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   Clásico 24 No.24

El prestamo de la difunta Por Vicente Blasco Ibáñez Palabras: 8100

Actualizado: 2018-11-14 00:07


Hizo una pausa para darse cuenta de si la escuchaban. No lo supo con certeza. El agente permanecía rígido y silencioso, como un buen soldado, junto al comisario. Éste silbaba ligeramente, moviendo el cuchillo de madera y mirando al techo.

-Mi nieta-continuó la vieja, sin inmutarse por esta falta de atención-se llama Julieta, baila en los teatros, y es célebre. El señor comisario debe haber visto su retrato muchas veces en los periódicos y en los carteles de las esquinas. Sólo la encuentro de tarde en tarde. Una mañana, cuando iba yo empujando mi carretilla, casi me atropelló su automóvil. Esto la hizo llorar, asegurando que era por culpa mía, porque yo no quiero vivir con ella y me empeño en seguir vendiendo verduras, lo mismo que cuando Julieta y su hermano eran pequeños… . Cada uno es como es. A mí, aunque soy pobre, no me gusta la manera de vivir de las artistas. ¿Digo mal, señor comisario?…

El comisario había cesado de silbar y miraba á la verdulera con cierto interés. Debía conocer á su nieta, la célebre bailarina. Iba á hacerle alguna pregunta sobre ella, cuando la vieja siguió hablando.

-Mi preferido fué siempre Alberto, un obrero aficionado á los libros. Yo, aunque deseo vivir independiente, iba todos los días á su casa, ayudaba á su mujer, jugaba con su hijo. ¡Un biznieto! Imagínese qué alegría, señor comisario. No todos llegan á ser bisabuelos.

Se detuvo un instante, como embelesada por dulces recuerdos.

-¡Los días felices de la paz!-añadió-. Un domingo fuimos de campo; comimos junto al Sena para celebrar el ascenso de Alberto á primer contramaestre de su fábrica… . Dos semanas después estalló la guerra.

El comisario hizo un gesto, que la vieja creyó de cansancio.

-Sí; ya sé que llevamos cuatro años de guerra y á todos aburre hablar de estas cosas. No insistiré, señor comisario. Me han dicho que hasta en los teatros y en los periódicos están cansados de la guerra y sus aventuras. ¡Además, mi historia es la de tantas y tantas mujeres!… Alberto fué á incorporarse á su regimiento en los primeros días de la movilización. No lo vi hasta un año después, que volvió del frente vestido de soldado. Luego vino otra vez. Yo había acabado por acostumbrarme á esta situación. Me imaginaba que sólo los otros hombres podían morir, ¡pero mi Alberto!… Un día recibí un papel, que nos hizo llorar á mí y á su mujer. Después nos visitó un compañero de mi nieto para traernos varios objetos suyos.

La voz de la vieja se enronqueció.

-Y ya no lo vi más, señor comisario… . Ellos me lo mataron.

Pero acordándose de su promesa, hizo un esfuerzo para serenarse y no hablar de la guerra.

-La viuda de Alberto trabaja ahora en una fábrica de municiones al otro lado de París, y yo sólo de tarde en tarde puedo ver á mi biznieto. Hay que ganarse la vida… . Además, ¿por qué no decirlo? desde que murió Alberto gusto de entrar en la taberna más que antes. Cada uno mata su pena como puede. Estoy en los setenta, y á esa edad, cuando hay que levantarse antes del alba para ir á los Mercados centrales á comprar el género, un vasito de vez en cuando es la mejor de las medicinas. ¿No lo cree usted así, señor comisario?…

El silencio del aludido quiso demostrar á la vieja lo inoportuna que era su pregunta. Pero ella continuó, con cierta precipitación que revelaba la proximidad de la parte más interesante de su relato.

-Hoy, al anochecer, estuve en la taberna con el tío Crainqueville. El señor comisario debe conocerlo. Sus desgracias andan escritas en libros y comedias.

Este nombre pareció despertar un vago recuerdo en la memoria del funcionario. La afirmación de que con sus aventuras se habían escrito libros le hizo interesarse en una rebusca mental. Luego levantó los hombros é hizo un gesto de incredulidad.

-Su historia-continuó la vieja-la ha escrito un señor Anatole, que trabaja al otro lado del Sena, en un taller de sabios. Es un palacio con una cúpula, donde dan recetas para que la gente rica pueda hablar bien.

El comisario se incorporó en su sillón, impulsado por

la sorpresa. Aquel taller de sabios á la orilla del Sena era sin duda la Academia Francesa; la casa de la cúpula, el Instituto; y el tal Anatole no podía ser otro que Anatole France.

-¿Pero existe el tío Crainqueville?-preguntó con incredulidad.

-Treinta años lo conozco, señor. Vendemos en diferentes barrios, pero nos vemos todas las madrugadas al hacer nuestras compras, y por la noche volvemos á encontrarnos en la misma taberna. ¡Un infeliz! Ahora sus asuntos andan mal; trabaja poco; sabe demasiado. Su protector le enseñó muchas cosas; él me las dice, y yo paso las horas muertas en la taberna escuchándole.

Hizo una pausa antes de reanudar su relato donde lo había abandonado.

-Digo que nos encontramos al anochecer en la taberna. Luego, como á las nueve, salimos, y sin saber por qué, me detuve en la puerta de un cinema, sintiendo deseos de entrar. Me atrajo un cartel con una alsaciana muy hermosa defendiéndose de un alemán feroz. Yo adoro esta clase de historias. Soy muy patriota. Tal vez es porque he visto dos guerras… . Pero no hablemos de la guerra. El tío Crainqueville se negó á entrar, y eso que yo pagaba. No sé en realidad qué es lo que le gusta. Todo le hace sonreír con aire de lástima. Entré sola, y debí entrar con mal pie. ¿No ha notado el señor comisario cómo algunas veces todo nos sale torcido, y cuando queremos agradar ofendemos á las gentes, lo mismo que si un demonio nos guiase?…

El comisario no se dignó contestar.

-Me disgusté con la señora que vende en la taquilla por si una moneda era buena ó falsa; discutí también con el que recoge las entradas porque acudió en su defensa… . Dentro, en la sala, la misma mala suerte. Mis vecinos de fila se quejaron, diciendo que había entrado con demasiada violencia. Mala voluntad de su parte, pues á mí no me gusta molestar á nadie. Una remilgada, cerca de mí, se atrevió á decir que yo olía á vino. Otro insolente aludió á mis anchuras, dudando de que cupiesen en el asiento. Les contesté como sé hacerlo y el público protestó á gritos, asegurando que perturbaba el espectáculo. Si me callé al fin, fué porque había empezado la historia de la alsaciana y su perseguidor. Una historia interesante. Yo se la contaría á usted, señor comisario, pero temo molestarle. Además, no sé cómo termina; no me dejaron ver el final.

El comisario había vuelto á mirar al techo y á silbar por lo bajo para distraer su impaciencia.

-Un señor que estaba detrás de mí y parecía muy entendido en esto del cinema, daba en voz baja sus opiniones á los vecinos… . De pronto, la alsaciana se iba al frente, huyendo de su perseguidor, y empezaban á verse las trincheras con muchos soldados, las cocinas, los cañones. El señor entendido decía que estas vistas no pertenecían en realidad á la historia; que eran, ¿cómo diré yo? lo mismo que retales que le habían puesto al film. ¿Me explico bien, señor comisario? Cosas viejas de la guerra que habían aprovechado; algo así como los remiendos que se echan á la ropa para que parezca mejor… . Pero yo no entiendo de esto, y las vistas me han parecido magníficas.

»De pronto salió en el telón el interior de una trinchera, con muchos soldados descansando. Uno de ellos escribía una carta sobre sus rodillas, puesto de espaldas al público. Poco á poco volvió la cabeza y sonrió á las gentes. Yo dudé, creyendo que veía mal. Luego debí gritar. ¡Era mi nieto!…

»Me levanté para verle mejor; quise ir hacia mi Alberto. Tal vez pasé entre la gente con demasiada violencia. El público debió creer que era alguna farsa mía y acudieron los empleados, y muchos espectadores me cerraron el paso. Intenté hablar y no me dejaron. No quisieron oir mis explicaciones; me creían borracha. Acabé por batirme á puñetazos con los que me empujaban hacia la puerta. Llamaron al mismo agente que está ahora aquí. Dicen que lo insulté, que le mordí en una mano. Ignoro cómo pude hacerlo. Estaba tal vez loca en aquel instante. Es verdad que este señor me llevó á empujones, sin querer oirme; que no me permitió seguir viendo á mi Alberto… .

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