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   Clásico 2 No.2

Duo: "Rogelio" y "El ánima sola" Por Tomás Carrasquilla Palabras: 8812

Actualizado: 2018-11-14 00:03


Le lleva misiá Gumersinda en doble ángulo simétrico, medio suelto, a todo viso, a toda guarnición, cogidas las puntas por los gordos brazos con mucho melindre y mucha fullería, mientras empuña y sostiene una sombrilla de raso morado con arabescos de cuentas blancas que remedan confites. Con su andar menudo y contoneado apenas si asoman las puntas de las botinas de satín perla con labores aljofaradas.

Gasta el marido boato costoso, a estilo de nabab montuno: aguadeño chato y alicorto de cinta oscura, y ancha camisa extranjera de bayetilla azul con blancas cadenetas por el cuello y la pechera; chaquetón de lana amahonado; pantalones de paño azurea, con galón anchísimo y ceniciento; botines amarillos de vaqueta; ruana superiorísima del Reino, con forro de bayeta roja y ribete de trenza. De una reata de lana -una flora en relieve, obra de la esposa- le cae sobre el cuadril derecho un carrielón de nutria muy costoso. Le complementa la totuma de coco para los tragos camineros. Su engaste es de plata; su interior, bruñido; por fuera, tallado por un artista copacabaneño, el escudo nacional con todos sus símbolos y menudencias. Del chaleco de piqué blanco le cuelgan en onda mirífica y coruscante el emblema supremo de su personalidad: una leontina de chicharrones extraídos de sus minas. ¡Hurra al indiano de Gallonegro, conde Criolletas de Montecristo!

Lleva Rogelio flux de paño tabaco, cuadriculado de rosaúsco, con cuello sin solapa y ribete de gro; corbatica roja atada en mariposa; botines extranjeros de chagrín, muy cucos y muy labrados. Lleva otrosí, reloj y pendiente de oro con guardapelo. Cubre su greña inculta un becoquín gris pálido. (Son éstos el primer preludio de los cocos o calabazas que debutaron en Antioquia el año 64). Es el chico una criatura de once años, ojeroso, desvaído, casi lívido; es una víctima de esta anemia tropical que ahora persiguen. Tiene muy afilada la nariz, los labios incoloros, la dentadura muy perlada, la sonrisa muy dulce, los ojos muy grandes, muy negros, y muy tristes.

Mientras andan y trasiegan por las calles, callejones y afueras del poblacho, la gente dicta el fallo: muy ricos, muy en grande; pero eran unos ñapangos, unos montaraces. Los viejos marrulleros sospechan algo más. ¡Lo que se les daba, por esos montes, vivir como animales! Varias damas del copete aseguran que esos trapos y adornijos son a la moda de Gallonegro: ¡pura chambonada de negros masamorreros del Porce! Pero las señoras de la fonda, lo mismo que las fámulas, cuentan y no acaban de aquellas galanuras, de aquellos esplendores desconocidos en el pueblo. Estos Cresos lo tienen todo alborotado a pesar del tiempo santo: son un pecadero perpetuo. Ya los veían: en vez de ir a rezar las estaciones, como cumple a todo fiel cristiano, se habían quedado por la tarde en el balcón, muy tranquilos jugando tute, bombeando tabaco y tomando rosolí a vista y contemplación de todo el mundo. ¿Podría darse mayor prueba de irreligión y de cinismo? ¡Qué horrible era ver cómo ofendían a Dios en este día tan grande!

Rogelio tampoco ha asistido a la Vía Crucis porque las andanzas le han rebotado el mal y ha tenido que echarse en la cama. A pesar de la anemia, y acaso por la seguridad que da el dinero hasta a los mismos pequeñuelos, no es apático ni retraído; y, como casi no ha tratado niños de su clase, está ávido de altas relaciones. Así es que el sábado, día en que se da a conocer, se ha captado muchos amigos y camaradas a las primeras de cambio. Estos, a su vez, están desvanecidos con el forastero: un muchacho tan rico, tan peripuesto, con todo y reloj, y tan poco orgulloso y tan parejo, y tan formal con todos; un muchacho que maneja plata lo mismo que un grande; que compra frutas y golosinas para todo bicho, es caso inaudito en Santa Rita. El séquito se lo pelotea, se lo monopoliza, y andan con él calle arriba y calle abajo, y Rogelito por aquí, y Rogelito por allá.

Tres cuartos de lo mismo le acontece a don Borja. A cualquiera que entra en la fonda lo convida a tomar de lo fino; ha ido al estanco y le ha brindado a todo el mundo. Se ha insinuado tanto con dos de los magnates más principales, que los ha comprometido ese sábado por la tarde a ir a jugar tute en cuarto con Gumersinda y a cenar con ellos en la fonda. Destapa para el gran caso vinos finísimos, encurtidos, aceitunas y latas de lo mejor que se trajera. Pide en la fonda lo m

ejor y más valioso; a los obsequiados, poco conocedores en libaciones y gastronomías elegantes, les saben a cuerno quemado estos menjurjes y bebistrajos de la extranjería; pero se defienden con los tamales familiares y el ron. Salen entre peneques y deslumbrados sin saber qué hacerse con este matrimonio tan incierto, pero tan educado y tan rumboso. ¡Había que usar con esa pareja de tórtolas un estira y afloja muy dificultoso! ¡Con tal de que el señor cura no saliera en el púlpito con algún gruñido de los suyos!…

Amanece aquel domingo con sol y cielo de gloria y venturanza; que la Jerusalem celeste tiende, |ab æterno, palmas y más palmas al Redentor Divino de hombres y de mundos.

Desde las siete comparecen simultáneos por las cuatro esquinas de la plaza, bien así como bandas de gallinazos, los cuatro cuerpos de penitentes negros armados de macizas horquetas, el bronco pie bajo la alpargata abigarrada. Uno, recio y proceroso como un roble, con el capuchón más puntiagudo y más excelso, con aire imponente de jefe, zapatea a su tropa, la amenaza con el palo mientras gira la pupila en lo blanco de aquel ojo que asoma miedoso por los rotos del percal. Son los sayones que han de cargar algunos pasos, ordenar las procesiones y velar ante el monumento y el calvario. Esta centuria, más trapense que romana, la componen jayanes montañeses que de ello se glorian. Una vez completado el número se reúnen en plebiscito y eligen por centurión al más arrogante y garboso de los contornos. Según se maneje y mande es o no reelegido. Esta como institución se reúne año por año.

Las cuatro compañías avanzan a un mismo tiempo; el centurión se dispara del atrio y se topa en el centro con su gente. Mil zalemas, mil mojigangas en torno de la pila. Luego se forman de a cuatro en rigurosa fila y marchan hacia el templo. Deudos y chiquillos los ovacionan con aspavientos y griterías.

Por las ocho calles entran y entran, enarbolando las palmas, las caras satisfechas, campesinos y campesinas. La plaza se cuaja como un monte espeso. La centuria torna. Pártese en dos y va ordenando los palmeros de arriba a abajo, plantándolos en sus puestos como en una alameda milagrosa. Arrea que más arrea las palmas agrupadas y las dispersas, alargan la alameda hasta una esquina de abajo y siguen por la calle Plana. Del puente a la plaza deben de estar ya formados los que hayan venido de ese lado. Los que falten de los otros allá convergerán. Son cuatro cuadras y media; pero han de cubrirse de todos modos, sea apartando, sea juntado. La gente impalme se desgaja por ambos lados del triunfal sendero. El repique de las campanas del hospital anuncia la terminación de la vía. Lánzanse a vuelo los bronces de las iglesias; lánzanse los esquilones y campanillas. Los ciriales bajan, bajan los sacerdotes; avanzan por entre las palmas y se pierden en la calle.

Don Borja y su señora están ya junto al Puente Real; Rogelio se embebe en su séquito de camaradas. La banda, reforzada para esta solemnidad, prorrumpe en marcha estrepitosa. El niño, selvático y majo, se entremece.

¡Infancia harto rara la de esta criatura! No ha oído música de esta índole en su vida; no ha visto nunca ritos sagrados, por la sencilla razón de que ve iglesia por la vez primera. El no sabe nada. Si mucho, medio leer, si mucho, medio escribir y medio contar. En religión e historia todo lo ignora. Sólo ha visto un Crucifijo muy pequeño, como quien ve un amuleto de salvajes; ha oído mentar "El Cristo de Zaragoza"; pero del Salvador ni de dogna alguno tiene noción mínima. Si por esos montes enseñan la doctrina, a él no se le ha enseñado. Por allá van curas raras veces, pero él ni los ve ni los conoce. Si allá hay algo como escuela, a él, por enfermo, no le han mandado a ella. En la casa de la mina ha vivido solo, jugando a molinos, a carretas, a socavones. Ha hecho acequias y mampuestos; ha abierto apiques. Pero nunca ha jugado a lo eclesiástico. Si lee a medias es porque el molinero José Duarte, un joven de buena familia, formalote y servible, le ha hecho, por jugar acaso, una como baraja con letras, y le ha indicado cómo se juntan para formar y escribrir palabras. Luego le ha conseguido una citolegia y le ha puesto renglones, con carbón, en unas tablas. Si sabe signarse y santiguarse; si dice oraciones como el loro, es porque Rufina, una arribeña que le cargara de niño, se las enseñó sin explicárselas.

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