ManoBook > Literatura > Azul

   Clásico 16 No.16

Azul Por Rubén Darío Palabras: 9225

Actualizado: 2018-11-14 00:04


Quería contarte un poema sideral que tú pudieras oír, que-

ría ser tu amante ruiseñor, y darte mi apasionado ritornelo, mi

etérea y rubia soñadora. Y desde la Tierra donde camina-

mos sobre el limo,enviarte mi ofrenda de armonia a tu religión

en que deslumbra la apoteosis y reina sin cesar el prodigio.

Tu diadema asombra a los astros y tu luz hace cantar a los

poetas, perla del oceano infinito, flor de lis del oriflam in-

menso del gran Dios.

Te he visto una noche aparecer en el horizonte sobre el mar,

y el gigantesco viejo, ebrio de sal, te saludó con las salvas de sus

olas resonantes y roncas. Tú caminabas con un manto tenue y

dorado; tus reflejos alegraban las vastas aguas palpitantes.

Otra vez en una selva oscura, donde poblaban el aire los

grillos monótonos, con las notas chillonas de sus nocturnos y

rudos violines. A trvés de un ramaje te contemplé en tu delei-

table serenidad, y ví sobre árboles negros trémulos hilos de

luz, como si hubiesen caído de la altura hebras de tu cabellera.

¡Princesa del divino imperio azul, quién besará tus labios lu-

minosos!

Te canta y vuela a ti la alondra matinal en el alba de la

primavera, en que el viento lleva vibraciones de liras eólicas, y

ecos de los tímpanos de plata que suenan los silfos. Desde tu

región derramas las perlas armómicas y cristalinas de su bu-

che, que caen y se juntan a la universal y grandiosa sinfonía

que llena la despierta Tierra.

¡Y en esa hora pienso en tí, porque es la hora de supremas

citas en el profundo cielo y de ocultos y ardosos oarystis en

los tibios parajes del bosque donde florece el cítiso que alegra

la égloga!¡Estrella mía, que estás tan lejos, quién besará tus la-

bios luminosos!.

El año lírico

Primaveral

Mes de rosas. Van mis rimas En ronda, a la vasta selva, A recoger miel y aromas En las Fu entreabiertas. Amada, ven. El gran bosque Es nuestro templo, allí ondea Y flota un santo perfume De amor. El pájaro vuela De un árbol a otro y saluda Tu frente rosada y bella Como a un alba; y las encinas Robustas, altas, soberbias, Cuando tú pasas agitan Sus hojas verdes y trémulas, Y enarcan sus ramas como Para que pase una reina. ¡Oh, amada mía! Es el dulce Tiempo de la primavera. Mira en tus ojos, los míos, Da al viento la cabellera, Y que bañe el sol ese oro De luz salvaje y espléndida. Dame que aprieten mis manos Las tuyas de rosa y seda, Y ríe, y muestren tus labios Su púrpura húmeda y fresca. Yo voy a decirte rimas, Tú vas a escuchar risueña; Si acaso algún ruiseñor Viniese a posarse cerca, Y a contar alguna historia De ninfas, rosas o estrellas, Tú no oirás notas ni trinos, Sino, enamorada y regia, Escucharás mis canciones Fija en mis labios que tiemblan. ¡Oh, amada mía! Es el dulce Tiempo de la primavera. Allá hay una clara fuente Que brota de una caverna, Donde se bañan desnudas Las blancas ninfas que juegan. Ríen al son de la espuma, Hienden la linfa serena, Entre polvo cristalino Esponjan sus cabelleras, Y saben himnos de amores En hermosa lengua griega, Que en glorioso tiempo antiguo Pan inventó en las florestas. Amada, pondré en mis rimas La palabra más soberbia De las frases, de los versos, De los himnos de esa lengua; Y te diré esa palabra Empapada en miel hiblea… ¡Oh, amada mía! en el dulce Tiempo de la primavera. Van en sus grupos vibrantes Revolando las abejas Como un áureo torbellino Que la blanca luz alegra; Y sobre el agua sonora Pasan radiantes, ligeras, Con sus alas cristalinas Las irisadas libélulas. Oye: canta la cigarra Porque ama al sol, que en la selva Su polvo de oro tamiza Entre las hojas espesas. Su aliento nos da en un soplo Fecundo la madre tierra, Con el alma de los cálices Y el aroma de las yerbas. ¿Ves aquel nido? Hay un ave. Son dos: el macho y la hembra. Ella tiene el buche blanco, Él tiene las plumas negras. En la garganta el gorjeo, Las alas blandas y trémulas; Y los picos que se chocan Como labios que se besan. El nido es cántico. El ave Incuba el trino, ¡oh, poetas! De la lira universal, El ave pulsa una cuerda. Bendito el calor sagrado Que hizo reventar las yemas, ¡Oh, amada mía, en el dulce Tiempo de la primavera! Mi dulce musa Delicia Me trajo una ánfora griega Cincelada en alabastro, De vino de Naxos llena; Y una hermosa copa de oro, La base henchida de perlas, Para que bebiese el vino Que es propicio a los poetas. En la ánfora está Diana, Real, orgullosa y esbelta, Con su desnudez divina Y en su actitud cinegética. Y en la copa luminosa Está Venus Citerea Tendida cerca de Adonis Que sus caricias

desdeña. No quiero el vino de Naxos Ni el ánfora de esas bellas, Ni la copa donde Cipria Al gallardo Adonis ruega. Quiero beber el amor Sólo en tu boca bermeja. ¡Oh, amada mía!, en el dulce Tiempo de la primavera!

Estival

La tigre de Bengala, Con su lustrosa piel manchada a trechos, Está alegre y gentil, está de gala. Salta de los repechos De un ribazo, al tupido Carrizal de un bambú; luego, a la roca Que se yergue a la entrada de su gruta. Allí lanza un rugido, Se agita como loca Y eriza de placer su piel hirsuta. La fiera virgen ama. Es el mes del ardor. Parece el suelo Rescoldo; y en el cielo El sol, inmensa llama. Por el ramaje obscuro Salta huyendo el canguro. El boa se infla, duerme, se calienta A la tórrida lumbre; El pájaro se sienta A reposar sobre la verde cumbre. Siéntense vahos de horno; Y la selva africana En alas del bochorno, Lanza, bajo el sereno Cielo, un soplo de sí. La tigre ufana Respira a pulmón lleno, Y al verse hermosa, altiva, soberana, Le late el corazón, se le hincha el seno. Comtempla su gran zarpa, en ella la uña De marfil; luego toca El filo de una roca, Y prueba y lo rasguña. Mírase luego el flanco Que azota con el rabo puntiagudo De color negro y blanco, Y móvil y felpudo; Luego el vientre. En seguida Abre las anchas fauces, altanera Como reina que exige vasallaje, Después husmea, busca, va. La fiera Exhala algo a manera De un suspiro salvaje. Un rugido callado Escuchó. Con presteza Volvió la vista de uno y otro lado. Y chispeó su ojo verde y dilatado, Cuando miró de un tigre la cabeza Surgir sobre la cima de un collado. El tigre se acercaba. Era muy bello. Gigantesca la talla, el pelo fino, Apretado el ijar, robusto el cuello, Era un Don Juan felino En el bosque. Anda a trancos Callados; ve a la tigre inquieta, sola, Y le muestra los blancos Dientes, y luego arbola Con donaire la cola. Al caminar se vía Su cuerpo ondear, con garbo y bizarría. Se miraban los músculos hinchados Debajo de la piel. Y se diría Ser aquella alimaña Un rudo gladiador de la montaña. Los pelos erizados Del labio relamía. Cuando andaba Con su peso chafaba La yerba verde y muelle; Y el ruido de su aliento semejaba El resollar de un fuelle. Él es, él es el rey. Creto de oro No, sino la ancha garra Que se hinca recia en el testuz del toro Y las carnes desgarra. La negra águila enorme, de pupilas De fuego y corvo pico relumbrante, Tiene a Aquilón; las hondas y tranquilas Aguas el gran caimán; el elefante La cañada y la estepa; La víbora los juncos por do trepa; Y su caliente nido Del árbol suspendido, El ave dulce y tierna Que ama la primer luz. Él, la caverna. No envidia al león la crin, ni al potro rudo El casco, ni al membrudo Hipopótamo el lomo corpulento Quien bajo los ramajes del copudo Baobab, ruge el viento. Así va el orgulloso, llega, halaga; Corresponde la tigre que le espera, Y con caricias las caricias paga En su salvaje ardor, la carnicera. Después el misterioso Tacto, las impulsivas Fuerzas, que arrastran con poder pasmoso; Y, ¡oh, gran Pan! el idilio monstruoso Bajo las vastas selvas primitivas. No el de las musas de las blandas horas, Suaves, expresivas, En las rientes auroras Y las azules noches pensativas; Sino el que todo enciende, anima, exalta, Polen, savia, calor, nervio, corteza, Y en torrente de vida brota y salta Del seno de la gran naturaleza. El príncipe de Gales, va de caza Por bosques y por cerros, Con su gran servidumbre y con sus perros De la más fina raza. Acallando el trople de los vasallos, Deteniendo traíllas y caballos, Con la mirada inquieta, Contempla a los dos tigres, de la gruta A la entrada. Requiere la escopeta, Y avanza, y no se inmuta. Las fieras se acarician. No han oído Tropel de cazadores. A esos terribles seres, Embriagados de amores, Con cadenas de Fu Se les hubiera uncido A la nevada concha de Citeres O al carro de Cupido. El príncipe atrevido, Adelanta, se acerca, ya se para; Ya apunta y cierra un ojo; ya dispara; Ya del arma el estruendo Por el espeso bosque ha resonado. El tigre sale huyendo, Y la hembra queda, el vientre desgarrado. ¡Oh, va a morir!… Pero antes, débil, yerta, Chorreando sangre por la herida abierta, Con ojos doloridos, Miró a aquel cazador; lanzó un gemido, Como un ¡ay! de mujer … y cayó muerta. Aquel macho que huyó, bravo y zahareño A los rayos ardientes Del sol, en su cubil después dormía. Entonces tuvo un sueño: Que enterraba las garras y los dientes En vientres sonrosados Y pechos de mujer; y que engullía Por postres delicados De comidas y cenas, Como tigre goloso entre golosos, Unas cuantas docenas De niños tiernos, rubios y sabrosos.

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