ManoBook > Literatura > Duo: "Rogelio" y "El ánima sola"

   Clásico 7 No.7

Duo: "Rogelio" y "El ánima sola" Por Tomás Carrasquilla Palabras: 7880

Actualizado: 2018-11-14 00:04


-¡Loco!… ¡Mi hijo está loco! -prorrumpió el castellano, presa del espanto.

-No estoy loco, padre y señor -replica Timbre de Gloria, con acento seguro y reposado-. Hoy más que nunca estoy en mis cabales; pero ni vos ni nadie en el mundo será poderoso a que yo tome por mujer a Flor de Lis. ¡Por mis padres que me escuchan, por el Dios que está en los cielos, juro que sólo en pedazos me llevan al altar y que no tomaré por esposa a otra mujer! De antemano me declaro reo de muerte, y os pido, padre mío, cumpláis la sentencia. Tomad mi espada… No vaciléis un punto.

-Alzate, hijo mío; enváina el acero, que estás loco.

-Tratadme como a tal, si así lo creéis; pero mi juramento es irrevocable.

Dijo y salió.

Creyóse en el castillo que, sobre la locura del hijo, vendría la muerte del padre: tan espantosa fue la apoplejía que le acometió. Pero estaba de Dios que escapase de ésa. No por ello amainó Timbre de Gloria. Ni su madre ni nadie pudo arrancarle las razones que le asistían para tamaños desafueros.

Días después, llamólo el caballero a su presencia, y le ordenó: Trépa a la torre del homenaje y, con tu propia espada, bórra el lema y la heráldica de nuestro blasón.

Ardua fuera la empresa para otro. En el lado más visible del altanero torreón, sobre la serie paralela de saeteras, campaba, labrado en piedra de sillería, el enorme escudo. Su divisa en latín y en grandes caracteres podía leerse a muchísima distancia. Traducida al romance, rezaba, más o menos: |Primero la muerte que el deshonor.

Apresuróse el mancebo a cumplir su cometido. Colgó de las almenas una escala a manera de trapecio; deslizóse por ella como un acróbata, sacó la espada y principió. Había para rato. Trabajó desde el alba hasta la noche. Nada le detuvo: ni la dureza de la piedra, ni lo disparatado del instrumento, ni la violencia de la posición. Pasaban días y días, y el doncel siempre colgado. Ni una palabra le dirigió su padre en tánto tiempo. Si creyó al principio que con el recurso de la borradura cedería el obstinado, ya lo dudaba. En su cólera, no sabía a qué castigo apelar.

Llegó un día en que de la gloriosa y complicada heráldica no quedó ni vestigio en el escudo. Fuése Timbre de Gloria a su padre y le dijo: Venid a ver si he cumplido vuestras órdenes.

Y fue el padre y vio.

Mandó al garzón se vistiera los arreos y las galas de caballero y tornase a su presencia; mandó a sus escuderos le trajesen las cadenas y los grillos más pesados que hubiera en los calabozos, la pellica más vieja que encontrasen en la cabaña de los pastores y las tijeras con que esquilaban las ovejas.

Doncel y escuderos tornaron a un tiempo; ellos, temblando de espanto; él, sereno e impasible.

Mándale el padre ponerse de rodillas y, en cuanto lo hace, córtale a tajos la cabellera de arcángel; júntala en manojo, y cual si fuera rayo de su cólera, lo lanza hasta el corral. Cógele por el cuello y lo levanta, tómale la espada, pártela en dos contra la rodilla y arroja los pedazos a un foso; despójalo de la espuela y las insignias, y, a dos manos, frenético, insano, le arranca, le desgarra, le hace añicos recamos, sedas y holandas. En viéndole desnudo, le echa encima las repugnantes pieles; cíñele luego los hierros remachándoselos él mismo con su propia mano. Apártase unos pasos, no bien termina; brama de ira y, entre acecidos y temblores, le dispara estas palabras:

¡Maldito sea el día en que te engendré! ¡Malditas las entrañas que te concibieron! ¡Aparta de mi vista, hijo desnaturalizado! ¡Véte a acabar tu vida, enterrado a pan y agua, en el sótano más hondo del castillo! ¡Púdrase tu cuerpo, hierva de gusanos antes de morirte, abísmese tu alma en los infiernos y caiga sobre tí la maldición de tu padre!

Repitió el eco las palabras, obscurecióse el cielo, corrió el espanto en la comarca; y Timbre de Gloria, escoltado por sus propios escuderos, marchó a la condena.

Un pergamino, escrito por el

Capellán del castillo y firmado por una Chen -que era todo el autógrafo del castellano- fue remitido al padre de Flor de Lis. Por tal documento se le hacía saber la locura del mancebo y el fracaso consiguiente de las bodas.

De allí a poco, dio el anciano en sacrílega demencia. No la mano, sino el pie, puso en el rostro del Capellán; acabó a golpes de hacha con cuanta imagen de santo había en el castillo, suspendió de la horca la estatua de San Miguel, patrón glorioso de su raza; convirtió la capilla en perrera, y las venerandas reliquias de mártires, que de siglos atrás guardaba la familia como tesoro preciosísimo, fueron arrojadas al muladar.

Tras el furor, le sobrevino lamentable atonía; entróle frío en el tuétano, y murió, impenitente, blasfemo, espantoso.

La infortunada viuda quiso, al menos, desenterrar al maldecido. Bajó hasta la mazmorra y, a la luz de las antorchas con que dos pajes le alumbraban, vio al hijo de sus entrañas revolcado en su propia sangre, aplastada la cabeza como una masa informe.

No sobrevivió la infeliz a tánta desventura. Sus hijas e hijastras, unas quedaron locas, otras fatuas y tontas las restantes. Los siervos se alzaron a mayores; y sobre los inmensos dominios y riquezas de tan ilustre raza cernióse la rapiña.

Flor de Lis, entre tanto, se agostaba como azucena roída por el gusano. Viuda moralmente, muerta para el mundo y con el alma enferma, metióse religiosa en orden de estrecha regla.

Tan tétricos sucesos fueron asunto de una balada gemebunda, con que los dulces y errantes trovadores disipaban el tedio de los magnantes y hacían llorar a las castellanas, en las sombrías veladas del invierno.

**

II

**

Ni una vez, ni úna, se acusó a sí propio el licenciado de la tragedia del castillo. A raíz del |pero, tembló por su cabeza, temiendo que el garzón le divulgase; con la muerte del castellano respiró. Para el corazón de ángel que le quiso con ternura y le colmó de favores; que llevó, sin venderle, sin maldecir de su nombre, la espina envenenada, no tuvo luego el victimario ni el perfume de un recuerdo.

Pasó el tiempo y hasta la misma balada se olvidó.

Viento favorable había elevado al licenciado Prez y honra le dieron sus talentos, su saber, los altos puestos que ocupó y los grandes personajes que frecuentaba. A mayor abundamiento, un su tío, arcediano opulentísimo, lo instituyó su único heredero. No obstante todo esto, y los cincuenta años en que frisaba, permanecía célibe.

Embebido hallábase una noche el insigne Reinaldo en la maraña de ruidosa litis, de que era parte, y, a tiempo que pasaba de |Las Pandectas a |El Digesto y de los fueros a las pragmáticas, oyó que Timbre de Gloria, con voz triste y suplicante, le dijo al oído: ¿Pero qué, maestro?

Soplo helado de ultratumba le recorrió las vértebras, le erizó los pelos, y lo dejó en la silla como petrificado. Allí quedara, si un trueno horrible que conmovió los cimientos de la tierra, no lo botase del sillón y lo volviese a la vida. Tiróse en el lecho como un sonámbulo, y la conciencia, muda hasta entonces, le habló.

A la mañana siguiente se postraba, bañado en llanto, retorcido de dolor, ante un sacerdote. De todo le absolvió… menos del |pero. Vuela al obispo, y tampoco: es delito reservado al Papa, al Papa únicamente. ¿Qué hace?

Sale y publica su falta por calles y por plazas; corre a sus arcas, vacia las talegas y reparte el oro entre los pobres; va a un escribano y cede lo demás a templos y hospitales. Nada se reserva. Viste luego el sayal de peregrino; coge un báculo y emprende, a pie descalzo, camino de Roma. Implora donde llega el mendrugo de pan; duerme en despoblado sobre asperezas y cantiles; golpéase el pecho con piedras puntiagudas. Demacrado, macilento, el cuerpo una sola llaga, toca a las puertas de la ciudad Eterna, treinta y tres meses después. Merced a los buenos oficios de unos monjes llega hasta su Santidad.

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