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   Clásico 20 No.20

El prestamo de la difunta Por Vicente Blasco Ibáñez Palabras: 8355

Actualizado: 2018-11-14 00:07


-Hermano, ¿si me dieses una de las plumas?… Piensa que siempre nos lo hemos partido todo, como si fuésemos de la misma madre. Tú tienes tres plumas; ¿qué te cuesta regalarme una? Serás igualmente poderoso con dos. Basta una sola para que nadie pueda herirte.

Pero aunque Jaramillo no había frecuentado la escuela, sabía que tres son más que dos, y estaba seguro de que, conservando las tres plumas, su poder resultaría más grande. Además, no podía admitir que Morales, luego de conservar sus dedos completos, quisiera igualarse con él. Le gustaba tenerlo bajo el imperio de su superioridad.

Y efectivamente, Morales empezó á sentirse esclavo. Su amigo era ahora otro hombre. Le hacía ejecutar su propio trabajo mientras él descansaba; le exigía su dinero; hasta le quitó una paraguaya de tez blanca y andar arrogante que al principio se había mostrado prendada de él.

«Debo matarlo-empezó á pensar-. Ya no podemos vivir juntos.»

Pero tuvo que repeler inmediatamente este mal pensamiento. Era imposible matar á Jaramillo mientras guardase su talismán, la bolsita con plumas de caburé, que le hacía invulnerable.

Y el déspota, animado por la resignación fatalista de Morales, extremó sus audacias. Un día lo abofeteó porque no le obedecía con rapidez, y al salir indemne de este atrevimiento, repitió á todas horas sus atropellos.

«¿A qué no se atreverá, llevando en el pecho lo que lleva?», se decía Morales con envidia.

Ni los hombres ni las fieras podían inspirar miedo á Jaramillo. En una taberna del campo se batió con cinco paraguayos de los más bravos, resultando ileso y vencedor. Nadaba en el río todos los días, á pesar de que ninguno de los que trabajaban en el hierbal osaba hacerlo, por miedo al «Tatita», ó sea al «Abuelo» en la lengua del país.

Este «Abuelo» era un «yacaré», un caimán famoso por su tamaño desde el lugar donde se forma el río de la Plata hasta lo más alto del Paraná. Los viejos del país, que saben adivinar la edad de los caimanes, le atribuían unos cuatrocientos años. Tal vez había visto de pequeño cómo los primeros españoles remontaron el río en sus naves de velas cuadradas con leones y castillos pintados.

-Allá está «el Tatita»-decían los del hierbal.

Y señalaban una especie de tronco rugoso y verde que descansaba en el barro de una isleta cercana, lo mismo que un árbol muerto traído por la corriente.

Como desde la última revolución paraguaya eran abundantes los mausers en los ranchos, empezaba un tiroteo contra la bestia centenaria. Algunos tiradores le marcaban el lomo á balazos. Tarea inútil: los proyectiles levantaban esquirlas de su coraza, pero el enorme lagarto apenas se movía, como si todos estos balazos fuesen para él leves cosquilleos. Si los cazadores se aproximaban, finalmente, en una barca, se dejaba ir perezosamente al fondo del río, levantando una corona de espumas amarillentas.

Morales había nadado de pequeño entre los yacarés, sin gran emoción. Pero eran caimanes tan inexpertos y tiernos como él. Los temibles son los viejos, á los que llaman «cebados» por haber comido carne de hombre. Así que la prueban una vez, quedan aficionados á ella para siempre, ¡y este «Abuelo» llevaba pasadas por su estómago tantas generaciones humanas!…

Siempre que Jaramillo se lanzaba a nadar, Morales, por un recuerdo de su antigua amistad, le hacía la misma recomendación:

-¡Cuidado con «el Tatita»!

El otro se alejaba, braceando alegremente, hacia el centro del río, en busca de las aguas profundas. ¡El cuidado que podía inspirarle un yacaré más viejo que las Américas!…

Un domingo, cuando Morales, sentado en la orilla, terminaba de fumar un cigarro paraguayo, que hacía caer por las comisuras de sus labios dos chorros de zumo negro, Jaramillo se echó al río. Morales, por estar en alto, pudo ver algo obscuro y enorme que se deslizaba entre dos aguas con la velocidad de un torpedo, viniendo en ángulo recto al encuentro del nadador.

-«El Tatita»-se dijo-. Sólo puede ser él.

Su camarada agitó los brazos desesperadamente, lanzó un alarido, y á continuación desapareció, como si tirase de él una fuerza irresistible.

Más que el hecho en sí, aturdió y desconcert

ó á Morales la posibilidad de que pudiese ocurrir. Todas las creencias de su vida temblaron, próximas á derrumbarse. Era para perder la fe.

-No, no es posible; Jaramillo tiene un talismán; Jaramillo no puede morir… .

Instintivamente fué hacia el lugar donde el nadador había dejado sus ropas. Una sonrisa de certidumbre, de confianza recobrada, dilató su rostro.

-¡Bien decía yo!…

Sobre las ropas estaba la bolsita, el irresistible payé. El muerto se había despojado de él antes de echarse al río, tal vez por distracción, tal vez por algún otro motivo desconocido de Morales.

Éste pensó que existe una Providencia, como aseguran los padres misioneros. Luego se imaginó que tal vez aquel yacaré tan viejo como el río era alguna divinidad misteriosa que se encargaba de vengar á los humildes.

Y sin vacilación se colgó del cuello la bolsita, con el mismo aire de un soberano que se ciñese la corona del mundo.

III

La suerte acudió en seguida á sonreirle.

Triunfaron inesperadamente los «colorados». Ellos, que llevaban hechas tantas revoluciones, volvieron á apoderarse del gobierno del modo más pacífico y prosaico. El doctor Sepúlveda, siempre en Buenos Aires, consiguió que el gobierno federal enviase á su provincia una comisión interventora encargada de examinar los actos administrativos de los enemigos. Esta intervención puso al descubierto cosas censurables-como ocurre siempre en tales casos-, y el resultado fué que los «blancos» tuvieron que abandonar el poder y entraron á gobernar los «colorados».

Volvió Morales á su patria con el orgullo y la aureola de un mártir político. El grande hombre del partido, que era ahora gobernador de la provincia, le estrechó la mano, honor que hizo llorar al mestizo.

-Te conozco, héroe; eres un superviviente de la noche inolvidable. Ya quedan pocos… . ¿Qué deseas obtener?…

Morales era de fácil contentamiento. Quería, simplemente, entrar en la Policía. Llevaba muchos años recibiendo golpes de los enemigos, y deseaba, á su vez, darse el gusto de devolverlos.

Sus antiguos amigos lo encontraban en las calles de la ciudad con zapatos-¡un tormento!-, levitilla azul de botones dorados, y un casco inglés, blanco. La espada ya no la llevaba bajo el brazo ni oculta en el pantalón. Le pendía de la cintura, como á los militares, como á todos los que representan el orden y pueden pegar.

Su carrera fué rápida, y al término de ella le salió al encuentro la gloria. No hubo en todo el país un policía más valiente. ¿Qué puede temer un hombre que lleva en el pecho un talismán de plumas de caburé?… Cuando había algo difícil y peligroso que hacer, sus jefes daban siempre la misma orden:

-¡Que llamen á Morales!

En vano los rebeldes á la autoridad sacaban sus pistolas en tabernas y bailes. Antes de que disparasen, el mestizo se las arrebataba de un manotazo. Algunas veces conseguían hacer fuego; pero las balas se limitaban á agujerear su casco ó ciertas superfluidades del uniforme, sin tocar nunca su carne. Y él salía de estas pruebas sonriente y tranquilo, como de cosas ordinarias y bien sabidas de antemano.

En cambio, la certeza de ser invulnerable le proporcionaba un gran empuje para la acción. No teniendo que preocuparse de la defensa, concentraba todas sus potencias en el ataque, y no había mano más pronta y ágil que la suya. Si alguien se negaba á obedecerle, veía inmediatamente desdoblarse al mestizo, hasta convertirse en una compañía entera de Morales, todos espada en mano. Recibía un cintarazo por la izquierda, y al volverse encontraba un segundo Morales que le atizaba por la derecha. Luego un tercer Morales le tiraba al cráneo por lo alto, un cuarto lo hacía saltar golpeandole entre las piernas, y así sucesivamente, hasta que pedía misericordia.

Los más valientes de la provincia empezaron á hablar de él con temor, adivinando su secreto.

-Es inútil hacer nada contra su persona. Debe tener un payé.

Sus jefes le hubieran hecho oficial, pero no sabía leer. Se limitaron á darle los galones de cabo, y él creyó necesario, para el ornato de su nueva dignidad, dejarse crecer en forma de bigote los contados pelos de su rostro cobrizo.

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