MoboReader> Literatura > Azul

   Clásico 18 No.18

Azul By Rubén Darío Palabras: 5692

Updated: 2018-11-14 00:03


Sonetos

Caupolicán

A Enrique Hernández Miyares

Es algo formidable que vio la vieja raza:

robusto tronco de árbol al hombro de un campeón

salvaje y aguerrido, cuya fornida maza

blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.

Por casco sus cabellos, su pecho por coraza,

pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,

lancero de los bosques, Nemrod que todo caza,

desjarretar un toro, o estrangular un león.

Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día,

le vio la tarde pálida, le vio la noche fría,

y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.

"¡El Toqui, el Toqui!", clama la conmovida casta.

Anduvo, anduvo, anduvo. La Aurora dijo: "Basta",

e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.

Venus

En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría.

En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín.

En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía,

como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.

A mi alma enamorada, una reina oriental parecía,

que esperaba a su amante bajo el techo de su camarín,

o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría,

triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín.

"¡Oh, reina rubia! -díjele, mi alma quiere dejar su crisálida

y volar hacia a ti, y tus labios de fuego besar;

y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,

y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar".

El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida.

Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.

De invierno

En invernales horas, mirad a Carolina.

Medio apelotonada, descansa en el sillón,

Envuelta con su abrigo de marta cibelina

Y no lejos del fuego que brilla en el salón.

El fino angora blanco junto a ella se reclina,

Rozando con su hocico la falda de Alençón,

No lejos de las jarras de porcelana china

Que medio oculta un biombo de seda del Japón.

Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño;

Entro, sin hacer ruido; dejo mi abrigo gris;

Voy a besar su rostro, rosado y halagüeño

Como una rosa roja que fuera flor de lis.

Abre los ojos, mírame, con su mirar risueño,

Y en tanto cae la nieve del cielo de París.

Medallones

Leconte de Lisle

De las eternas musas el reino soberano

Recorres, bajo un soplo de vasta inspiración,

Como un rajá soberbio en su elefante indiano

Por sus dominios pasa de rudo viento al son.

Tú tienes en tu canto como ecos de Oceano;

Se ven en tu poesía la selva y el león;

Salvaje luz irradia la lira que en tu mano

Derrama su sonora, robusta vibración.

Tú el faquir conoces secretos y avatares;

A tu alma dio el Oriente misterios seculares,

Visiones legendarias y espír

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itu oriental.

Tu verso está nutrido con savia de la tierra;

Fulgor de Ramayanas tu viva estrofa encierra,

Y cantas en la lengua del bosque colosal.

Catulle Mendés

Puede ajustarse al pecho coraza férrea y dura;

Puede regir la lanza, la rienda del corcel;

Sus músculos de atleta soportan la armadura…

Pero él busca en las bocas rosadas leche y miel.

Artista, hijo de Capua, que adora la hermosura,

La carne femenina prefiere su pincel,

Y en el recinto oculto de tibia alcoba oscura,

Agrega mirto y rosas a su triunfal laurel.

Canta de los oarystis el delicioso instante,

Los besos y el delirio de la mujer amante;

Y en sus palabras tiene perfume, alma, color.

Su ave es la venusina, la tímida paloma.

Vencido hubiera en Grecia, vencido hubiera en Roma.

En todos los combates del arte o del amor.

Walt Whitman

En su país de hierro vive el gran viejo,

Bello como un patriarca, sereno y santo.

Tiene en la arruga olímpica de su entrecejo

Algo que impera y vence con noble encanto.

Su alma del infinito parece espejo;

Son sus cansados hombros dignos del manto;

Y con arpa labrada de un roble añejo,

Como un profeta nuevo canta su canto.

Sacerdote que alienta soplo divino,

Anuncia, en el futuro, tiempo mejor.

Dice al águila: «¡Vuela!»; «¡Boga!», al marino,

Y «¡Trabaja!», al robusto trabajador.

¡Así va ese poeta por su camino,

Con su soberbio rostro de emperador!

J. J. Palma

Ya de un corintio templo cincela una metopa,

Ya de un morisco alcázar el capitel sutil;

Ya, como Benvenuto, del oro de una copa

Forma un joyel artístico, prodigio del buril.

Pinta las dulces Gracias, o la desnuda Europa,

En el pulido borde de un vaso de marfil,

O a Diana, diosa virgen de desceñida ropa,

Con aire cinegético, o en grupo pastoril.

La musa que al poeta sus cánticos inspira

No lleva la vibrante trompeta de metal,

Ni es la bacante loca que canta y que delira,

En el amor fogosa, y en el placer triunfal:

Ella al cantor ofrece la septicorde lira,

O, rítmica y sonora, la flauta de cristal.

Salvador Díaz Mirón

Tu cuarteto es cuadriga de águilas bravas

Que aman las tempestades, los oceanos;

Las pesadas tizonas, las férreas clavas,

Son las armas forjadas para tus manos.

Tu idea tiene cráteres y vierte lavas;

Del arte recorriendo montes y llanos,

Van tus rudas estrofas jamás esclavas,

Como un tropel de búfalos americanos.

Lo que suena en tu lira lejos resuena,

Como cuando habla el bóreas, o cuando truena.

¡Hijo del Nuevo Mundo!, la Humanidad

Oiga, sobre la frente de las naciones,

La hímnica pompa lírica de tus canciones

Que saludan triunfantes la Libertad.

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