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   Clásico 2 No.2

El Abencerraje By Antonio de Villegas Palabras: 8256

Updated: 2018-11-14 00:03


Rodrigo de Narvaez, alcayde tan nombrado de Alora, esta[te] atento a lo que te dixere, y veras si bastan los casos de mi fortuna a derribar un coraçon de un hombre captivo. A mi llaman Abindar[r]aez el moço, a diferencia de un tio mio hermano de mi padre, que tiene el mismo nombre. Soy de los Abencerrajes de Granada, de los quales muchas vezes avras oydo dezir: y aunque me bastava la lastima presente, sin acordar las passadas, todavia te quiero contar esto.

Huvo en Granada un linage de cavalleros, que llamavan los Abencerrajes, que eran flor de todo aquel reyno: porque en gentileza de sus personas, buena gracia, disposicion, y gran esfuerço, hazian ventaja a todos los demas, eran muy estimados del rey y de todos los cavalleros, y muy amados y quistos de la gente comun. En todas las escaramuças que entravan, salian vencedores: y en todos los regozijos de cavalleria se señalavan. Ellos inventavan las galas y los trages. De manera que se podia bien dezir, que en exercicio de paz y de guerra, eran regla y ley de todo el reyno. Dizese, que nunca huvo Abencerraje escasso, ni covarde, ni de mala disposicion. No se tenia por Abencerraje el que no servia dama, ni se tenia por dama la que no tenia Abencerraje por servidor. Quiso la fortuna enemiga de su bien, que de esta excelencia cayessen de la manera que oyras. El Rey de Granada hizo a dos de estos Cavalleros, los que mas valian, un notable & injusto agravio, movido de falsa informacion, que contra ellos tuvo. Y quisose dezir (aunque yo no lo creo) que estos dos, y a su instancia otros diez, se conjuraron de matar al Rey: y dividir el Reyno entre si, vengando su injuria. Esta conjuracion, siendo verdadera, o falsa, fue descubierta: y por no escandalizar el Rey el reyno, que tanto los amava, los hizo a todos una noche degollar: porque a dilatar la injusticia, no fuera poderoso de hazella. Ofrescieronse al Rey grandes rescates por sus vidas: mas el aun escuchallo no quiso. Quando la gente se vio sin esperança de sus vidas, començo de nuevo a llorarlos. Lloravanlos los padres que los engendraron, y las madres que los parieron; lloravanlos las damas[1] a quien servian, y los cavalleros con quien se acompañavan. Y toda la gente comun alçava un tan grande y continuo alarido, como si la ciudad se entrara de enemigos: de manera que si a precio de lagrymas se huvieran de comprar sus vidas, no murieran los Abencerrajes tan miserablemente. Vees aqui en lo que acabo tan esclarescido linage, y tan principales Cavalleros como en el avia: considera quanto tarda la fortuna en subir un hombre y quan presto le derriba. Quanto tarda en crescer un arbol, y quan presto va al fuego. Con quanta dificultad se edifica una casa, y con quanta brevedad se quema. Quantos podrian escarmentar en las cabeças destos desdichados: pues tan sin culpa padecieron con publico pregon, siendo tantos y tales y estando en el favor del mismo rey, sus casas fueron derribadas, sus heredades enajenadas: y su nombre dado en el reyno por traydor. Resulto deste infelice caso, que ningun Abencerraje pudiesse vivir en Granada, salvo mi padre y un tio mio que hallaron innocentes deste delicto: a condicion, que los hijos que les nasciesse[n] embiassen a criar fuera de la ciudad: para que no bolviessen a ella, y las hijas casassen fuera del reyno.

Rodrigo de Narvaez, que estava mirando con quanta passion le contava su desdicha, le dixo. Por cierto cavallero, vuestro cuento es estraño, y la sinrazon que a los Abencerrajes se hizo fue grande, porque no es de creer que siendo ellos tales cometiessen traycion. Es como yo lo digo, dixo el. Y aguardad mas y vereys como desde alli todos los bencerrajes deprendimos a ser desdichados.

Yo sali al mundo del vientre de mi madre y por cumplir mi padre el mandamiento del Rey, embiome a Cartama al Alcayde que en ella estava, con quien tenia estrecha amistad. Este tenia una hija, casi de mi edad, a quien amava mas que a si[2]: porque allende de ser sola y hermosissima, le costo la muger que murio de su parto. Esta, y yo, en nuestra niñez, siempre nos tuvimos por hermanos (porque assi nos oyamos llamar). Nunca me acuerdo

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aver passado hora que no estuviessemos juntos. Juntos nos criaron, juntos andavamos, juntos comiamos y beviamos. Nascionos desta conformidad un natural amor que fue siempre creciendo con nuestras hedades. Acuerdome que entrando una siesta en la huerta, que dizen de los jazmines, la halle sentada junto a la fuente, componiendo su hermosa cabeça. Mirela vencido de su hermosura, y paresciome a Salmacis: y dixe entre mi. O quien fuera Trocho para parescer ante esta hermosa diosa. No se como me peso de que fuesse mi hermana: y no aguardando mas fuyme a ella: y quando me vio, con los braços abiertos me salio a rescebir, y sentandome junto a si, me dixo. Hermano, como me dexastes tanto tiempo sola? Yo la respondi, Señora mia: porque ha gran rato que os busco, y nunca halle quien me dixesse do estavades, hasta que mi coraçon me lo dixo. Mas dezidme aora, que certinidad teneys vos de que seamos hermanos? Yo, dixo ella, no otra, mas del grande amor que te tengo, y ver que todos nos llaman hermanos. Y si no[3] lo fueramos, dixe yo, quisierasme tanto? No ves, dixo ella, que a no serlo, no nos dexara mi padre andar siempre juntos y solos. Pues si esse bien me avian de quitar, dixe yo, mas quiero el mal que tengo. Entonces ella encendiendo su hermoso rostro en color, me dixo. Y que pierdes tu en que seamos hermanos? Pierdo a mi y a vos, dixe yo. Yo no te entiendo, dixo ella, mas a mi me paresce que solo serlo, nos obliga a amarnos naturalmente. A mi, sola vuestra hermosura me obliga, que antes essa hermandad paresce que me resfria algunas vezes. Y con esto baxando mis ojos, de empacho de lo que le dixe, vila en las aguas de la fuente al proprio como ella era: de suerte que donde quiera que bolvia la cabeça hallava su imagen, y en mis entrañas la más verdadera. Y deziame yo a mi mismo (y pesarame que alguno me lo oyera) Si yo me anegasse aora en esta fuente, donde veo a mi señora, quanto mas desculpado moriria yo que Narciso! Y si ella me amasse como yo la amo, que dichoso seria yo! Y si la fortuna nos permitiesse vivir siempre juntos, que sabrosa vida seria la mia. Diziendo esto levanteme, y bolviendo las manos a unos jazmines, de que la fuente estava rodeada, mezclandolos con arrayan, hize una hermosa guirnalda, y poniendola sobre mi cabeça me bolvi a ella coronado y vencido. Ella puso los ojos en mi (a mi parescer) mas dulcemente que solia, y quitandomela, la puso sobre su cabeça. Paresciome en aquel punto mas hermosa que Venus, quando salio al juyzio de la mançana, y bolviendo el rostro a mi, me dixo. Que te paresce aora de mi Abindarraez? Yo la dixe Paresceme que acabays de vencer el mundo, y que os coronan por reyna y señora del. Levantandose me tomo por la mano, y me dixo. Si esso fuera hermano no perdierades vos nada. Yo sin la responder la segui hasta que salimos de la huerta. Esta engañosa vida traximos mucho tiempo, hasta que ya el amor por vengarse de nosotros nos descubrio la cautela, que como fuymos creciendo en edad ambos acabamos de entender que no eramos hermanos. Ella no se lo que sintio al principio de saberlo: mas yo nunca mayor contentamiento recebi aunque despues aca lo he pagado bien. En el mismo punto que fuymos certificados desto, aquel amor limpio y sano que nos teniamos, se començo a dañar y se convertio en una raviosa enfermedad, que nos durara hasta la muerte. Aqui no huvo primeros movimientos que escusar, porque el principio destos amores fue un gusto y deleyte fundado sobre bien: mas despues no vino el mal por principios, sino de golpe y todo junto, ya yo tenia mi contentamiento puesto en ella, y mi alma hecha a medida de la suya. Todo lo que no via en ella me parecia feo escusado y sin provecho en el mundo. Todo mi pensamiento hera en ella. Ya en este tiempo nuestros pasatiempos heran differentes; ya yo la mirava con recelo de ser sentido, ya tenia invidia del sol que la tocava. Su presencia me lastimava la vida, y su ausencia me enflaquescia el coraçon. Y de todo esto creo que no me devia nada, porque me pagava en la misma moneda. Quiso la fortuna, embidiosa de nuestra dulce vida, quitarnos este contentamiento en la manera que oyras.

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