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   Clásico 31 No.31

El prestamo de la difunta Por Vicente Blasco Ibáñez Palabras: 8159

Actualizado: 2018-11-14 00:07


Y lo más gracioso es que los que escriben esto piensan al mismo tiempo: «¿Dónde demonios estará la puerta de la oficina en la que se hacen tales compras?… ¿Quién será el encargado de recibir á los que desean venderse?… »

Yo mismo, queridos amigos, quisiera saber si ustedes, por ser más viejos en la tierra yanqui, están enterados de á qué personaje hay que dirigirse en Wáshington para dicho asunto. ¡Me gustaría tanto estar enterado!…

Pero ¿callan ustedes?… ¿No saben qué decir?… Sigamos con nuestro general.

Siempre que leía uno de mis artículos contra los enemigos de la candidatura del gobierno, celebraba con entusiasmo los insultos más atroces.

-¡Qué pluma la suya, Maltranita!… ¿Cómo pagarle sus servicios á la buena causa?

Muy fácilmente; yo no podía aspirar á una legación diplomática ni á un ministerio cuando triunfase nuestra candidatura; eso quedaba para los mejicanos. Mis aspiraciones eran más modestas.

-Me contento, mi general, con que me envíe usted á Nueva York cuando vaya allá una comisión á hacer compras para el gobierno. Lo mismo da que compren autocamiones, máquinas de escribir, zapatos ó papel para las oficinas. Sólo pido ser el agente comprador de la comisión. Me doy por satisfecho con el diez por ciento. ¿Que adquieren por un millón?… Cien mil dólares para mí. ¿Que compran por valor de dos?… Pues doscientos mil. Con eso me retiro á España y dejo de escribir, aunque lloren de pena las nueve Musas.

Castillejo juzgaba mediocres mis pretensiones. Ahora trabajaba por hacer presidente á un amigo. Luego le tocaría á él. Sólo tenía que esperar yo cuatro años, y entonces me daría lo que desease.

¡Esperar en un país donde mueren de una manera trágica cuatro presidentes en sólo diez años!… No; prefería que me diesen inmediatamente el modesto cargo de comprador en Nueva York.

Pero Castillejo no estaba para fijarse en mi escepticismo; cada día se mostraba más preocupado por el éxito de su campaña electoral. ¡Cosa rara! No le inquietaban los generales candidatos que parecían próximos á sublevarse contra el gobierno. El objeto de sus preocupaciones era un joven, casi de su edad, el ingeniero Taboada, que se había educado en los Estados Unidos y tenía la pretensión de exigir que se implantase de golpe en Méjico todo el sistema democrático, con su respeto á la ley y á las opiniones ajenas, que había conocido en la vecina República.

Sin más apoyo que unos cuantos amigos tan ilusos como él, presentaba su candidatura á la presidencia, afirmando que era la «única candidatura civil».

-¡Pero si ese muchacho es un loco!-decía yo, extrañado de la preocupación de Castillejo-. ¡Si no puede juntar más allá de un centenar de votos!… Ya que usted le hace el honor de tenerle en cuenta, voy á demolerlo con un artículo. Diré que está vendido á los Estados Unidos y por eso pretende implantar entre nosotros las costumbres y sistemas de allá. Voy á demostrar que ha recibido tres millones de Wáshington para su candidatura… . Si le parecen poco, escribiré cinco millones. Da lo mismo. ¡Con decir que yo he visto con mis ojos cómo los recibía!…

Y escribí esto, y otras cosas. Necesitaba no quedarme á la zaga de los periodistas del país, que me vencían muchas veces en la invención de estupendas mentiras.

Pero noto que se impacientan ustedes. ¡Calma! Ahora sí que llegamos de veras al automóvil del general.

IV

Algunos de los allegados á Castillejo se mostraban terribles en sus ofrecimientos.

-General, ya que le estorba tanto ese ingenierillo, no tiene mas que darnos una orden. Es lo más fácil librarse de él.

¡Como si el general necesitase de tales consejos! Eran muchos los que habían desaparecido misteriosamente de la existencia diaria, y los calumniadores pretendían que únicamente Castillejo podía saber dónde estaban. Todos debajo del suelo.

-¡Qué disparate!-protestaba el general-. Los candidatos militares atribuirían al gobierno la muerte de Taboada; la gente que ahora se ríe de él lo veneraría como un mártir. No; dejemos de pensar en ese hombre.

Y yo adivinaba que seg

uía pensando en él, con su gesto reconcentrado é inquietante que hacía decir á las gentes: «Castillejo, muy malo como enemigo.»

Uno de los amigotes que le acompañaban en sus francachelas nocturnas me reveló el secreto.

-Lo que sufre el general son unos celos que le tienen loco, lo mismo que un dolor de muelas. Ahora, Olga del Monte adora al ingeniero.

Esta Olga del Monte era la Aspasia de la revolución mejicana. Hija de una familia distinguida de la capital, sus excesos imaginativos y reales habían acabado por arrastrarla á una vida que era la vergüenza de su parentela. Iba teñida de rojo escandalosamente, en un país donde las más de las mujeres son morenas. Había pasado una temporada en París á expensas de varios protectores, lo que imponía un irresistible respeto á los jóvenes centauros de la revolución, ignorantes de toda tierra que no fuese la suya. Además, tocaba el piano y el arpa, suspiraba romanzas mejicanas y fabricaba versos… . Tenía de sobra para traer como locos á todos los generales mozos. Algunos de ellos, á pesar de sus declamaciones contra el derecho de propiedad y contra las desigualdades de clase, lo que más apreciaban en Olga era su origen. Les producía confusión y orgullo á la vez pensar que eran amigos y protectores de una hija de gran familia de la capital, cuando hacía pocos años figuraban aún como jornaleros del campo ó vagabundos en lejanas provincias.

Regalos cuantiosos llovían sobre ella. Los vencedores mostraban la misma generosidad de los bandidos después del reparto de un botín fácilmente conquistado. Olga se tomaba á veces el trabajo de desfigurar las joyas robadas. En otras ocasiones lucía los ricos despojos tal como se los habían dado, y las gentes señalaban sus brillantes, sus esmeraldas y sus perlas, nombrando á las verdaderas dueñas de estas alhajas. Eran señoras del régimen anterior derrumbado por la revolución, que andaban ahora fugitivas por el extranjero.

Mi general, que tenía un alma puerilmente romántica, se mostraba orgulloso de haber vencido á varios compañeros de profesión. Él era ahora el único que podía considerarse dueño de esta poética criatura. La abrumaba con sus presentes; había trasladado de su casa á la de la hermosa todo lo recogido cuando entró en la ciudad de Méjico al frente de su división del Oeste, ¡y bien sabe Dios que Castillejo no era tonto ni perezoso para esta clase de trabajos!

Pero la vaporosa criatura, harta sin duda de las magnificencias del saqueo, quería mostrarse ahora desinteresada, prefiriendo á los hombres pobres y perseguidos, sin duda porque todos los que la rodeaban eran ricos, fanfarrones é insolentes. Y por esta necesidad de cambio y de contraste, abandonó á nuestro general, enamorándose de Taboada.

El ingeniero era débil de cuerpo, dulce de maneras, odiaba á los soldadotes, hablaba de la regeneración de los caídos y del advenimiento de los pobres al poder. Además, los triunfadores se reían de él y tal vez lo matasen el día menos esperado. ¿Qué héroe más interesante podía encontrar una mujer de sentimientos sublimes y «mal comprendidos», como se creía esta muchacha?…

En vano Castillejo apeló á las seducciones del gobernante para vencer su desvío. Él haría que el presidente la enviase á Nueva York y luego á París, con un cargamento de grandes sombreros mejicanos, trajes vistosos y cien mil pesos al año, para que cantase y bailase á estilo del país en los principales teatros. Iba á ser casi un personaje oficial; haría propaganda mejicana por el mundo. ¡Quién sabe si la historia patria hablaría alguna vez de ella con agradecimiento!… Pero Olga contestó negativamente. Prefería á su ingeniero. É igualmente fué rehusando otras proposiciones no menos productivas y honoríficas.

Los consejeros de Castillejo seguían, mientras tanto, insinuándole su remedio dulcemente.

-¡Si usted quisiera, mi general!… Una palabrita nada más, diga una palabrita, y no volverá á estorbarle ese mozo.

Pero Castillejo protestaba con una bondad que metía miedo. La alarma de su recta conciencia era para espeluznar á cualquiera.

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