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   Capítulo 3 El viaje

Conquistando el mundo Por Mia Alcaraz Palabras: 7094

Actualizado: 2021-02-12 02:48


Oliver

Cierro la cremallera de la maleta al meter la última prenda. Estos diez días son exclusivos, como cada año para estas fechas, Abel, Diego y yo nos vamos de viaje. Es nuestro ritual desde los dieciséis años y hasta la fecha ninguno ha fallado. Espero que jamás dejemos atrás esta costumbre. La única condición que ponen mis hermanos, es que cuando encuentre a mi alma gemela viajemos los seis juntos. Lástima me dan, creo que eso no sucederá jamás. Hasta la fecha ninguna mujer ha sabido colarse en mi precario corazón.Compruebo la cuenta del juego antes de cederla en modo vacaciones. Aprovecho que no tengo clases en la universidad para tomarme un descanso como modelo, el trabajo que me da de comer. Por lo menos que disfrute de mi familia diez días al año. El resto, entre trabajo, estudios y las excursiones con los chicos del orfanato, casi no tenemos tiempo de estar los tres solos. Este año el destino elegido es México. Abel y Diego creen que allí podré enamorarme de una maldita vez. No saben lo equivocados que están, no pienso separarme de ellos.Unos golpecitos en la puerta hacen que levante la vista de la pantalla, por ella accede mi compañero.—Buenos días, Oli. Siempre usa ese diminutivo para dirigirse a mí, aunque me molesta que lo haga. Solo consiento a mis hermanos que me llamen así, pero este con tal de molestar hace cualquier cosa.—¿A qué hora te marchas?Al verlo parado frente a mí, creo recordar que era hoy cuando llegaba la nueva compañera de piso, su amiga. Aunque a decir verdad, no le presté mucha atención mientras lo comentaba, me pilló despidiéndome de Sigrún. Se muda de ciudad e iba a estar unas semanas sin conectarse, esa conversación me interesaba más que la de mi compañero. Miro el reloj del ordenador y, con pesar, compruebo que ya voy tarde.—Tendría que estar ya allí. Cuando lleguen me cortan las pelotas. Cedo la cuenta de Slava a mi compañero de tribu, apago el ordenador y recojo la maleta a toda prisa. La puntualidad no es mi fuerte, siempre llego tarde. —Si quieres te acerco, voy al trabajo y me pilla de paso. Asiento. Diez minutos después nos hallamos en la puerta de mis hermanos. Antes de despedirme de Hugo procuro que el mal rollo que hay entre nosotros desaparezca.—Una pena que no puedas venir. En el próximo viaje intento convencer a mis hermanos.Su expresión me responde. Sé que se queda con las ganas de venirse, pero la realidad es que no quiero que me estropee los únicos días que tengo junto a los chicos.—No te preocupes, no puedo. Le dije a Sofi que iría a recogerla y no pienso faltar a mi palabra. —Es verdad, se me olvidaba. Llevas muchos años sin verla. ¿Crees que la reconocerás?—Tío existe una cosa llamada Internet. —Se ríe de su propio chiste—. Aunque pasen veinte años, siempre la reconoceré. Tengo muchas ganas de verla, tenemos tantas cosas que contarnos, que nos vendrá bien estar solos unos días.Deduzco que no tendrá intención alguna de contarle quién es en realidad, si la santanderina lo supiese dudo mucho que viniese a vivir con él. Lo conozco cinco años, los mismos que vive en Tenerife. Nos hizo creer a todos que era una persona con principios, nada que ver con la realidad. Es mentiroso, egoísta, manipulador y mil calificativos más. Lo que más deseo es tener un sueldo estable para poder mudarme al complejo en el que viven mis hermanos y alejarme de él.Me despido con un apretón de manos antes de descender del vehículo. Dirijo mis pasos a la entrada del edificio donde residen Abel y Diego. Ambos están sentados en las esca

leras de acceso a la espera de mi llegada. Los observo un instante desde la distancia, somos tan distintos y a la vez tan iguales, que ya nadie duda de nuestro parentesco. Abel, el mayor de los tres, es castaño de ojos tan azules como el mar. Su metro noventa y la musculatura que envuelve su cuerpo hacen de él un hombre irresistible. Desde la juventud ha sido el más ligón de los tres. Diego es el mediano, un moreno de ojos café de metro ochenta, no está tan musculado como Abel, pero tampoco se queda atrás. Todas las mujeres opinan lo mismo de Diego; que es el más atractivo de los tres. Con su sonrisa y simpatía conquista a cualquier mujer. Lo que extraña a todo el mundo, es que los tres nacimos el mismo año y no seamos trillizos.Al percatarse de mi presencia se incorporan. El saludo que recibo por parte de los dos es una colleja para recordarme que no llego a la hora acordada. —Me debes veinte euros. —Se regocija Diego sin dejar de mirar a Abel—. He apostado que no serías puntual. —Finaliza mirándome con una sonrisa que le cubre el rostro.Miro el reloj de pulsera.—Solo me he retrasado quince minutos —me quejo. —Hermano, ¿alguna vez vas a hacer que gane una apuesta? —replica Abel rodeándome el hombro con el brazo—. Estoy harto de perder con el capullo este. Por una vez, no sé, podrías ser puntual para que gane yo.Entre risas nos dirigimos al bar de enfrente, queremos tomar un café antes de partir.—Abel, no entiendo por qué insistes. Este —Diego golpea de forma juguetona mi brazo— llegará tarde hasta el día de su boda.Se me borra la sonrisa de la cara, sabe que de ese tema no me gusta hablar.—Diego —Regaña Abel al ver mi rostro— no empieces con eso, quiero disfrutar con mis hermanos. Solo nosotros, nada de mujeres. —Normal —replico al ver a mis cuñadas sentadas a la espera de nuestra llegada.Abel impide que acceda al local, me agarra por los hombros para encararme.—Algún día tendrás lo mismo que nosotros. Nunca lo dudes. Recuerda, somos los Suárez. Asiento, lo que menos deseo es la charla de siempre. Desayunamos los cinco en familia, entre risas mis cuñadas advierten a mis hermanos. Cada año la misma situación, si ellas supieran que luego se pasan los días añorándolas no se pondrían tan pesadas a su partida. Alejandra, la pareja de Diego, es la encargada de llevarnos al aeropuerto al finalizar el desayuno.

Cada vez que viajo con mis hermanos ocurre lo mismo, el tiempo vuela y ya estoy de regreso. Hace nada me despedía de Hugo en casa de ellos y ahora estoy sentado en las escaleras a la espera de que me recoja. Quedamos que él sería el encargado de venir a por mí, pero por lo que veo se ha olvidado. Conecto el móvil para intentar localizarlo, no hace falta, tengo un mensaje suyo. «Oli, lo siento, me ha surgido algo con Sofi, no puedo recogerte». Ni un adiós ni nada por el estilo. No conozco a su amiga, pero ya me cae mal. En circunstancias normales, no me dejaría tirado si de verdad quiere que le cuente a su novia una mentira. Desde que ocurrió el incidente con Carla está más amistoso que nunca. Pero la llegada de su amiga ha hecho que se olvide de la otra. Peor para él, no soy yo el interesado en esclarecer una situación que no me atañe.Localizo un taxi que me lleve de regreso a casa, mi sorpresa es que está vacía cuando accedo al interior. Ni rastro de mi compañero. Me dejo caer en la cama, estoy reventado, no he parado estos días. Entre visitas turísticas, salidas y esquivar las chicas que Abel y Diego se han empeñado en presentarme, casi no he dormido.

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