ManoBook > Literatura > Duo: "Rogelio" y "El ánima sola"

   Clásico 5 No.5

Duo: "Rogelio" y "El ánima sola" Por Tomás Carrasquilla Palabras: 7274

Actualizado: 2018-11-14 00:03


-¡Pero, Borja, por la Virgen! -entre sollozo y sollozo-. ¿Cómo lo mandamos solo, a él tan enfermito? ¡Se muere por allá, sin quien lo valga!… Ya ves qui'hasta se quiere confesar. ¡Y si'acaso no se muere se vuelvi'un vagamundo, un caimán, quién sabe qué!

-¡Qué se va'morir, ñatica boba! -con caricia en la barbilla-. ¡Si del tuntún se muriera, en Gallonegro y en esos laos si'habría acabao la gente! En Medellín se cura en un mes, en manos de médicos de verdá. Con la plata todo se puede, hija. Ni se pierde, tampoco. Donde se pierde es con nosotros en ese monte. Ve, Sinda: se lo mandamos a mi compadre Galo, que conoce mi vida y milagros. Es que vos no sabés qué laya de persona es el compadre, ni quién es mi comadre Silverita: ¡esos prenden candela debajo del agua por servile a los cristianos y por tapale las picardías! ¡Al tanto habrá matrimonio más cuadrao! Ellos nos cogen el muchachito por su cuenta, lo ponen en colegio y lo hacen gente. Hasta tienen la ventaja de vivir solos, porque ya sus tres hijos están casaos. Y pa que nos hagan este bien con más gusto qui'a todos, les untamos la mano bien untada. ¡Allá verás, mi Sinda!…

Suspenden, porque uno de los convidados de la víspera viene a saber de Rogelio y a ofrecer sus servicios. Misiá Gumersinda sigue llorando; mas entretanto el niño salta de la cama, toma ropas y calzado y se viste en un periquete.

-No se ponga así, madrecita… -le dice al salir, todo ternura y expansiones-. Ya esto bueno: lo que tengo es hambre. Voy a comprar cosas y a buscar a los muchachos pa que no digan que soy un gallina que por todo mi'acuesto.

La madre, en silencio, le arregla el nudo de la corbata y le peina la greña. Y sin más réplicas ni ajonjeo baja la escalera como un rehilete, pero con otra cara. Aunque no ha oído una palabra del coloquio entre sus padres, lleva en su alma la seguridad de que se han ocupado de su persona. ¿Por qué no habían hablado en su presencia? ¡Qué cosas le estaban sucediendo en Santa Rita!

En la propia puerta del mesón topa a tres de sus adictos, que no se han atrevido a subir. Allí está el que él deseaba. Es Gabino, que le inspira más confianza que los otros, y a quien supone el más formal y prestigioso de todos. Charlas y cuchufletas por el percance. Rogelio las sostiene; pero no larga prenda: no sabe por qué, ni cómo, ni cuándo se había privado. Había sido una de esas cosas que pasaban sin uno caer en la cuenta; y él era también algo enfermo.

Se meten en el mercado, y después de obsequiarlos con frutas y comestibles, previo permiso de los restantes, torna con Gabino a la fonda; se entran a las pesebreras, y sentados en unos cajones, le abre su corazón. Nada sabe, nada entiende de Jesucristo ni de su Iglesia; pero Gabino ha de enseñárselo porque va a confesar y a comulgar en esa Semana Santa.

Aquí del hijo adoctrinado de doña María Rosa, la gran catequista del lugar! Gabino le dice, le cuenta, le expresa, le explica; por la tardecita lo lleva a la madre. ¡Valiérale Cristo con ese caso tan bello, tan perentorio y apurado! No había tiempo para cosechar aquella vid tan fértil; pero Dios y la Vencedora mediantes, haría el milagro, porque todo ello eran caminos de la Providencia. Está feliz e inspirada. ¡El neófito abre aquellos ojos! Le cita para la noche. Vuelve con el hijo y el permiso de los padres, sin saber de qué se trata. Apura por dos horas raudales del padre Astete, del padre Mazo. Ahí mismo hace llamar la dama al catedrático doctor Arenas, que explica en el "Colegio de San José", entre lunes y miércoles de cada Semana Santa, todos los misterios que en ella se conmemoran. Le pide que admita al

neófito en sus aulas. Tal se hace, y ella le secunda en su casa por tres días. Aunque no rece nada, ¿qué mejor oración que salvar un alma? ¿Qué flor más bella podría ofrecer al Buen Pastor? El padre Lamas, penitenciario de niños, es informado del caso. ¿Era ignorante ese niño? Pues precisamente que Dios escogía sus elegidos entre niños e ignorantes. En suma: que lo llama a confesión y que llora maravillado de esta almita que no sabe de pecado, ni por pensamiento ni por acción; que ha despertado a la vida eterna por el llamamiento de Jesús triunfante y por la sangre de Jesús flagelado. ¡Qué cosa más grande y más hermosa! ¡No poder divulgar por los cuatro vientos este milagro tan portentoso! ¡Oh, siglo inexorable! Glorifica al Señor, que hace nacer los lirios de la predestinación en el estercolero de la abominaciones!

El novel penitente comulga el jueves; llora ante el monumento, ante el monumento vela, puro, henchido de gracia, como un ángel de Jacob.

Los padres nada han manifestado a todo esto: guardan silencio como dos esfinges. Mas tampoco se han opuesto a nada. Dijérase que el hijo se les impone por divino fuero.

La piedad de esta criatura; el saberse en el pueblo que los padres no guardan la vigilia; el verlos retraídos del templo ha puesto más en evidencia su alejamiento de Dios. Doña María Rosa, el padre Lamas y el profesor Arenas piden con fervor por esas almas empedernidas.

La dama, por una de esas bizarrías de la piedad, concibe algo muy atrevido y sensacional. Acaso fuera inspiración de lo Alto; acaso les valiera a los padres extraviados: quiere que uno de sus hijos ceda el puesto a Rogelio en el apostolado de carne y hueso. Se lo consulta al padre. ¡A quién se lo dice! ¿Quién mejor que esa paloma inocente del Señor? ¡Si era un San Juan! ¡Un San Juan vivo! No constaba en los evangelios que los padres de los Apóstoles fueran santos. Gabino va con la embajada ante don Borja. No se opone tampoco.

Se llevan al niño, se le descalza, se le viste el sayal judaico de lanilla roja, se le enrola en la banda de los elegidos. Y el cura le lava los pies y se los besa y se los enjuga con el paño litúrgico, ante aquella cena presidida por el Cristo de Zaragoza. Y el niño llora de ventura y sale radiante a ofrecer a sus padres el pan bendito, ya que no ácimo. Y ellos lo prueban, tal vez como Judas, en esta Pascua extraña en que un alma blanca surge santificada.

Y así entró el niño Rogelio Palacín a las huestes de Cristo, y luego a la santa tutela de don Galo. Lo que dijo don Borja: hasta el demonio de la anemia se lo hizo arrojar del cuerpo endeble. El niño crece. Dijérase un ser refractario a la culpa, que sólo necesi- taba propicio ambiente para que él germinara, y diera frutos tempranos y sazonados la semilla de Dios. Amarle y temerle fue desde luego su divisa inmutable. Formóse en la piedad y en la observancia, en el trabajo y en el estudio. Apenas comprendió la vida se impuso a sí mismo, con la ayuda de Dios, una misión sagrada, ineludible: romper la unión vitanda que le dio la vida, devolver a su esposa y a sus hijos un hombre arrepentido; recoger a una madre desgraciada para volverla a Dios, al calor del respeto y la ternura de un hijo amante.

¿Cumplió, de hombre, esta misión? Doña María Rosa lo sabe, por cartas de Rogelio. Decrépita como está, su mente se ilumina al evocar estos sucesos y sus hermosas trascendentales consecuencias; su fe se diviniza al meditar en los recursos de que se vale su Pastor querido para tomar al aprisco las ovejas perdidas en el monte.

***FIN***

El ánima sola

Personajes:

-la tercera esposa

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