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   Clásico 1 No.1

El Abencerraje Por Antonio de Villegas Palabras: 9896

Actualizado: 2018-11-14 00:03


De Antonio de Villegas, Dirigi

do a la Magestad Real del Rey Don

Phelippe, nuestro señor.

Año de M. D. L. X. V.

Este es un vivo retrato de virtud, liberalidad, esfuerço, gentile[z]a y lealtad, compuesto de Rodrigo de Narvaez, y el Abencerraje, y Xarifa, su padre, y el rey de Granad[a d]el qual, aunque los dos formaron y dibuxaron todo el cuerpo, los demas no dexaron de illustrar la tabla, y dar algunos rasguños en ella. Y como el precioso diamante engastado en oro, o en plata, o en plomo, siempre tiene su justo y cierto valor, por los quilates de su oriente: assi la virtud en qualquier dañado subjecto que assiente, resplandesce y muestra sus accidentes: bien que la esencia y efecto de

ella es como el grano que cayendo

ella es como el grano que cayendo

ta, y en la mala se

perdio.

Dize el cuento, que en tiempo del infante don Fernando, que gano a Antequera, fue un cavallero que se llamó Rodrigo de narvaez, notable en virtud, y hechos de armas. Este peleando contra moros hizo cosas de mucho esfuerço: y particularmente en aquella empresa, y guerra de Antequera hizo hechos dignos de perpetua memoria: sino que esta nuestra España tiene en tan poco el esfuerço (por serle tan natural y ordinario) que le paresce, que quanto se puede hazer es poco: no como aquellos Romanos, y Griegos, que al hombre que se aventurava a morir una vez en toda la vida le hazian en sus escriptos inmortal, y le trasladavan en las estrellas. Hizo pues este cavallero tanto en servicio de su ley, y de su Rey, que después de ganada la villa, le hizo alcayde d'ella: para que pues auia sido tanta parte en ganalla lo fuesse en defendella. Hizole tambien alcayde de Alora, de suerte que tenía a cargo ambas fuerças, repartiendo el tiempo en ambas partes, y acudiendo siempre a la mayor necessidad. Lo mas ordinario residia en Alora, y alli tenia cinquenta escuderos hijosdalgo a los gages del Rey, para la defensa y seguridad de la fuerça: y este numero nunca faltava, como los immortales del rey Dario, que en muriendo uno, ponian otro en su lugar. Tenian todos ellos tanta fee y fuerça en la virtud de su Capitan, que ninguna empresa se les hazia dificil: y assi no dexavan de ofender a sus enemigos, y defenderse dellos, y en todas las escaramuças que entravan salian vencedores, en lo qual ganavan honra y provecho, de que andavan siempre ricos. Pues una noche acabando de cenar, que hazia el tiempo muy sossegado, el alcayde dixo a todos ellos estas palabras.

Paresceme hijosdalgo (señores y hermanos mios) que ninguna cosa despierta tanto los coraçones de los hombres, como el continuo [e]xercicio de las armas: porque con el se cobra experiencia en las proprias, y se pierde miedo a las agenas. Y desto no ay para que yo traya testigos de fuera: porque vosotros soys verdaderos testimonios. Digo esto, porque han passado muchos dias que no hemos hecho cosa que nuestros nombres acresciente, y seria dar yo mala cuenta de mi y de mi oficio, si teniendo a cargo tan virtuosa gente y valiente compañia dexasse passar el tiempo en balde. Paresceme (si os paresce) pues la claridad y seguridad de la noche nos combida, que sera bien dar a entender a nuestros enemigos, que los valedores de Alora no duermen. Yo os he dicho mi voluntad, hagase lo que os paresciere. Ellos respondieron, que ordenasse, que todos le seguirian. Y nombrando nueve dellos, los hizo armar: y siendo armados, salieron por una puerta falsa que la fortaleza tenia, por no ser sentidos: porque la fortaleza quedasse a buen recado. Y yendo por su camino adelante; hallaron otro que se dividia en dos. El alcayde les dixo, Ya podria ser, que yendo todos por este camino, se nos fuesse la caça por este otro. Vosotros cinco os yd por el uno, yo con estos quatro me yre por el otro: y si acaso los unos toparen enemigos que no basten a vencer, toque uno su cuerno, y a la señal acudirán los otros en su ayuda. Yendo los cinco escuderos por su camino adelante, hablando en diversas cosas, el uno d'ellos dixo. Teneos compañeros, que o yo me engaño, o viene gente. Y metiendose entre una arboleda, que junto al camino se hazia, oyeron ruydo. Y mirando con mas atencion, vieron venir por donde ellos yvan un gentil moro en un cavallo ruano: el era grande de cuerpo, y hermoso de rostro, y parescia muy bien a cavallo. Traya vestida una marlota de carmesi, y un albornoz de damasco d'el mismo color, todo bordado de oro y plata. Traya el braço derecho regaçado y labrada en el una hermosa darna, y en la mano una gruessa y hermosa lança de dos hierros. Traya una darga y cimitarra, y en la cabeça una toca tunezi, que dandole muchas bueltas por ella, le servia de hermosura y defensa de su persona. En este habito venia el moro, mostrando gentil continente: y cantando un cantar que el compuso en la dulce membrança de sus amores, que dezia:

Nascido en Granada,

criado en Cartama:

enamorado en Coyn,

frontero de Alora.

Aunque

a la musica faltava el arte, no faltava al moro contentamiento: y como traya el coraçon enamorado, a todo lo que dezia dava buena gracia. Los escuderos trasportados en verle, erraron poco de dexarle passar, hasta que dieron sobre el. El viendose salteado, con animo gentil bolvio por si, y estuvo por ver lo que harian. Luego de los cinco escuderos los quatro se apartaron, y el uno le acometio: mas como el moro sabia mas de aquel menester, de una lançada dio con el y con su cavallo en el suelo. Visto esto de los quatro que quedavan los tres le acometieron, paresciendoles muy fuerte: de manera que ya contra el moro eran tres Christianos, que cada uno bastava para diez moros, y todos juntos no podian con este solo. Alli se vio en gran peligro: porque se le quebro la lança, y los escuderos le davan mucha priessa: mas fingiendo que huya, puso las piernas a su cavallo, y arremetio al escudero que derribara: y como una ave se colgo de la silla, y le tomo su lança, con la qual bolvio a hazer rostro a sus enemigos, que le yvan siguiendo (pensando que huya) y diose tan buena maña que a poco rato tenia de los tres los dos en el suelo. El otro que quedava, viendo la necessidad de sus compañeros, toco el cuerno, y fue a ayudarlos. Aqui se travo fuertemente la escaramuça: porque ellos estavan afrontados de ver que un cavallero les durava tanto, y a el le yva mas que la vida en defenderse dellos. A esta hora le dio uno de los dos escuderos una lançada en un muslo, que a no ser el golpe en soslayo, se le passara todo. El con rabia de verse herido, bolvio por si: y diole una lançada, que dio con el y con su cavallo muy mal herido en tierra.

Rodrigo de Narvaez, barruntando la necessidad en que sus compañeros estavan, atravesso el camino, y como traya mejor cavallo se adelanto: y viendo la valentia del moro quedo espantado porque de los cinco escuderos tenia los quatro en el suelo y el otro casi al mismo punto. El le dixo. Moro vente a mi, y si tu me vences yo te asseguro de los demas. Y començaron a travar brava escaramuça: mas como el alcayde venia de refresco, y el moro y su cavallo estavan heridos, davale tanta priessa, que no podia mantenerse: mas viendo que en sola esta batalla le yva la vida y contentamiento, dio una lançada a Rodrigo de Narvaez, que a no tomar el golpe en su darga, le huviera muerto. El en rescibiendo el golpe, arremetio a el, y diole una herida en el braço derecho, y cerrando luego con el, le travo a braços: y sacandole de la silla, dio con el en el suelo. Y yendo sobre el, le dixo. Cavallero, date por vencido, si no matarte he. Matarme bien podras, dixo el moro, que en tu poder me tienes: mas no podra vencerme, sino quien una vez me vencio. El alcayde no paro en el mysterio con que se dezian estas palabras, y usando en aquel punto de su acostumbrada virtud, le ayudo a levantar porque de la herida que le dio el escudero en el muslo, y de la del braço, aunque no eran grandes, y del gran cansancio y cayda, quedo quebrantado: y tomando de los escuderos aparejo, le ligo las heridas. Y hecho esto, le hizo subir en un cavallo de un escudero, porque el suyo estava herido: y bolvieron el camino de Alora. Y yendo por el adelante hablando en la buena disposicion y valentia del moro, el dio un grande y profundo sospiro: y hablo algunas palabras en Algaravia, que ninguno entendio. Rodrigo de Narvaez yva mirando su buen talle y dispusicion, acordavasele de lo que le vio hazer: y pareciale que tan gran tristeza en animo tan fuerte no podia proceder de sola la causa que alli parescia. Y por informarse del, le dixo. Cavallero, mirad que el prisionero que en la prision pierde el animo, aventura el derecho de la libertad. Mirad que en la guerra los cavalleros han de ganar y perder: porque los mas de sus trances estan subjectos a la fortuna: y paresce flaqueza que quien hasta aqui ha dado tan buena muestra de su esfuerço, la de aora tan mala. Si sospirays del dolor de las llagas, a lugar vays do sereys bien curado? Si os duele la prision jornadas son de guerra a que estan subjectos quantos la siguen. Y si teneys otro dolor secreto fialde de mi, que yo os prometo como hijodalgo de hazer por remediarle lo que en mi fuere. El moro, levantando el rostro, que en el suelo tenia, le dixo. Como os llamays cavallero que tanto sentimiento mostrays de mi mal. El le dixo, A mi llaman Rodrigo de Narvaez, soy Alcayde de Antequera y Alora. El moro tornando el semblante algo alegre, le dixo. Por cierto aora pierdo parte de mi quexa: pues ya que mi fortuna me fue adversa, me puso en vuestras manos, que aunque nunca os vi, sino aora gran noticia tengo de vuestra virtud y expiriencia de vuestro esfuerço: y porque no os parezca que el dolor de las heridas me haze sospirar y tambien porque me paresce, que en vos cabe qualquier secreto, mandad apartar vuestros escuderos, y hablaros he dos palabras. El Alcayde los hizo apartar: y quedando solos el moro arrancando un gran sospiro, le dixo.

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