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   Clásico 36 No.36

El prestamo de la difunta Por Vicente Blasco Ibáñez Palabras: 8560

Actualizado: 2018-11-14 00:07


-Un día, el abuelo Hu me dijo que… .

Por las tardes se reunían en su casa los admiradores de su ciencia histórica: varios señores retirados de la magistratura, del comercio ó de las armas, que en vez de entretenerse coleccionando sellos, se habían dedicado á la arqueología provincial.

El discípulo preferido era el comandante Pierrefonds, un hombre corto de estatura, fornido, parco en palabras, de mal carácter, que gruñía á la menor contradicción bajo su recio bigote rojo y blanco. Tenía el gesto reconcentrado y amenazante de un perro feroz y mudo. Sólo el maestro Simoulin se atrevía á bromear con él. Vivía solitario, en una casa de las afueras, con una vieja ama de llaves y una colección de monedas antiguas, á la que pensaba dedicar el resto de su existencia de célibe.

Se había retirado del ejército con verdadero placer al llegar á la edad reglamentaria, después de una serie de campañas coloniales penosas y sin gloria, que habían quebrantado su salud y agriado su carácter. Sólo le interesaba actualmente la numismática, y no reconocía otra grandeza humana que la de su eminente amigo y maestro. Su ambición era ser el primero de los «simoulinistas», y los que envidiaban su privanza, viéndole acompañar al grande hombre á todas partes, lo habían apodado «el dogo del poeta».

Esta veneración no cegaba al rudo comandante hasta el punto de hacerle desconocer los defectos de su maestro. Pierrefonds era capaz de dejarse matar si le exigían una mentira á cambio de la existencia; nunca recordaba haber faltado á la verdad voluntariamente; ¡y, en cambio, su admirado maestro!…

Dudaba el militar antes de definir la verdadera personalidad moral del ilustre Simoulin… . Lo mismo les ocurría á muchos de los discípulos. En la misma incertidumbre estaban sus hijos, su vieja esposa, todos los que le trataban de cerca.

¿El poeta era un embustero?…

No; no lo era. El que miente lo hace con un fin interesado, por orgullo ó por perjudicar á otro. Y el ilustre maestro no mentía; lo que hacía, simplemente, era ignorar la verdad, huir de ella cuando la encontraba al paso… . Y si le obligaban á mirarla de frente, la veía con unos ojos distintos á los ojos de los demás.

Las cosas nunca eran para él como para los otros; siempre las contemplaba como quería que fuesen y no de acuerdo con la realidad.

Además, carecía por completo del sentimiento de la medida, inclinándose á la exageración para aumentar ó disminuir las cosas. Unas veces hablaba de su ciudad como de una urbe igual á Londres ó Nueva York. Otras veces la compadecía cual si fuese una aldea. Las personas pasaban á ser en su apreciación semidioses ó monstruos; nada guardaba para él sus proporciones regulares: ni seres ni objetos.

Uno de sus admiradores, antiguo juez aficionado á las disquisiciones filosóficas, había hecho su diagnóstico.

-Tiene la enfermedad de muchos grandes hombres. Su peor enemigo es «la loca de la casa».

Este era el apodo que el filósofo Malebranche había dado á la imaginación. Había días en que «la loca» dormía detrás de la frente, en el piso más alto de aquel edificio humano, y el poeta se mostraba tan razonable y justo en sus apreciaciones como un fabricante de paños de la localidad. Otras veces, la inquilina del cráneo se despertaba impetuosa, haciendo toda clase de cabriolas y extravagancias, y el ilustre maestro pasaba de golpe á vivir en un mundo quimérico, mientras su cuerpo se movía en este mundo terrenal. Sus ojos miraban, para ver lo que no veían los otros, sus manos poseían un tacto sobrenatural, mientras su boca iba emitiendo, con acento de sinceridad, errores y exageraciones equivalentes á grandes mentiras.

El rudo Pierrefonds lamentaba estos excesos de «la loca de la casa», pero no por ello compadecía á su maestro.

-Todos los genios fueron así.

Recordaba á Balzac y á otros escritores imaginativos, que poblaron su vida práctica de absurdas concepciones, aceptándolas como realidades.

Además, ¡quién sabe si era «la loca de la casa» la que había hecho que este hombre del país de los olivos y las cigarras conquistase con tanta rapidez la vieja ciudad dormida y sin ensueños!…

II

La guerra vino á aumentar considerablemente la gloria de Simoulin.

En un mes, su actividad muscular y su a

ctividad mental funcionaron con más apresuramiento que durante varios años. Se le vió en todas partes: en la estación del ferrocarril despidiendo á los hombres que iban á incorporarse á sus regimientos; en el paseo principal, donde, al caer la tarde, entonaban las músicas himnos patrióticos coreados por la muchedumbre. La gente interrumpía sus cantos al ver las blancas melenas del poeta. «¡Que hable el señor Simoulin!», gritaban mil voces. Y al poco rato lloraban las mujeres, rugían de entusiasmo los hombres que aún no habían ido al ejército, y hasta las banderas tricolores parecían aletear con más fuerza, como azotadas por el vendaval patriótico del lírico orador.

Cruzaba los brazos lo mismo que Napoleón después de una victoria; otras veces manoteaba y rugía igual á Dantón al declarar la patria en peligro. Los más grandes personajes históricos pasaban por él, y de tal modo se identificaba con sus evocaciones, que Simoulin era el primer engañado. Prometía el triunfo con la certidumbre de un gran estratega capaz de derrotar á los enemigos cuando se lo propusiese; hacía llorar á su público con una sugestión irresistible, pero él era el primero en verter lágrimas, conmovido por su propia elocuencia al describir la injusta agresión que sufría la patria.

Esta vida imaginativa y elocuente duró sólo unas semanas. Simoulin se mostraba insensible á las malas noticias. Eran, según él, invenciones de los enemigos. Pero ¡ay! la realidad se encargó de despertarle un día, con rudo manotazo. Los alemanes se habían extendido por Bélgica é iban á pasar de un momento á otro la vecina frontera, entrando en Francia. Muchos vecinos de la ciudad huían. Algunos burgueses prudentes insinuaron al poeta la conveniencia de retirarse á París, por creer que el gobierno necesitaría la colaboración de un hombre tan célebre.

-¡Que vengan los enemigos!-contestó con sencillez-. Aquí los aguardo.

Sus hijos estaban en el ejército; las mujeres de la familia se habían ido á una ciudad del interior con todos los nietos. Simoulin, completamente solo, se consideraba preparado para toda clase de heroísmos.

-Yo también-le había dicho Pierrefonds.

El comandante consideraba una felonía abandonar la ciudad. Al declararse la guerra, había sufrido una amarga decepción viendo que no lo aceptaban para combatir en el frente, á causa de sus enfermedades de antiguo soldado colonial. Al fin, para que no insistiese en sus quejas, lo hicieron director de un modesto servicio de administración militar en la misma ciudad.

-Mientras el ministro de la Guerra no me ordene otra cosa, aquí estaré.

Y como el ministro de la Guerra, preocupado por el avituallamiento y la suerte de los ejércitos en retirada hacia el Marne, no se acordó de que exista en el mundo un comandante Pierrefonds encargado de unos cuantos centenares de capotes viejos, el belicoso numismático pudo ver desde una ventana de su casa cómo llegaban á la ciudad los primeros pelotones de hulanos.

El ama de gobierno tuvo que arrodillarse ante él, abrazando sus piernas y recordándole las dulces intimidades de otros tiempos ya olvidados. Sólo así consiguió arrancar de sus manos el viejo revólver con el que pretendía recibir á tiros á los invasores. Por su culpa podían morir fusilados muchos vecinos de la ciudad, según afirmaba su vetusta compañera. Además, se acordó de los consejos del maestro:

-Pierrefonds, cuando vengan (si es que vienen), mostrémonos grandes y altivos en la desgracia. Un heroísmo que se sacrifica es muchas veces más poderoso que el heroísmo que vence.

El ilustre Simoulin tuvo numerosas ocasiones de conocer este sacrificio predicado por él. Cuando intentó presentarse á los generales invasores para formular una elocuente protesta contra los atropellos cometidos por sus tropas, sólo pudo ver á un oficial, que le contestó sarcásticamente, acabando por amenazarle con el fusilamiento. Nadie hacía caso de su nombre; aquellos guerreros vestidos de gris verdoso parecían oirlo por primera vez. Los hijos del país que meses antes rodeaban al poeta con su cariñoso entusiasmo no podían servirle ahora de consuelo. Unos estaban en la guerra; otros habían huído; los demás sufrían en la ciudad toda clase de vejaciones, y para evitarlas, se mantenían ocultos en sus casas.

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