ManoBook > Literatura > El prestamo de la difunta

   Clásico 43 No.43

El prestamo de la difunta Por Vicente Blasco Ibáñez Palabras: 8197

Actualizado: 2018-11-14 00:07


El poeta se acordó de dos ocasiones en que el héroe, irritado por su franqueza, le había dado varias bofetadas, manifestando luego su arrepentimiento con valiosos regalos. Olvidó los regalos para acordarse únicamente de los golpes, y tuvo prisa en manifestar su entusiasmo por los versos. Eran de amor, é iban dirigidos á una mujer cuyo nombre quedaba en el misterio, pero el secretario la reconoció desde la primera estrofa.

-Publíquelos mañana mismo en el mejor sitio de mi diario oficial. Como firma, la misma que llevan: El caballero de la ardiente mirada. Es un apodo que encontré en no sé qué novela, y me gustó tanto, que lo he guardado para mí.

Sandoval quiso marcharse con los versos, pero el autor todavía le dió otra orden.

-Mañana escriba á máquina un anónimo para la persona que usted sabe, y dígale que El caballero de la ardiente mirada y el general Martínez son una misma persona.

No consideró suficiente esta indiscreción, en vista de la serena indiferencia de la maestra, y pocos días después hizo una visita á la escuela, declarando á Dora de pronto todos los deseos, las esperanzas y las contrariedades que formaban lo que él llamaba «el mayor amor de mi vida».

-¡Oh, general!… ¡Haberse fijado en una pobrecita como yo!…

Parecía próxima á desmayarse de sorpresa, como si nunca hubiese sospechado esta pasión, extrañándose de ella con toda la ingenuidad de que es capaz el disimulo femenil. Pero hacía meses que se había dado cuenta del enamoramiento del héroe, riendo á solas de sus tímidas insinuaciones.

En vano Martínez habló de su amor. La maestrita movía la cabeza negativamente. La existencia no era para ella una sucesión de delicias. Graves deberes la obligaban á mirar las cosas con seriedad. Era pobre: debía mantener y educar á sus hermanos.

-Yo me casaré con usted-dijo Martínez con un tono dramático, como si arrostrase el mayor de los peligros-. Comprenderá usted que he pensado en eso antes de hablarla. Usted no es una «pelada»; usted es una señorita, una profesora que ha estudiado, y yo respeto mucho á las personas científicas… .

Luego añadió triunfalmente:

-Por algo nos hemos batido en la revolución, para algo hemos establecido el divorcio.

Los enemigos de la revolución afirmaban que era más urgente que el divorcio dar una ley obligando á las parejas á casarse, pues la mayoría de las gentes del país, para evitar gastos y molestias, prescindían de las formalidades del matrimonio, viviendo en estado natural, como sus ascendientes. Pero Doroteo se sentía ahora satisfecho de haber dado su sangre por el triunfo del divorcio.

Dora no participaba de este entusiasmo. Pareció asustarse de verdad, temblando ante la idea de casarse con Martínez, más aún que si éste hubiese intentado una violencia contra ella.

-¡Qué horror!… ¡Divorciarse usted de la generala!… ¡Tener yo por enemiga á doña Guadalupe!…

Sólo la suposición de que la amazona gloriosa pudiera perseguirla con su venganza hacía temblar las piernas de la maestra. El general participó por reflejo de esta inquietud. Su Guadalupe era realmente temible, pero esto no podía impedir que empezase á odiarla. ¿Hasta cuándo iba á sufrir su despotismo?…

Los meses sucesivos fueron de desaliento para el héroe. Dora evitaba los encuentros con él, apelando á ciertas astucias que el general no podía prever.

Cada vez la deseaba con mayor vehemencia. En ciertos momentos volvía á resucitar el guerrillero en el interior del comandante en jefe de operaciones.

¿No le era fácil robar á la profesora y llevársela al campo? Él tenía entre su gente muchos hombres de confianza. Pero á continuación se acordaba de sus enemigos, de los periódicos de la capital, de que Dora era «una persona científica» y el asunto metería ruido. ¡Un partidario de la instrucción y del progreso robando á una señorita del profesorado!… Además, pensaba en doña Guadalupe, que seguía repitiendo su cariñosa amenaza, pero cada vez con tono menos cordial, erizándosele un poco el mostacho, apuntándole con un índice como si le apuntase con un revólver. «¡Que te pille yo, y verás lo

que es bueno!»

Por otra parte, las gentes empezaban á murmurar que la Gringuita tenía un novio. Era un joven de la localidad, que rivalizaba con Sandoval en la confección de versos «á la moderna» y además hacía discursos contra el gobierno. Su pobreza resultaba igual á la de Dora, pero esto no impediría que se casasen muy pronto. ¡Y mientras tanto, él, héroe nacional, gobernante omnipotente, tendría que mantenerse impasible al lado de su doña Guadalupe! ¡Ira de Dios! ¿Para esto había hecho la revolución?…

Los sucesos políticos le obligaron á olvidar momentáneamente sus tristezas amorosas. El «viejo barbón» fué derribado de la presidencia de la República por varios generales, antiguos amigos de él y de Martínez. Éste, á pesar de sus preocupaciones, supo inclinarse instintivamente del lado de los que iban á triunfar.

Cuando asesinaron á Carranza, el heroico Doroteo se encontró en excelentes relaciones con los vencedores y tan comandante de operaciones como en el gobierno anterior. Pero ¡ay! su alto cargo tal vez iba á quedar anulado por innecesario.

Los diversos partidos que infestaban el país de insurrectos en armas parecían haber ajustado una tregua junto al cadáver de Carranza. Todos mostraban un tácito deseo de someterse al nuevo gobierno, para hacer ver al mundo que en Méjico es posible la paz, aunque sólo sea por una temporada.

Los guerrilleros rebeldes se iban presentando á Martínez y á otros generales. Hasta Pancho Villa, el eterno insurrecto, se sometió á los nuevos personajes instalados en la capital, pero con una sumisión orgullosa y magníficamente retribuida. Le daban un millón de pesos, le pagaban los atrasos de toda su gente, y además le permitían que se estableciese en un pueblo, rodeado de sus más seguros partidarios. Lo importante era hacer ver en el extranjero que ya no quedaba ningún insurrecto.

Martínez se irritó al enterarse de lo que le regalaban á su antiguo maestro, como si esto representase una injusticia para él.

-Sea usted leal-decía con amargura-, manténgase disciplinado, y no le darán nada… . ¡Pensar que no me he sublevado nunca y siempre he estado con los gobiernos!

Doña Guadalupe se preocupaba más aún que su esposo del nuevo estado político. Los gobernantes de ahora eran compañeros de revolución á los que no habían visto en varios años. Era preciso buscar un puesto de reposo bien retribuído, hasta que hubiesen otra vez insurrectos en el campo y jefaturas de operaciones. La verdadera historia de Méjico no iba á cortarse para siempre.

Pensó en la conveniencia de que Martínez hiciese un viajecito á la capital para reanudar amistades. Luego dudó de sus condiciones para este trabajo. Era mejor que fuese ella. Precisamente su protector de los tiempos revolucionarios, aquel personaje del que había tenido que defenderse con el látigo, figuraba entre los gobernantes provisionales y era uno de los que aspiraban á la presidencia de la República.

Los periódicos de la capital anunciaron la llegada de la generala Martínez, «digna compañera del héroe de Cerro Pardo»; y pocos días después ocurrió el hecho inaudito, inexplicable, que produjo más emoción y extrañeza trañeza en el país que la mayor parte de las revoluciones anteriores.

Una mañana, los habitantes de la ciudad gobernada por Martínez vieron agruparse en el paseo de la Alameda y la plaza principal varios centenares de jinetes con grandes sombreros y la carabina apoyada en un muslo. Los jefes gritaban indignados:

-¡Han violado la Constitución!…

Los transeúntes empezaron á correr para meterse en sus casas. Que hubiesen violado á la Constitución les importaba poco. La pobre estaba hecha á estas pruebas y podía considerarse la persona más violada de todo Méjico. En su vida no había servido para otra cosa. Pero la gente, que se imaginaba vivir libre por algún tiempo de la calamidad de las sublevaciones militares, huía miedosa al ver que volvían á empezar.

Martínez, con botas altas, dos revólveres al cinto y su gran sombrero campesino de fieltro adornado con el águila de general, escuchaba á su jefe de Estado Mayor.

Free to Download MoboReader
(← Acceso rápido del teclado) Anterior Contenidos (Acceso rápido del teclado →)
 Novels To Read Online Free

Escanea el código para descargar la aplicación Manobook.

Subir

Compartir