ManoBook > Literatura > El prestamo de la difunta

   Clásico 28 No.28

El prestamo de la difunta Por Vicente Blasco Ibáñez Palabras: 8220

Actualizado: 2018-11-14 00:07


Luego sonrió irónicamente, como su maestro. Se sentía invadido por la eterna duda, y continuó:

-Aunque nadie puede afirmar si esta pobre humanidad merece la pena de ser regenerada y que alguien se ocupe de su porvenir… .

Mucho más tarde, la vieja sintió la atracción de un nuevo deseo. Se acordó con delicia de la obscura sala del cinema y de sus vistas, que ella consideraba como algo celestial. ¡Qué felicidad estar allá dos horas, en un asiento cómodo, conversando mentalmente con su nieto! El pobre Alberto no debía conocer aún la gran noticia que conmovía á París y al mundo entero. Ella iba á comunicársela.

-Adiós, Crainqueville; mi nieto me espera. Para el pobre no hay fiestas. Esta noche trabajará como todas.

El filósofo ambulante, que había terminado por aceptar la vida ilusoria de su compañera, creyó del caso darle algunos consejos.

-Te estás matando. Apenas comes; bebes demasiado. Gastas tu dinero exageradamente; vas á perder tu capital. Ayer tuviste que tomar la mitad de tu género al fiado… . Además, en una semana parece que hayas vivido varios años.

Pero después de la cuerda reprimenda, volvió á sonreir con su eterna sonrisa de duda.

-En fin, ¡si eso te divierte!… ¡Si encuentras en ello tu felicidad!…

La vieja marchó apresuradamente hacia el cinema, á pesar de sus piernas entumecidas que casi se negaban á sostenerla. Allá, en la sala agradable, descansaría cómodamente.

Las calles estaban obscuras aún, como en las noches de la guerra preñadas de amenazas aéreas. Pero la muchedumbre formaba grupos. Sonaban instrumentos de música y se improvisaban bailes en las encrucijadas.

Al penetrar en el atrio del cinema, el empleado que guardaba la puerta salió á su encuentro alegremente.

-¡Viva la paz, abuela!

Luego añadió, como si recordase algo de escasa importancia:

-Esta noche ya no «trabaja» su nieto… . ¡Se acabó! Todo es nuevo. Pero la representación vale la pena.

-¿Qué?…

La vieja había apoyado la espalda en el muro, intensamente pálida, con los ojos desmesuradamente abiertos. El empleado fué dando explicaciones para contestar á su exclamación angustiosa.

-Han transcurrido siete días. ¡Cambio completo de programa! El público estaba fatigado ya de la historia de la muchacha de Alsacia y del alemán. Ahora, con la paz, habrá que dar otras cosas. ¡Nada de guerra!… Hay que olvidar, hay que alegrarse… . Entre… . Tenemos esta noche una película americana que hace rugir de risa.

La vieja vaciló sobre las piernas, á pesar de que se había desvanecido instantáneamente la dulce turbación de su mansa embriaguez.

-¡No verle más!… ¡no verle más!-gemía.

Luego resumió su desesperación en una frase:

-Me lo han matado por segunda vez.

El público que iba á entrar en el cinema se agolpó en torno de esta mujer desfalleciente, próxima á caer al suelo. El empleado, por conmiseración y por evitar aglomeraciones en la puerta, intentó alegrar á la vieja.

-¡Ánimo, abuela!… No va usted á morirse hoy, un día de tanta felicidad, porque hemos cambiado el programa… . Además… además… .

Había pedido á la mujer de la taquilla un periódico, y empezó á examinarlo con precipitación, empinándose sobre la punta de los pies para recibir mejor la luz de una lámpara pendiente del techo. Al mismo tiempo hablaba entre dientes.

-Veamos… . Esta estúpida historia de la alsaciana deben darla en alguna parte. Un mal film de ocasión, hecho de recortes. Estará, seguramente, en los cinemas de quinta clase… . Eso es; helo aquí.

Y dirigiéndose á la vieja, le dió el nombre de una calle y el título de un cinematógrafo.

-Un poco lejos, abuela; en Grenelle, al otro lado de París; ¡pero tomando el Metro!… Allí encontrará á su nieto durante una semana.

No se acordó más de ella, para seguir ocupándose del público que entraba y entraba, atraído por el programa nuevo.

La vieja se vió otra vez en la calle. No tenía mas que una idea.

«¡Me lo han matado!-pensaba-. En este día en que todos ríen, me lo han matado por segunda vez.»

Reapareció su enérgica voluntad de luchadora obscura y humilde. Se lo habían matado al

lí; pero iba á resucitar en otra parte. Debía ir á su encuentro.

Buscó bajo su falda aquella bolsa de tela que contenía sus capitales. Su diestra sólo encontró el vacío. Después de tenaces exploraciones, salieron á luz unas cuantas monedas de cobre sosteniéndose entre sus dedos. Cincuenta céntimos en total.

Sólo disponía de lo preciso para comprar una entrada en aquel cinema desconocido de Grenelle.

No le quedaba dinero para tomar un billete del Metro. Todo lo había gastado en sus ruidosas aventuras de la tarde. Tendría que ir á pie; y era tan lejos… . ¡tan lejos!

Un mal pensamiento contrajo su frente.

-¡Si pidiese limosna!… Hoy es un día de regocijo general. Se apiadarán de mí al verme tan vieja, tan cansada… .

Pero á pesar de su cansancio se irguió, con un gesto de altivez ofendida. No había mendigado nunca, y á los setenta años era tarde para empezar.

-Debo verle… necesito verle.

La fatiga le hizo caer en un banco entre dos árboles del bulevar. Brillaban en la penumbra las puertas de cafés y tabernas como bocas de horno. Se confundían en alegre discordancia las diversas músicas. Pasaban parejas amorosas, perdiéndose en la obscuridad; guerreros de remotos países que abarcaban con un brazo el talle de una mujer.

-¡Tan lejos!… ¡tan lejos!-seguía suspirando la vieja.

Vió de pronto un soldado que le sonreía, un soldado todo blanco desde el casco de trinchera hasta los gruesos zapatos. A través de su cuerpo se veían los árboles, el banco cercano, las gentes que pasaban. Parecía de cristal, de humo sutil, de espuma impalpable.

La hizo señas para que la siguiese, y echó á andar al ver que la vieja le obedecía.

-¡Ay, mis piernas!… No podré seguir. Son varios kilómetros. ¡No llegaré nunca!…

Se dejó caer en otro banco y el soldado transparente se detuvo, volviendo hacia ella un rostro sombrío, desesperadamente sombrío.

-No te pongas triste. ¡Si supieras cuán cansada estoy! Pero tu abuela no te abandonará nunca… . Alberto, espérame. ¡Allá voy, pequeño mío!

Y haciendo un esfuerzo supremo, se levantó y siguió marchando en pos del fantasma por las calles interminables, negras, heladas… .

Como marchamos todos á través de las asperezas de la vida, guiados por nuestros recuerdos, al encuentro de la Ilusión.

EL AUTOMÓVIL DEL GENERAL

I

El periodista Isidro Maltrana habló así á sus amigos en un pequeño restorán de Broadway:

-Me veo obligado á buscarme la vida en Nueva York. Ya no puedo volver á Méjico. ¡Qué desgracia! ¡Tan bien que me ha ido allá durante once años!…

Ustedes saben que soy español, y no tengo otra herramienta para ganarme el pan que una pluma fácil y sin escrúpulos. No recordemos las aventuras de mi primera juventud. Deben conocerlas ustedes, pues con ellas se han escrito libros. Son, en realidad, sucesos vulgares, que sólo merecen atención por el ambiente de tristeza desgarradora en que se desarrollaron.

Hace años me lancé á recorrer la América de habla española. Entré por Buenos Aires y he salido por la frontera de Texas. Una hazaña de conquistador de otros siglos; algo como el paseo del capitán Orellana, que partió del Perú y, navegando de un río grande á otro mayor, se vió de pronto en el Atlántico, después de haber bajado todo el curso del Amazonas.

No sonrían ustedes; ya sé que mis viajes en buque de vapor, en ferrocarril ó en mula, no pueden compararse con los penosos avances de aquellos exploradores de piernas de acero y pechos de bronce. Pero no crean tampoco que mis andanzas á través de la tierra americana han sido envidiables por su comodidad. También yo he sufrido grandes privaciones. Los conquistadores, que tuvieron que luchar con el hambre de las interminables soledades, acallaban su estómago apretándose un punto más el cinturón, y seguían adelante, con el arcabuz al hombro. Yo he tenido que apretarme igualmente el cinturón muchas veces; pero siempre encontraba, al fin, en las Repúblicas pequeñas, algún tirano, ó aspirante á tirano, que se encargaba de mantenerme á cambio de insultos á sus adversarios y de elogios disparatados á su persona.

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