ManoBook > Literatura > El prestamo de la difunta

   Clásico 42 No.42

El prestamo de la difunta Por Vicente Blasco Ibáñez Palabras: 8116

Actualizado: 2018-11-14 00:07


Guadalupe casi tenía una corte. Las damas del pasado régimen-la aristocracia del país-la visitaban y adulaban, para defender de este modo su tranquilidad y sus bienes. Los subordinados de su esposo, cuando deseaban algo, preferían pedírselo á la generala, como si creyesen más en su autoridad que en la de Martínez. Ella los tuteaba con una bondad superior. Volvía á ser la compañera de armas que se había encargado muchas veces de guisar en el campo para su marido y todos los de su Estado Mayor.

Recordaba con cierta nostalgia los años de guerra, pero tenía por mejor el tiempo actual. ¡Ojalá no se acabasen nunca los insurrectos y su marido fuese perpetuamente comandante de operaciones!…

Martínez se sentía menos contento en su interior. Empezaba á pesarle la autoridad de su esposa. ¿De qué le servía haber llegado á héroe nacional, si Guadalupe le inspiraba un miedo superior á su voluntad? No valía la pena haber hecho una revolución para verse privado de realizar sus gustos.

Luego de pensar esto, miraba á su mujer largamente, con una reflexiva atención que ella no llegaba á adivinar, acostumbrada á tener en poco todo lo de su marido. Aún la encontraba hermosa á los treinta y tantos años, lo mismo que cuando se casaron. Producto de varios cruzamientos de españoles con indias, tal vez había además en sus venas cierta parte de sangre africana. Unos ojos grandes, húmedos y ligeramente oblicuos; una dentadura fuerte y deslumbrante entre los labios gruesos de rosa obscuro; una carne pomposa y pálida, y una cabellera exuberante, negra y con tendencia á rizarse apenas la abandonaba el peine, eran los componentes principales de su belleza.

Así la vió Doroteo durante diez años, como si fuese una criatura insensible al tiempo, y así la hubiese visto siempre.

Pero un día se dió cuenta de que empezaba á disgregarse su armonía corporal, como si las tres sangres que existían en ella se hubiesen cansado de permanecer revueltas, aislándose, para asomar cada una por separado á la superficie. Sobre la tez blanca empezó á esparcirse una especie de viruela subcutánea, formada de puntos negros pequeñísimos, como granos de pólvora. En una mejilla y en otras partes menos visibles se marcaban ó desaparecían, según los días, grandes manchas violáceas. Era la madurez precoz de la criolla de diversos orígenes. Además, ¡sus palabras rudas y violentas, su ignorancia, su deseo de mantenerlo sometido, tratándole despectivamente en presencia de las gentes!…

Martínez vió todo esto de pronto, pero fué porque acababa de encontrar un término de comparación en otra mujer.

III

Cuando Guadalupe deseaba dar broma al general en presencia de sus contertulios, se expresaba así:

-Este viejo, aquí donde ustedes lo ven, anda enamorado, loco, detrás de la Gringuita.

Cerrando una mano, le apuntaba con el dedo índice, y añadía, amenazante:

-¡Que te pille yo, y verás lo que es bueno!

Pero á continuación, considerando que la broma había durado bastante, decía con gravedad:

-La Gringuita es una joven muy apreciable, que gana su vida y mantiene á todos sus hermanos. Además, ¡lo que sabe! Yo me quedo asombrada escuchándola. Parece mentira que una mujer pueda estudiar tanto… . Perderías el tiempo, viejo. Esa no te hace caso á ti.

Era hija de un maestro de escuela que había muerto el año anterior. Se educaba en los Estados Unidos cuando esta desgracia la obligó á volver al país, dejando incompletos sus estudios. Quería servir de madre á sus hermanos menores, que después de muerto el padre, quedaban completamente solos en la casa. Seis años de vida en Nueva York habían desfigurado á esta joven mejicana, dándole otras costumbres y hasta un aspecto físico completamente diferente.

Los personajes de la ciudad la protegían, seducidos por sus finas maneras y por la sencillez con que hablaba de unos estudios que sólo conocían ellos de oídas. La habían colocado como maestra en una de las principales escuelas y prometían ayudarla en la realización de todas las innovaciones que proyectaba.

Algunas s

olteronas feas y de carácter agriado torcían el gesto ante el entusiasmo pedagógico de los hombres.

-¡Claro!… ¡La Gringuita es tan primorosa!…

Martínez figuraba entre los protectores de la maestra.

-Yo soy un hombre de progreso, ¿saben?-decía al hablar de ella-; por eso me interesan los proyectos de esa niña que ha estudiado con los gringos. Su pobre padre tuvo una excelente idea al enviarla á Nueva York para que aprendiese lo que no sabemos nosotros. La aprecio mucho, por su seriedad sobre todo. En cuanto á su hermosura, de la que tanto hablan las malas lenguas, ¡pchs!…

El general hacía un gesto de duda que casi llegaba á ser despectivo. Tenía razón: la belleza de Dora no era extraordinaria. La maestrita poseía el encanto de la juventud, una juventud ágil y sana, mantenida por los deportes y la higiene.

Pero lo que se callaba Doroteo era que él la prefería á las beldades del país por lo mismo que resultaba distinta á todas. Como recuerdo de su madre-una extranjera que se había casado en Méjico con el maestro para producir media docena de hijos y morirse inmediatamente-, tenía el pelo de un rubio ceniciento y los ojos verdes claros. En cambio, todas las mujeres del país eran morenas pálidas, con cabelleras de un negro intenso.

Dora iba vestida con unos trajecitos baratos, sencillos y elegantes, que el general había admirado muchas veces en los periódicos ilustrados. Tocaba el piano, cantaba en inglés y tenía la soltura y las formas gimnásticas de un muchacho.

La generala centelleaba de joyas, iba envuelta en sedas y bordados, como la imagen de la Virgen patrona de la ciudad; llevaba peinetas altas como torres sobre su apretada cabellera; tocaba la guitarra y prescindía de sentarse en los sillones y en todo mueble que tuviese brazos, por miedo á no poder introducir entre ellos sus exuberancias dorsales.

Cuando la maestrita se ponía bajo un rayo de sol, su cutis blanco parecía dorarse con la luminosidad de un vello finísimo semejante al de los frutos en sazón. Igual había sido Guadalupe en otros tiempos, pero ahora un bigote cada vez menos discreto empezaba á entenebrecer su boca.

El héroe visitaba con frecuencia la escuela de Dora, lanzando discursos á los niños, en los que repetía que la revolución se había hecho especialmente para el fomento de la enseñanza. También se apresuraba á entrar en el salón de su mujer siempre que le avisaban que la maestrita hacía tertulia á doña Guadalupe. Delante de la gente balbuceaba preguntas sobre los progresos de los gringos, abriendo los ojos con asombro cuando la joven le hablaba de la grandeza de su amada Columbia University, en la que había pasado sus mejores años.

-Usted dirigirá una Universidad igual ó parecida, señorita: yo se lo prometo. El gobierno dará los millones que se necesiten para construirla. Y si no los da, soy capaz de… . En fin, ¿qué no haré yo por la instrucción? ¿qué no haré por… ?

Iba á añadir «por usted», pero se detenía mirando á la pomposa generala. Luego, por un deseo irresistible de establecer comparaciones, comenzaba á admirar con ojos disimulados la belleza especial de esta joven que parecía un muchacho con faldas, sintiendo al mismo tiempo en su paladar el sabor ácido y picante de un fruto todavía verde.

Tuvo que abstenerse de sacar á bailar á la maestrita cuando se celebraban fiestas en la Comandancia.

-¡Pobre viejo!-le decía Guadalupe-. ¿No ves que aburres á esa pobre señorita? Además, la gente se ríe un poco de ti.

¡Reírse del héroe de Cerro Pardo!… Que probasen á hacerlo francamente, y él enviaría á los burlones á dar una vuelta por el foyer del teatro, donde funcionaba el Consejo de guerra siempre que lo exigía la salud de la patria.

Una mañana, con los ojos hinchados por el insomnio, le entregó un papel á su secretario.

-Sandoval, dígame qué le parece. Cuando yo era muchacho y aún no había aprendido á leer, inventé muchos versos como éstos, mientras punteaba la guitarra. Usted pondrá lo que les falte: yo entiendo poco en eso de la ortografía. ¿Qué me dice de ellos?

Free to Download MoboReader
(← Acceso rápido del teclado) Anterior Contenidos (Acceso rápido del teclado →)
 Novels To Read Online Free

Escanea el código para descargar la aplicación Manobook.

Subir

Compartir