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   Capítulo 3 CAPITULO 2

EXILIADO:La sangre del monarca Por Agustina Almada Palabras: 10148

Actualizado: 2021-02-22 23:01


Norte de la provincia de Chungcheong,Joseon.Reino del rey JunjiCuatro años después.

Sacó el acero de la fragua al momento que vio que su color había adquirido el deseado rojo cereza que esperaba. Tomándolo con unas pinzas, lo dejo sobre el yunque, tomo de un barril que se encontraba situado al lado bloque macizo y con fuerza empezó a martillear.

El relincho de un caballo le hizo alzar la cabeza, y al ver el semblante preocupado del jinete, su rostro se ensombreció de inquietud. El cabello se detuvo frente a la casilla de madera vieja, y de un salto el jinete aterrizó al suelo.

El muchacho -de dieciocho apenas cumplidos- dejo el martillo a un lado del yunque, al igual que la espada que forjaba sobre el bloque macizo de hierro. Inquieto y ansioso por saber las noticias que el hombre le traía - y que se veía que no era nada buenas- llegó hasta él.

— Alteza. — lo saludo apropiadamente con una reverencia el hombre de unos años mayor que él. El muchacho correspondió a su saludo con un asentimiento rápido y nervioso, sus ojos negros afilados como ojos de gato, lo miraron desesperados por qué fuera a lo importante del asunto. — He averiguado de un antiguo compañero mío... Lo siento Alteza.

El muchacho se quedó perplejo unos segundos, antes de reaccionar.

— ¿Ha muerto?

El hombre negó rápidamente y el muchacho ante eso, lo miro de mala forma.

— Lo siento. — Se disculpó apenado. — Su majestad; el rey se encuentra gravemente enfermo, los seis ministros le exigen que proclame a su Alteza, el príncipe Kwang que asuma al trono.

El muchacho cerró los ojos, brevemente abatido. Su padre había sido débil de salud desde su juventud, sin embargo eso jamás había evitado que sea proclamado rey de Joseon. Aun así, la enfermedad que desconcentraba su mente de los deberes reales, había sido el mayor punto de debilidad para los perversos que lo utilizaban para sus corruptos planes.

Ahora, con su hermano al poder, ya no temía tanto en aquellos que traicionaban la confianza del rey, sino en él. Su hermano, el príncipe Kwang era un hombre ambicioso, cruel y carismático, que sacrificaría la vida de su propia sangre para conseguir lo que más anhelaba en la vida; el trono. Y él, era testigo en carne propia de ello, pues alguna vez también fue príncipe, y se le fue arrebatado y condenado a vivir en las sombras bajo el nombre de MinJoon, un herrero común de un pueblo a las afueras de la capital de Joseon. Su identidad fue arrancada gracias a la hostilidad y la ambición cegadora de su hermano mayor.

— Gracias Taewon, sé que te has arriesgado al volver allí.

Sin más que decir, MinJoon se giró hacia el interior de la casilla dónde vivían, dejando a Taewon preocupado por su bienestar. Él era unos años mayor que él, lo había visto convertirse poco a poco en hombre, en un mundo del cuál el jamás estuvo acostumbrado - ni del cual tampoco debía-. Era como un hermano para él, pero claro, eso jamás se lo confesaría, al final al cabo, debía seguir manteniendo su lugar como guardia real.

Palacio Gyeongbokgung.Edificio Gangnyeongjeon, residencia del Rey Junji.

La reina, esposa del rey Junji, entro a sus aposentos con apuro. Cómo cada día y noche, se arrodilló frente a la cama donde reposaba, y tomo con dulzura sus manos frías.

— Su majestad. — lo llamó. — Sé que puede oírme, le suplico que no ceda ante el pedido de los ministros.El rey abrió los ojos a duras penas y al ver a la reina, estiró una corta sonrisa. Ella le respondió con alivió, feliz de que haya despertado.

— Sabes que no puedo negarme.

— El príncipe Hyun, tu sobrino...

El rey negó con debilidad.

— ¿Qué clase de rey sería si le niego el trono a mi propio hijo? ¿Cómo recordara mi nombre la gente?La reina suspiró abrumada, no quería ser una carga en el rey, sin embargo la inquietud en su corazón no la dejaba dormir hace días. Su hijo mayor no debía ser rey.

— Tu hijo destruirá todo lo que tanto a los antiguos reyes les ha costado. — Una lágrima corrió por su mejilla, gota que el rey apartó con su pulgar. — Mi pequeño hijo, no ha muerto...

— Ya hemos hablado de esto. — El rostro del rey se ensombreció y dejó caer su brazo. — Kwang no tuvo la culpa. Sé que es demasiado frío para estar en el trono, su orgullo no lo dejara guiar apropiadamente a Joseon, sin embargo no sería capaz de dañar a su hermano.

— Entonces explícame... Por qué mi Joon Gi ha desaparecido.

— Ha muerto... — Decirlo así fue un puñal en el pecho para el rey. Abatido por la angustia de recordar a su hijo, cerró los ojos.

La reina, quien hasta entonces había evitado mirar a los ojos a su esposo, acarició su mejilla como si dijera un "lo siento" sin palabras. Y sin más se levantó. Al salir de sus aposentos junto con sus damas de compañía, vio en el patio del pabellón del rey, a su hijo mayor mirándola con superioridad.

Ella le apartó la mirada y con el mentón alzado dejo en claro que no se dejaba intimidar, pero al abandonar la residencia del rey, se dio cuenta que por más que luche, la angustia al ver el rostro de tu hijo volverse cada vez más irreconocible, era un ca

stigo que la atormentaría por el final de sus días.

Apretó su puño con fuerza sobre el escritorio y mordió sus labios callando una maldición. El hombre que trabajaba para él, mantenía su vista gacha esperando nuevas órdenes.

— El hijo de Lee Ki-Young es tan asusto y desconfiado como su padre, no dejará de meter sus narices en lo que no le incumbe hasta averiguar lo que quiere. — Masculló el príncipe Kwang rodando los ojos por todo el lugar. Regresando la vista al hombre de Hanbok negro y cinta negra en la frente, le dijo — Despístalo, que no encuentre nada.

— Si Alteza. — Aceptó el hombre antes de hacer una reverencia para marcharse. Al girarse, su cabello negro largo hasta debajo de los hombros se movió, rebelando en la parte baja del cuello en el lado derecho, dos puntos paralelos de igual tamaño marcados con tinta negra.

El príncipe Kwang murmuró entre labios con molestia.

— No estás aquí, pero aun así todo lo referido a ti sigue interrumpiendo mis planes. — Suspiró — Esperemos que la inteligencia de Dong ju le advierta que no se interponga más de la cuenta.

— La postura en una dama es fundamental, es la carta de presentación y la que a simple vista dirá que tan apta eres.

Una a una, todas las jóvenes – hijas de importantes funcionarios y académicos- se pusieron en fila, y acatando lo aprendido en las clases anteriores, se pararon y caminaron como se les había enseñado. La primera, hija del primer ministro, Park Haneul, era la más apta para ser la esposa del futuro rey. De una belleza natural y sin igual, prudente y elegante, y un porte fino y educado cuál reina. En todos lados, se rumoreaba que ella sería la elegida por la reina y el príncipe Kwang.

Atrás de ella, como sapo de otro pozo, estaba la hija del consejero estatal real, Kim Ye-Sol, con el rostro de haberse desvelado leyendo la noche anterior, los hombros bajos, la cabeza inclinada y la espada encorvada, dio un paso al frente con pereza. Una cortesana, la superior que dirigía las damas de la corte en el palacio, evaluaba a cada jovencita con suma exigencia. Cuando sus ojos cayeron en una de las más jóvenes del grupo, Kim Ye-Sol, negó con la cabeza en desaprobación.

Ye-sol sin ver en su camino, piso su vestido y cayó hacia delante sobre sus rodillas, causando las pequeñas y sutiles risas de las mujeres candidatas. Park Haneul, rodo los ojos con diversión. Así como había alguien con un puesto asegurado como reina, así también estaba la que "nunca" iba a casarse por lo desastrosa y desvergonzada que era. Ye-sol no era ignorante de las habladurías, pero prefería encontrar a alguien amará su sincera y real esencia, que vivir una falsedad el resto de sus días.

Con el mentón alzado pero las mejillas rojas de la vergüenza, Ye-sol sol se levantó. La cortesana, se acercó a ella con una varilla en la mano y la miró.

— ¿Otra vez cometiendo el mismo error Ye-sol?

— Lo siento... No he dormido bien anoche y...

— No es educado justificar tus errores y tu falta de interés con escusas. — La interrumpió con un gesto entre cansado y estricto. Poco a poco la cortesana iba perdiendo esperanzas en la joven hija del consejero.

— Lo siento. — Se disculpó con la cabeza gacha.

— Vuelvan a sus lugares, practicaremos la reverencia.

Ye-sol fue a su lugar, al lado de la señorita Park Haneul, que no revocó mirada en ella, más sin embargo su compañera al lado, la hija del cuarto ministro Gae Baek, no evitó comentar con despreció.

— No deberías esforzarte tanto Ye-Sol, no puedes obligarte a ser alguien que no eres.

Ye-sol se detuvo al escucharla, y girando su cabeza para mirarla, le respondió con firmeza.

— Prefiero intentarlo y ser honesta, que ser hipócrita ante los demás.

La hija del cuarto ministro abrió los labios ofendida. Ye-sol sabía que la joven "tan encantadora" que todos conocían, no era más que una máscara, la hija del cuarto ministro ocultaba un ser despiadado y malhumorado que pocos sabían. A Ye-sol no le importaba cómo era realmente, lo que le fastidiaba era que mienta sobre ello y encima tenga el descaro de burlarse de ella.

— No deberías estar aquí, solo nos avergüenzas con tu presencia. Ni el más alto título borrará lo insolente y vulgar que eres.

— Mi título no tiene por qué definir mi persona, yo misma creo mi historia y como quiero vivirla. El título y la clase, es solo un espejo para borrar lo desagradable que pueden llegar a ser las personas. — Se defendió Ye-sol. La hija del cuarto ministro no supo dónde meterse. De repente todas las miradas estaban sobre ellas dos, y de forma torpe y nerviosa le contesto.

— ¿Qué tratas de decir?

— Hija de quién seas eso no te da derecho a faltarme el respeto — Escupió sin delicadeza. Park Haneul, quien hasta entonces había permanecido fuera de la conversación, intervino en el medio.

— La clase está por empezar, presten atención. — Dijo haciendo notar su madurez ante las dos chicas que se asesinaban con la mirada. Ye-sol asintió a la orden de la mayor, y se colocó a su lado.

Al otro lado, la hija del ministro hervía como una olla de lo molesta que estaba.

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