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   Capítulo 23 Ni tú ni nadie la va a separar de mí

Conquistando el mundo Por Mia Alcaraz Palabras: 4781

Actualizado: 2021-03-06 17:24


Oliver

La ira de sus palabras taladra lo más profundo de mi corazón, ya no sé qué hacer para que confíe en mí. Devastado centro la mirada en ella, supongo que lo único que expresa es el inmenso vacío que siento en estos momentos. Me adentro en el baño y cierro con fuerza la puerta, de algún modo tengo que desfogar mi frustración. Me aseo con rapidez y, sin pensar, me coloco la ropa de la noche anterior. Una vez fuera, recojo mis pertenencias en el más absoluto silencio. Antes de cerrar la puerta y marcharme de su lado, le recuerdo la hora de partida.A la espera de la llegada del ascensor, recuerdo que Alex ha retrasado el vuelo de regreso. Con fuertes golpes llamo a su puerta. Tambaleándose y con cara de sueño, me deja entrar. De la mejor manera que puedo le relato lo sucedido. Sin pensarlo, me entrega su billete y recoge el mío de mis temblorosas manos. Con celeridad prepara la vuelta a casa dos horas antes de lo establecido. Me deja a solas en la desierta habitación.—Si pregunta por ti, le diré que has cogido un taxi —informa antes de partir.Sin ser visto, observo su salida del hotel. Se me encoge el corazón al ver el estado en el que se encuentra. Los ojos los tiene hinchados y sus fuertes suspiros me aseguran que no ha parado de llorar en todo este tiempo. Corro en dirección al ascensor, deseo que se abran las puertas, debo hacerme con la maleta y salir del hotel antes de que se marche el autobús, seguro que si hablamos con tranquilidad podremos solucionar las cosas. Sudoroso por la carrera veo de lejos el transporte que me aleja de mi mujer. Por mucha prisa que le meto al taxista, para cuando llego al aeropuerto, su vuelo ya ha despegado. Antes de subir al avión, le envío un mensaje a Diego para que vaya a recogerme al aeropuerto. A mi llegada, mi hermano me espera con una sonrisa en la cara que borra al verme. Le resumo lo que ha pasado durante el trayecto a casa. Salto del coche con la esperanza de encontrar a Sofía en su cuarto, al comprobar que la vivienda está vacía, comienzo a impacientarme.Desesperado camino de un lado a otro, tendría que haber vuelto hace horas y aún no ha llegado. La puerta de la entrada me avisa de su llegada, corro por el pasillo para rogarle perdón, aunque me ha dolido su desconfianza, ahora que estoy más relajado, entiendo sus motivos, la han defraudado demasiadas veces. Me enojo al ver la cara de Hugo, e

spero la entrada de Sofía, al comprobar que no aparece, salgo al portón para reencontrarme con ella, mi desesperación crece al no divisarla por ningún lado.—¿Dónde está? —le pregunto al entrar en el cuarto de ella.Me ignora mientras descuelga las prendas de su armario y las introduce en una bolsa. No entiendo por qué hace eso. —Deja sus cosas en su sitio, aún es su cuarto.—No va a regresar, se queda a vivir con nosotros —responde sin parar de reír—. ¿No es lo que querías? ¿Qué me fuera después del viaje? Lo que no calculaste, es que ella vendría conmigo.Estampo mi puño en su cara, deseo borrarle la mirada de suficiencia con la que me observa.—Es mi mujer. Ni tú ni nadie la va a separar de mí.Se limpia la sangre de la boca. —Llegas tarde amigo, ya lo he conseguido. ¿De verdad esperabas que te creyera a ti antes que a su amigo de la infancia, ese que jamás la ha defraudado?Vuelvo a golpearlo con todas mis fuerzas, una y otra vez, para descargar la ira contenida durante estos años. —¡Malnacido! —rujo ante su ensangrentada cara—. Que te quede clara una cosa, desgraciado, antes o después, conseguiré que sepa la verdad.—Será tarde otra vez. Para entonces, habré conseguido envolverla en mis redes y solo querrá acostarse conmigo, Alondra o José, pero no contigo.Salgo enfurecido de la casa, a sabiendas de que ella no volverá no deseo permanecer un minuto más dentro. Sin contener el llanto conduzco a toda velocidad hasta casa de Abel. Siempre que necesito un lugar donde esconderme, mi hermano me ofrece su casa compartida con su novia. Al abrir la puerta y ver mi estado, no dice nada, solo me abraza como siempre ha hecho cada vez que lo he necesitado. Aitana, mi cuñada, prepara unas bebidas que sirve en el salón. Ambos escuchan toda la historia, les cuento cómo nos conocimos en el juego, nuestras primeras semanas de convivencia, como poco a poco me he enamorado de ella sin poder remediarlo. El día que descubrí quién era y mi plan para conquistarla, la boda, la trifulca por la mañana y mi desesperación al ver que no confía en mí, junto a la larga espera en casa, hasta el episodio con Hugo. Con el corazón roto y agotado por el llanto, acurruco mi cuerpo en la cama sin dejar de pensar en ella. Los días venideros son idénticos. Deambulo por la vivienda como un zombi sin dejar de pensar en mi mujer, qué hará en cada momento y si se acordará de mí.

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