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   Clásico 6 No.6

Prosas profanas Por Rubén Darío Palabras: 9604

Actualizado: 2018-11-14 00:03


Tímpanos, liras y sistros y flautas.

Ornan los muros mosaicos y frescos.

Áureos pedazos de un sol fragmentario.

Iris trenzados en mil arabescos,

Joyas de un hábil cincel lapidario.

Y de la eterna Belleza en el ara,

Ante su sacra y grandiosa escultura,

Hay una lámpara en albo carrara,

De una eucarística y casta blancura.

Fuera, el frondoso jardín del poeta

Ríe en su fresca y gentil hermosura;

Ágata, perla, amatista, violeta,

Verdor eclógico y tibia espesura.

Una andaluza despliega su manto

Para el poeta de música eximia;

Rústicos Títiros cantan su canto;

Bulle el hervor de la alegre vendimia.

Ya es un tropel de bacantes modernas

El que despierta las locas lujurias;

Ya húmeda y triste de lágrimas tiernas,

Da su gemido la gaita de Asturias.

Francas fanfarrias de cobres sonoros,

Labios quemantes de humanas sirenas,

Ocres y rojos de plazas de toros,

Fuegos y chispas de locas verbenas.

Joven homérida, un día su tierra

Vióle que alzaba soberbio estandarte,

Buen capitán de la lírica guerra,

Regio cruzado del reino del arte.

Vióle con yelmo de acero brillante,

Rica armadura sonora a su paso,

Firme tizona, broncíneo olifante,

Listo y piafante su excelso pegaso.

Y de la brega tornar vióle un día

De su victoria en los bravos tropeles,

Bajo el gran sol de la eterna Harmonía,

Dueño de verdes y nobles laureles.

Fué aborrecido de Zoilo, el verdugo.

Fué por la gloria su estrella encendida.

Y esto pasó en el reinado de Hugo,

Emperador de la barba florida.

Elogio de la seguidilla

METRO mágico y rico que al alma expresas

Llameantes alegrías, penas arcanas,

Desde en los suaves labios de las princesas

Hasta en las bocas rojas de las gitanas.

Las almas harmoniosas buscan tu encanto,

Sonora rosa métrica que ardes y brillas,

Y España ve en tu ritmo, siente en tu canto

Sus hembras, sus claveles, sus manzanillas.

Vibras al aire alegre como una cinta,

El músico te adula, te ama el poeta;

Rueda en ti sus fogosos paisajes pinta

Con la audaz policromia de su paleta.

En ti el hábil orfebre cincela el marco

En que la idea-perla su oriente acusa,

O en tu cordaje harmónico formas el arco

Con que lanza sus flechas la airada musa.

A él tu voz en baile crujen las faldas,

Los piececitos hacen brotar las rosas

E hilan hebras de amores las Esmeraldas

En ruecas invisibles y misteriosas.

La anudaluza hechicera, paloma arisca,

Por ti irradia, se agita, vibra y se quiebra,

Con el lánguido gesto de la odalisca

O las fascinaciones de la culebra.

Pequeña ánfora lírica de vino llena

Compuesto por la dulce musa Alegría

Con uvas andaluzas, sal macarena,

Flor y canela frescas de Andalucía.

Subes, creces y vistes de pompas fieras;

Retumbas en el ruio de las metrallas,

Ondulas con el ala de las banderas,

Suenas con los clarines de las batallas.

Tienes toda la lira: tienes las manos

Que acompasan las danzas y las canciones;

Tus órganos, tus prosas, tus cantos llanos

Y tus llantos que parten los corazones.

Ramillete de dulces trinos verbales,

Javalina de Diana la Cazadora,

Ritmo que tiene el filo de cien puñales,

Que muerde y acaricia, mata y enflora.

Las Tirsis campesinas de ti están llenas

Y aman, radiosa abeja, tus bordoneos;

Así riegas tus chispas las nochebuenas

Como adornas la lira de los Orfeos.

Que bajo el sol dorado de Manzanilla

Que esta alzulada concha del cielo baña,

Polítona y triunfante, la seguidilla

Es la flor del sonoro Pindo de España.

Madrid, 1892.

El cisne

FUÉ en una hora divina para el género humano.

El Cisne antes cantaba sólo para morir.

Cuando se oyó el acento del Cisne wagneriano

Fué en medio de una aurora, fué para revivir.

Sobre las tempestades del humano oceano

Se oye el canto del Cisne; no se cesa de oir,

Dominando el martillo del viejo Thor germano

O las trompas que cantan la espada de Argantir.

¡Oh Cisne! ¡Oh sacro pájaro! Si antes la blanca Helena

Del huevo azul de Leda brotó de gracia llena,

Siendo de la Hermosura la princesa inmortal,

Bajo tus blancas alas la nueva Poesía,

Concibe en una gloria de luz y de harmonía

La Helena eterna y pura que encarna el ideal.

La página blanca

Mis ojos miraban en hora de ensueños

la página blanca.

Y vino el desfile de ensueños y sombras.

Y fueron mujeres de rostros de estatua,

Mujeres de rostros de estatuas de mármol,

¡Tan tristes, tan dulces, tan suaves, tan pálidas!

Y fueron visiones de extraño

s poemas,

De extraños poemas de besos y lágrimas,

¡De historias que dejan en crueles instantes

Las testas viriles cubiertas de canas!

¡Qué cascos de nieve que pone la suerte!

¡Qué arrugas precoces cincela en la cara!

¡Y cómo se quiere que vayan ligeros

Los tardos camellos de la caravana!

Los tardos camellos-,

Como las figuras en un panorama-,

Cual si fuese un desierto de hielo,

Atraviesan la página blanca.

Este lleva

una carga

De dolores y angustias antiguas,

Angustias de pueblos, dolores de razas;

¡Dolores y angustias que sufren los Cristos

Que vienen al mundo de víctimas trágicas!

Otro lleva

en la espalda

El cofre de ensueños, de perlas y oro,

Que conduce la Reina de Saba.

Otro lleva

una caja

En que va, dolorosa difunta,

Como un muerto lirio la pobre Esperanza.

Y camina sobre un dromedario

la Pálida,

La vestida de ropas obscuras,

La Reina invencible, la bella inviolada:

La Muerte.

Y el hombre,

A quien duras visiones asaltan,

El que encuentra en los astros del cielo

Prodigios que abruman y signos que espantan,

Mira al dromedario

de la caravana

Como al mensajero que la luz conduce,

¡En el vago desierto que forma

la página blanca!

Año Nuevo

A las doce de la noche por las puertas de la gloria

Y el fulgor de perla y oro de una luz extraterrestre,

Sale en hombros de cuatro ángeles, y en su silla gestatoria,

San Silvestre.

Más hermoso que un rey mago, lleva puesta la tiara,

De que son bellos diamantes Sirio, Arturo y Orión;

Y el anillo de su diestra, hecho cual si fuese para

Salomón.

Sus pies cubren los joyeles de la Osa adamantina,

Y su capa raras piedras de una ilustre Visapur;

Y colgada sobre el pecho resplandece la divina

Cruz del Sur.

Va el pontífice hacia Oriente ¿va encontrar el áureo barco,

Donde al brillo de la aurora viene en triunfo el rey Enero?

Ya la aljaba de Diciembre se fué toda por el arco

Del Arquero.

A la orilla del abismo misterioso de lo Eterno

El inmenso Sagitario no se cansa de flechar;

Le sustenta el frío Polo, lo corona el blanco Invierno,

Y le cubre los ríñones el vellón azul del mar.

Cada flecha que dispara, cada flecha es una hora;

Doce aljabas, cada año, para él trae el rey Enero;

En la sombra se destaca la figura vencedora

Del Arquero.

Al redor de la figura del gigante se oye el vuelo

Misterioso y fugitivo de las almas que se van,

Y el ruido con que pasa por la bóveda del cielo

Con sus alas membranosas el murciélago Satán.

San Silvestre bajo el palio de un zodiaco de virtudes,

Del celeste Vaticano se detiene en los umbrales

Mientras himnos y motetes canta un coro de laudes

Inmortales.

Reza el santo y pontifica; y al mirar que viene el barco

Donde en triunfo llega Enero,

Ante Dios bendice al mundo; y su brazo abarca el arco

y el Arquero.

Sinfonía en gris mayor

EL mar como un vasto cristal azogado

Refleja la lámina de un cielo de zinc;

Lejanas bandadas de pájaros marchan

El fondo bruñido de pálido gris.

El sol como un vidrio redondo y opaco

Con paso de enfermo camina al cenit;

El viento marino descansa en la sombra

Teniendo de almohada su negro clarín.

Las ondas que mueven su vientre de plomo

Debajo del muelle parecen gemir.

Sentado en un cable, fumando su pipa,

Está un marinero pensando en las playas

De un vago, lejano, brumoso país.

Es viejo ese lobo. Tostaron su cara

Los rayos de fuego del sol del Brasil;

Los recios tifones del mar de la China

Le han visto bebiendo su frasco de gin.

La espuma impregnada de yodo y salitre

Ha tiempo conoce su roja nariz,

Sus crespos cabellos, sus biceps de atleta,

Su gorra de lona, su blusa de dril.

En medio del humo que forma el tabaco

Ve el viejo el lejano, brumoso país,

A donde una tarde caliente y dorada

Tendidas las velas partió el bergantín…

La siesta del trópico. El lobo se adureme.

Ya todo lo envuelve la gama del gris.

Parece que un suave y enorme esfumino

Del curvo horizonte borrara el confín.

La siesta del trópico. La vieja cigarra

Ensaya su ronca guitarra senil,

Y el grillo preludia un solo monótono

En la única cuerda que está en su violín.

La Dea

ALBERTO, en el propíleo del tiempo soberano

Donde Renan rezaba, Verlaine cantado hubiera.

Primavera una rosa de amor tiene en la mano

Y cerca de la joven y dulce Primavera

Término su sonrisa de piedra brinda en vano

A la desnuda náyade y a la ninfa hechicera

Que viene a la soberbia fiesta de la pradera

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