MoboReader> Literatura > Duo: "Rogelio" y "El ánima sola"

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Duo: "Rogelio" y "El ánima sola" By Tomás Carrasquilla Palabras: 8517

Updated: 2018-11-14 00:03


Mira, Efe Gómez: para tu esposa y tus hermanas, tan comprensivas como bondadosas; para tu casa infanzona; para ti, amigo del alma, he forjado esta fábula pueril y montañera, escabrosa en apariencia, mística en el fondo. No miréis lo mezquino del tributo: mirad la fe que os guarda el tributario.

Tomás Carrasquilla

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Rogelio

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El lugarón abrupto de Santa Rita del Barcino, minero y rescatante cuando Dios quería es célebre en Antioquia por sus tres iglesias, por sus funciones religiosas y más todavía por la balumba de santos que colman altares y sacristías, amén de los que guardan en sus casas varios magnates de mucho predicamento en lo eclesiástico.

El mamarracho ostenta no pocas variedades en esta corte celestial, quiteña o no. ¡Pero vaya un forastero a ponerle reparos ante un santarritense y verá lo que le pasa! Todo un señor juez de aquel circuito, oriundo de Palmares, se permitió decir en cierta ocasión que el San Juan Evangelista de su cabecera tenía carita de muchacha boba, y tal fué la inquina que le cogieron, tales las acusaciones que le urdieron, que hubo de perder la tierra y el destino por escapar el pellejo del acero aleve.

Como todas estas imágenes son de vestir y como cada una corre por cuenta de algún vecino o de una familia, se ha formado en la parroquia levítica, desde tiempos inmemoriales, una rivalidad harto progresista y emuladora en esto de indumentaria, sastrería y arrequives religiosos. ¡Qué de galones y sederías, qué de tisúes y de brocados, qué de mantos estrellados, qué de potencias y de resplandores!

Ni los de escasa fortuna se dejan echar las roncas del ricachón más pintado en esta competencia que es timbre y prenda segura de salvación de todo el vecindario. A bien que puede hacerlo: nacido y criado en la cicatería y el trabajo, sólo a la mayor honra y gloria de Dios pellizca sus caudales medio ocultos.

Los santos menos populares son celebrados en Santa Rita con solemnidades adentro y en las calles. Cuanto a esa magnánima patrona, "Vencedora de Imposibles", no se diga. Novenario y salves, bandas y chirimías, cohetes y castillos, sin contar la misa extraordinaria, la glorifican en este año más que en el precedente. No son, con todo, estas fiestas titulares las que más forasteros atraen: es la Semana Santa. Este pueblo rezandero y creyente compite con la Santa Madre Iglesia en este recuerdo representativo de la Redención. En las ceremonias despliega Santa Rita todas sus industrias e invenciones, todas sus sabidurías y estéticas, todas sus galas y sus ornatos todos. En los diez desfiles de pasos y en la "procesión secreta" -que es el jueves, y nocturna, aunque no alumbrada- saca año por año nuevas alegorías y combinaciones, ya por medio de imágenes, ya por personajes de carne y hueso.

De pueblos muy distantes acuden por este tiempo, nada más que por asistir a estos espectáculos conmemorantes, muchísimas personas y hasta familias enteras. Es peregrinación que trae buenas granjerías a comerciantes, vendecomidas y mesoneros. La del 68 será probablemente la más caudalosa y resonante.

Desde el jueves de esta Semana de Dolores está el pueblo en expectativa y en efervescencia la novelería. Con razón: de un momento a otro llegan don Francisco de Borja Palmerín, su esposa y su unigénito. Vienen desde sus minas de Gallonegro precedidos de su fama de capitalistas y de sus dos cargas de petacas. No se hacen esperar demasiado, y cuál se pasman grandes y pequeños cuando los ven tomarse aquella plaza, muy campantes y atalajados: los esposos, en unas mulas como torres; el chico, en una yegüita mantequilla muy fina y cavilosa; el peón de estribo, un negrazo disforme, con su maleta de vituallas a la espalda.

¡Lo que era la gente de tono! ¡Bendito fuera Dios!

Hospédanse, por supuesto, en la famosa y anual fonda de don Telmo, contigua al templo y no mal abastada en tales ocasiones, la cual fonda invaden al punto granujas y mozas de cántaro, que no quieren perder pie ni patada en aquel recibimiento nunca visto ni oído en tierra santarritense.

"¡Pis! ¡Pis! Serán muy ricos; pero se les ve el zambo a media lengua", declara al salir la negra Valeriana y con ella todas las fregonas.

En aquel jubileo de Dolores, mientr

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as el luto cubre todos los cuerpos y el llanto todas las pupilas; en que todo cristiano comulga y edifica, ¡qué espectáculo de escándalo y relajamiento dan los dos esposos a tantos fieles y qué ejemplo más lastimoso a ese angelito!

La iglesia está repleta y en palpitante bisbiseo de plegarias. La Virgen Dolorosa en su camarín, casi perdida entre las ricas preseas y la flora de papel dorado.

Antes de principiar la misa se perfila en la puerta mayor la figura atlética y azarosa del negro espolique.

Viene en traje de palomo, en cuerpo de camisa escarolada y suelta; trae un rollo enorme. Abócase por la nave central lo mismo que un toro; rompe por entre el hombrerío, seguido de sus amos, que no piensan siquiera en santiguarse, ni en mojar el dedo en el agua bendita. El negro abre campo a codo limpio junto a la primera columna del lado de la Epístola, y, desplegando un tapetón de perro y pavo real, lo tiende cuan largo es. Los amos se arrodillan un instante, para luego aplastarse los tres peor que unos sapos. El negrazo se escurre como diablo que ve cruz, y la bollona sinvergüenza se queda muy oronda metida entre aquella machería. ¡Viéranla el pergenio, la irreverencia y el sacrilegio! Y las señoras no pierden ripio, de puro escandalizadas. ¡Ni tan siquiera se cubre esa cabeza cargada de profanaciones y hasta de malos pensamientos!

Lleva cabello con copete cerrado, en canales a dedo; rodete de totuma; tres rosas de trapo junto a una oreja; y, por cimera y coronamiento, una peineta de caguamo que semeja el espaldar de un taburete. Ostenta zarcillones de dos rosetas y largos tilindangos, broches de guacamaya picando un racimo de corozos, muchas sortijas y un collar de corales de tres hilos. Es una jamona repolluda y fofa, con la cara manchada por el paludismo y el colorete; el ojo pardo y luminoso denuncia cosas muy tremendas. Por desgracia, ha quedado muy abajo y pocos disfrutan de aquel deleite.

En la misa está como azogada, atisba que más atisba, tan pronto hacia el coro, tan pronto hacia el altar, ya a las mujeres, ya a los varones; y aseguran varias devotas que se ha sentado a lo mejor; que no ha rezado ni atendido al sermón; que no tiene idea del sacrificio incruento; que es una herejona de siete suelas, una salvaje por conquistar.

Tampoco les parece tanta cosa el tal don Borja, tan mentado. Es un cincuentón chamizudo y langaruto, cara de curuba y con vetas azulencas de carate, narices de rabino, ojos de gato, barba rala dispuesta en balcarrota. Se les hace tan atrasado en religión como la esposa. A ambos los bajan al nivel del negro tapetero.

Del niño nada saben, ni él tampoco. Está quieto, casi lelo. ¿Cómo no? Hállase ante lo desconocido. El velo cuaresmal le sobrecoge como algo fatídico; de altares y de cuadros no discierne; tan sólo le sugieren la noción de lo raro. De la Virgen ni se da cuenta; la serie de columnas que a él le quedan a hilo cubren por completo el lateral altarón. El gentío y la apretura le marean y le aturden. Siente ansias y no entiende el sermón. ¡Qué va a entender el pobre!

A mediodía salen a recorrer el pueblo y a despampanar a los santarritenses, que los avizoran a traición desde puertas y ventanas. ¿Iba misiá Gumersinda Dai de Palacín a botarse de forástica con cualesquiera trapillos anticuados? ¡No la conocían! Todos sus arreos y majezas se los ha traído Borja quince días antes de la propia Villa de la Candelaria.

¡Oh! ¡Las modas y elegancias del 68! Es un traje de gasa estambrada con realces de seda blanca y rosa, con millareses en picos, cubiertos con mostacilla cual rocío: es un pañolón mágico, tropical, que vale treinta pesos y prolija reseña. Y va una, para regocijo de las damas de antaño y chacota de las damas de hogaño. Erase de cachemir negro y finísimo; de alamares felposos de la pura seda; le guarnecían a uno y otro lado de la tela sendas fajas de raso solferino: la una ancha con aplicaciones circulares y multicolores, y con cinta sobrepuesta de terciopelo abigarrado, en relieves como gusanos; la otra angosta y menos historiada. ¡Tal disposición permitía a la cliente el lucir la prenda de diez modos distintos y con diez apariencias! ¡Oh pañolones transformistas que hicísteis época y engalanásteis estas calles de Dios!

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