ManoBook > Fantasía > EXILIADO:La sangre del monarca

   Capítulo 2 CAPITULO 1

EXILIADO:La sangre del monarca Por Agustina Almada Palabras: 8608

Actualizado: 2021-02-22 22:56


Dinastía Joseonmediados del siglo XV.Palacio de Gyeongbokgung.Hanseong, capital de Joseon.Reino del rey Junji.

El filo de la espada relució en el cielo y el príncipe Min vio en su reflejo el futuro de su destino.Asesinado.Los ojos negros de su hermano, manchados de una satisfacción cruel e inhumana, y cegados por ver la sangre de su joven hermano a sus pies, miraba con gran satisfacción su trágico final. El príncipe Min, a sus recién cumplidos 14 años, yacía de rodillas frente al mayor con las ropas de dormir arrugadas y rasgadas -de los tirones que sufrió en su escape-, el rostro sudado y el cabello negro pegado a la frente. Elevó su cabeza hacia arriba, aceptando su muerte.

—Aun así, no veo temor en tu mirada. —El príncipe mayor soltó una cínica sonrisa — ¿Ahora entiendes por qué no debes seguir con vida? Tu existencia solo será la maldición de la mía.

El joven príncipe juntó sus labios en una fina línea y echando una veloz mirada a su alrededor, noto cuatro hombres armados y encapuchados de negro, dos a cada lado, cubriendo toda vía de escape.Metros más atrás, a las puertas de su residencia, estaban los cuerpos sin vida de los guardias reales que lo protegían. Uno a uno había caído luego de intentar alarmar al resto de la guardia real que permanecía en sus puestos más lejanos, en las segundas puertas. Un gran fracaso puesto que los intrusos lograron tomar desprevenido al príncipe Min, y arrastrarlo de sus aposentos hasta el patio central del pabellón.

—No tienes nada menos de lo que yo tengo, sin embargo pese a que sea el hijo menor del rey, temes perder el trono por mi causa. —Los felinos ojos del joven príncipe miraron con una maligna burla a su hermano mayor. Sabiendo bien las debilidades y heridas de su hermano, no temió en usarlas en su contra. —Eres el príncipe heredero, futuro rey de Joseon, mientras yo solo seré un príncipe menor gozando de los privilegios de la realeza, ¿Y aún con todas tus fortalezas y mis contras tienes miedo de perder la corona?El príncipe Kwang apretó la empuñadura de la espada, y rechinó sus dientes con furia. Su hermano no tenía respeto por el, jamás lo había tenido, y pese a pensar que en ese extremo punto lo tendría, el príncipe Min seguía siendo el mismo arrogante de siempre. El más joven rio con burla y diversión, una risa seca e irónica, al compás de un rodar de ojos.

—Mátame.

De nada le servía seguir con los juegos de una insignificante charla que tendría el mismo final tarde o temprano. Quería ahorrar los rodeos, e ir al punto. Además de tentar al destino, quería ver qué tanto odio le tendría su hermano, no lo había visto titubear hasta ese instante -sino lo contrario, el parecía más que dispuesto- , sin embargo su hermano seguía dando demasiadas vueltas y empezaba a exasperarlo.

—Es lo que haré. —La hoja de la espada, filosa y reluciente, preparada especialmente para esa noche, bajó hacia la cabeza del príncipe Min. Para con un corte seco y veloz, acabar con la raíz del insomnio del príncipe heredero.

Cómo si el tiempo se hubiera detenido, un espía aliado del príncipe Min descubrió su espada de las telas negras que lo cubrían, dejando a sus compañeros perplejos. El príncipe Kwang tardó en reaccionar, viendo cómo el espía saltaba hacia él, y de una patada en el aire lanzaba su espada metros de distancia, dejándolo desarmado.El príncipe Min aún de rodillas, sonrió con orgullo. Sus dedos atrás de su espalda enseñaron una pequeña navaja, y el brillo de la piedra roja en el pomo, fue la señal para que del tejado y los altos muros del pabellón, salieran una decena de hombres armados vestidos de negro.

Todos ellos bajo un solo emblema, la insignia de plata de un lobo.

— ¿Pero qué? —El príncipe estaba desconcertado. Pronto su mano vacía sintió la falta de su espada, y sus ojos se abrieron aterrados al ver diez hombres a su alrededor, con sus flechas directamente a un blanco; su cabeza.

— Resulta ser que no eres muy inteligente a la hora de armar una emboscada contra tu hermano menor. Solo fue cosa de juntar un par de clavos sueltos, y una gran intuición para saber tus planes. —El príncipe Min cortó con la hoja del cuchillo las sojas que ataban sus muñecas, y al hacerlo las movió sintiendo al fin la sangre correr por ellas. — Creí que eras alguien de confiar. Eres mi her

mano mayor, pero me ves como tú enemigo.

—Que haya sangre que nos conecte no quiere decir que te amé como un hermano. La familia en la realeza no es más que una pobre ilusión.

El príncipe Min apretó su labio inferior, ignorando el dolor punzante que había causado sus palabras. Disimulo su debilidad con un rostro inexpresivo, y sin más que decir, asintió con la cabeza al espía que esperaba sus órdenes.

El hombre hizo una seña, y sus aliados comenzaron una lucha para despejar el camino hacia la puerta de salida. El príncipe Kwang hizo lo mismo, y más soldados de su mando salieron de los tejados para luchar contra los hombres del príncipe Min. La distracción de los protectores del príncipe Min, hicieron vía libre para pasar entre ellos y llegar a su hermano menor.

Era inusual e impensable decir que un joven de diecinueve años tenga la animal acción de luchar contra un adolescente recién salido de su niñez. Pero allí estaba, con su espada al costado de su cuerpo, mirando al joven príncipe como la presa en una cacería.

Con un grito de guerra se abalanzó contra él, un rápido movimiento de parte del menor hizo que cayera al suelo. El príncipe Min al otro lado. Solo le basto lanzar su cuchillo como si fuera una flecha a su muslo y el arma se adentró en su piel con fuerza, dejando salir un jadeo de dolor de los labios del príncipe heredero. El menor corrió hacia el lado contrario, en dirección a las puertas del pabellón. Esquivando la batalla de un mando y el otro. Con fuerza empujó las puertas de madera, y agitado miró los caminos que se extendían a los lados en las penumbras de la noche. El bosque se alzaba a sus espaldas, y más allá de sus ojos, se veía la ciudad apagada.

— ¡Deténganlo!

El príncipe Min corrió al oír la orden de su hermano, abandonó el pabellón donde había sido obligado a vivir, y sin un destino fijo, tomo el camino a la izquierda. Se perdió entre los árboles del bosque con la clara intención de pasar desapercibido, sus piernas se llenaban de rasguños y cortes a medida que huía a través de las ramas. Más de una vez su ropa quedó atorada entre las hojas, y lucho en la oscuridad por no tropezar con alguna raíz.

Con el corazón en la garganta, se marchó sin mirar atrás. Toda la valentía de hace unos escasos minutos se había esfumado tan pronto como había aparecido, y ahora solo quería ocultarse en un rincón y llorar pidiendo clemencia. Llegó a un camino de tierra, y avanzó, deseando que nadie lo hubiera seguido lo suficiente. Corrió y corrió con el sonido de sus latidos los oídos.

En una desprevenida acción de mirar hacia atrás, tropezó con sus pies y cayó hacia delante, cerró los ojos por instinto, pero unas manos lo sujetaron. Por acción inmediata, se sacudió entre los brazos del extraño.

— ¡Suéltame! ¡Déjame ir! —Sin poder evitarlo, las lágrimas corrieron por sus mejillas. El hombre lo sacudió ligeramente, y bajó la capucha que cubría sus ojos.—Tranquilo. Soy yo Alteza, el guardia Lee.

El príncipe Min abrió los ojos. Un golpe de alivió recorrió su cuerpo al ver al jefe de la guardia real, Lee Ki-Young, frente a él. Era un hombre rozando los 40, de barba candado y ojos castaños.

—Suba, lo sacaré de aquí.

Ya a salvo y sobre el caballo, el príncipe se aferró al guardia Lee con fuerza, permitiéndose al fin dejar sus lágrimas fluir con libertad.

El pabellón del príncipe Min era un caos de desorden y cuerpos sin vida. Los que habían quedado por parte del príncipe menor, habían salido de allí para detener al resto que bajo la orden del príncipe Kwang, habían ido en busca del joven príncipe.

Mientras tanto, Park Hwan, la mano derecha del heredero al trono, esperaba cabizbajo las órdenes de su señor.

—Señor...El príncipe Kwang le dio una cachetada que hizo crujir los huesos de su cuello.

—Ve y tráeme al príncipe Min con vida. —Ordenó. —Y quema todo esto, que no quede nada.

—Sí señor.Como si fuera una sombra, desapareció en silencio. Mientras que el príncipe Kwang estrujaba la espada entre sus dedos. No pararía hasta ver la cabeza de su hermano en sus manos.

El fuego se esparció por el pabellón, borrando cada marca de vida en él. El príncipe Kwang abandono el lugar con el resto de sus hombres, dejando la madera consumirse y convertirse en cenizas, tal como el nombre del príncipe Min esa noche.

(← Acceso rápido del teclado) Anterior Contenidos (Acceso rápido del teclado →)
 Novels To Read Online Free

Escanea el código para descargar la aplicación Manobook.

Subir

Compartir