ManoBook > Literatura > Duo: "Rogelio" y "El ánima sola"

   Clásico 8 No.8

Duo: "Rogelio" y "El ánima sola" Por Tomás Carrasquilla Palabras: 8571

Actualizado: 2018-11-14 00:04


Oyóle el Vicario de Cristo y le dijo: Enorme es tu delito, hijo mío; enorme ha de ser tu penitencia. Mucho has expiado hasta ahora; pero ese mucho es a tu falta lo que una gota de agua al mar. Parte ahora mismo, y, siguiendo siempre hacia Oriente, peregrina hasta que mueras. Tomarás, por todo sustento, tres bocados cotidianos de pan negro y tres veces la porción de agua que te quepa en la cuenca de tu mano. Sólo dos horas dormirás, y estás al mediodía y siempre sobre piedras y a la intemperie, lo mismo en invierno que en verano. A donde quiera que llegues, solicita por los muertos del día, y véla tú solo al que la suerte te depare. Si no le hay, véla este esqueleto, que has de llevar siempre contigo, sobre la espalda, pegado a tus carnes bajo el sayal de lana. Te ceñirás tibias y peronés a la cintura, como un cilicio; cúbitos y radios, al cuello, como un cordel. Toma esta caldereta que contiene el agua inagotable del perdón, y esta rama inmarcesible de olivo. Llévalos siempre ocultos y da con ellos paz a cuantos muertos velares. Si cumples esto, hijo mío, hasta tu muerte, estarás en vía de salvación.

Ciñóse allí mismo el esqueleto, tomó la bacía y el hisopo… y a andar, a andar.

¿A dónde no fue? Recorrió mares y continentes, metrópolis sabias y populosas; discurrió por aldeas y cortijos, por comarcas ásperas y desiertas; probó el pan de todas las naciones, bebió el agua de todos los ríos y aspiró el aire de todos los climas; conoció los ritos fúnebres de todas las religiones; veló muertos de todas las razas y oyó lamentarlos en todas las lenguas.

Siempre hacia Oriente, hacia Oriente, llegó al caer de una tarde melancólica a la ciudad nativa.

|¡Tlan! ¡Tlan! ¡Talán! Gemían las campanas, enloquecidas de dolor; seguían otras y luego otras, y los lamentos del bronce llenaban el ámbito, y el eco los repetía más tristes cada vez. Respirábase en la metrópoli ambiente de orfandad; discurría el gentío con aire de pesadumbre, y por entre el clamoreo de las campanas, oíase como un concierto de sollozos.

Avanzó el peregrino ciudad adentro. En todas partes, hombres y mujeres, niños y ancianos agotaban el mismo tema, en llorosos grupos. Por palabras y frases tomadas aquí y allá, vino en conocimiento del suceso: la madre |Esclava del Cordero había muerto en olor de santidad y en uso perfecto de sus facultades, a la edad de ciento quince años. La ciudad toda pedía su canonización.

Por los andenes de una plaza, seguido de muchos sacerdotes, venía el Obispo. Arrodillóse el peregrino en los portales de un edificio, para recibir la bendición. El aire ascético y penitente del romero; su barba centenaria, que al estar él de hinojos barría por el suelo; los surcos que el llanto había labrado en sus mejillas; la extraña corcova que le formaba el esqueleto, llamaron sobremanera la atención de su Ilustrísima. Detúvose un instante; y el peregrino, con humildad y unción que conmovieron hondamente al prelado, besóle el anillo y le pidió permiso para velar la religiosa. Hízole seguir hasta palacio su Señoría, y de ahí a poco envió a las monjas orden terminante de dejar sola la muerta, de cerrar la iglesia inmediatamente, y de enviarle las llaves.

Con el último toque de ánimas entraba el peregrino en el antiguo templo. La presencia de Dios y el misterio de la muerte sentíanse en el augusto silencio del recinto. Luctuosos paños pendían de las bóvedas en oscilantes pabellones, velado estaba el altar como en cuaresma. Sobre él, sangriento y lastimoso, en Chen enorme de marfil, se destacaba un Cristo de Viernes Santo; como astro distante y solitario, alumbraba apenas la lámpara del Sacramento. En la amplia nave central alzábase, negro e imponente, el catafalco de la muerta; seis blandones reflejaban sus luces en las guarniciones y lágrimas de plata de las fúnebres colgaduras. Postróse boca abajo el peregrino y oró un corto espacio; se arrastró, luego, de rodillas hasta el centro, y dio sobre el féretro los treinta y tres asperjes de costumbre. A penas terminados, cae el sudario, y, alta, rígida, con majestad hierática, se alza la monja y dice:

Bien haces en hisoparme, peregrino. El agua santa de la misericordia cae sobre los muertos como rocío del cielo. Te esperaba. Por permisión divina, tengo de revelarte grandes cosa

s. Toma un escabel y siéntate; gira en torno la mirada y dime lo que veas.

Y su voz, argentina y dulcísima, se modulaba en inflexiones de suprema tristeza.

Obedeció, subyugado, el peregrino. Velo impenetrable cubrió la lámpara del tabernáculo; apagáronse a un golpe los blandones, tiniebla pavorosa, como de interior de tumba, envolvió el templo.

-¿Qué ves, hermano mío? -preguntó la religiosa.

Guardó silencio el peregrino, como absortado, y al cabo habló así:

-Hermana… Grandioso, incomparable espectáculo se ofrece a mis sentidos. Lumbre intensísima, para mí desconocida, inunda cuanto veo. Lejos de cegarme, mi visual alcanza y precisa a distancias incalculables. Oigo, y mi audición percibe la armonía de concierto y distingue, a la vez, el más vago y leve rumorcillo. Todo lo entiendo y lo defino, por obra de intuición sobrehumana. En todo estoy a un mismo tiempo, cual si tuviera el dón de ubicuidad. Ni cordilleras ni nevados limitan el infinito horizonte. Si esto fuere espectáculo del mundo, el globo de la tierra ha debido abrir su planisferio, sin perder por ello sus innúmeras sinuosidades. Colocado estoy en el centro, sobre una eminencia, punto preciso de vista para abarcarlo todo.

-¿Y qué ves desde allí, peregrino?

-Veo magníficas basílicas de severa, desconocida arqui-tectura, que hunden en el cielo sus agujas; santuarios que brillan en las cumbres como bloques de nieve inconmovible; dilatados monasterios que blanquean en mitad de las llanuras; villas que en torno de aquéllos se agrupan, cual si buscasen su sombra. Veo, en desiertas altiplanicies, lazaretos más extensos y hermosos que los palacios de los reyes. Veo infinidad de bajeles de mil formas, que surcan todos los mares, que anclan en todos los puertos, que llevan en sus velas y en sus mástiles la Chen de Jesucristo ¡Ah!… ¡La divina enseña por todas partes! Osténtanla en sus coronas y en sus cetros monarcas poderosos que pasan ante mí en incontable procesión; osténtanla en sus tiaras la serie de pontífices que más allá contemplo; en sus mitras, es otra de prelados que diviso a lo lejos; en sus casullas, legión innumerable de sacerdotes.

-¿Y qué más?

-¡Siempre la Cruz, hermana mía; por cientos, a millares, como campo de mieses! En cada cruz, un cuerpo suspendido: son mujeres de ideal belleza. Aspero saco, erizado por dentro de sutiles puntas, encubre sus encantos y se clava en sus carnes; se distienden sus miembros, medio dislocados, crujen sus huesos; pies y manos se atrincan contra el leño por cordeles de esparto; corona semejante a la de Cristo ciñe sus cabezas; corre la sangre por sus frentes, de sus poros salta el sudor de la fatiga y del suplicio. No mueren: se atormentan. Como la santa de Pazzi quieren la vida para padecer; y cada una de aquellas mártires es descolgada por sus hermanas, antes de que la tortura la haya hecho sucumbir; otra la substituye, y a ésta la siguiente, por que no esté nunca desierta la Chen del Redentor. Son |Las Crucificadas. Limpias como la nieve al descender del cielo, se ofrecen en lento, perpetuo holocausto por los crímenes del mundo. Porque la víctima sea más preciosa; por sacrificar lo que más amaron las hijas de los hombres, sólo hermosura reciben en su seno.

Deténgome, ahora, ante otro cuadro no menos indecible. Son como aves blancas que vagan sin cesar. Se arremolinan en bandadas; se dispersan como pétalos de rosa que se deshojase en el aire; giran, febricitantes de amor, para posarse luego donde quiera que agonicen los mortales. Vuelan de los apestados a los leprosos, del lazareto al cobertizo del campo, donde perece el aislado. Caídas del cielo, surgen en los siniestros y catástrofes. A través del nublado de la metralla y el vapor de sangre de los combates, entre las nubes de polvo y los escombros del terremoto, sobre las aguas furiosas que inundan los pueblos, entre las llamas del incendio, en toda desgracia, en toda muerte, flota y tremola, como enseña de paz, el velo cándido que las envuelve. Son |Las Cazadoras de Almas. Se diezma, se aclara la bandada. No importa. Por soplar en el oído del moribundo el nombre de Jesús, perecen ciento; ciento, por que bese el labio contraído la imagen de Jesús, y por disputar una alma a Satanás, en su hora suprema de asalto, perecieran todas.

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