ManoBook > Literatura > El prestamo de la difunta

   Clásico 51 No.51

El prestamo de la difunta Por Vicente Blasco Ibáñez Palabras: 8198

Actualizado: 2018-11-14 00:07


»Si alguna vez deseas un territorio, lo primero que harás será apoderarte de él por la fuerza, exterminando á todos los que intenten resistirse en nombre de sus antiguos derechos. Siempre encontrarás jurisconsultos que se encarguen de probar, textos en mano, tu derecho á la posesión de las tierras conquistadas. Comete toda clase de atrocidades… pero vence. Nunca dejarás de tener razón si eres victorioso. Nadie osa pedir cuentas al conquistador, y en sus templos, los sacerdotes de todas las religiones cantarán por tu salud, celebrando tu triunfo. Inunda los países de sangre, pasa los pueblos á cuchillo, incendia las ciudades, mata, destruye, roba… . Esto no impedirá que los poetas te celebren y los historiadores perpetúen tus hazañas más que si fueses un benefactor de la humanidad. Pero los que intenten imitarte y cometan tus mismas atrocidades sin vestir unas ropas de corte y color especiales llamadas uniforme, arrastrarán una cadena en el calabozo de una cárcel… . Puedes retirarte. ¡Que avance otro!.

El tercero era un adolescente, seco de carnes, nervioso, con una palidez verdosa y los ojos de mirada astuta.

Reflexionó el Señor un instante antes de decidir lo que haría de él, y dijo finalmente:

-Tú dirigirás los negocios del mundo, siendo al mismo tiempo mercader y banquero. Prestarás oro á los reyes, lo que te permitirá tratarlos como si fuesen tus iguales; y si llegas á arruinar á toda una nación en provecho tuyo, el mundo admirará tu habilidad. Tus grandes combinaciones financieras extenderán el pánico por el universo entero, haciendo pesar sobre las ciudades horas de angustia mortal. Tus victorias en la Bolsa irán acompañadas por los pistoletazos de tus víctimas empujadas al suicidio y los llantos de sus familias. Provocarás guerras incomprensibles y favorecerás tratados de paz ruinosos, siendo responsable del envío de acorazados y de ejércitos expedicionarios para sostener tus reivindicaciones injustas y usurarias contra las naciones débiles.

»Tus hijos creerán proteger las artes manteniendo lujosamente bailarinas, cantantes ó simples portadoras de costosos trajes y joyas inauditas para halago de su orgullo. Tú, retenido por tus negocios, envejecerás y llegarás tarde á la escena de la vida, para ser un Mecenas de esta especie, contentándote con proteger á los pintores.

»La disparidad de opiniones más absoluta acompañará el recuerdo de tu nombre durante treinta ó cuarenta años, porque tu nombre, como el de los tenores y el de los cómicos, vivirá nada más lo que vivan las personas que te conocieron. «Sirvió al progreso humano», dirán algunos acordándose de tus flotas de buques mercantes y de las vías férreas con que surcastes los desiertos. «Era un bandido», afirmarán otros pensando que por cada kilómetro de rieles colocados llenaste un cementerio de trabajadores. «Fué un monstruo, que para ganar sus riquezas sacrificó más vidas humanas que un conquistador.» Y todos tendrán razón, todos dirán la verdad; porque lo que hay más divertido en la vida de los hombres es que todos ellos hablan de la verdad, de la verdad absoluta é indiscutible, ignorando que esta verdad absoluta no es mas que un ensueño y que siempre habrá tantas verdades como intereses… . Acuérdate de esto y sigue tu camino.

Llegó el turno al cuarto muchacho, y éste avanzó.

-Viendo al tal mocoso, el Señor empezó á reír-dijo el tío Correa-. Apenas levantaba dos palmos del suelo; y el Omnipotente, como lo sabe todo, vió que era el hijo preferido de su madre.

Ésta únicamente dudaba de la justicia de su preferencia al comparar á este pequeño con el hermano de las orejas grandes, armado siempre con un garrote. La mujer se siente en todas ocasiones atraída por el guerrero; pero cuando el pequeño abría la boca, Eva, completamente subyugada, reconocía su superioridad sobre el belicoso mayor.

El Omnipotente examinó al diminuto personaje con un regocijo mal disimulado. Se fijó en sus robustos hombros, su cabeza enorme y su amplia frente. Su mirada era orgullosa y sus labios se contraían con una mueca en la que se mezclaban el menosprecio y la

adulación. Tenía á la vez algo de comediante y de rey.

No parecía intimidado el chicuelo por la presencia del Creador. Se mantuvo erguido, con una mano sobre el pecho y la otra apoyada en el respaldo de una silla. Su frente elevada parecía aguardar la inspiración de lo alto. Mostraba la rigidez de un modelo, como si estuviera delante del escultor encargado de su futura estatua.

Su madre le conocía bien. Cuando sentía hambre y deseaba un pedazo de pan, nunca lo reclamaba á gritos, como los niños ordinarios. Tenía el sentimiento precoz de las fórmulas parlamentarias, no conocidas aún en el mundo, y decía gravemente:

-Señora Eva, permítame su señoría una pequeña interpelación: ¿puedo tomar un poquito de pan?

La madre apelaba á su auxilio cada vez que tenía necesidad de mantener tranquila á la numerosa prole, mientras se consagraba á la confección de sus trajes.

-Ven aquí, vida mía-suplicaba Eva-. Hazme el favor de divertir á tus hermanos con uno de tus discursos.

Y el niño, empujado por su propia elocuencia, hablaba horas y horas, sin saber ciertamente lo que decía, dando tiempo á la madre para terminar su obra.

-Tú serás el rey de la tierra-declaró el Todopoderoso-; tú serás el Orador, y con eso queda dicho todo. A pesar de su poder y su orgullo, tus hermanos vivirán al amparo de tu palabra. El guerrero te obedecerá; el juez te servirá y sostendrá, para mantener su propia situación; el banquero te dará cuanto le pidas, para que seas su abogado y defiendas sus terribles combinaciones. Tu único mérito consistirá en hablar bien, y eso es suficiente para que todos te consideren el hombre más sabio de la tierra.

»Sin necesidad de estudiar los asuntos, hablarás de ellos indefinidamente; si alguna vez necesitas mostrar conocimientos, serán de tercera ó cuarta mano, y sin embargo las masas te aclamarán como un genio. En los tiempos difíciles todos te buscarán, viendo en ti la única esperanza de la patria. «Coloquémosle á la cabeza del gobierno, ya que habla mejor que todos», dirán las gentes.

»La humanidad se deja regir por una lógica absurda. Para gobernar una nación, para administrar su hacienda y hasta para mandar sus ejércitos, nadie vale lo que un buen orador, capaz de hablar a todas horas fácilmente y sin fatiga. Cuando surja una guerra, tú dirigirás desde tu sillón á los generales; cuando llegue el momento de negociar la paz, confiarán esta misión á un congreso de oradores. La palabra gobernará al mundo más aún que el sable. Habla, hijo mío, habla elocuentemente y sin cansancio, y el mundo será tuyo.

III

Adán lloraba silenciosamente, agradeciendo las bondades del Señor.

Sus cuatro hijos acababan de recibir la dominación de la tierra entera.

Sin embargo, su esposa se mostraba inquieta. Varias veces estuvo á punto de interrumpir al Omnipotente pronunciando una palabra, una sola, pero calló en el último instante. ¿Cómo iba á detener la ola de bienaventuranzas celestiales que se desplomaba sobre sus cuatro hijos?… Pero el remordimiento oprimía su corazón maternal.

Pensaba en la caterva de pequeños encerrada en el establo, que iba á quedar privada, por su culpa, de tan generoso reparto.

Al fin murmuró, aproximándose á Adán:

-Voy á enseñar los otros al Señor.

-Ya es tarde-objetó el marido-. Sería pedirle demasiadas cosas, y el Señor puede enfadarse.

Precisamente, en el mismo momento el arcángel Miguel, que había venido á visitar á los dos reprobos contra su voluntad, insistió cerca de su divino amo para que diese por terminada la visita.

Le era insoportable este capricho del Señor, pero protestaba de él con toda la circunspección de un ministro de la Guerra que lleva muchos siglos acompañando á su soberano.

-Majestad, se hace tarde-insinuó suavemente-. El sol se ocultará dentro de poco, y las noches son ahora frescas. Sería imprudente, á los años de Su Majestad, prolongar esta visita.

Miguel parecía inquieto. Había una expresión de tristeza en los ojos de este guerrero rubio, y algunas canas brillantes como la plata cortaban el esplendor de su cabellera de oro.

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