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   Clásico 50 No.50

El prestamo de la difunta By Vicente Blasco Ibáñez Palabras: 8083

Updated: 2018-11-14 00:07


En el horizonte, una columna de nubes, blanca y luminosa, descendió del cielo hasta posarse en la tierra. Empezó á sonar un ruido de alas innumerables, acompañado por las voces de un coro inmenso, cuyos «¡hosanna!» repercutieron á través del espacio infinito.

Los primeros viajeros celestes, desembarcando de la nube que los había traído, empezaron á remontar el sendero de la granja. Estaban envueltos en tal esplendor, que parecía que todas las estrellas del firmamento hubiesen bajado á la tierra para juguetear entre los bancales de trigo cultivados por Adán.

Iba delante la escolta de honor, compuesta de un destacamento de arcángeles cubiertos de cabeza á pies con centelleantes armaduras de oro. Después de haber envainado sus sables, se acercaron á Eva para decirle unos cuantos chicoleos, asegurando que no pasaban por ella los años y que se mantenía tan fresca y apetitosa como en los tiempos que habitaba el Paraíso.

-Los soldados son así-explicó el tío Correa-. Allá donde van se lo comen todo, y lo que no se comen lo rompen ó se lo apropian. Cuando ven á una mujer sienten excitado su heroísmo, lo mismo que si oyesen sonar el toque de asalto… .

Total: que algunos más atrevidos intentaron unir los actos á las palabras, abrazando á Eva. Pero ésta tenía cerca su escoba, y los obligó con una rápida contraofensiva á refugiarse en la huerta, donde se subieron á los árboles.

El viejo segador rió un poco, añadiendo después:

-El pobre Adán no sabía qué hacer. «¡Van á comerse todos mis higos y mis melocotones!», gritó levantando los brazos. Para él hubiera sido mejor un ciclón en su huerto que la entrada de la alegre soldadesca. Pero como era hombre de tacto, aunque juró un poco, acabó por callar.

El Señor llegaba ya. Su barba era de plata y su cabeza tenía como adorno un triángulo resplandeciente que lanzaba rayos lo mismo que el sol. Detrás venía Miguel, con una armadura incrustada de piedras preciosas formando fantásticos dibujos. Cerraban la marcha todos los ministros y altos dignatarios de la corte celestial.

-El Creador saludó á Adán con una sonrisa de lástima-prosiguió el viejo-. «¿Cómo estás, infeliz?», le preguntó. «¿Tu mujer no te ha metido en nuevos líos?… » Después acarició á Eva, tomándole la barbilla. «¡Hola, buena pieza! ¿Aún continúas haciendo locuras?»

Conmovidos por tanta simplicidad, los esposos ofrecieron al Señor el único mueble que poseían, semejante á un trono. Era una silla de brazos como las mejores que se pueden encontrar en una granja rica.

-¡Qué asiento, hijos míos!-dijo el tío Correa con entusiasmo-. Ancho, blandísimo, hecho con madera de algarrobo de la mejor y con cuerda de esparto bien tejido; un sillón, en fin, como sólo puede tenerlo un cura de pueblo rico.

Sentado en él Su Divina Majestad, fué escuchando lo que le contaba Adán, sus fatigas, sus malos negocios, las dificultades que había de vencer para ganar el sustento de él y su familia.

-¡Muy bien! ¡Me alegro mucho!-decía el Señor, mientras una sonrisa agitaba su barba resplandeciente-. Eso te enseñará á no desobedecer á tus superiores, y sobre todo, á no seguir los consejos de una hembra. ¿Creías acaso que ibas á comer gratis en el Paraíso y hacer al mismo tiempo lo que se te antojase?… ¡Sufre, hijo mío! ¡Trabaja y rabia! Así aprenderás lo que cuesta la libertad.

El Señor contempló luego á Eva. Desde mucho antes le había dirigido rápidas miradas de curiosidad y de indignación. Era la primera vez que veía á una mujer vestida. ¿De dónde había salido este animal de plumaje fantástico, este loro sin alas, cuya forma absurda y colores chillones no hubiera podido concebir Él, ni aun en sus momentos de más frenética creación?…

Dándose cuenta de que el Señor la observaba, Eva fué adoptando las actitudes que consideró más interesantes, esforzándose por hacer valer con ellas las gracias de su cuerpo y la elegancia de sus adornos. Al mismo tiempo sonreía, segura de sí misma.

-Y el Todopoderoso-continuó el tío Correa-no pudo menos de reconocer cierta gracia en

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estos adornos mujeriles que al principio había considerado feísimos.

-Continúa siendo la misma frívola de siempre-murmuró el Señor dirigiéndose al gran capitán Miguel, que le acompañaba á todas partes y se mantenía ahora de pie detrás de su sillón-. Es la misma cabeza de chorlito que conocimos en el Paraíso… . Pero hay que confesar que sabe adornarse con gusto.

Tal vez estas consideraciones, unidas á las sonrisas de Eva y al humilde silencio con que Adán acogió las reprimendas del Señor, ablandaron el corazón de éste. Pareció arrepentirse de su anterior severidad, y añadió con un tono de benevolencia:

-No esperéis que os perdone, permitiendo que volváis á disfrutar por segunda vez los placeres del Paraíso. Lo que está hecho ya está hecho, y debéis sufrir los efectos de mi maldición. Mi palabra es sagrada; y si la retirase, me desconocería á mí mismo… . Pero ya que he venido á veros, no quiero irme sin dejar un recuerdo de mi visita. A vosotros no puedo daros nada: los dos estáis malditos; pero vuestros hijos son inocentes y tendré mucho gusto en hacer un don á cada uno de ellos… . Yo había creído que teníais una descendencia más numerosa. ¿Sólo cuatro hijos? Seguramente que no me arruinaré con mis regalos. Anda, Eva, tráeme á tus pequeños.

Los cuatro pilletes se alinearon ante el Todopoderoso, que los examinó atentamente.

-Ven aquí, tú-dijo designando á un pequeño, serio y gordo, de mirada penetrante y cejas fruncidas, que había estado chupándose un dedo mientras escuchaba gravemente la conversación-. Te confiero el poder de juzgar á tus iguales. Serás el dispensador de la justicia; interpretarás según tu criterio las leyes hechas por los otros; poseerás el privilegio de establecer lo que es el Bien y lo que es el Mal, cambiando de opinión cada siglo. Sujetarás todos los delincuentes á las mismas reglas penales, medida tan cuerda y acertada como si los médicos pretendiesen curar á los enfermos con el mismo remedio. Tu situación será en el mundo la más estable é inconmovible. Podrá ocurrir que los hombres duden con el tiempo de todo lo que les rodea. Hasta llegará un día en que se atrevan á discutir mi existencia y á negarme. Pero no temas por ti. Tú serás la Justicia augusta é infalible, incapaz de equivocarse, sin la cual no es posible la vida. Los mismos que ostenten como un título de gloria su incredulidad absoluta, se indignarán si alguien tiene la audacia de poner en duda tu rectitud. Y si incurres en errores que cuestan la vida ó la libertad á los hombres, la mayoría disimulará tu horrible equivocación, apelando al «carácter sagrado de la cosa juzgada».

El Todopoderoso hizo señal para que avanzase un segundo muchacho.

Era moreno, de aspecto jovial y atrevido, con la cabeza puntiaguda, la mandíbula cuadrada y unas orejas prominentes. Llevaba siempre en su mano derecha un bastón, con el que pegaba á sus hermanos. A la hora de las comidas se apoderaba de las porciones de los otros, amenazándoles si protestaban.

Al llegar á corta distancia del Todopoderoso se cuadró, con las manos pegadas á los muslos y los ojos fijos, lo mismo que un soldado alemán bien disciplinado.

Y el Señor le dijo:

-Tú serás el hombre de guerra, el héroe. Conducirás tus semejantes á la muerte, como el matarife guía los rebaños al matadero. Esto no impedirá que todos te admiren y te aclamen (hasta aquellos mismos que serán hechos pedazos bajo tu dirección), pues emplearás como fetiches de poder inagotable las palabras Gloria, Honor, Patria, Bandera. Los hombres hablarán con emoción de leyes morales y mandamientos religiosos que les ordenan «no matarás», «no robarás», «amarás á tu prójimo como á ti mismo»; pero tú, guerrero semejante á un semidiós, vivirás más allá del Bien y del Mal. Si los otros hombres matan, serán juzgados como criminales y terminarán sus días en un presidio ó en el cadalso. Tú, por el contrario, te agrandarás en proporción de tus matanzas, y cuando las gentes te admiren cubierto de sangre humana, gritarán á coro: «¡Este es un verdadero héroe!»

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