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El diario de un loco By Xun Lu Palabras: 7747

Updated: 2018-11-14 00:09


Inicio

Dos hermanos, cuyo nombre no quiero revelar, fueron amigos míos en los lejanos tiempos del bachillerato; luego de separarnos, con el paso de los años, acabé por perder su pista. Días atrás me entere casualmente de que uno de ellos se encontraba muy enfermo; de regreso a mi pueblo, di un rodeo para ir a visitarles, pero sólo encontré al mayor, quien me dijo que el que había estado enfermo era su hermano. Te agradezco mucho el que te hayas molestado en venir a vernos; mi hermano ya se ha recuperado y desempeña en estos momentos un puesto de funcionario suplente en cierto lugar. Me mostró riendo un diario en dos libretas, en el que, según él, se podía observar la pasada enfermedad de su hermano. No veía inconveniente alguno en que un viejo amigo tuviera acceso a este diario. Así que me lo llevé y nada más leerlo he sabido que la enfermedad de mi amigo no era otra que la llamada «manía persecutoria». El lenguaje del diario es confuso y desordenado, y abunda en absurdos; tampoco especifica fechas, aunque se ve que no ha sido escrito de una vez, debido a las diferencias en la tinta y en la letra. He seleccionado algunos de los fragmentos que ofrecen una relativa coherencia para que puedan servir como material a la investigación médica. No he cambiado ni un ideograma del texto original; sólo los nombres de los personajes, aunque se trata de hombres de pueblo totalmente desconocidos, han sido todos modificados al no influir en el tema. En cuanto al título he respetado el que su autor le puso después de recobrar la salud.

2 de abril de 1918.

I

Esta noche hay una luna maravillosa.

Hacía más de treinta años que no la veía; hoy, al contemplarla, mi espíritu se ha inundado de felicidad. Ahora me doy cuenta de que los últimos treinta años he vivido en la oscuridad; a pesar de todo debo extremar las precauciones. Si no, ¿por que el perro de los Chao me ha lanzado esa doble mirada?

Mis temores están más que justificados.

II

Hoy no brilla la luna; sé que las cosas no marchan bien. Esta mañana, cuando salía de casa con todo cuidado, Chao el Ricachón me ha mirado de una manera aún más extraña: como si me tuviera miedo, como si quisiera matarme. Había además siete u ocho personas cuchicheando acerca de mí, temerosas de que las viera. Y así, todo el que me encontraba por la calle. El más terrible de todos fue un hombre que me lanzó una risotada de oreja a oreja; sentí un escalofrío por todo el cuerpo: ahora sabía que sus planes estaban ya a punto.

Pero yo no tuve miedo, y seguí como siempre mi camino. Más adelante me tropecé con un grupo de chiquillos; también ellos hablaban de mí, y sus miradas y sus pálidos rostros eran idénticos a los de Chao el Ricachón, con el mismo reflejo acerado. Qué puedo yo haberles hecho, pensé, para que también ellos… No pude contenerme y les grité: «Decidme, ¡¿por qué?! » Pero ellos echaron a correr.

Me pregunto qué puedo yo haberle hecho a Chao el Ricachón, qué les puedo haber hecho a la gente de la calle; lo único fue hace veinte años, cuando pisé el libro de contabilidad del señor Ku Chiu, y éste se enfadó muchísimo. Aunque Chao el Ricachón no conoce al señor Ku Chiu, es seguro que ha oído hablar de aquel incidente y me guarda rencor por ello; y además se ha puesto de acuerdo con la gente de la calle para que todos consideren aquel asunto como un agravio. Pero, ¿y los niños? En aquel tiempo aún no habían nacido, ¿por qué hoy también ellos me miran de esa extraña manera, como si me temieran, como si quisieran matarme? Esto me da realmente miedo, me intriga y al mismo tiempo me entristece.

Acabo de comprenderlo: ¡se lo han contado sus padres!

III

Por las noches no consigo conciliar el sueño. Las cosas hay que estudiarlas a fondo para poder entenderlas.

Algunos han sido condenados por el gobernador del distrito

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a llevar la carga al cuello, hay quien ha recibido sus buenas bofetadas del cacique del lugar, quien ha visto a los guardias apoderarse de su mujer, e incluso algunos han perdido a sus padres arrastrados al suicidio por la presión de los acreedores. Y con todo, a ninguno se le ha visto nunca un rostro tan temeroso y tan feroz como ayer.

Lo más extraño ha sido aquella mujer, ayer, en la calle. Estaba pegando a su hijo mientras le decía:

« ¡Desvergonzado! ¡Sólo dándote unos cuantos mordiscos me quedaría a gusto!» Y mientras eso decía me miraba a mí. No pude ocultar un sobresalto; y entonces, aquel grupo de hombres vampiro rompieron en sonoras carcajadas. Chen el Quinto llegó corriendo y me arrastró hasta casa.

Me arrastró a casa, pero allí fingieron no conocerme. Sus miradas eran idénticas a las de los otros. Entré en el estudio y echaron el cerrojo por fuera, como si encerraran a una gallina. Esto me hace aún todo más inexplicable.

Hace unos días vino uno de nuestros arrendatarios de la aldea Los lobos a informarnos de la mala cosecha. Le contó a mi hermano que la gente de la aldea había matado a un criminal del lugar, y que algunas personas le habían arrancado el corazón y el hígado y se los habían comido, después de freírlos, para aumentar su propio valor. Al interrumpir yo la conversación, el arrendatario y mi hermano me dirigieron varias miradas. Hoy es cuando me he dado cuenta de que sus miradas brillaban igual que las del grupo que encontré en la calle.

Cuando lo pienso, un escalofrío me recorre todo el cuerpo.

Si son capaces de comer hombre, ¿por qué no iban a comerme a mí?

Piensa, si no, en los mordiscos de aquella madre, en las carcajadas del grupo de hombres vampiro, en las palabras del arrendatario: evidentemente se trata de una contraseña. Veo que sus palabras son todas veneno; sus risas, puros cuchillos; y sus dientes, tan blancos y bien afilados. Son ciertamente individuos que comen hombre.

A mi modo de ver, aunque no soy una mala persona, desde que pisé el libro de los Ku es difícil saberlo. Parece como si ellos tuvieran intenciones ocultas que yo no puedo adivinar. Además, en cuanto se enfadan con alguien no dudan en calificarlo de criminal. Recuerdo cuando mi hermano me enseñaba a disertar; por bueno que fuese el personaje sobre el que versaba la disertación, bastaba que yo escribiera cuatro frases de crítica para que mi hermano las subrayara en señal de aprobación; y si disculpaba en mi escrito a personajes malos, me decía: «eres verdaderamente original, un genio en llevar la contraria al cielo.» Cómo voy yo a adivinar cuáles son los verdaderos pensamientos de esa gente; y más aún tratándose del momento en que piensan comer.

Las cosas hay que estudiarlas a fondo para poder entenderlas. En la antigüedad a menudo se comía carne humana, yo también me acuerdo, aunque no tengo una idea muy clara. Me he puesto a hojear la historia, pero esta historia no menciona fechas o épocas; en todas las páginas aparecen, de través, los ideogramas ren yi, tao te (bondad y moral). Me ha sido imposible conciliar el sueño, la mayor parte de la noche me la he pasado leyendo atentamente, y al final he descubierto, entre líneas, que todo el libro está ocupado por dos ideogramas: chi ren (comer hombre).

El libro está lleno de ideogramas, muchas fueron las palabras del arrendatario, pero todos, sonriendo, me contemplan fijamente con ese extraño fulgor.

Yo también soy hombre, ¡ellos piensan comerme!

IV

Esta mañana he estado un rato sentado en silencio. Chen el Quinto me ha traído la comida: un tazón de verduras y otro de pescado al vapor. He visto los ojos del pez, blancos y duros, su boca abierta, igual que aquel grupo de gente que quiere comer hombre. Después de unos cuantos bocados, ya no sabía si aquello era pescado o carne humana y terminé por vomitarlo todo.

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