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   Capítulo 4 CAPITULO 3

EXILIADO:La sangre del monarca Por Agustina Almada Palabras: 17828

Actualizado: 2021-02-22 23:34


Al finalizar las lecciones, todas las jóvenes se dirigieron a la salida del palacio Gyeongbokgung, en la calle ancha. Un palanquín llevado por cuatro hombres en por sus extremos, esperaba a cada señorita. Ye-sol al ver el suyo, junto a su dama de compañía Ji-in, se detuvo en el costado de la avenida.

— ¡Señorita!— Exclamó con alegría la joven dama de tan solo dos años menor que Ye-Sol.

— Iré a dar una vuelta— dijo ella sin más, dispuesta a dejar regresar su palanquín vacío a su hogar.

— Señorita pero su padre la espera dentro de una hora, debe arreglarse. — Dijo inquietada la joven. Ye-Sol no le dio importancia –al menos no la suficiente- y se dispuso a seguir su camino calle abajo.

— Estaré en la librería principal frente al mercado. Llegaré a tiempo, no te preocupes.

— ¿Y qué le diré a el señor Kim? Estará esperando en la entrada — La joven estaba nerviosa, la señorita Ye-Sol era una mujer independiente e impulsiva, podía esperar cualquier cosa viniendo de ella. Sin embargo ese día Ye-sol y sus padres tenían una importante reunión con el primer ministro. Una situación que pendía de un hilo y creyó ciegamente que la señorita no haría nada para perjudicarlo pese a no estar de acuerdo con ello."Que equivocada estuve" Se lamentó.

— No le dirás nada, por qué vendrás conmigo. — Contestó, girando su cabeza hacia su dama de compañía. Ji-in mordió su labio con inquietud y la siguió sin poder reprochar. Ye-Sol alzó el velo de tela blanca sobre su cabello perfectamente peinado en una trenza baja, y continuo a pasos lentos el camino hacia la librería del señor Seok.

Palacio Gyeongbokgung.Geunjeongjeon.Sala de reuniones del Rey.

— ¡Su majestad! ¡Proclame a el príncipe Kwang su sucesor!— Suplicó el primer ministro de la izquierda, inclinándose ante el rey.

El rey, con una mirada agotada frotó sus parpados con la yema de sus dedos, y soltó un corto suspiro de fatiga. Su rostro detonaba las noches sin dormir y de su piel bajo los ojos, surcaban ojeras negras como pozos sin fondo, restando sus años.

— ¡Se lo suplico majestad! — Repitió el hombre aún inclinado, el resto de los ministros y funcionarios se inclinaron y cantaron en coro.

El rey, sin poder seguir siendo un ignorante a las súplicas de su pueblo, alzó la mano, y habló.— La ceremonia para la sucesión del trono se hará al cabo de siete días, hasta entonces, avisen al pueblo la gran noticia.

— ¡A sus órdenes majestad!— Acataron al unísono. El rey asintió sin ningún atisbo de emoción alguna. El primer ministro de la izquierda al reincorporar su postura, alzó una comisura en una pequeña y casi invisible sonrisa.

...

— ¡Mi hijo!

El alarido desesperado de una humilde mujer se oyó. Un hombre joven que la escuchó, detuvo su caballo negro a mitad del sendero, y bajo de la montura. Sus botas negras levantaron ligeramente el polvo y afilando la mirada divisó a lo lejos una cabaña de madera inclinada sobre el relieve del suelo. De la pequeña puerta, salía una mujer de cabellos negros revoltosos, la piel sudada y la ropa tironeada. Los tres hombres que rodeaban su casa, rieron con fuerza, y el niño en los brazos de un hombre delgado de larga barba, luchaba y se revolvía por regresar a los brazos de su madre.

— ¡Mamá!

El joven se alejó del camino, y oculto entre las malezas y los árboles. Se encaminó silenciosamente con la mano sobre la empuñadura de su espada - resguardada a lado de su cadera-. El suplicio de la mujer se hizo cada vez más candente y ensordecedor, borrando poco a poco la paciencia de los bravucones.

— ¡Por favor lléveme a mí pero deje a mi hijo! ¡Le entregaré todo solo deje a mi hijo!

El joven se detuvo detrás de un tronco, ya a tan solo unos escasos metros, despacio fue desenvainando su espada. La mujer sujeta, a un hombre de rostro parecido a la de un cuervo, le propinó un pisotón que la hizo liberarse de sus brazos y en ese segundo de despiste, el jefe de la pequeña banda se distrajo con el alarido de su compañero, logrando que el niño que mantenía bajo su poder, se soltará. Ambos inocentes se fundaron en un ansiado abrazo, cubiertos de lágrimas y miedo.

El niño oculto en el pecho de su madre, lloraba temblando de pánico, y la mujer suplicaba con las manos juntas y los ojos llorosos que no les hagan daño.

— Es lo único que tengo, no me lo arrebaten por el amor de dios, no lo hagan... — La mujer desvió la mirada del hombre y la dirigió a la entrada de la casa, donde permanecía su esposo, manchando la tierra con su sangre.

— Quítenle al niño.

— ¡No! El pequeño fue separado de ella y lanzado hacia el sendero. El hombre cuervo lo alzó tirando de su cuero cabelludo, enseñando en una sádica sonrisa sus podridos dientes.

El joven – que observaba con cautela la situación-, clavó su espada en el suelo, y se agachó para recoger la daga que guardaba dentro de su bota izquierda. Desde allí, y con una excelente puntería, lanzó la daga hacia el hombre de barba larga que sujetaba al niño. La sonrisa del hombre se borró, y la sangre caliente comenzó a caer por sus ojos y boca. En segundos cayó de rodillas, con la daga clavada en la frente.

El niño gritó de espanto, y asustado comenzó a mirar a todos lados. El jefe de la banda gruñó exaltado y se giró hacia la dirección por dónde había venido el arma.

—Sal de ahí maldita rata. — Espetó sacando su espada.De los arbustos salió un hombre de vestiduras negras, y el rostro oculto bajo la sombra de un Satgat negro –un ancho sombrero de bambú –, que dejaba a la imaginación su identidad. El cinturón de plata y la resplandeciente y filosa espada que llevaba, eran lo único que resaltaba en las oscuras tonalidades de sus ropas.

A simple vista parecía ser un espadachín, algún criminal redimido o un héroe desconocido. Fuera lo que fuera, ninguno de los hombres se irían sin antes hacerle frente, por más que sus piernas hayan temblado al verlo. El jefe, borrando las señales de los nervios y sin esperar más tiempo, alzó su espada para atacarlo. El espadachín se corrió de un giro, y lo atacó por detrás, el hombre gruñó al sentir su piel abrirse en su espalda y se giró para saltar sobre él.

Entre esquivos y ataques, el hombre rata y panzón se iba cansando y perdiendo el equilibrio, mientras que el espadachín se movía con ligereza, como si flotara sobre el aire y su espada fuera una pluma. El joven, con una risa socarrona, pronunció.

— Es aburrido aquí.

Viendo que su compañero necesitaba ayuda, el hombre cuervo soltó a la mujer, y ella enseguida se abalanzó a su hijo.

— Ahora si se siente una pelea digna. — Soltó una breve risa cubriendo su rostro con su espada, para luego empujar al delgado hacia su amigo, el jefe panzón. Ambos tropezaron hacia atrás dejando a el joven con más libertad para respirar.

“Un baño no les vendría mal "Pensó asqueado, con tono burlesco.

El choque de las espadas y la guerra de miradas entre los tres, era agobiante para el que los mirase. El espadachín, al ver que uno de sus oponentes marcaba una nueva maniobra que no había utilizado, actuó con rapidez y se hizo a un lado, sin embargo, sintió la espada cortar sus prendas y rasguñar su piel.Soltando una gran bocanada de aire por el repentino cosquilleo que lo había recorrido por completo, elevó la cabeza, dejando ver su rostro. El hombre titubeó al ver su semblante cubierto por una máscara de plata, que solo dejaba ver su mentón y sus labios. Sus ojos, fríos y opacos en una negrura inmensa, lograron intimidarlo, pero pese a eso no demostró más allá su temblor, y acomodando su espada con las piernas flexionadas volvió a atacar.

El espadachín, cansado del juego, lo esquivó, y agachándose con gran velocidad, contraatacó moviendo su espada de forma horizontal, dejando una larga herida en el abdomen del hombre delgado, que jadeo de dolor y se inclinó sobre su cuerpo. Aprovechando eso, el espadachín lo pateó en el reciente corte, dejándolo un metro alejado del círculo, adolorido y exhausto.

El panzón, quien era el único que aún estaba en pie - para sorpresa del joven - alzó su espada sobre su cabeza, el espadachín lo esquivó de un movimiento, y atacó nuevamente, provocando un tajo en su muñeca que lo obligó a soltar la espada.

El hombre asustado y vulnerable lo miró con terror.

— ¿Lo sientes? ¿Sientes la desesperación, el miedo ahogante y el cuerpo temblando negándose a sufrir un cruel destino? — El hombre no evito lloriquear — Así se sienten ellos — El muchacho le dio una ojeada a la madre y su hijo. — Para su suerte no sufrirán tal destinó, sin embargo no puedo decir lo mismo de ti.

De un giro y un movimiento de muñeca, la espada se clavó en el costado del abdomen del hombre, un corte profundo qué lo mataría a los días, o lo dejaría sobrevivir si tan grande era su suerte. El espadachín prefería que la muerte y la vida juzguen su destinó, sin embargo sabía en el fondo que la suerte de ese hombre debía ser grande.

El joven relajó sus músculos y gua

rdó su espada, sus ojos felinos escanearon el lugar, y al encontrarse con el cuerpo fallecido de un hombre, quien al parecer era esposo de la mujer, sintió que había tenido demasiada misericordia con los bravucones.

Escuchó un jadeo, y se giró hacia el hombre delgado, quien aún seguía luchando de dolor contra el corte en el abdomen. Suspiró, dividido entre dos bandos en debate. Dejarlo vivir... O no. Sus ojos chocaron repentinamente con el rostro de mejillas rosadas y nariz mocosa del niño, que lo miraba aún aferrado a su madre. La mujer, lo abrazó de forma protectora.

Agachando su mirada a su espada ensangrentada, se lamentó que el niño haya presenciado tal suceso. No quería sumarle algo más - por más jodido que ya estaba-. Guardó su espada, y se acercó al hombre para tomarlo y arrastrarlo en dirección a su caballo.

— ¿Cuál es tu nombre?

La voz quebrada y fina de la mujer detuvo sus pasos. El espadachín la miró sobre su hombro en silenció. Ella, expectante lo esperó sintiendo su piel erizarse ante la impotente figura del hombre de negro. Finalmente el respondió con voz áspera y helada.

— MinJoon, mi nombre es MinJoon.

— Estaré en deuda contigo para siempre MinJoon, gracias por salvar a mi hijo.

El joven se limitó a asentir, y con el hombre entre sus brazos se alejó de allí.

A sobre hora, Ye-Sol estaba frente a las puertas de su hogar. Una pared alta de ladrillo color arena protegía el Hanok -casa tradicional coreana-, y en el centro -dividiéndola- dos puertas de madera gruesa barnizada, se alzaban con un gravado dorado que se trazaba en toda su extensión. Una flor de cerezo dorada rodeada en una circunferencia, era el símbolo de la familia Kim, que los había distinguido en la sociedad por largas generaciones de prestigio y poder. Renacer, era su significado.

La familia Kim había pasado por crudas temporadas a lo largo de todas sus generaciones, así como el sufrimiento y las penurias habían sido parte de sus historias, habían renacido como la flor de cerezo tras una largo y cruel invierno. Pese a su belleza y fragilidad, la flor de cerezo representaba que más allá de los ojos, existía un espíritu irrompible y una esperanza eterna.

Al primer toque, la puerta fue abierta por la ama de llaves. La mujer al verla se sorprendió.

— ¡Señorita Kim!—Exclamó.

— Entra Ye-sol. — La joven dirigió la mirada al porche de la casa, dónde su padre la esperaba con una mirada severa, cruzado de brazos.

Ji-in, apretó suavemente su brazo deseándole suerte, antes de que se aproximara al señor de la casa.La muchacha no pronunció palabra alguna hasta que se encontró frente al primer ministro, el señor Park. Ella no evito mostrar asombró e hizo una torpe reverencia de respeto. El hombre le sonrió de lado y la saludo bajando sutilmente la cabeza. Su hijo mayor, Park Bon Hwa - un reconocido erudito- se levantó de su asiento, y se inclinó ante ella con suma cortesía.

— Un gusto en conocerla señorita Ye-Sol.

— Padre...— Musitó atónita.

El señor Kim había omitido los detalles de la reunión a la cual ella debía asistir sin reproche. Ye-sol se sintió fuera de lugar al no ver a su madre, y ver un nuevo integrante que no había sido mencionado.

“¿Cuál es el propósito de esta reunión?” Pensó.

— Se ve hermosa señorita Ye-Sol, lamento que hayamos irrumpido su valioso tiempo.Ella sonrió nerviosa.

— No se preocupe señor Park, su visita a nuestra estadía debe ser de suma importancia.El señor Kim asintió ofreciéndole un asiento a su lado y ella se sentó, para posteriormente alisar su vestido con sus manos.

— Oh claro que sí. Nos pareció que su presencia en este encuentro sería primordial en el acuerdo.Ye-sol sentía que había algo que no sabía, por lo cual miro de reojo a su padre esperando una respuesta. Su padre ajeno a su llamado de atención, asintió con una sonrisa.

— La opinión de la novia es importante, al fin al cabo ella será la que se casará.

Ye-Sol sintió un balde de agua helada caer sobre ella. Sus labios se entreabrieron de asombro brotando de ellos un hilo de voz.

— ¿Q-qué?

Pudo pasar desapercibido en los dos hombres mayores que hablaban como si nadie más existiera, sin embargo, el joven hijo del primer ministro logro captar su desconcierto.

— ¿Señorita Kim se encuentra bien?— Preguntó, con el ceño fruncido de preocupación.

— Ha de estar conmocionada por la noticia. — Rio el primer ministro dando su atención a la joven. — Queríamos que fuera una sorpresa, su padre me comunico que le encantan.

Ye-sol soltó el aire de su nariz con furia, conteniendo su enojo apretando fuertemente sus puños a los costados de sus piernas.

“¿Sorpresa? ¡Ja! No fue más que una vil manipulación para excusarse y dejarme entre la espada y la pared.”Sus ojos se suavizaron, volviendo a adquirir la serenidad fresca y dulce que caracterizaba la castaña mirada de la muchacha. No podía ser imprudente y ofenderlos, sin embargo, tampoco se quedaría de brazos cruzados.

— Fue una inesperada sorpresa por supuesto. Me deja atónita el saber que están arreglando mi compromiso.

— Será la mejor del año se lo aseguró.

Ella rio - falsamente- y estiró su brazo para tomar la tetera de porcelana, suavemente y con elegancia, la llevo a la taza del señor Park y sirvió un poco de té. Volvió a dejarla sobre la mesa y alzó la mirada con una sonrisa.

— ¿La reina ya está al tanto de este repentino cambio de planes? Cómo sabrán… soy parte del proceso de selección de la futura esposa del príncipe Kwang ¿No se han ofendido con la noticia verdad?El señor Park tosió sobre la taza, rebalsando el líquido caliente por su mano. Ye-Sol, rápidamente tomo una servilleta y se la ofreció.

— Se lo comunicaremos en cuanto la fecha del compromiso sea puesta. No queremos informar algo que aún no estamos seguros. — Contestó el primer ministro con una sonrisa torcida.

— Oh por supuesto, no podemos ofender a la familia real con noticias que aún no se han confirmado, sin embargo no creo que eso disipe su molestia. — El padre de la muchacha se giró a mirarla con molestia. Ella lo ignoro y continúo. — Sabe bien que las mujeres escogidas por la selección, no pueden casarse hasta que sea el día de la elección.

— Estamos al tanto de eso Ye-Sol. — Intervino su padre. — Y por el honor de tu nombre, no podemos arriesgarnos a esperar la decisión de la reina.

La joven se sintió dolida ante las palabras de su padre. Le desconcertaba el hecho de por qué estaba planeando su compromiso, cuando ella era parte de las jóvenes que podrían llegar a ser la futura reina de Joseon. No imagino que su desconfianza e inseguridad hacia su persona, fuera tan fuerte como para estar seguro de que no sería escogida por la reina.

“Al final el piensa igual que el resto... Que no soy una mujer apta.”

Y era cierto. Su padre no quería arriesgarse y esperar a que su hija escogiera, ni tampoco estaba en posición de esperar a la reina. Los jóvenes de las más altas posiciones ya estaban casándose, si el continuaba esperándola, se casaría con el último recurso que quedaría y el señor Kim no iba a dejar que eso ocurriera.

— ¿Haces esto por miedo a que me quedé sola? O peor aún ¿Qué termine casada con un hombre que a ti no te beneficiara?

— No lo pienses así Ye-Sol. Sabes que mi hija Haneul será la elegida, es la favorita de la reina, deberías olvidarte de ese puesto...— Comentó el primer ministro, tomando otro sorbo de té.

— No es el puesto señor Park, es el hecho de que me tratan como si fuera un objeto en venta. — Soltó Ye-Sol ya sin medir sus palabras. — No seré parte de este acuerdo, ni de este, ni de ningún otro padre.

Con el corazón roto y hecha una furia, abandono la oficina de su padre. Los tres hombres se quedaron en silencio, inundados en un ambiente denso.

La muchacha en medio del patio de la casa, mordió sus labios conteniendo su llanto y las ganas de gritar que sentía. Había sufrido por muchas críticas por parte de la gente, ella sabía que no era apta para ser la esposa del futuro Rey, y no le dolía, no quería ese puesto, tampoco quería rebajarse a ser alguien que no era. Pero no pensó que su padre tomaría tal acción. Creyó ciegamente que una vez que fuera parte de la selección la dejaría en paz. Pero allí estaba, sin su voto o permiso, planificando un compromiso con un desconocido, por miedo a dañar la reputación de su apellido.

“Solo soy un objeto de valor para él...”

— ¿Señorita?

La chica seco sus lágrimas.

— Ji-in. ¿Qué sucede?

La joven dama se puso a su lado, mirándola con pena. “Una pena que Ye-Sol odiaba” Dejo su mano sobre su brazo y le regaló una pequeña sonrisa.

— No se casé si no quiere, no está obligada. Usted es una mujer inteligente e independiente, conseguirá un buen esposo... Pero no sé deje dañar por las malas lenguas.

Esas palabras terminaron de quebrar el corazón de la joven, y olvidando los formalismos y las posiciones, Ye-Sol la abrazo con fuerza, desahogando sus lágrimas sobre su hombro.

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