ManoBook > Literatura > Duo: "Rogelio" y "El ánima sola"

   Clásico 9 No.9

Duo: "Rogelio" y "El ánima sola" Por Tomás Carrasquilla Palabras: 6127

Actualizado: 2018-11-14 00:03


Me pasmo, ahora, ante un prodigio que no soñaron los genios de la tierra. Es un lienzo. El alma del pintor debió de subir al cielo y tornar aquí abajo para reproducirlo. Arriba, sobre iris y divinos resplandores, corona el Eterno a María por Reina del Empíreo; espíritus angélicos y bienaventurados se prosternan, la glorifican y la aclaman; la inmensidad de cabezas forma horizontes. Abajo, entre incendios de gloria, miro el Cordero; los coros de Vírgenes entonan en rededor el himno de la pureza…

¡Ah! ¡Otro cuadro, y otros, y millares! Todos del cielo. Pintando están centenares de artistas. Es escuela al par que oblación. Trabajaban de rodillas, por su Dios y para su Dios, poseídos de fiebre glorificadora. A cada pincelada alzan los ojos al cielo y se transfiguran: piden inspiración al Padre de la Belleza y le ofrecen a un tiempo sus trabajos. Son |Los Artistas sin mancha.

Quedóse de pronto silencioso, como abismado en la contemplación.

-¿Por qué callas, peregrino?

-El gozo me roba el alma, hermana mía, y temo que mi vista se engañe. Estoy en Jerusalén. Sobre la cúpula de Omar se eleva, victoriosa, triunfante, perfilada en el cielo, abiertos los brazos, protegiendo al mundo, la Chen de Jesucristo. Se eleva sobre los encumbrados minaretes pintados de arrebol, sobre las torres cuadradas y las cúbicas habitaciones, en los desiguales muros y en las puertas de la Ciudad Santa. Infinidad de templos católicos se yerguen en su recinto, yérguense en las escarpadas alturas del Moria, en el Valle de Sión, en la cima del Monte Olivete. Arquitectura y estatuaria cristinas, de arte prolijo y hondo simbolismo, cubre de mármoles preciosos las pendientes del Gólgota. Las campanas repican gloriosas en todos los templos; vibra el júbilo en las ondas del Siloé y del Cedrón, en las cumbres del Monte del Escándalo; regocíjanse en sus sepulcros las cenizas de David y de Josafat. Muchedumbre de fieles se desborda en la que fue mezquita de Omar; resuena el órgano como intérprete de tanto corazón; por el dombo anchuroso suben las preces entre gasas de incienso. Sobre el altar de David, en custodia magna, donde cuajó el Oriente sus tesoros y el arte sus maravillas, está expuesta la Majestad de Dios. El púlpito de ébano y marfil, orgullo de Noradino, ocúpalo un prelado. Su rostro hermoso se contrae por la inspiración, flamean deslumbrantes sus pupilas, fuego divino arrebata su verbo en raudales de elocuencia. Celebra el santo de la fiesta, al Emperador de Oriente que rescató definitivamente y para siempre el sepulcro de Jesús, los lugares donde se vertió la Sangre Redentora y se instituyó la Eucaristía, al espanto del paganismo que extendió el nombre de Dios por todo el Asia, por las regiones enantes misteriosas de Nubia y Abisinia, por cuantas islas constelan el Océano… ¡Veo al santo, lo estoy viendo!… Es el mismo…

-Basta ya, peregrino. (Dijo la religiosa siempre en pie. Tornó aquél a las tinieblas y revivieron lámpara y blandones). Basta ya. Cuanto has contemplado es mínima parte del gran todo. Eso, que tanto te enajena,

está sólo en la mente de Dios, que lo mismo abarca lo que ha sucedido que lo que debió suceder. Nada de esto ha pasado aquí en la tierra; bien lo comprendes. Hubiera pasado, peregrino; más una simple palabra bastó a impedirlo: fue tu |pero. Yo soy aquella Flor de Lis, de otro tiempo; de mi unión con Timbre de Gloria hubiera resultado, por descendencia, la muchedumbre de héroes, de genios, de conquistadores y de santos; el cúmulo de grandes hechos, de instituciones, de obras inmortales y de glorias que acabas de contemplar. Esa lumbre para tí desconocida, fuera la glorificación de Dios acá en la tierra. El santo que has visto y oído celebrar, fuera mi nieto Timbre de Gloria I, Majestad cristiana de todo el Oriente. Mide ahora las consecuencias de tu falta. Quitaste una honra; echaste sobre un hombre inocente la maldición de su padre; extinguiste una raza; arrojaste dos almas al infierno; privaste a la tierra de infinitos bienes y al Cielo de infinitos santos; impediste la salvación de millones de almas, el reinado y la glorificación de Dios; te interpusiste entre El y sus criaturas. Esto hiciste, licenciado Reinaldo. Un siglo há, precisamente, que, en este mismo templo en que estamos, imploraste perdón por tu delito. Perdonado estás. Un siglo llevas de expiación: vas a terminarla en esta vida y a principiarla en la otra. El día supremo del juicio universal saldrá tu alma del fuego que purifica, para ser juzgada la última. También a la pecadora que te habla se le esperan tres siglos de esa llama. Pecó mucho: esposa de Cristo, necesitó noventa años para arrancar de su corazón el amor a un muerto, a un suicida. Mas el Dios de las clemencias concedióle ciento quince años de vida terrenal, para que llorase sus culpas, como te ha dado a tí ciento cincuenta. Encargada estoy en este instante de la justicia divina.

¡De rodillas, peregrino, que vas a comparecer ante el Supremo Juez!

Baja del féretro la monja, acércase a licenciado y con la débil diestra le arranca la lengua de raíz.

Al día siguiente, los alguaciles reales llevaban un reo a la vergüenza. Al acercarse a la picota de piedra, vieron encima una lengua humana que aún palpitaba. Van a quitarla y fuerza misteriosa los rechaza. Ni entonces ni después pudo nadie acercarse. Cernióse el espanto en esa piedra como sobre lugar de maldición; de él huyeron las aves y las brisas; en torno de esa lengua hízose el vacío, que ni el aire impuro quiso contaminarse. Ahí está: ni el agua la reblandece, ni la calcina el resistero, elemento alguno la destiñe. Ahí está, sangrienta, palpitante, indestructible como la calumnia.

Y vosotras, hijas sencillas de mis montañas, rezad por el alma del licenciado. En los grandes días de perdón, cuando se despuebla el purgatorio, allá se queda esa alma solitaria. Si vuestras preces no acortan el plazo irrevocable, amenguan, al menos, el fuego blanco de la purificación. En alta noche, cuando el viento se queje en las ventanas y gima en las techumbres; cuando los perros aúllen de tristeza, rezad por el Anima sola.

***FIN***

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