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   Clásico 22 No.22

El prestamo de la difunta Por Vicente Blasco Ibáñez Palabras: 8285

Actualizado: 2018-11-14 00:07


-¡Mira que tiro!-dijo al fin con tono de amenaza-. Déjate de macanas, ó tiro.

Se perdió entre los dos todo respeto. Se miraron como enemigos.

-¡Tira, gringo del demonio, para que puedas convencerte!… ¡Cuando te digo que tengo un payé!…

-¡Mira que hago fuego!-volvió á repetir el otro con voz aún más sombría.

-¡Tira de una vez, hijo de perra!… Tú no eres escocés… . Tú eres… .

No pudo seguir.

-¡Ya que lo quieres!…

Y el gringo apretó los dos gatillos al mismo tiempo.

Una nube blanca se extendió ante sus ojos.

Al disolverse el humo y extinguirse el doble trueno, vió á Morales tendido á sus pies. Tenía los brazos abiertos, el pecho destrozado y una sonrisa helada, de soberbia confianza, de fe inconmovible, que iba á ser el último de sus gestos.

LAS VÍRGENES LOCAS

I

Eran dos hermanas, Berta y Julieta, huérfanas de un diplomático que había hecho desarrollarse su niñez en lejanos países del Extremo Oriente y la América del Sur; dos hermanas libres de toda vigilancia de familia, jóvenes, de escasa renta y numerosas relaciones, que figuraban en todas las fiestas de París. Los tés de la tarde que se convierten en bailes las veían llegar con exacta puntualidad. Una ráfaga alegre parecía seguir el revoloteo de sus faldas.

-Ya están aquí las señoritas de Maxeville.

Y los violines sonaban con más dulzura, las luces adquirían mayor brillo en el crepúsculo invernal, los hombres entornaban los ojos acariciándose el bigote, y algunas matronas corrían instintivamente sus sillas atrás, apartando los ojos como si viesen de pronto, formando montón, todas las perversiones de la época.

Ninguna joven osaba imitar los vestidos audaces, los ademanes excéntricos, las palabras de sentido ambiguo que formaban el encanto picante y perturbador de las dos hermanas. Todos los atrevimientos perturbadores del gran mundo encontraban su apoyo. Habían dado los primeros pasos hacía la gloria bailando el cake-walk en los salones, hace muchos años, ¡muchos! cinco ó seis cuando menos, en la época remota que la humanidad gustaba aún de tales vejeces. Después apadrinaron la «danza del oso», el tango, la machicha y la furlana.

Su inconsciente regocijo, al ir más allá de los límites permitidos, escandalizaba á las señoras viejas. Luego, hasta las más adustas acababan por perdonarlas. «Unas locas estas Maxeville… . ¡Pero tan buenas!»

Todos conocían su existencia en un quinto piso, sin otra servidumbre que una vieja doméstica que hacía oficios de madre, suspirando al recordar las extinguidas grandezas de Su Excelencia el ministro plenipotenciario. Todos se daban cuenta de sus esfuerzos sonrientes y dolorosos para conservar el antiguo rango con una modesta pensión procedente del padre y una corta renta de la madre; sus habilidades taumatúrgicas para mostrarse bien vestidas á poco precio; su adopción de modas audaces, destinadas al fracaso, para ocultar con pretexto de originalidad el escaso valor de su indumentaria.

Las gentes murmuradoras denunciaban sus ocultos convenios con modistas y sombrereras, que les proveían gratis para que propagasen sus invenciones. Pero aquí se detenía la maledicencia. De sus costumbres, de su vida en la casa, ni una palabra. Las rancias familias diplomáticas que habían conocido al ministro jamás tuvieron que amonestarlas por una imprudencia irreparable.

El despecho de los hombres era también un certificado de su honestidad. Corrían hacia ellas, atraídos por su exterior desenvuelto. Se atropellaban unos á otros, como en una empresa fácil donde todo el éxito estriba en llegar antes que los demás. Risas provocativas, ojeadas misteriosas, palabras que parecían de esperanza… . Y poco después, uno por uno, los conquistadores desandaban el camino, cabizbajos y encolerizados, como un perro que se imagina encontrar un hueso y rompe sus colmillos en una piedra.

-Unas astutas las pequeñas Maxeville; unas malignas, que, faltas de dote, buscan un marido á su modo.

Los mismos que decían esto habían acabado por designarlas con un mote. Las señoritas de Maxeville fueron en adelante «las vírgenes locas».

Todo resultaba exacto e

n este apodo, el defecto y la cualidad. Nadie ponía en duda su locura, ni lo otro. Eran como los directores de ciertos Bancos, que charlan en el ventanillo de la caja, sonríen, remueven las llaves, infunden esperanzas, pero no hacen el más pequeño préstamo á crédito, ni el más leve anticipo sobre promesas lejanas.

Las vírgenes locas iban á triunfar finalmente en su desesperada batalla con los hombres. La mayor, Berta, había conquistado la voluntad de un ingeniero ruso, que se mostraba dispuesto á hacerla su esposa. La menor casi había conseguido lo mismo con un oficial joven; sólo le quedaba por vencer la resistencia de una madre orgullosa y tradicionalista, que vivía en provincias… .

En esto, un trompetazo desgarrador, insolente, brutal, cortó el ambiente de músicas sensuales y danzas voluptuosas con que se adormecían los humanos. Y la gente feliz corrió de un lado á otro, en pavoroso revoltijo, como los pasajeros de un trasatlántico que bailan en los dorados salones, vestidos de etiqueta, y de pronto escuchan, la voz de alarma de un tripulante: «¡Fuego en las bodegas!»

II

El segundo día de la movilización, la gente agolpada en las inmediaciones de la estación del Este las vió llegar vestidas de negro, con un traje sobrio y casi monacal, un pequeño sombrero semejante á una gorra, un bolsito de mano y un paquete con lo más indispensable para la vida: dos camisas, dos pares de medias.

Las vírgenes locas se iban sin ruido, sin frases heroicas, sin dos líneas en los periódicos. Sus relaciones mundanas las habían aprovechado para conseguir rápidamente sus deseos. Marchaban á Verdún, á la frontera, al lugar del peligro, donde todos esperaban que ocurriese el primer choque. Llevaban una carta para los directores del servicio sanitario. Parecían más altas, más robustas, de paso más firme. Su belleza de parisienses á la moda había desaparecido. Eran mujeres iguales á las que lloraban ó gritaban de entusiasmo al otro lado de la verja; sin colorete, sin artificios, con el pelo libre de postizos, con las mejillas limpias y los ojos agrandados por una emoción que había venido á sustituir los antiguos retoques del lápiz negro: ojos serenos que miraban al porvenir heroicamente, adivinando la proximidad de la desgracia.

Y se perdieron entre la multitud de hombres uniformados, caballos y cañones. Y su recuerdo se perdió igualmente en la memoria de todos los que una semana antes comentaban sus palabras y gestos. La gente necesitaba pensar en su propia suerte; el peligro no dejaba tiempo para mirar el exterior. ¡Pobres vírgenes locas! ¡Infelices muñecas de París arrebatadas por la tempestad cuando daban vueltas y sonreían con sus bocas pintadas, á los sones de una cajita de música!…

De tarde en tarde, las damas reunidas para hacer tejidos de lana destinados al ejército evocaban su nombre al pasar revista á los muertos y los ausentes. «¿Las pequeñas Maxeville?… » Realizaban proezas á su modo en los hospitales del frente de guerra. Donde ellas estaban, los hombres se morían sonriendo. En algunas ocasiones habían llegado hasta los mismos lugares de combate, oyendo el silbido de los proyectiles. El nombre de la mayor aparecía citado en una orden del día.

Y siempre el mismo comentario final: «Eran buenas. Algo locas, pero de hermoso corazón.»

Transcurrió un año de guerra. Un día circuló la noticia de que Berta había muerto, víctima de su abnegación. Poco después ya no la nombraron. ¡Eran tan frecuentes los heroísmos! ¡Desaparecían diariamente tantos nombres conocidos!…

III

Detrás de la línea de combate, en un hospital instalado en un castillo ruinoso, encontré meses después á la última virgen loca.

No la hubiese reconocido. Pasó por una avenida del parque, casi saltando, con la toca revoloteante y moviendo bajo la blanca falda el ágil compás de sus piernas enjutas. Llevaba en las manos pálidas y transparentes un paquete de ropas. Su nariz y sus orejas brillaban con una claridad de vidrio sonrosado bajo la luz del sol. Parecía un cuerpo diáfano, con la transparencia malsana de la miseria física. Toda la vida se concentraba en sus ojos.

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