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   Clásico 3 No.3

Prosas profanas Por Rubén Darío Palabras: 9804

Actualizado: 2018-11-14 00:03


De noche, cuando muestra su medio anillo de oro,

Bajo el azul tranquilo, la amada de Pierrot,

Es una fiesta pálida la que en el huerto reina,

Toca en la lira el aire su do-re-mi-fa-sol.

Curiosas las violetas a su balcón se asoman.

Y una suspira: «¡lástima que falte el ruiseñor!»

Los silfos acompasan la danza de las brisas

En un walpurgis vago de aroma y de visión.

De pronto se oye el eco del grito de la pampa;

Brilla como una puesta del argentino sol;

Y un espectral jinete, como una sombra cruza,

Sobre su espalda un poncho; sobre su faz, dolor.

-«¿Quién eres, solitario viajero de la noche?»

-«Yo soy la Poesía que un tiempo aquí reinó:

¡Yo soy el postrer gaucho que parte para siempre,

De nuestra vieja patria llevando el corazón!»

Alaba los ojos negros de Julia

Eva era rubia? No. Con negros ojos

Vio la manzana del jardín: con labios

Rojos probó su miel; con labios rojos

Que saben hoy más ciencia que los sabios.

Venus tuvo el azur en sus pupilas

Pero su hijo no. Negros y fieros

Encienden a las tórtolas tranquilas

Los dos ojos de Eros.

Los ojos de las reinas fabulosas,

De las reinas magníficas y fuertes,

Tenían las pupilas tenebrosas

Que daban los amores y las muertes.

Pentensilea, reina de amazonas,

Judith, espada y fuerza de Betulia,

Cleopatra, encantadora de coronas,

La luz tuvieron de tus ojos, Julia.

La negra, que es más luz que la luz blanca

Del sol, y las azules de los cielos.

Luz que el más rojo resplandor arranca

Al diamante terrible de los celos.

Luz negra, luz divina, luz que alegra

La luz meridional, luz de las niñas,

De las grandes ojeras, ¡oh, luz negra

Que hace cantar a Pan bajo las viñas!

Canción de Carnaval

Le carnaval s'amuse!

Viens le chanter, ma Muse…

BANVILLE.

Musa, la máscara apresta,

Ensaya un aire jovial

y goza y ríe en la fiesta

Del carnaval.

Ríe en la danza que gira,

Muestra la pierna rosada,

Y suene, como una lira,

Tu carcajada.

Para volar más ligera

Ponte dos hojas de rosa,

Como hace tu compañera

La mariposa.

Y que en tu boca risueña,

Que se une al alegre coro,

Deje la abeja posteña

Su miel de oro.

Unete a la mascarada,

Y mientras muequea un clown

Con la faz pintarrajeada

Como Frank Brown;

Mientras Arlequín revela

Que al prisma sus tintes roba

Y aparece Pulchinela

Con su joroba,

Di a Colombina la bella

Lo que de ella pienso yo,

Y descorcha una botella

Para Pierrot.

Que él te cuente cómo rima

Sus amores con la luna

Y te haga un poema en una

Pantomima.

Da al aire la serenata,

Toca el áuro bandolín,

Lleva un látigo de plata

Para el spleen.

Sé lírica y sé bizarra;

Con la cítara sé griega;

O gaucha, con la guitarra

De santos Vega.

Mueve tu espléndido torso

Por las calles pintorescas

Y juega y adorna el corso,

Con rosas frescas.

De perlas riega un tesoro

De Andrade en el regio nido,

Y en la hopalanda de Guido,

Polvo de oro.

Penas y duelos olvida,

Canta deleites y amores;

Busca la flor de las flores

Por Florida.

Con la armonía le encantas

De las rimas de cristal,

Y deshojas a sus plantas,

Un madrigal.

Piruetea, baila, inspira

Versos locos y joviales,

Celebre la alegre lira

Los carnavales.

Sus gritos y sus canciones.

Sus comparsas y sus trajes

Sus perlas, tintes y encajes

Y pompones.

Y lleve la rauda brisa,

Sonora, argentina, fresca,

La victoria de tu risa

Funambulesca.

Para una cubana

Poesía dulce y mística,

Busca a la blanca cubana

Que se asomó a la ventana

Como una visión artística.

Misteriosa y cabalística,

Puede dar celos a Diana,

Con su faz de porcelana

De una blancura eucarística.

Llena de un prestigio asiático,

Roja, en el rostro enigmático,

Su boca púrpura finge

Y al sonreírse vi en ella

El resplandor de una estrella

Que fuese alma de una esfinge.

Para la misma

Miré al sentarme a la mesa,

Bañado en la luz del día,

El retrato de María,

La cubana-japonesa.

El aire acaricia y besa,

Como un amante lo haría,

La orgullosa bizarría,

De la cabellera espesa.

Diera un tesoro el Mikado

Por sentirse acariciado

Por princesa tan gentil,

Digna de que un gran pintor

La pinte junto a una flor

En un vaso de marfil.

Bouquet

Un poeta egregio del país de Francia,

Que con versos áureos alabó el amor,

Formó un ramo armónico, lleno de elegancia,

En su Sinfonía en Blanco Mayor.

Yo por ti formara, Blanca deliciosa,

El regalo lírico de

un blanco bouquet,

Con la blanca estrella, con la blanca rosa

Que en los bellos parques del azul se vé.

Hoy que tú celebras tus bodas de nieve,

(Tus bodas de virgen con el sueño son)

Todas sus blancuras, Primavera, llueve

Sobre la blancura de tu corazón.

Cirios, cirios blancos, blancos, blancos lirios.

Cuellos de los cisnes, margarita en flor,

Galas de la espuma, ceras de los cirios

Y estrellas celestes tienen tu color.

Yo al enviarte versos de mi vida arranco

La flor que te ofrezco, blanco serafín:

¡Mira cómo mancha tu corpino blanco

La más roja rosa que hay en mi jardín!

El faisán

DIJO sus secretos el faisán de oro:-

En el gabinete mi blanco tesoro,

De sus claras risas el divino coro

Las bellas figuras de los gobelinos,

Los cristales llenos de aromados vinos,

Las rosas francesas en los vasos chinos.

(Las rosas francesas, porque fué allá en Francia

Donde en el retiro de la dulce estancia

Esas frescas rosas dieron su fragancia.)

La cena esperaba. Quitadas las vendas,

Iban mil amores de flechas tremendas

En aquella noche de Carnestolendas.

La careta negra se quitó la niña,

Y tras el preludio de una alegre riña

Apuró mi boca vino de su viña

Vino de la viña de la boca loca,

Que hace arder el beso, que el mordisco invoca.

¡Oh los blancos dientes de la loca boca!

En su boca ardiente yo bebí los vinos,

Y pinzas rosadas, sus dedos divinos,

Me dieron las fresas y los langostinos.

Yo la vestimenta de Pierrot tenía,

Y aunque me alegraba y aunque me reía,

Moraba en mi alma la melancolía.

La carnavalesca noche luminosa

Dió a mi triste espíritu la mujer hermosa,

Sus ojos de fuego, sus labios de rosa.

Y en el gabinete del café galante

Ella se encontraba con su nuevo amante,

Peregrino pálido de un país distante.

Llegaban los ecos de vagos cantares;

Y se despedían de sus azahares

Miles de purezas en los bulevares.

Y cuando el champaña me cantó su canto,

Por una ventana vi que un negro manto

De nube, de Febo cubría el encanto.

Y dije a la amada de un día:- ¿No viste

De pronto ponerse la noche tan triste?

¿Acaso la Reina de luz ya no existe?

Ella me miraba. Y el faisán cubierto de plumas de oro:

- «¡Pierrot! ten por cierto

Que tu fiel amada, que la Luna, ha muerto!»

Garçonière

Como era el instante, dígalo la musa

Que las dichas trae, que las penas lleva:

La tristeza pasa, velada y confusa;

La alegría, rosas y azahares nieva.

Era en un amable nido de soltero,

De risas y versos, de placer sonoro;

Era un inspirado cada caballero,

De sueños azules y vino de oro.

Un rubio decía frases sentenciosas:

Negando y amando las musas eternas

Un bruno decía versos como rosas,

Dos sonantes rimas y palabras tiernas.

Los tapices rojos, de doradas listas.

Cubrían panoplias de pinturas y armas,

Que hablaban de bellas pasadas conquistas,

Amantes coloquios y dulces alarmas.

El verso de fuego de D'Anunzio era

Como un son divino que en las saturnales

Guiara las manchadas pieles de pantera.

A fiestas soberbias y amores triunfales.

E iban con manchadas pieles de pantera.

Con tirsos de Fu y copas paganas

Las almas de aquellos jóvenes que viera

Venus en su templo con palmas hermanas.

Venus, la celeste reina que adivina

En las almas vivas alegrías francas

Y que les confía, por gracia divina,

Sus abejos de oro, sus palomas blancas.

Y aquellos amantes de la eterna Dea,

A la dulce música de la regia rima,

Oyen el mensaje de la vasta Idea

Por el compañero que recita y mima.

Y sobre sus frentes que acaricia el lauro,

Abril pone amable su beso sonoro,

Y llevan gozosos, sátiro y centauro,

La alegría noble del vino de oro.

El país del sol

Junto al negro palacio del rey de la isla de Hierro-(¡oh, cruel, horrible destierro!)- ¿cómo es que tú, hermana harmoniosa, haces cantar al cielo gris, tu pajarera de ruiseñores, tu formidable caja musical? ¿No te entristece recordar la primavera en que oíste a un pájaro divino y tornasol

en el país del sol?

En el jardín del rey de la isla de Oro-(¡oh, mi ensueño que adoro!)-fuera mejor que íú, harmoniosa hermana amaestrases tus aladas flautas, tus sonoras arpas; tú que naciste donde más lindos nacen el clavel de sangre y la rosa de arrebol,

en él país del sol!

O en el alcázar de la reina de la isla de Plata (Schubert, solloza la Serenata… ) pudieras también, hermana armoniosa, hacer que las místicas aves de tu alma alabasen dulce, dulcemente, el claro de luna, los vírgenes lirios, la monia paloma y el cisne marques. La mejor plata se funde en un ardiente crisol,

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