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   Clásico 29 No.29

El prestamo de la difunta Por Vicente Blasco Ibáñez Palabras: 8231

Actualizado: 2018-11-14 00:07


Al pasar de España á América, deseé cambiar de profesión. Me habían dicho que en esta parte del mundo todos los emigrantes cambian de oficio, como las culebras cambian de piel al modificarse el ambiente con el curso de las estaciones.

Eso será verdad tratándose de los demás; ¡pero los que nacimos siervos de la pluma!…

Quise en Argentina cultivar la tierra, pero fracasé completamente, y volví al periodismo vagabundo, lo que me hizo marchar de República en República, siempre hacia el Norte.

No recordemos esta época de literatura ambulante y servil. Otro, tal vez estaría orgulloso de ella, y hasta escribiría sus Memorias. Fuí amigo de varios presidentes; á unos les he servido de bufón, á otros de consejero secreto. He redactado, á la vez, crónicas de vida elegante para las presidentas y proyectos de Constitución que sus graves maridos presentaban al pueblo como producto de nocturnas meditaciones. He huído de algunos de estos protectores, por miedo á que me fusilasen; sabía demasiados secretos. A otros los he visto caer asesinados cuando mostraban una confianza majestuosa igual á la de los dioses inmortales. He insultado á hombres que no conocía, para servir con ello á hombres que despreciaba por conocerlos demasiado.

¿Que mi oficio es vergonzoso?… Soy el primero en confesarlo. Y lo peor es que no me ha enriquecido; sólo me dió para vivir con intermitencias de locos derroches y largas penurias. Cuando triunfaban mis protectores, nunca tenían tiempo para regalar algo duradero al que les había ayudado con su pluma venenosa.

Además, reconozco mi defecto; soy un bohemio, un vagabundo que nunca se siente bien allí donde está, y espera encontrar algo mejor yendo más lejos.

No me creo el único. Los periodistas errantes y los cómicos somos la última y miserable prolongación de la España conquistadora. Vamos y venimos desde el estrecho de Magallanes á la frontera de California, pasando á través de diez y ocho naciones que hablan nuestra lengua, conociendo en unas partes la riqueza y en otras el hambre; aquí, el aplauso y la admiración; más allá, el insulto y la fuga. Algunos, en sus correrías, hasta tropiezan con la Fortuna, y son sus amigos por corto tiempo. Todos, finalmente, terminan sus días en la miseria.

Pero no divaguemos. Quiero decir que, después de mis andanzas por la América del Sur y la América del Centro, di fondo en Méjico, hace poco más de diez años. ¡Hermoso y simpático país! En ninguna parte he vivido mejor.

Ya estaría de vuelta allá, á pesar de la última revolución, que me hizo huir; pero no me atrevo.

Existe de por medio el maldito asunto del automóvil del general.

II

Parecía que Méjico me estuviese esperando, como uno de esos volcanes bondadosos y bien educados que permanecen tranquilos durante siglos y, apenas un explorador huella su cumbre por primera vez, empiezan á rugir y á soltar humaredas á guisa de saludo.

Treinta años llevaba el país de dormitar en paz; pero al llegar yo despertó, amenizando mi existencia con una serie de revoluciones que todavía no han terminado.

¡Lo que he visto en diez años!… Porfirio Díaz, que parecía eterno, escapando para morir en un hotel del viejo mundo. Madero, un hombre bueno, que gobernaba moviendo veladores y conversando con los espíritus, fué cazado á balazos, lo mismo que un corderillo dulce, en las cuevas del palacio presidencial. El alcohólico Huerta acabó sus días en una cárcel de los Estados Unidos, desesperado porque no le dejaban beber. Al viejo Carranza, que parecía construido para vivir un siglo, lo acaban de asesinar.

En diez años, ¡cuatro presidentes que han terminado de mala manera ó han muerto en una cama que no era suya! Reconozcamos que es demasiada tragedia para tan corto tiempo. Esta sucesión de presidentes mejicanos recuerda á los reyes y héroes griegos de la dinastía de los Atreidas, que terminaban siempre de un modo fatal.

Pero yo, que soy franco hasta el cinismo, confieso que no guardo un triste recuerdo de los largos años de revolución, ni he derramado una lágrima en memoria de estos señores que conocieron los goces de

una autoridad sin límites y la desesperación de un final trágico.

Al principio fuí simplemente escritor de á caballo. No tenía periódicos que hacer, y servía de secretario á los generales que mandaban las fuerzas revolucionarias. Redacté proclamas dirigidas á los pueblos, alocuciones á las tropas, y describí en un estilo lírico los grandes triunfos de los insurrectos sobre los soldados del gobierno, llamados «federales». Nunca, en mis escritos, dejé de establecer discretos paralelos entre las campañas napoleónicas y las de los caudillos á cuyo servicio me había entregado.

Conocía bien á mi gente. Uno de los generales, que fué mi amo durante seis meses, al ver la polvareda levantada por unos cuantos centenares de enemigos, se volvía siempre hacia nosotros, los de su Estado Mayor, para decirnos con aire inspirado:

-Napoleón, en este caso, hubiera hecho seguramente lo que yo… .

Y hacía lo que hubiese hecho Napoleón.

¡Ay, amigos míos! Recuerdo bien nuestras famosas batallas, aunque siempre las veía de lejos. ¡Lo que sentí muchas veces no haber aprendido á montar á caballo desde mi niñez, no ser hombre de campo, para improvisarme general lo mismo que los otros!… ¡Quién sabe si lo habría hecho mejor!…

Las tales batallas podían ser tituladas así porque tomaban parte en ellas veinte mil ó treinta mil hombres. En Méjico nunca faltan hombres para pelear y morir. Hay siempre más que fusiles. Pero, en realidad, eran simples riñas de grupo á grupo, dejando á la iniciativa de cada pelotón la marcha del combate. Tiraban y tiraban hasta agotar las municiones, sin hacer uso jamás del arma blanca. Ninguno tenía bayoneta. Se mataban durante horas y horas, y al final el bando que se veía sin cartuchos se retiraba, dejando el campo al otro.

Todos éramos de caballería, porque hacíamos las marchas á caballo; pero en el momento del combate los jinetes se convertían en infantes. Teníamos artillería. Cada bando procuraba poseer cañones más gruesos que los del adversario, y estos cañones tiraban y tiraban, con un estruendo ensordecedor.

Recuerdo el asombro y la indignación de un oficial alemán que venía con nosotros, al ver cómo funcionaba la artillería.

(Advierto á ustedes que todos los revolucionarios éramos germanófilos, por odio á los Estados Unidos y á Inglaterra. Nos comparábamos con los bolcheviques rusos, deseábamos la derrota de la República francesa y el triunfo de Guillermo II. Los alemanes intervenían con frecuencia en nuestras campañas… . Pero no desviemos el relato. ¡Adelante!)

-General-clamó el prusiano-, los artilleros no saben apuntar. Tiran al aire. Sólo desean hacer ruido.

Y el general, que se las echaba de ingenioso, contestó, levantando los hombros:

-Déjelos. No es necesario que hagan más. La artillería sólo sirve para asustar pendejos.

Después de estas batallas, cuando quedábamos vencedores por haber podido hacer fuego media hora más que los otros, venían los comentarios y las explicaciones del triunfo. Aquí entraba yo como estratega. Describía moniobras que nadie había visto; suponía en el general y sus colaboradores órdenes que nadie había dado; explicaba el presente con arreglo á mis lecturas pasadas, y siempre encontraba el medio de emparentar la batalla reciente con alguna de las de la juventud de Bonaparte. No había miedo de que alguien protestase escandalizado.

-¡Este Maltrana!-oía decir á mis espaldas-. ¡Lo que sabe!… ¡Lo que ha leído!…

Y, por el momento, no me daban cosas de más provecho que tales elogios y un amplio permiso para apropiarme lo ajeno. Pero esto último no representaba gran cosa, por ir yo acompañado de gentes listas, que, al ser del país, siempre llegaban antes allí donde había algo que coger.

Cuando triunfamos, y los jefes del ejército revolucionario ocuparon la presidencia de la República, los ministerios y demás sitios públicos, mi suerte empezó á afirmarse. Escribí en los diarios del nuevo gobierno cuando había que insultar á los enemigos ó hacer al país brillantes promesas.

¡El dinero que gané en aquellos tiempos, no muy lejanos, pero que me parecen ya remotísimos!…

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