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   Clásico 49 No.49

El prestamo de la difunta Por Vicente Blasco Ibáñez Palabras: 8211

Actualizado: 2018-11-14 00:07


A veces, cuando Eva se contemplaba en el cristal de un pequeño lago que le servía de espejo, oía á sus espaldas un ruido de alas. Era un arcángel que iba á llevar un recado del Señor, cumpliendo sus funciones de mensajero celeste.

Eva lo reconocía, se acordaba perfectamente de que le había sido presentado asistiendo á sus recepciones en el Paraíso. Pero en vano tosía ó cantaba entre dientes para atraer su atención, adoptando posturas interesantes; el viajero aéreo se resistía á reconocerla, batiendo con apresuramiento sus alas para alejarse lo más pronto posible.

-¡De qué le sirve á una ser hermosa y vestir bien, si no recibe visitas y está condenada á vivir al margen de la sociedad!-decía Eva amargamente.

Y á impulsos de su rabia, desgarraba sus trajes más originales apenas terminados, buscando además camorra al pobre Adán, para acusarlo de ser el único autor de la pérdida del Paraíso.

-Sí, tú fuiste, ¡no lo niegues!-gritaba ella-. Tú me hiciste perder aquel jardín tan agradable y distinguido, con todas mis brillantes relaciones. Tú hiciste no sé qué lío con la serpiente, excitando la cólera del Señor.

Y el pobre Adán sólo sabía decir, como único remedio expuesto tímidamente:

-¡Si te ocupases un poco más de los niños! ¡Si dedicases menos tiempo á tus modas!…

Al oir estos consejos vulgares, la indignación daba á Eva un lenguaje poético.

-¿Quieres acaso que vaya desnuda?-decía con altivez-. Mira lo que hace el viento; es menos interesante que yo, no tiene cuerpo, y sin embargo se envuelve en una capa de polvo al correr á lo largo de los caminos y de un manto de hojas secas cuando atraviesa las selvas.

II

De vez en cuando un querubín volaba en torno á la granja, como un palomo perdido.

Huyendo por algunas horas de la tarea de hacer gorgoritos en los coros celestiales, había osado descender á las regiones terrestres, con la esperanza de que el Señor le perdonaría esta escapada cuando le contase lo que había visto y cómo progresaban los negocios de los humanos después del pecado original.

Eva, con sus ojos de mujer curiosa, no tardaba en descubrir la carita mofletuda que le estaba espiando medio oculta en las espesuras del follaje. Entonces, iniciando una de sus más hermosas sonrisas, lo llamaba:

-Oye, chiquitín, ¿vienes de allá arriba? ¿Cómo está el Señor?

Viéndose descubierto, el niño celestial se aproximaba hasta dejarse caer sobre las rodillas de nuestra madre.

El Señor se mantenía, como siempre, inmutable y magnífico.

-Cuando le veas-continuaba Eva-, dile que estoy muy arrepentida de mi desobediencia. ¡Qué tiempo tan agradable el que pasé en el Paraíso! ¡Qué espléndidas recepciones daba yo allá! ¡Y qué buffet tan distinguido!… ¡Ay, las tortas celestiales!…

Una de sus melancolías más dolorosas era á causa de las tortas celestiales. Eva lamentaba su pérdida tanto como la de la amistad de los bienaventurados.

En vano Adán se calentaba la cabeza buscando algo adecuado para sustituirlas. Hizo tortas de trigo, que roció con la miel de las abejas, recientemente subyugadas; secó los frutos de la viña, inventando las pasas antes que el vino, y así llegó á descubrir el pudding. Pero ninguna de tales golosinas pudo hacer olvidar á su mujer las tortas deliciosas que ella encargaba á los pasteleros del cielo para sus tés paradisíacos de cinco á siete de la tarde.

-Dile también-continuaba Eva-que ahora trabajamos y sufrimos mucho. Dile que deseamos verle, una vez solamente, para presentarle nuestras excusas. Mi marido y yo necesitamos convencernos de que Él no nos guarda rencor.

-Se hará como se pide-contestaba el pequeñuelo.

Y dando dos ó tres golpes de ala, se perdía en las nubes.

Pero por más recados de esta clase que dió, nunca pudo conseguir una respuesta de lo alto. En general, la mayor parte de los volátiles celestes jamás volvían á las regiones terrenales, pero de tarde en tarde la mujer de Adán lograba reconocer la cara de alguno de estos seres alados.

-Sé quién eres, pequeño-decía-. La semana pasada te vi rondando por estos sitios. ¿Diste al Señor mi recad

o? ¿Qué es lo que contestó?

Las más de las veces los ángeles permanecían silenciosos ó balbuceaban palabras sin ilación, como niños bien educados que no quieren decir cosas desagradables á una señora.

-¡Pero Él te habrá dado alguna respuesta!-insistía Eva-. ¡Vamos, habla!

Y una vez encontró á un querubín pequeñito, de cara mofletuda, que le respondió:

-Sí, señora. Su Divina Majestad ha contestado algo. Al darle yo su recado, me dijo: «¿Pero es que ese par de sinvergüenzas viven todavía?… »

Eva sólo quiso ver en tales palabras una broma de niño falto de buena crianza. Juzgaba imposible que el Señor hubiera dicho esto. Si insistía en mantenerse invisible, era seguramente porque estaba muy ocupado en la dirección de sus dominios infinitos, no quedándole media hora libre para dar un paseo por la tierra.

Una mañana fué recompensada su fe en la bondad divina. Se presentó un mensajero celeste, saltando de nube en nube, y gritó á Eva:

-Escucha, mujer: si no llueve esta tarde, es posible que el Señor venga á haceros una visita corta. ¡Ha pasado tanto tiempo sin ver la tierra!… Anoche, hablando con el arcángel Miguel, le dijo: «A veces me pregunto en qué habrán venido á parar aquellos dos canallas desagradecidos que teníamos en el Paraíso. Me gustaría verlos.»

Eva quedó aturdida por la noticia, y llamó á Adán, que trabajaba en un campo próximo.

¡Cómo describir la agitación que conmovió á la granja!… El tío Correa la comparaba con la fiesta del santo patrono en cualquier pueblo de España, cuando las mujeres limpian en la víspera sus casas, desde la puerta al tejado, preparando además la gran comilitona del día siguiente.

La esposa de Adán barrió y lavó los pisos de la entrada de la casa, de la cocina y del dormitorio. También puso una colcha nueva sobre la cama y frotó las sillas con arena y jabón. Después inspeccionó el guardarropa de la familia, y al ver que las pieles de cordero de su marido no estaban presentables, le confeccionó en un momento una casaquilla de hojas secas. ¡Para un hombre, bien estaba!

El tiempo restante lo consagró al adorno de su persona. Contempló con mirada perpleja unos cuantos centenares de vestidos que había hecho y rehecho, preguntándose con desconsuelo:

-¿Cómo me arreglaré para recibir dignamente á tan gran personaje? Verdaderamente, tengo muy poco que ponerme.

Miró con ternura una larga túnica negra, de corte severo, que no dejaba visible ni una línea de su blanco cuerpo. Pero á continuación pensó que, por ser hombres todos los visitantes, no convenía recibirlos con tanta austeridad.

Acababa de escoger uno de sus trajea mixtos, muy atrevido por un extremo y muy discreto por el otro, cuando llegó á sus oídos una verdadera tempestad de gritos y llantos. Toda su prole se sublevaba. Sólo se componía de unos cien muchachos, pero se hubiera dicho que la tierra entera había empezado á gritar.

Por primera vez en su vida Eva contempló atentamente á sus hijos. Eran demasiado feos para presentarlos al Señor. Tenían los cabellos en maraña, las mejillas manchadas de barro seco y las narices cubiertas de costras. Eva, absorbida por sus inventos de modista, los había olvidado durante meses y meses.

-¿Cómo presento estos granujas á Dios?… El Todopoderoso va á creer que soy una sucia y una mala madre… . Porque el Señor es hombre, y los hombres no comprenden lo difícil que es cuidar á tantos chiquillos.

Después de esto empezó á insultar á Adán, como si éste fuese el responsable del abandono en que vivían sus hijos.

Pero transcurría el tiempo y era urgente tomar una resolución. Luego de muchas dudas y titubeos, Eva escogió á los hijos preferidos (¿qué madre no los tiene?) para lavarlos y vestirlos lo mejor que pudo. Después empujó á los otros á puro cachete, hasta dejarlos encerrados en un establo, bajo llave, á pesar de sus protestas.

Ya llegaban los visitantes. Eva apenas tuvo tiempo de dar una última mano al arreglo de su persona. Sacudió su vestido para hacer desaparecer las arrugas de la lucha con la terrible chiquillería y se pasó un peine por los pelos alborotados.

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