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   Clásico 19 No.19

El prestamo de la difunta Por Vicente Blasco Ibáñez Palabras: 8465

Actualizado: 2018-11-14 00:07


Después del sangriento fracaso de aquella intentona nocturna, los dos volvieron á trabajar en el Paraguay, en la recolección del mate. Ellos eran los más inmediatos consumidores, pues sentados al borde del gran rio en las horas de descanso, chupaban incesantemente el canuto hundido en la pequeña calabaza rellena de hierba olorosa y de agua caliente que sostenían en una mano.

Hablaban de la tierra natal con voz lenta y entornando los ojos, como si fueran á dormirse. Algunas veces, la conversación recaía sobre Jaramillo padre y su prodigiosa ciencia.

-Yo le vi-decía Morales con respeto-curar á los enfermos en menos que se reza un credo. Les chupaba la parte enferma ó ponía la boca en su boca, aspirando su aliento. Luego escupía un gusano, una piedra, una culebra pequeña ó una araña. Era la enfermedad que acababa de sacarles del cuerpo… . Algunos se morían; pero era porque les faltaba paciencia para esperar la curación y llamaban al médico.

-El mejor de sus secretos-insinuaba Jaramillo-es el que cura la mordedura de las víboras. Me lo reveló poco antes de morir. Vale más que una herencia de muchas talegas de onzas de oro.

-Dímelo, hermano-suplicaba Morales.

Su amigo parecía sobresaltarse.

-No lo esperes. Únicamente se puede revelar el secreto el día de Viernes Santo. Si lo cuento otro día, perderé mi poder curativo hasta el Viernes Santo del año siguiente.

Pero Morales empezó á importunar á su compañero con una tenacidad infantil durante semanas y semanas. Se acordaba de haber visto operar á Jaramillo padre cierto día que un vecino había regresado á su rancho con el brazo hinchado y negro por la mordedura de una serpiente. El brujo le había puesto unos remedios enérgicos sobre la herida, murmurando luego una invocación misteriosa sobre el reptil, muerto de un garrotazo.

Tú no eres un buen compañero-decía Morales con tristeza-. Yo te miro como mi única familia, y tú guardas secretos conmigo.

Jaramillo no quería quedarse desarmado por su indiscreción. ¿Y si le mordía á Morales uno de estos bichos venenosos al andar descalzo por los hierbales?…

-No hay miedo-decía el otro-. Acuérdate que me diste unas ligas de piel de anta, y las víboras huyen de mis pies al percibir el olor de este cuero.

Al fin, una tarde, Jaramillo hizo un esfuerzo, sacrificándose por la amistad.

-Ya que lo quieres… .

Y cerrando los ojos le reveló el gran secreto. No había mas que inclinarse sobre la serpiente muerta y decirle en voz baja: «No eres víbora, que eres grillo.»

Inmediatamente el veneno perdía su poder ponzoñoso dentro del cuerpo de la víctima.

-¿Nada más?-preguntó Morales con visible decepción-. ¿Eso es todo?

Eso era todo. Pero las palabras había que decirlas en guaraní. Las serpientes, por ser del país, no pueden entender el español, lengua de Buenos Aires.

-Y ahora-terminó con melancolía Jaramillo-tendré que esperar hasta, el próximo Viernes Santo.

De pronto empezó á hacer frecuentes viajes á Asunción, la capital del Paraguay. Su amigo, alarmado por estas ausencias, le obligó á confesar la causa.

-Lo he visto-dijo Jaramillo misteriosamente.

Aunque no dió el nombre de lo que había visto, bastó el tono de su voz para que Morales adivinase á quién se refería.

Era el caburé. No podía ser otro. Los dos hablaban con frecuencia de él.

¡Quién tuviera una pluma de caburé, para ser invulnerable y por lo mismo el hombre más valeroso de la tierra!… Hasta el mismo Jaramillo padre, con toda su sabiduría, no había conseguido ver nunca un caburé en sus manos. Era muy difícil apoderarse de él. Por esto repitió el hijo, con una expresión de orgullo:

-Lo he visto: como te veo á ti.

Su poseedor era un gringo que vivía en Asunción sin más objeto que estudiar los animales y las plantas del país; un doctor alemán, gordo, rubicundo, de gafas doradas, muy amigo de bromear con las gentes simples del campo, para sonsacarles noticias. En el patio de su casa, que era tan grande como un claustro de convento, tenía numerosos pájaros y cuadrúpedos, y en mitad de él, ocupando una jaula especial, como rey de esta pequeño é inquieto mundo, al que podía hacer enmudecer con sólo un grito, estaba el caburé.

Al encontrar el doctor varias ve

ces á Jaramillo inmóvil en la puerta de su casa, mirando desde el otro lado de la cancela al famoso pájaro, le había hecho pasar para mostrárselo de cerca.

-¡Qué joya! ¿eh?… -decia con orgullo-. Me cuesta más oro que pesa. Es una verdadera casualidad tener uno vivo.

Pero daba por bien empleados sus sacrificios pensando en el volumen de ochocientas páginas que iba á escribir, para Berlín, sobre el caburé y sus costumbres, libro que le valdría el premio de varias Academias.

A los dos amigos se les ocurrió lo mismo: robar la prodigiosa bestia ó llevarse cuando menos algunas de sus plumas.

El golpe sólo podía darse á la hora de la siesta. Jaramillo amaba esta hora como la más segura. Morales se quedaría en la calle para auxiliar á su compañero. ¿Quién puede adivinar lo futuro? Tal vez gritase el alemán, y fuese preciso matarlo. ¡Una vida menos significa tan poco!…

Entró Jaramillo en la casa saltando la tapia del patio trasero. Luego se deslizó, con los pies descalzos, por los frescos corredores, sin producir ruido alguno. Al pasar junto á una puerta oyó ronquidos. El alemán, deseoso de amoldarse en todo á las costumbres del país, dormía la siesta.

El mestizo salió al patio grande, deteniéndose frente á la jaula del centro, rodeada de arbustos con Fu enormes, rojas y de cinco puntas, llamadas «estrella federal».

Allí estaba la célebre bestia: una especie de mochuelo diminuto, de pico breve y encorvado. Se miraron fijamente, lo mismo que si fuesen á entablar un combate. Los ojos redondos del animal, unos ojos de oro con una cuenta negra en el centro, contemplaron al hombre ferozmente. Luego parpadearon, como vencidos por la mirada humana.

Jaramillo no quiso perder tiempo. Con una contorsión de muñeca arrancó el candado de la jaula. Luego avanzó la diestra audazmente, y á pesar de su deseo de mantenerse silencioso, lanzó un rugido.

-¡Ah, pájaro del diablo!…

Tenía un dedo atravesado de parte á parte. No era un picotazo; era una puñalada. Un berbiquí ardiente acababa de perforarle la carne y el hueso.

Sobreponiéndose al dolor, cerró la mano ensangrentada para aprisionar á su enemigo. Deseaba ahogarlo y al mismo tiempo no quería oprimirle de una manera mortal, pues la pluma del caburé sólo conserva sus milagrosas cualidades cuando ha sido arrancada estando la bestia viva.

Con la otra mano libre le despojó de las plumas de atrás, y el animal lanzó un alarido al mismo tiempo que repetía su picotazo.

El grito espeluznante fué seguido de un profundo silencio. Los animales del patio callaron medrosos, ocultándose en lo más profundo de sus viviendas. Pareció que se inmovilizaba la vida en todo el barrio.

A impulsos del dolor, el mestizo había arrojado al caburé contra el suelo de la jaula, huyendo luego hacia la calle. El pájaro, viendo la jaula abierta, saltó fuera de ella como si pretendiese perseguir á su enemigo; pero después torció de rumbo, subiéndose al alero del tejado para desaparecer finalmente.

Jaramillo descorrió el cerrojo de la cancela, saliendo á la calle. Allí le esperaba su fiel Morales. No llevaba espada-esta expedición era de las de arma corta-; pero tenía la mano puesta por debajo del poncho en el puño de una faca, por lo que pudiera ocurrir.

-¿Qué es eso, hermano?-preguntó al ver la diestra ensangrentada de su compañero-. ¿Quién te ha herido?

El otro levantó los hombros con indiferencia, limitándose á mostrarle tres plumas pequeñas que llevaba entre los dedos.

Desde aquella tarde cambió radicalmente la vida de los dos. Jaramillo tuvo que ir en busca de un curandero amigo de su padre. Su dedo herido se había puesto negro, y era preciso cortarlo para que la podredumbre venenosa no le llegase al corazón. El mago indígena afiló en una piedra el mismo cuchillo de que se servía para rascarle el barro á su caballejo y para partir el pan. La amputación fué dolorosa; pero á Jaramillo le bastaba mirar la bolsita que llevaba pendiente sobre el pecho, con las plumas del caburé dentro, para recobrar su valor. Bien podía sufrirse un poco á cambio de tan poderoso talismán. Morales estaba triste y hablaba con timidez, como el que desea hacer una petición y no se atreve, midiendo su importancia. Al fin se decidió.

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