Mira, chiquilla, dime la verdad.

¿Quién es alla? Sabes cuánto te adoro, mi Elsa, mi Julieta, amor mío.

Temblaba tanta verdad de amor en aquellas palabras entrecortadas y trémulas, que Suzette, con los ojos enrojecidos, secos ya de lágrimas, se levantó irguiendo su linda cabeza heráldica.

-¿Me amas?

-¡Bien lo sabes!

-Deja, pues, que me vengue de mi rival. Ella o yo, escoge. Si es cierto que me adoras, ¿querrás permitir que la aparte para siempre de tu camino, que quede yo sola, confiada en tu pasión?

-Sea- dijo Recaredo.

Y viendo irse a su avecita celosa y terca, prosiguió sorbiendo el café tan negro como la tinta.

No había tomado tres sorbos cuando oyó un gran ruido de fracaso en el recinto de su taller.

Fue: ¿Qué miraron sus ojos? El busto había desaparecido del pedestal de negro y oro, y entre minúsculos mandarines caídos y descolgados abanicos, se veían por el suelo pedazos de porcelana que crujían bajo los pequeños zapatos de Suzette, quien toda encendida y con el cabello suelto, aguardando los besos, decía entre carcajadas argentinas al marido asustado:

-Estoy vengada. ¡Ha muerto ya para tí la emperatriz de la China!

Y cuando comenzó la ardiente reconciliación de los labios, en el saloncito azul, todo lleno de regocijo, el mirlo, en su jaula, se moría de risa.

A una estrella

¡Princesa del divino imperio azul, quién besara tus labios

luminosos!

¡Yo soy el enamorado extático que, soñando mi sueño de

amor, estoy de rodillas, con los ojos fijos en tu inefable claridad,

estrella mia que estas tan lejos!. ¡Oh, cómo ardo de celos, cómo

tiembla mi alma, cuando pienso que tú, cándida hija de la Au-

rora, puedes fijar tus miradas en el hermoso Príncipe Sol que

viene de Oriente, gallardo y bello en su carro de oro, celeste

flechero triunfador, de coraza adamantina, que trae a la espal-

da el carcaj brillante lleno de de flechas de fuego!. Pero no, tú me

has sonreido bajo tu palio y tu sonrisa era dulce como la es-

peranza.¡Cuántas veces mi espíritu quiso volar hacia a ti y quedó

desalentado!¡Esta tan lejos tu alcázar!. He cantado en mis so-

netos y en mis madrigales tu místico florecimiento, tus cabellos

de luz, tu alba vestitura. Te he visto como una pálida Bea-

triz del firmamento, lírica y armoniosa en tu sublime resplador.

¡Princesa del divino imperio azul, quién besara tus labios lu-

minosos!.

Recuerdo aquella negra noche, ¡oh genio desaliento!, en

que visitaste mi cuarto de trabajo para darme tortura, para de-

jarme casi desolado el pobre jardín de mi ilusión, donde me se-

gaste tantos frescos ideales en flor. Tu voz me sonó a hierro y

te escuche temblando, por que tu palabra era cortante y fría

y caía como un hacha. Me hablaste del camino de la Gloria,

donde hay que andar descalzo entre cambroneras y abrojos; y

desnudo bajo una eterna granizada; y a oscuras, cerca de hon-

dos abismos, llenos de sombras como la muerte. Me hablaste del

vergel de Amor, donde es casi imposible cortar una rosa sin morir,

porque es rara la flor en que no anide un áspid. Y me dijiste

de la terrible y muda esfinge de bronce que está a la entrada de

la tumba. Y yo estaba espantado, porque la gloria me había

atraído, con su hermosa palma en la mano, y el Amor me lle-

naba de su embriaguez, y la vida era para mí encantadora

y alegre, como la ven las Fu y los pájaros. Y ya presa de mi

desesperanza, esclavo tuyo, oscuro genio desaliento, huí de mi

triste lugar de labor -donde entre una corte de bardos an-

tiguos y poetas modernos resplandecía el dios Hugo, en la

edición de Hetsel - y busqué el aire libre bajo el cielo de

la noche. ¡Entonces fue, adorable y blanca princesa, cuando

tuviste compasión de aquel pobre poeta, y le miraste con tu mi-

rada inefable, y le sonreíste y de tu sonrisa emergía el divino

verso de la esperanza. ¡Estrella mía, que estas tan lejos, quién

besará tus labios lumniosos!

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