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   Clásico 18 No.18

El prestamo de la difunta Por Vicente Blasco Ibáñez Palabras: 8266

Actualizado: 2018-11-14 00:07


Cuando las luces del puerto empezaron á borrarse en la obscuridad, Jaramillo, considerándose seguro, empezó á formular sus protestas.

-¿A quién se le ocurre hacer revoluciones á media noche?… Es la peor de las horas, cuando todo el mundo vive y está despierto. Eso podrá ser en los países donde hace frío y la gente se acuesta temprano, ¿pero aquí?… Aquí, la hora mejor para la revolución es la una de la tarde.

Todos los oyentes aprobaron con gestos silenciosos. Desembarcando á la hora de la siesta, habrían entrado por las calles sin que nadie los viese, lo mismo que á través de una ciudad muerta; habrían sorprendido el cuartel, matando á la guardia, que seguramente estaría tendida á la sombra y roncando.

-Es una locura-continuó Jaramillo-intentar ataques de noche en un país como el nuestro. No hay mas que acordarse de lo que pasa en la selva.

Como todos eran hijos de la selva, persistieron en sus muestras de aprobación. Durante las horas de sol y de calor era cuando la selva dormía, sin un estremecimiento, sin un latido, con una calma de tumba. Luego, al morir la tarde, despertaba la vida; los insectos empezaban á zumbar, los pájaros sacudían sus alas, los cuadrúpedos estiraban sus patas, y en la sombra todos se agitaban para ofender ó para defenderse, para devorar ó ser devorados. La vida renacía con el fresco de la noche, reanudando sus aventuras y sus tragedias.

Morales admiró una vez más la sabiduría de su amigo. Era hijo de un brujo y había heredado muchos de los secretos paternales.

A veces, esta vida nocturna de la selva se paralizaba con una larga pausa de angustioso silencio.

Era porque rondaba cerca el jaguar, el tigre americano, de piel pintada á redondeles, al que los indios guaraníes, en su lenguaje, apodan «el Señor».

Otras veces, el silencio tenía un motivo más claro y determinado. Un grito estridente rasgaba la lobreguez, un alarido feroz, que hacía estremecer á los que lo escuchaban. Este grito inmenso salía de la garganta de un pájaro poco más grande que el puño, una especie de mochuelo del tamaño de un pichón de cría. Todas las bestias, las que vuelan, las que corren y las que se arrastran, se echaban á temblar cuando oían este alarido.

Morales no había logrado ver nunca al pájaro diminuto, soberano de la selva, pero lo conocía de fama desde su niñez.

Tenía por armas su pico, un terrible pico fuerte como el acero mejor templado, y una infernal mala intención. Allí donde clavaba su arma abría orificio, y el golpe iba dirigido siempre á la cabeza del adversario, devorando inmediatamente su cerebro al descubierto. No había cráneo que pudiera resistir á sus perseverantes picotazos, iguales á golpes de barreno. Atacaba al toro, al tigre, al caimán, blindado de planchas duras como un navío de guerra.

Este volátil pequeño y de malicia diabólica era el caburé.

II

Morales y Jaramillo debían tal vez sus apellidos y la poca sangre europea que corría por sus venas á dos conquistadores españoles llegados al país siglos antes; pero en realidad eran dos mestizos guaraníes, pequeños, ágiles, débiles de miembros aparentemente, y con una resistencia asombrosa para la fatiga y las privaciones.

Unidos por una amistad fraternal, se presentaban juntos á buscar trabajo en las cortas de árboles, en las explotaciones de hierba mate ó en los desmontes de un ferrocarril que estaban construyendo los gringos.

Trabajaban con verdadero furor, como si se peleasen á muerte con un enemigo. Los capataces recién llegados de Europa parecían asombrados. ¿Y aún dicen que los indios son perezosos?… Pero al cobrar el jornal de la semana desaparecían, y sus protectores y admiradores los esperaban en vano todo el lunes siguiente. Sólo cuando quedaba consumido el último centavo en las tabernas donde hay acordeón y baile, pensaban en reanudar el maldecido trabajo.

Las beldades cobrizas, descalzas, de gruesa trenza entre los omoplatos y falda blanca ó de color rosa, se asomaban á las puertas de sus ranchos para verlos pasar. Llevaban el calzón claro sujeto al tobillo por ligas de piel, los pies metidos en danzantes babuchas, un

poncho avellanado cubriendo el busto, y un pañuelo rojo en el cuello. Este último era para ellos el detalle más precioso de su indumentaria. Podrían ir rotos y con las carnes más secretas al aire, pero sin un pañuelo rojo, ¡nunca! Era la señal del partido, el símbolo de los «colorados», así como los otros, los adversarios, llevaban siempre en el cuello un pañuelo blanco.

Los dos traían bajo el brazo sus espadas; no espadas viejas y con agarrador de madera, como los pobretones, sino con empuñadura de coruscante dorado y vaina de cuero, iguales á las que usaban los guardias municipales de la ciudad. De sus remotos ascendientes de la conquista les quedaba un amor irresistible á la espada. Las armas de fuego eran buenas para las revoluciones. Las querellas de amor y de bebida debían ventilarse, tizona en mano, á espaldas de la taberna.

Con el enfundado acero bajo el brazo, envueltos en su poncho y levantada el ala del fieltro sobre la frente, parecían dos caricaturas de los hidalgos de capa y espada, sus legítimos abuelos.

Cuando la policía visitaba los bailes indígenas, ocultaban ellos sus armas metiéndoselas en la faja, á lo largo del calzoncillo, lo que les obligaba á continuar la danza con una pierna rígida, lo mismo que si estuviesen paralíticos.

Un día, en uno de estos bailes, Morales, que era el menos listo de los dos pero el más dispuesto á la pelea, metió su espada por el vientre de cierto individuo que se empeñaba en danzar con la misma Mo que él, echándole las tripas afuera.

-Aquí no ha pasado nada. ¡Siga la fiesta!

Se llevaron al muerto. Su familia se encargaría de levantarle una capillita al borde del camino y de ponerle cirios todas las noches. Un simple incidente; algo que se ve todos los días.

Pero la policía entrometida no quiso aceptar el suceso con la misma calma que la gente, y prendió á Morales.

-Una venganza política-dijo éste al entrar en la cárcel-. Bien se ve que mandan los usurpadores. ¡Como soy colorado!…

Al registrarlo en presencia del juez, encontraron que debajo de sus ropas llevaba el cuerpo cubierto de plumas de avestruz. Jaramillo hacía lo mismo. Era un secreto de su padre el brujo; el mejor medio para vencer en agilidad á los enemigos.

Le dió rabia ver cómo reía el juez ante tal descubrimiento. Todos los abogados jóvenes, que habían estudiado en Buenos Airea y despreciaban á los nativos, eran unos ignorantes.

-A no ser por estas plumas, doctor-dijo Morales-, el difunto tal vez me habría matado. Mire cómo fui yo el más ligero y le clavé por el vientre.

Le quitaron las plumas, le quitaron la espada, é iban á quitarle la libertad durante un buen número de años, por ser el muerto de los del pañuelo blanco, cuando Morales se escapó de la penitenciaría, refugiándose en el Paraguay, cuya frontera sólo está á dos horas de distancia.

Jaramillo, que andaba desorientado durante su ausencia, quiso seguirle, y para justificar la fuga y no ser menos que su amigo, mató á otro «pañuelo blanco» antes de pasar á la vecina nación.

Trabajaron en los llamados «hierbales» donde se cosecha el mate, té del país puesto de moda por los jesuítas en otros tiempos, cuando gobernaban la República teocrática de las Misiones, fundada por ellos entre el Brasil, el Paraguay y la Argentina.

Deseosos de volver á su patria, los dos interrumpieron su trabajo repetidas veces para tomar parte en las intentonas revolucionarias del partido. El grande hombre de los «colorados», el doctor Sepúlveda, vivía tranquilamente en Buenos Aires, esperando el momento de regenerar su provincia. Mientras tanto, los partidarios del doctor hacían toda clase de esfuerzos para lograr su triunfo: revoluciones de día, revoluciones de noche; sublevaciones en la ciudad, sublevaciones en el campo.

La gente de Buenos Aires apenas prestaba atención á estas hazañas y revueltas en la lejanísima provincia. ¡La Argentina es tan grande! Además, todo esto ocurría en un extremo del país, vecino al Brasil y al Paraguay; en una tierra que es argentina políticamente, pero por la raza es más bien paraguaya, y cuyos habitantes hablan generalmente el guaraní.

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