ManoBook > Literatura > Azul

   Clásico 17 No.17

Azul Por Rubén Darío Palabras: 9983

Actualizado: 2018-11-14 00:04


Autumnal

Al marqués de Bradomin

Marqués (como el Divino lo eres), te saludo. Es el Otoño, y vengo de un Versalles doliente. Había mucho frío y erraba vulgar gente. El chorro de agua de Verlaine estaba mudo. Me quedé pensativo ante un mármol desnudo, cuando vi una paloma que pasó de repente, y por caso de cerebración inconsciente pensé en ti. Toda exégesis en este caso eludo. Versalles otoñal; una paloma; un lindo mármol; un vulgo errante, municipal y espeso; anteriores lecturas de tus sutiles prosas; la reciente impresión de tus triunfos… Prescindo de más detalles para explicarte por eso cómo, autumnal, te envió este ramo de rosas.

Invernal

Noche. Este viento vagabundo lleva Las alas entumidas Y heladas. El gran Andes Yergue al inmenso azul su blanca cima. La nieve cae en copos, Sus rosas transparentes cristaliza, En la ciudad, los delicados hombros Y gargantas se abrigan; Ruedan y van los coches, Suenan alegres pianos, el gas brilla; Y, si no hay un fogón que le caliente, El que es pobre tirita. Yo estoy con mis radiantes ilusiones Y mis nostalgias íntimas, Junto a la chimenea Bien harta de tizones que crepitan. Y me pongo a pensar: ¡Oh, si estuviese Ella, la de mis ansias infinitas, La de mis sueños locos, Y mis azules noches pensativas! ¡Cómo! Mirad: De la apacible estancia En la extensión tranquila, Vertería la lámpara reflejos De luces opalinas. Dentro, el amor que abrasa; Fuera, la noche fría, El golpe de la lluvia en los cristales, Y el vendedor que grita Su monótona y triste melopea A las glaciales brisas; Dentro, la ronda de mis mil delirios Las canciones de notas cristalinas, Unas manos que toquen mis cabellos, Un aliento que roce mis mejillas, Un perfume de amor, mil conmociones, Mil ardientes caricias, Ella y yo: los dos juntos, los dos solos; La amada y el amado, ¡oh Poesía!, Los besos de sus labios, La música triunfante de mis rimas, Y en la negra y cercana chimenea El tuero brillador que estalla en chispas. ¡Oh, bien haya el brasero Lleno de pedrería! Topacios y carbunclos, Rubíes y amatistas En la ancha copa etrusca Repleta de ceniza. Los lechos abrigados, Las almohadas mullidas, Las pieles de Astrakán, los besos cálidos Que dan las bocas húmedas y tibias. ¡Oh, viejo invierno, salve! Puesto que traes con las nieves frígidas El amor embriagante Y el vino del placer en tu mochila. Sí, estaría a mi lado, Dándome sus sonrisas, Ella, la que hace falta a mis estrofas, Esa que mi cerebro se imagina; La que, si estoy en sueños, Se acerca y me visita; Ella que, hermosa, tiene Una carne ideal, grandes pupilas, Algo del mármol, blanca luz de estrella; Nerviosa, sensitiva, Muestra el cuello gentil y delicado De las Hebes antiguas; Bellos gestos de diosa, Tersos brazos de ninfa, Lustrosa cabellera En la nuca crespada y recogida, Y ojeras que denuncian Ansias profundas y pasiones vivas. ¡Ah, por verla encarnada, Por gozar sus caricias, Por sentir en mis labios Los besos de su amor, diera la vida! Entretanto, hace frío. Yo contemplo las llamas que se agitan, Cantando alegres con sus lenguas de oro, Móviles, caprichosas e intranquilas, En la negra y cercana chimenea Do el tuero brillador estalla en chispas. Luego pienso en el coro De las alegres liras, En la copa labrada el vino negro, La copa hirviente cuyos bordes brillan Con iris temblorosos y cambiantes Como un collar de prismas; El vino negro que la sangre enciende Y pone el corazón con alegría, Y hace escribir a los poetas locos Sonetos áureos y flamantes silvas. El Invierno es beodo. Cuando soplan sus brisas, Brotan las viejas cubas La sangre de las viñas. Sí, yo pintara su cabeza cana Con corona de pámpanos guarnida. El Invierno es galeoto, Porque en las noches frías Paolo besa a Francesca En la boca encendida, Mientras su sangre como fuego corre Y el corazón ardiendo le palpita. ¡Oh, crudo Invierno, salve! Puesto que traes con las nieves frígidas El amor embriagante Y el vino del placer en tu mochila. Ardor adolescente, Miradas y caricias: ¡Cómo estaría trémula en mis brazos La dulce amada mía, Dándome con sus ojos luz sagrada, Con su aroma de flor, savia divina! En la alcoba la lámpara Derramando sus luces opalinas; Oyéndose tan sólo Suspiros, ecos, risas; El ruido de los besos, La música triunfante de mis rimas Y en la negra y cercana chimenea El tuero brillador que estalla en chispas. Dentro, el amor que abrasa; Fuera, la noche fría.

Pensamiento de otoño

De Armand Silvestre

Huye el año a su término Como arroyo que pasa, Llevando del poniente Luz fugitiva y pálida. Y así como el del pájaro Que triste tiende el ala, El vuelo del recuerdo Que al espacio se lanza Languidece en lo inmenso Del azul por do vaga. Huye el año a su término Como arroyo que pasa. Un algo de alma aún yerra Por los cálices muertos De las tardes volúbiles Y los rosales trémulos. Y, de luces lejanas Al hondo firmamento, En alas del perfume Aún se remonta un sueño. Un algo de alma aún yerra Por los

cálices muertos. Canción de despedida Fingen las fuentes túrbidas. Si te place, amor mío, Volvamos a la ruta Que allá en la primavera Ambos, las manos juntas, Seguimos, embriagados De amor y de ternura, Por los gratos senderos Do sus ramas columpian Olientes avenidas Que las Fu perfuman. Canción de despedida Fingen las fuentes turbias. Un cántico de amores Brota mi pecho ardiente Que eterno abril fecundo De juventud florece. ¡Qué mueran, en buen hora, Los bellos días! Llegue Otra vez el invierno; Renazca áspero y fuerte. Del viento entre el quejido, Cual mágico himno alegre, Un cántico de amores Brota mi pecho ardiente. Un cántico de amores A tu sacra beldad, ¡Mujer, eterno estío, Primavera inmortal! Hermana del ígneo astro Que por la inmensidad En toda estación vierte Fecundo, sin cesar, De su luz esplendente El dorado raudal. Un cántico de amores A tu sacra beldad, ¡Mujer, eterno estío Primavera inmortal!

A un poeta

Nada más triste que un titán que llora,

Hombre-montaña encadenado a un lirio,

Que gime fuerte, que pujante implora:

Víctima propia en su fatal martirio.

Hércules loco que a los pies de Onfalia

La clava deja y el luchar rehusa,

Héroe que calza femenil sandalia,

Vate que olvida a la vibrante musa.

¡Quién desquijara los robustos leones,

Hilando esclavo con la débil rueca;

Sin labor, sin empuje, sin acciones;

Puños de fierro y áspera muñeca!

No es tal poeta para hollar alfombras

Por donde triunfan femeniles danzas:

Que vibre rayos para herir las sombras,

Que escriba versos que parezcan lanzas.

Relampagueando la soberbia estrofa,

Su surco deje de esplendente lumbre,

Y el pantano de escándalo y de mofa

Que no lo vea el águila en su cumbre.

Bravo soldado con su casco de oro

Lance el dardo que quema y que desgarra,

Que embiste rudo como embiste el toro,

Que clave firme, como el león, la garra.

Cante valiente y al cantar trabaje;

Que ofrezca robles si se juzga monte;

Que su idea, en el mal rompa y desgaje

Como en la selva virgen el bisonte.

Que lo que diga la inspirada boca

Suene en el pueblo con palabra extraña;

Ruido de oleaje al azotar la roca,

Voz de caverna y soplo de montaña.

Deje Sansón de Dalila el regazo:

Dalila engaña y corta los cabellos.

No pierda el fuerte el rayo de su brazo

Por ser esclavo de unos ojos bellos.

Anagké

Y dijo la paloma: Yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo, En el árbol en flor, junto a la poma Llena de miel, junto al retoño suave Y húmedo por las gotas de rocío, Tengo mi hogar. Y vuelo Con mis anhelos de ave, Del amado árbol mío Hasta el bosque lejano, Cuando, al himno jocundo Del despertar de Oriente, Sale el alba desnuda y muestra al mundo El pudor de la luz sobre su frente. Mi ala es blanca y sedosa; La luz la dora y baña Y céfiro la peina. Son mis pies como pétalos de rosa. Yo soy la dulca reina Que arrulla a su palomo en la montaña. En el fondo del bosque pintoresco Está el alerce en que formé mi nido; Y tengo allí, bajo el follaje fresco Un polluelo sin par, recién nacido. Soy la promesa alada, El juramento vivo; Soy quien lleva el recuerdo de la amada Para el enamorado pensativo; Yo soy la mensajera De los tristes y ardientes soñadores, Que va a revolotear diciendo amores Junto a una perfumada cabellera. Soy el lirio del viento. Bajo el azul del hondo firmamento Muestro de mi tesoro bello y rico Las preseas y galas; El arrullo en el pico, La caricia en las alas. Yo despierto a los pájaros parleros Y entonan sus melódicos cantares; Me poso en los floridos limoneros Y derramo una lluvia de azahares. Yo soy toda inocente, toda pura. Yo me esponjo en las ansias del deseo, Y me estremezco en la íntima ternura De un roce, de un rumor, de un aleteo. ¡Oh inmenso azul! Yo te amo. Porque a Flora Das la lluvia y el sol siempre encendido; Porque siendo el palacio de la aurora, También eres el techo de mi nido. ¡Oh inmenso azul! Yo adoro Tus celajes risueños, Y esa niebla sutil de polvo de oro Donde van los perfumes y los sueños. Amo los velos, tenues, vagarosos, De las flotantes brumas, Donde tiendo a los aires cariñosos El sedeño abanico de mis plumas. ¡Soy feliz! Porque es mía la floresta Donde el misterio de los nidos se halla; Porque el alba es mi fiesta Y el amor mi ejercicio y mi batalla. Feliz, porque de dulces ansias llena Calentar mis polluelos es mi orgullo; Porque en las selvas vírgenes resuena La música celeste de mi arrullo; Porque no hay una rosa que no me ame, Ni pájaro gentil que no me escuche, Ni garrido cantor que no me llame. ¿Sí? dijo entonces un gavilán infame, Y con furor se la metió en el buche. Entonces el buen Dios, allá en su trono ( Mientras Satán, para distraer su encono Aplaudía a aquel pájaro zahareño ) Se puso a meditar. Arrugó el ceño, Y pensó, al recordar sus vastos planes, Y recorrer sus puntos y sus comas, Que cuando creó palomas No debía haber creado gavilanes.

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