ManoBook > Horror > Un escándalo en Bohemia

   Clásico 3 No.3

Un escándalo en Bohemia Por Arthur Conan Doyle Palabras: 8439

Actualizado: 2018-11-14 00:04


-¡Déjeme ver! -exclamó Holmes-. ¡Hum! Nació en Nueva Jersey en el año de 1858. Contralto… ¡hum! La Scala… ¡hum! Prima donna de la Opera Imperial de Varsovia… ¡sí! Retirada de la escena… ¡ajá! Viviendo en Londres actualmente… ¡eso es! Su Majestad, entiendo, se mezcló con esta joven, le escribió algunas cartas comprometedoras y ahora está deseoso de recobrar esas cartas.

-Precisamente. Pero ¿cómo… ?

-¿Hubo un matrimonio secreto?

-No.

-¿Nada de papeles legales o certificados?

-Ninguno.

-Entonces, no acierto a comprender a Su Majestad. Si esta joven presentara sus cartas para realizar un chantaje, o con cualquier otro propósito, ¿cómo iba a probar su autenticidad?

-Por la escritura.

-¡Bah! Falsificada.

-Mi papel privado.

-Robado.

-Mi propio sello.

-Imitado.

-Mi fotografía.

-Comprada.

-Los dos estamos en la fotografía.

-¡Ah, caramba! ¡Eso sí es terrible! Su Majestad cometió una tremenda indiscreción al fotografiarse así.

-Estaba enamorado… loco.

-Se ha comprometido muy seriamente.

-En aquel entonces era sólo príncipe. Era joven. Aun ahora no tengo más que treinta años.

-Esa fotografía debe recobrarse.

-Hemos tratado de hacerlo, y hemos fracasado.

-Su Majestad tendrá que pagar. Debe ser comprada.

-Ella no la venderá.

Robada, entonces.

-Se han hecho cinco intentos. En dos ocasiones, ladrones a mi servicio han registrado su casa. Una vez le robamos el equipaje cuando iba de viaje. Dos veces la han registrado mujeres pagadas por mí. Sin resultado.

-¿No hay rastros del retrato?

-Absolutamente ninguno.

Holmes se echó a reír.

-Es un problemita bastante complicado -dijo.

-Y muy serio para mí -contestó el rey en tono de reproche.

-Mucho, realmente. ¿Y qué se propone hacer con la fotografía?

-Arruinarme.

-Pero, ¿cómo?

-Estoy a punto de casarme.

-Eso he sabido.

-Con Clotilde Lothman von Saxe-Meiningen, hija segunda del rey de Escandinavia. Quizá conozca usted los estrictos principios de su familia. Ella misma es la personificación de la delicadeza. Una sombra de duda en cuanto a mi conducta, pondría fin a nuestro compromiso matrimonial.

-¿E Irene Adler?

-Amenaza con enviarles la fotografía. Y lo hará. Sé muy bien que lo hará. Usted no la conoce, pero tiene un alma de acero. Tiene el rostro de la más hermosa de las mujeres y la mente del más resuelto de los hombres. Para evitar que yo me case con otra mujer, no hay extremos a los que ella no sea capaz de ir… no los hay.

-¿Está seguro de que no la ha enviado todavía?

-Estoy seguro.

-¿Por qué?

-Porque me dijo que la enviaría el día que el matrimonio fuera proclamado públicamente. Eso será el próximo lunes.

-¡Oh!, entonces nos quedan tres días aún -dijo Holmes con un bostezo-. Es una gran fortuna, pues tengo uno o dos asuntos de importancia que atender por el momento. Su Majestad, desde luego, pasará unos días en Londres, ¿no?

-Ciertamente. Me encontrará en el Langham, bajo el nombre de conde Von Kramm.

-Entonces lo visitaré para notificarle sobre el progreso de nuestras indagaciones.

-Le ruego que lo haga. Vivo invadido por la ansiedad.

-¿Y qué me dice respecto al dinero?

-Tiene usted carte blanche.1

-¿Absolutamente?

-Le aseguro que le daría una de las provincias de mi reino por esa fotografía.

-¿Y en lo que se refiere a los gastos de momento?

El rey sacó una pesada bolsa de cuero del interior de su gabán y la colocó sobre la mesa.

-Hay trescientas libras en oro y setecientas en billetes -dijo.

Holmes extendió un recibo por la cantidad en una hoja de papel y se lo entregó.

-¿Sabe usted cuál es el domicilio de la dama? -preguntó.

-Es Briony Lodge, Serpentine Avenue, St. John's Wood.

Holmes tomó nota de aquellos datos.

-Otra pregunta -dijo con aspecto pensativo-. ¿Era de cuerpo entero la fotografía?

-Entonces, buenas noches, Su Majestad. Confío en que pronto tendremos buenas noticias para usted. Y buenas noches, Watson -añadió mientras el carruaje real se alejaba estrepitosamente-. Si tiene la bondad de visitarme mañana por la tarde, a las tres en punto, tendré mucho gusto en discutir este asunto con usted.

II

A las tres en

punto del día siguiente estaba yo en la casa de Baker Street, pero Holmes no había vuelto aún. La patrona me informó que había salido de la casa poco después de las ocho de la mañana. Me senté cerca del fuego, sin embargo, con intención de esperarlo por mucho que tardara en volver. El nuevo caso había despertado profundamente mi interés, porque aun cuando no estaba rodeado de la tragedia y de los aspectos extraños de los dos crímenes en que yo había intervenido antes, la naturaleza del caso y la importancia de su cliente le daban un interés especial a mis ojos. Además, aparte de la naturaleza de la investigación que mi amigo tenía a mano, había algo tan maravilloso en su magistral dominio de las situaciones y en su agudo e incisivo razonamiento, que para mí era un placer poder estudiar su sistema de trabajo y seguir los métodos rápidos y sutiles por medio de los cuales desentrañaba los más confusos misterios. Tan acostumbrado estaba yo a su éxito invariable, que la simple posibilidad de un fracaso me resultaba inconcebible.

Fue cerca de las cuatro de la tarde cuando se abrió la puerta y entró en la habitación un mozo de caballerizas, sucio, barbudo, con aspecto alcohólico, rostro abotagado y ropas destrozadas. Aunque estaba acostumbrado a la extraordinaria habilidad de mi amigo para disfrazarse, tuve que mirarlo tres veces antes de estar seguro de que era él realmente. Moviendo la cabeza a modo de saludo, desapareció por la puerta que conducía a la alcoba y salió cinco minutos después, ya cuidadosamente arreglado y limpio, y como siempre, vestido con su traje de casimir. Se metió las manos en los bolsillos, extendió las piernas frente a la hoguera y se echó a reír alegremente durante varios minutos.

De vez en cuando lanzaba alguna exclamación ininteligible, para después continuar riendo como un loco, hasta que quedó inmóvil, exhausto, sobre la silla.

-¿De qué se ríe?

-De una cosa graciosa. Estoy seguro de que usted no podría nunca adivinar cómo empleé la mañana o qué terminé por hacer.

-No puedo imaginarlo. Supongo que ha estado vigilando los hábitos y, probablemente, la casa de la señorita Irene Adler.

-Exactamente, pero me ocurrieron cosas en verdad extraordinarias. Salí de la casa poco después de las ocho de la mañana, disfrazado como mozo de caballeriza, sin trabajo. Hay una maravillosa simpatía y camaradería entre los miembros de esta profesión. Pronto encontré Briony Lodge. Es una villa amplia, con un jardín en la parte posterior, con una gran estancia a la derecha, muy bien amueblada, con largas ventanas que llegan casi hasta el suelo, aseguradas con esos aldabones ingleses que hasta un niño puede abrir. A más de eso no era un edificio nada notable. Observé que se podía entrar a una de las ventanas por el techo de la caballeriza. Di varias vueltas alrededor de la casa y la examiné desde todos los ángulos, pero sin notar ninguna otra cosa que despertara mi interés.

"Estuve vagando por la calle un rato y me fui acercando hasta el lado del jardín, en tanto que los mozos atendían a los caballos. Me presté a ayudarlos y recibí como compensación dos peniques, un vaso de vino, un poco de tabaco corriente y toda la información deseable acerca de la señorita Adler, para no decir nada de media docena más de personas del barrio, en quienes no tengo el más mínimo interés, pero cuyas biografías fui obligado a escuchar."

-¿Y qué me dice de Irene Adler? -pregunté.

-¡Oh!, ha vuelto locos a todos los hombres de esa parte de la ciudad. Es la muchacha más bonita que hay en este planeta, en opinión de los mozos. Vive tranquilamente, canta en conciertos, sale a pasear todos los días a las cinco y vuelve a cenar exactamente a las siete. Raras ocasiones sale a otra hora, excepto cuando canta. Tiene un solo visitante masculino, aunque es un visitante muy constante. Es un tipo alto, guapo y atrevido; nunca la visita menos de una vez al día y a veces lo hace dos. Es un tal señor Godfrey Norton. ¿Ve la ventaja de ser el confidente de un cochero? Mis amigos improvisados lo han llevado varias veces a su casa en Inner Temple y saben todo lo que se puede saber respecto a él. Mientras escuchaba todo esto, yo pensaba en mi plan de campaña.

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