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   Capítulo 14 Alejarme del pecado

Conquistando el mundo Por Mia Alcaraz Palabras: 5689

Actualizado: 2021-03-03 17:42


Sofía

La boca se me seca cuando abre la puerta, la única ropa que lleva es la mini toalla que envuelve esas perfectas caderas. Soy incapaz de moverme al observar expuesto su cuerpo desnudo ante mí. Cada día me arrepiento más de no recordar la noche que pasamos juntos, pero me avergüenza decirle la verdad. «¿Qué pensará de mí si se entera?», divago sin quitarle el ojo de encima. Me apena su rostro, esa belleza sin igual no debería estar nunca tan triste como en este momento. Gracias a Dios, no advierte mi descaro al repasar cada centímetro de su cuerpo. Me quedo en la puerta y observo cómo se marcha a su cuarto abatido. Parece ser que no es tan egoísta como pensaba, si no, no se preocuparía por el resto de pasajeros del viaje que organiza. Sin entender por qué estoy inquieta, me entristece verlo así, cuando por regla general es la alegría personificada aunque no nos llevamos demasiado bien. En la soledad de mi dormitorio me centro en las cosas que debo de hacer antes de marcharme a dormir. Al comprobar que va a ser imposible, me arriesgo a hablar con él, espero que no me eche a patadas de su cuarto después de comportarme de manera tan infantil.Llamo de forma suave con los nudillos. Al ver que no recibo respuesta, abro la puerta.—¿Puedo pasar? —pregunto mientras asomo un poco la cabeza.Otra vez mi boca se queda sin saliva. Está tumbado boca abajo en la cama, la toalla se ha movido y deja ver parte de su firme trasero. Un huracán de pensamientos invade mi mente, de no ser tan cobarde, me lanzaría sin pensarlo a saborear ese cuerpo que me lo pide a gritos. Ahora entiendo por qué es modelo, es como si lo hubiesen cincelado para que rozara la perfección. Tardo un poco en reparar que se dirige a mí.—¿Sofía?Sacudo la cabeza para que se evaporen las imágenes que me colapsan las ideas.—Esto… —me quedo muda al verlo incorporarse y colocar la toalla en su sitio. Creo que ni las vistas que ofrece el pico más alto de Los Pirineos son comparables a la panorámica que me brinda en directo y sin salir de casa.—Sofía, ¿querías algo? Nuestras miradas se cruzan, evito que note la excitación que siento; por eso, bajo la cabeza.Aclaro la garganta antes de volver hablar.—Sí, perdona. Se me ha ido el santo al cielo. «¡Dios qué sonrisa más pícara acaba de regalarme!», pienso.—He pensado que si no te importa puedo ocupar yo una de las plazas vacías, nunca he estado en Las Vegas y me encantaría visitar la ciudad. Según Hugo, no sale caro. Así de paso, no me quedo sola aquí. Pero solo si tú lo ves bien.Me mira sin decir nada. Se entretiene en observarme desde la distancia que nos separa, hasta que decide acortarla. Se para a escasos centímetros y percibo el aroma de su piel limpia. Al ser más bajita que él, alzo la cabeza para encontrarme con una irresistible mirada.—Pues la verdad, no sé si es buena id

ea —empieza a decir sin dejar de mirarme.Sin querer y sin poder evitarlo, la mirada se me desvía a su torso desnudo. Una idea cruza mi mente a la velocidad de un rayo: saborear ese cuerpo creado para el placer el resto de mi vida. Tengo que sacudir la cabeza, desde hace años jamás he deseado tal cosa. Retrocedo unos pasos para alejarme del pecado, ya que en estos instantes no pienso con claridad. Tras lo que me parece una eternidad, respondo:—No lo entiendo. Yo quiero ir y tú buscas dos personas que cubran esas plazas. ¿Dónde está el problema? —replico un poco a la defensiva, necesito marcar las diferencias antes de cometer una locura.—Digamos que puede ser porque no nos llevamos bien —percibo un atisbo de ironía en sus palabras.—Hijo, ni qué tuviéramos que compartir habitación. —Salto nuevamente a la defensiva. Llevo ya un tiempo que quiero visitar Las Vegas, y esta es mi oportunidad de hacerlo sin desplumar mi cuenta bancaria.Distingo en su bello rostro un amago de sonrisa. Se me eriza la piel al pensar que sea cierto que tengamos que compartir cuarto, si es así, no creo que mi autocontrol dure demasiado tiempo antes de lanzarme a su yugular para devorarla. Nuestras miradas desafiadoras dejan claro nuestros pensamientos; los míos, pecaminosos; los suyos, ¿deseosos ante la idea?No le da tiempo a replicar, Hugo nos interrumpe. —Si Abel no puede, Fran ocupa un lugar. Ninguno de los dos desviamos la mirada, cosa que supongo que le extraña a mi amigo. Me sorprende la dura expresión que Oliver me dedica unos instantes.—¿Ocurre algo? —indaga Hugo.El primero en mirarlo es Oliver.—Aquí, tu amiga —me señala con el dedo—, dice que está interesada en venir. Ahora comprendo el porqué. No entiendo a qué viene ese ataque gratuito por su parte, si no he demostrado interés alguno por Fran.—¿No deberías estar contento? Así el problema lo tienes resuelto. ¿No era eso lo que querías? —desea saber Hugo confundido.—Sí, ¿no ves lo alegre que estoy? —contesta con cierta ironía y se aleja de nuestras vistas. Regresa al rato con un papel que le entrega a mi amigo—. Que hagan el ingreso antes del viernes si quieren venirse. Actúa como si yo no estuviera presente, cosa que me cabrea bastante. De parecer alegre con la idea de que viaje con ellos, ahora es como si le molestara. Quiero decirle que tengo el dinero en casa por si lo necesita; pero me deja con la palabra en la boca, ya que cierra la puerta con un portazo. Irritada y bastante cabreada, me retiro a mi cuarto. Este chico es insufrible. No logro entender tal fijación por él, cuando está visto que somos polos opuestos.—¿Se puede saber qué le pasa? —inquiere Hugo.Lo miro sin entender nada, como para darle una explicación lógica a él.—Eso quisiera saber yo.El resto del fin de semana evito, sin éxito, cruzarme con el insufrible de mi compañero.

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