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   Clásico 54 No.54

El prestamo de la difunta By Vicente Blasco Ibáñez Palabras: 3791

Updated: 2018-11-14 00:07


-¡Lo mismo que en la vida humana!-exclamo con asombro-. ¡Igual que entre los hombres!

-Sí; igual que entre los hombres-contesta el naturalista, y continúa su relato.

La cigarra es un elefante comparada con la hormiga, un monstruo antidiluviano que podría aplastarla desplomándose sobre ella. Pero no tiene mandíbulas ni es carnicera. Alimentada con néctares florales, su humor es bondadoso y tolerante, como el de los filósofos que han llegado á penetrar el secreto de los seres y las cosas. Además, ¡es tan numerosa la muchedumbre de los enanos egoístas y rapaces!

Al fin, el gigante, cansado de tantas molestias, abandona el pozo, pero antes de alejarse levanta una pata con soberano desprecio y lanza un chorro de orina sobre la masa laboriosa.

-La venganza de los poetas-interrumpo yo, sonriendo.

-Sí, la venganza de los poetas. Pero ¿qué importa ese desahogo del bohemio cantor á la hormiga honrada, económica y amiga del orden? Ya ha logrado su objeto; ya se ha hecho dueña del trabajo ajeno. Lo malo es que el pozo se agota en su poder. Como carece de la bomba que atrae á la dulce savia, sólo puede aprovechar el líquido que existía en el fondo en el momento de la conquista. Absorbe hasta la última gota, y cuando la fuente queda seca, marcha en escuadrón á la descubierta de la cigarra, que ha abierto un segundo manantial, y le roba igualmente el fruto de su trabajo.

¡Pobre cigarra! ¡Infeliz artista del mundo de las hojas, calumniada en el mundo superior de los hombres!… Como no almacena, es una bohemia indigna de respeto; como se alimenta de miel y canta á todas horas, no trabaja seriamente; como carece de mandíbulas y abandona el sitio á los que se deslizan á traición por debajo de su vientre, los usureros subterráneos, las bestias de patas ganchudas que engordan con los muertos, tienen derecho á robarle su obra.

La hormiga, avara y sin entrañas, la ex

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plota y la gobierna á pesar de su pequeñez, lo mismo que en el mundo de la criminalidad vertical, los hombrea del «cofre-fuerte», de la mano imantada que atrae á los céntimos y del paño duro que exprime, dominan á las grandes masas.

Hasta en su muerte se ve explotada la cigarra por el triunfante parásito. Los restos del Orfeo del ramaje se disuelven en el estómago del negro burgués subterráneo.

Después de una vida de cinco ó seis semanas, que le parece larguísima, la cantora cae de lo alto del árbol, extenuada por tanta música, tanta poesía, tanta embriaguez ruidosa. El sol seca su cadáver y los transeúntes lo aplastan con sus pies.

Las hormigas salen formando batallones de sus obscuros cuarteles, donde viven sometidas á una disciplina á la prusiana, obedeciendo á su emperador, como un pueblo laborioso, culto y metódico.

Van á saquear para enriquecerse; van á invadir otros hormigueros con el propósito de esclavizar á sus habitantes y que trabajen para los conquistadores. La razón de Estado guía sus correrías. ¡Por algo la fábula presenta á estas bestias como modelos de orden y buenas costumbres!

En su avance triunfal, la vanguardia del ejército encuentra á la caída cigarra, y los que vivieron de su trabajo vuelven á vivir de su muerte. Las patas y mandíbulas despedazan la rica pieza, la disecan, la tijeretean, la parten en migajas para almacenarla en el depósito de provisiones.

Muchas veces el poeta aún está en la agonía y sus alas baten el polvo con los últimos temblores. No importa. Su cuerpo se ennegrece cubierto por el tropel de enemigos. Lo despedazan en vida, tiran de sus miembros, lo descuartizan con un sabio método de caníbales científicos.

Y esta es, amigo mío, no la fábula, sino la verdadera historia de La cigarra y la hormiga.

-¡Lo mismo que entre los hombres!-exclamo yo.

-Lo mismo que entre los hombres-repite el naturalista.

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