MoboReader> Literatura > Duo: "Rogelio" y "El ánima sola"

   Clásico 4 No.4

Duo: "Rogelio" y "El ánima sola" By Tomás Carrasquilla Palabras: 7450

Updated: 2018-11-14 00:03


Por orden del señor cura se guardaba el paso no bien entraba al templo, porque temía que estando muy bajo podrían causarle algún menoscabo o cometerle alguna irreverencia, bien por la apretura del concurso, bien por la curiosidad de algún muchacho campesino. Pues es de saberse que el movimiento de cabeza de la asnilla, así como la seguridad de la efigie sobre los lomos de madera, les provocaban mucho a hacer un examen experimental. Se le guardaba en la "sacristía grande", que da a la nave derecha, por no tener gradas como las otras, y porque ahí mismo iban a arreglarla para el paso del Buen Pastor. Lo dirigía y aderezaba con embeleso de niña y ardor de asceta doña María Rosa de Zárate, devota ardorosa de este símbolo tan filosófico como ingenuo de la Divina Misericordia. Termina la misa. En el rebullicio de la salida Rogelio se cuela por entre el mujerío, se llega a la sacristía, empuja la puerta y se escurre. A primera vista todo se le confunde entre aquel amontonamiento de cosas, con ser que el recinto lo alumbran los anchos postigos de una ventana. Han dejado el paso de espaldas a la puerta. Rogelio avanza cauteloso; vuelve a un lado hasta verlo de frente. Con la Chen de un costado y la penumbra del opuesto se le hacen más divinos el rostro y la figura de Jesús triunfante. Cae de rodillas; le reza con los ojos cerrados, y viéndolo mejor con los ojos del alma. ¿Qué le reza? Lo que sabe: el padrenuestro, la salve, el avemaría. ¿Qué le pide? No lo saben formular el labio ignaro ni el inocente pensamiento; pero Rogelio siente que él implora algo muy grande con todo su sér; algo muy grande para él, algo muy grande para sus padres. Siente que Jesús le escucha. Que Jesús le concede lo que pide. Alza a mirarlo, y Jesús se lo asegura, se lo promete. Toca la cabeza de la borrica, y también se lo asegura. Oye ruido de llaves. Siente recelo, se alza, va a salir. Se acerca a la puerta, tira de un travesaño. ¡Cerrada! Algo sin nombre que sólo ha sentido en pesadillas le recorre las vértebras y le entiesa el cabello. Quiere gritar, llamar; pero la lengua sólo produce un murmullo, un murmullo estropajoso y confuso.

Por fin medio despunta, allá dentro del pequeñito: ¿por qué esto, estando encerrado con el Cristo vivo de Zaragoza, que él quiere tanto? Se apoya contra la puerta. Al fin puede rezar: "¡Cristo, mi queridito!". Golpea, pero no le contestan; torna a golpear más recio, ¡y tampoco!… En su angustia y temblores procura rezar de nuevo. Pero ¿cómo? Lo que antes no repararon sus ojos lo mira ahora sin querer mirarlo: tantos aparatos desconocidos, tanta telaraña; un palo que termina en una mano, dos viejos colgados de cruces y pegados de la pared, bultos tapados con trapos, trastos, cajones, anaqueles. El pobrecito suda de congoja: ¿por qué esto, a él que había bajado colgando de una caja al fondo negro de los apiques; a él que había entrado a socavones y galerías derrumbados; a él que había matado culebras y arañas tan grandes como pollos? ¿Sería él algún gallina infeliz, algún bobito? Se sube a la ventana, mira por los postigos; ve un sembrado de coles y de cebollas: comprende al cabo que pertenecen a la fonda. Alcanza a ver la cocina, pero ni un alma. Tira a abrir la ventana, mas tiene llave. Estira la mano por los barrotes de hierro. Llama al peón, al negro espolique; pero la voz apenas si le suena. Se baja para tornar a la puerta. Al acercarse pisa un trapo. El trapo cae… ¡y asoma una cosa espantosa! La cara ensangrentada de un Nazareno sin cabellera. Rogelio cae redondo contra el pavimento.

Entretanto los padres han puesto en alarma la fonda y el vecindario. El negro y el mozo de mulas inquieren aquí y acullá; inquieren muchachos y adultos; inquieren todos.

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Una vieja devota, devota al fin y al cabo, lo ha visto colarse a la sacristía. Corren a que abran. Lo encuentran privado. El negro lo alza y se lo lleva como un pelele. ¡La que se arma en esa fonda, con la novelería, el llanto de los padres, el ayudar de éstos y aquéllos!

¿Castigo o aviso de Dios? Esta pregunta estalla en muchas mentes. Con reticencias se lo dicen unos a otros; en secreto se lo declaran; en la calle lo proclaman. En muchas caras asoma el espanto; en otras, la satisfacción de la vindicta pública; en fin, el dedo divino.

Despojo de ropas, fricciones de "agua florida", rociadas de agua fresca, sacudidas, plantillas, estrujones; tanto, que al fin resucita el difuntico. Pero no habla. ¿Quedará mudo de por vida? Llega mano Rufo; llega doña Prudenciana, famosos yerbateros del villorrio. Están acordes: es un ataque de lombrices. Recetan santonina; se la propinan. Por fortuna que el estómago del atacado se la devuelve a los facultativos, luego al punto. Ellos afanan. A la hora puede hablar; pero no cuenta ni lo negro de la uña. Ignoraba qué le había acontecido, y de ahí no le sacan ni con súplicas, ni con mimos, ni con astucias. Misiá Gumersinda casi lo sofoca entre los brazos. Don Borja, todavía lacrimoso, paladea un vaso de Oporto para consolarse.

-¿No ve, Rogelito? -le gime la madre-. ¡Es porque si'ha ranchao a tomase el bacalao desd'el camino; porque nu'ha querido siquiera tomar la chicha con las pipas de vitoria que le mandi'hacer desde que vinimos; es porque nu'es formal ni conmigo ni con su papacito!…

-No, madre Sinda -contesta con voz como ungida de llanto y de certeza-. Nu'es por eso.

-¡Nu'ha de ser, m'hijito!…

-No es: es porque nunca m'he confesao; porque no comulgo como los muchachos di'aquí y hasta será porque ni usté ni mi taita rezan ni m'enseñan doctrina… -abrazándola-. ¡Madrecita!… ¡Comulgui'usté también y mi taita!

El que dice, y ella que larga el llanto. A más de algo que en tal instante le apuñala, allá en su corazón de mujer y de madre ve en las palabras de Rogelio señales infalibles de su próxima muerte. ¿El niño pidiendo sacramentos? ¿Qué peor presagio?

Don Borja guarda silencio, se esculca, se rasca la cabeza, apura el vaso; y, llamando aparte a la mujer, vase con ella al balcón, en ese instante desierto, y le dice entre despechado y doliente:

-Este muchachito hay que sacalo d'ese monte, más hoy, más mañana. Tenemos que separarnos d'él, aunque nos cueste muchas lágrimas. El nos estorba, y nosotros a él. ¡Cualquier día s'impone y nos hace tragar el cabo! ¡Ya ves con las que nos sali'ahora!

-Pero… ¿no nos vamos nada a vivir con él a Medellín? ¿O es que no tenemos con qué?

-¿Con qué?… ¡Demás!… Pero… ve una cosa, ñatica: yo t'he mantenido engañada con el tal viaje, por seguirte la idea y pa que trabajaras con más ilusión; peru'allá no podemos asomar las narices los dos juntos; allá saben quién soy yo, y que tengo mujer y familia, y que los dejé por vos. Si nos ven por allá nos friegan: vos vas a dar a la reclusión, y yo al presidio. Y no sólo allá: en cualquier parte es lo mismo. Ya ves que no hemos podido salir, ni de paso, a otros pueblos; ya ves que yo tenía mucha pereza de venir aquí, y a la tal Semana Santa. Y eso que me la figuraba muy divertida, con mapalé, perillero y currulao, como la de Remedios. Vine por darte gusto y para que lucieras los lujos nuevos y por sacar al niño. Y ve, ñatica: ¡figuráte Semanas Santas comu'esta pa vos y yo! Ni p'al cuerpo ni p'al alma. Hasta creo qu'estos tierrafrías, tan biatos y tan berriistas, están orejones con nosotros; así es, m'hijita querida, qui'acabás de lucir el baúl y nos volvemos p'al monte a entatabrarnos los dos solos en grima sin el muchachito.

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