ManoBook > Literatura > El prestamo de la difunta

   Clásico 37 No.37

El prestamo de la difunta Por Vicente Blasco Ibáñez Palabras: 8559

Actualizado: 2018-11-14 00:07


El poeta sufrió el tormento del hambre y el suplicio aún más intolerable de la humillación. ¡Quién hubiese podido reconocer á los pocos meses de tiranía alemana al ilustre director de la Biblioteca!… Parecía haber vivido diez años en unas cuantas semanas. Estaba triste. «La loca de la casa» había abandonado indudablemente aquel desván de su cuerpo en el que tantas cabriolas llevaba hechas.

Al encontrarse con algún grupo de míseros compatriotas, intentaba reanimarlos lo mismo que cuando hablaba en la plaza pública bajo el aleteo de las banderas, coreado por trompetas y tambores.

-Esto pasará pronto. He recibido magníficas noticias, que no puedo decir… . ¡Los nuestros se aproximan!

Pero su voz tenía el sonido de una moneda falsa. Necesitaba engañarse á sí mismo para hablar con el entusiasmo de otros tiempos, y «la loca de la casa» ¡ay! parecía haber muerto.

Un día, los alemanes, aburridos sin duda de repetir monótonamente los mismos procedimientos de intimidación-quema de edificios, fusilamientos, trabajos forzados-, pusieron en práctica un nuevo suplicio. La esclavitud del vencido, castigo de las guerras antiguas, fué resucitada por los invasores. Una parte del vecindario se vió deportada al interior de Alemania para trabajar las tierras del vencedor.

Viejos, mujeres y adolescentes formaron una masa de desesperación y miseria, encuadrada por los caballos y las lanzas de los jinetes alemanes. Al frente de este rebaño de esclavos figuraban, para mayor escarnio, los dos vecinos más respetables que habían quedado en la ciudad: Simoulin y su discípulo Pierrefonds.

-Comandante-dijo el poeta una vez más-, piense que el heroísmo que se sacrifica es más grande, etc… .

Le daba miedo el aspecto del veterano. Tenía los ojos inyectados de sangre; bufaba de cólera, haciendo temblar su bigote. Parecía no oír á su maestro. Pensaba por primera vez que había sido una gran torpeza no moverse de la ciudad. Envidiaba á los que podían morir en el frente. «¡El comandante Pierrefonds llevado en cuadrilla, como un esclavo negro!… ¡Ira de Dios!»

Había pasado los días oculto en su casa, para no ver á los invasores. Su ama de llaves le evitaba toda salida, temiendo que hiciese un disparate. Pero ahora los tenía ante sus ojos; podía verlos de cerca… .

No eran muchos: un destacamento de infantería y unas cuantas parejas de hulanos iban á escoltar á los deportados hasta otra estación algo lejana.

Un jefe único vigilaba desde lo alto de su caballo los preparativos de marcha de este rebaño dolorido: un militar pálido y de una delgadez ascética. Simoulin creyó ver en él una expresión de cansancio y de remordimiento. Tal vez exageraba su rigidez militar para hacer menos visible la vergüenza que le producía esta vil función de guardador de esclavos.

Pierrefonds, en cambio, le miraba fijamente, por ser el jefe. Al iniciar el grupo su marcha, pasando ante el caballo del alemán, estalló la cólera del comandante, muda y reconcentrada hasta entonces. Quiso morir fusilado antes que dar un paso más.

-¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los verdugos!-gritó con una voz ronca.

El hombre á caballo parpadeó vivamente bajo la visera de su gorra, hizo un movimiento de sorpresa y de cólera; quedó indeciso contemplando al prisionero. Los ojos agresivos de éste parecieron devolverle la calma, y miró á otra parte, levantando los hombros levemente.

«¡Suicida!» Y esta palabra, que pareció proferir el enemigo con su indiferencia afectada, irritó aún más al comandante. También le irritó el automatismo de aquellos soldados, que indudablemente le habían entendido; pero eran incapaces de oír mientras no oyese su jefe.

Quiso lanzar por segunda vez el insulto, pero no pudo. Alguien le tiraba del brazo; una cara se pegaba á la suya, hundiendo en sus ojos una mirada de espanto.

-¡Pierrefonds! ¡Amigo mío! ¿Está usted loco? ¡Por Dios, cállese! Va usted á conseguir que nos fusilen á todos.

Y Simoulin dijo esto con tal expresión de angustia, que el comandante desistió de continuar.

Pero el miedo sufrido hizo rencoroso al poeta.

-¡Qué disparate!-continuó diciendo-. ¡Pero eso es una niñada sin objeto, impropia de su edad!…

Y transcurrieron muchos días sin que el grande hombre le perdonase el susto pasado.

A pesar de los

sufrimientos de su esclavitud, cada día mayores, Simoulin decía de pronto, mirándole con ojos severos:

-Pero ¿dónde tenía usted la cabeza?… ¿Qué se propuso usted al lanzar aquellos gritos absurdos?… ¿Quería usted mi muerte y la de tantos infelices?

III

Al terminar la guerra recobró poco á poco la ciudad su antiguo aspecto. Empezaron á volver á ella los vecinos huídos, y los que habían soportado durante más de cuatro años la dominación extranjera les relataban sus miserias.

Regresaron también en pequeños grupos los deportados al interior de Alemania, pero su número había disminuido durante la esclavitud. Eran muchos los que se quedaban para siempre en las entrañas de aquella tierra aborrecida y hostil.

Entre tantas desgracias, representaba una alegría para la ciudad la certeza de que Simoulin, «nuestro poeta», no había muerto. Es más; al principio, los enemigos lo habían tratado sin ninguna consideración, pero el mérito no puede permanecer mucho tiempo en la obscuridad, y cierto profesor alemán que había sostenido en otro tiempo correspondencia con el grande hombre sobre hallazgos arqueológicos, al saberle prisionero, consiguió trasladarlo á su ciudad, haciéndole más llevadero el cautiverio. El poeta hizo partícipe de esta buena suerte al comandante, en su calidad de numismático, y para los dos transcurrió el período de cautiverio en una dependencia humillante pero soportable.

La ciudad, á pesar de sus recientes tristezas, hizo grandes preparativos para recibir á Simoulin á su vuelta de Alemania. Ya era algo más que un gran poeta, gloria de su país adoptivo; había pasado á convertirse en héroe, digno de servir de ejemplo á las generaciones futuras. Cuando tantos huían, él continuaba en su puesto, y el brillo de su gloria era tal, que los feroces enemigos habían acabado por respetarlo, tratándole casi con tanta admiración como sus convecinos.

Un aplauso inmenso saludó á Simoulin al descender del tren. «¡Qué viejo está!» Y las mujeres, vestidas de luto, lloraban, olvidando momentáneamente sus dolores para no ver mas que los sufrimientos del adorado grande hombre. Pero aunque había perdido en el destierro una parte de su cabellera de plata, conservaba intacto su entusiasmo, su inquietud movediza, su verbosidad lírica, que volvió á estremecer la ciudad lo mismo que un soplo primaveral.

Detrás, como un perro fiel, llegaba Pierrefonds, sin que los años de esclavitud hubiesen dejado en él ninguna huella aparente, reconcentrado y agrio lo mismo que antes, pero con una expresión de inmensa melancolía en los ojos. Los alemanes le habían robado su colección de monedas. Ya no le quedaba en su casa mas que el ama de llaves. ¿Qué entretenimiento podía encontrar un hombre después de esto?… ¿Era posible, á sus años, empezar una nueva colección?…

Desalentado, seguía á Simoulin por la fuerza de la costumbre, abriéndose paso entre un gentío que aclamaba al maestro y no lo reconocía á él.

Cuando el poeta, conducido en alto por un grupo de jóvenes, fué depositado en el gran balcón del Palacio Municipal, extendió sus manos augustas sobre la plaza negra de muchedumbre y rompió á hablar como en sus mejores tiempos.

Pasarán varias generaciones antes que se extinga en el país el recuerdo de este discurso.

¡Qué de aplausos! ¡Qué de lágrimas de emoción!… El poeta describió el martirio de la ciudad; los sufrimientos de sus hijos, arreados como esclavos; la agonía de los que murieron de miseria lejos de la amada tierra natal.

Luego creyó llegado el momento de hablar un poco de su persona.

-No me tributéis honores-dijo modestamente-. He cumplido mi deber, lo mismo que mis compañeros de desgracia. Todos nos hemos mostrado grandes y altivos frente al invasor; todos hemos sido héroes con el heroísmo del que se sacrifica, más poderoso mil veces que el heroísmo que vence.

Aquí tuvo que detenerse, ahogada su voz por el estrépito de una ovación inmensa.

-Permitidme, para terminar-continuó-, que os relate una breve historia, como demostración de lo que puede el heroísmo humano cuando no teme á la muerte. Callaría, si mi persona fuese la única que figuró en este suceso; pero otro que está cerca de mí hizo tanto como yo, y mi modestia no debe arrebatarle la gloria que le corresponde.

Free to Download MoboReader
(← Acceso rápido del teclado) Anterior Contenidos (Acceso rápido del teclado →)
 Novels To Read Online Free

Escanea el código para descargar la aplicación Manobook.

Subir

Compartir