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   Clásico 3 No.3

Duo: "Rogelio" y "El ánima sola" Por Tomás Carrasquilla Palabras: 7481

Actualizado: 2018-11-14 00:03


Su madre vive siempre muy ocupada en la tienda de ropas, en compras y ventas de víveres, en los negocios de la prendería. Su padre, siempre en trabajos de minas, en rescates, en andanzas, y con frecuencia ausente. La misma anemia no le ha dejado tiempo para nada. El no sabe lo que es confesarse y comulgar; no sabe lo que es alma ni pecado; no sabe lo que es abstracto ni moral.

En una racha de pensamiento evoca esta su infancia pagana y salvaje, en este instante en que su espíritu, apacentado en agüeros y supersticiones, parece tender a otro orden de ideas.

Enfilado entre sus amiguitos contempla con honda emoción aquel espectáculo de culto colectivo para él desconocido. Aquella música estruendosa que jamás había oído le enajena. La muchedumbre cubre a lado y lado el anchuroso camellón. Todas las palmas que visten esos montes aledaños han enviado a este concurso de piedad montañera sus más lozanos ejemplares. Forman calle, enhiestos, encumbrados, verdeando al sol, estremecidos por el viento, cual si temblasen de fervor. Las caras todas están vueltas hacia la espadaña del hospital, que albea nítida y aguda en la lejanía de un collado.

-¡Ya salen! -dice el cicerone Gabino Zárate-. Fíjese, Rogelito, pa que vea qué tan bello y tan perfecto es el Señor del Triunfo, y qué tan queridos los Apóstoles!

En efecto: los ciriales y la Chen alta avanzan, muy bruñidos y rutilantes; detrás el párroco, con el pluvial escamoso de brocato; en seguida Cristo, en su pollina cenicienta de madera y cabeza movible, clavada en su plataforma de cuatro ruedas. Dos monagos la arrastran con cuerdas festonadas; dos la empujan de los mástiles que atrás lleva. Las palmas, todas a una, se tienden a su paso, para tornar a levantarse chafadas o rotas por las triunfales ruedas. Parece que el soplo de la gracia las ha santificado antes que la Iglesia las bendiga. Detrás de Jesús vienen los doce Apóstoles en sendas andas, seis a un lado y seis al otro, a hombros de cuarenta y cuatro sayones. Los ojos de Rogelio se abren desmesurados: dijérase que sus pupilas pardas se agrandaran. Clávalas en el Cristo como en fascinación irresistible. Cristo tiene la rienda escarlata en su siniestra, mientras bendice a su pueblo con la diestra. Bajo la fimbria dorada de su túnica de purpúreo terciopelo asoman sus pies cándidos e impecables en las sandalias esculpidas. El manto azul oscuro luce el boato de galones y encajes que lo guarnecen. Realza el sol el oro del vestido, el de la cabellera natural, el de las potencias irradiadas. La faz hermosa, un tanto pálida y femenil, que creara Quito, dice a las almas fervorosas de los misterio del Dios-Hombre. Sus ojos claros, de amor y de piedad, bajan serenos a la tierra redimida para bendecirla también, lo mismo que con su mano.

Rogelio se abisma. De un golpe recuerda y relaciona. Es el mismo hombre de barba rara y cabello de mujer que él vió alguna vez en una sala, allá en la Mayoría de las minas de San Nicolás, como pintado en una cosa puesta en la pared. Es El; es el mismo con quien ha soñado desde entonces no sabe cuántas veces: es el Cristo de Zaragoza. El no lo conoce; pero siente que es el mismo. Bien comprende que éste que ve montado en esa mulita tan linda, de mentiras, no está vivo como los demás hombres. Por lo mismo es el Cristo. ¿Y quién puede ser éste sino el Padre Nuestro que está en los Cielos, a quien él reza para pedirle dé el pan a todos y a todos perdone las deudas? ¿Qué serán las deudas? ¿Qué el "venga a nos el tu reino"? Y una vislumbre de religión, de culto, alborea de pronto en la tiniebla de esa mente infantil y medio primitiva. De pronto da un grito y se agarra a Gabino: el Señor del Triunfo ha movido sus ojos y lo ha mirado; ¡lo ha mirado a

él solo entre tanta gente!

-Rogelito, ¿lo pisaron? ¿Li ha dao algún dolor?

Rogelio, medio recostado en su amigo, no contesta; pero llora y sigue como un autómata en la procesión.

-¿Qué fue, por Dios?

-¡No diga nada, Gabinito! ¡Ya me pasó! Fue una cosa que me dió. ¡No diga nada!

Entre sonrisas y muecas se enjuga.

-Es que soy muy tuntuniento. Pero ya estoy bien: ¡vea!

Y se sacude y se endereza, y atisba con disimulo por ver si lo miran. Sus compañeros inmediatos preguntan.

-¡No digan nada que me da vergüenza! ¡Fue como un susto que me dio; pero ya se me pasó! ¡Vean que ando muy bien!

A estos montañeritos los asustaba la gente. Eran unos animalitos sin cola.

La procesión entra en calle Plana, y la de Rogelio continúa por dentro. Musita padrenuestros, avemarías, salves, cualquier cosa. Mas sólo con los labios: su alma ora de otro modo. El quería ya al Señor; y ya que el Señor lo había mirado, tendría de quererle más y más, de rezarle, de hacer las cosas buenas que hacían en Santa Rita, de ser como un criado o peón del Señor, aunque fuera un muchacho enfermo. El Señor lo libraría de todo mal, a él, a sus padres, a todos los de Gallonegro. Pero allá no había ni Señor del Triunfo, ni iglesia, ni curas, ni nada. ¿Por qué sería eso así tan malo? Allá se vivía muy maluco. Ya lo veía y antes no. El Señor del Triunfo o el Cristo de Zaragoza lo quería a él y a todos. El Señor era muy bueno y él no lo había sabido.

Cristo entra en la plaza por la calle de palmas, que no dejan torcer los sayones. Las últimas se le tienden al subirlo entre varios, con todo y pollina, por las escalas del atrio. Frente a la cerrada puerta lo colocan.

Rogelio y otros han logrado entreverarse por el gentío y coger muy buen puesto. Los doce Apóstoles quedan en la plaza. En redor del atrio vuelve a levantarse oscilante el monte, y el sol le tuesta con sus rayos a cuarenta y cinco grados de las nueve. Los campesinos se cubren la cabeza con una punta de la ruana, y la bayeta, colorada o amarilla de los forros, resalta entre los verdores como floración carnavalesca de un sueño febril. El sacerdote principia la ceremonia para consagrar aquel "Ramo Bendito" que ha de venerarse trenzado y en Chen sobre las ventanas de tanto hogar, para librarlos siempre de una "mala hora"; para ahuyentar con su humo santo tempestades, terremotos, malas intenciones, asechanzas del demonio.

Mientras la boquiabierta chiquillería estudia aquella borriquilla que luce ese cabezal tan lindo; que mueve la cabeza con las orejas tan quietas; mientras adivina cómo el Señor se sostiene tan bien sostenido sin montura y sin estribos, Rogelio sigue rezando, maquinalmente, sumido en aquel despertar para él tan inopinado.

En abriendo la puerta y entrando a la ecuestre imagen, la sigue como arrastrado; y, separándose de sus camaradas, se coloca junto a ella, cerca a una columna. No se sabe cuándo han entrado ni dónde han puesto los doce Apóstoles.

El celebrante sale. Rogelio se arrodilla y se persigna, porque ve que así lo hacen todos; esta prueba tan dolorosa de su ignorancia la siente como un dolor. Al romper el coro el Introito torna al llanto, a duras penas contenido. Cierra los ojos para ver de atajarlo, pero los lagrimones se le emperlan en la punta de las pestañas y saltan a las mejillas. Enjúgalas con los dedos porque los ojos le arden. Aparenta sonarse. Se recoge, se achica para que nadie vea. Muy honda, muy extraña ha de ser la pena de un niño, que así quiere ocultarla.

En aquella la más larga de las misas del rito católico sigue entre lagrimas, entre suspiros, con esta obsesión tan extraña. Ni los doce Apóstoles enfilados en su mesa le atraen, ni el canto, ni el ceremonial. Todo es para Jesús.

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