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   Capítulo 5 CAPITULO 4

EXILIADO:La sangre del monarca Por Agustina Almada Palabras: 12478

Actualizado: 2021-02-22 23:39


Hizo una reverencia y se mantuvo así unos segundos. Sus manos juntas sobre su abdomen, la espalda recta, y la cabeza mirando el suelo. El primer ministro Park miró al señor Kim con un ligero asombró, en contrario del padre de la muchacha, que vio con satisfacción el gesto de disculpa que le ofrecía su hija.

No fue por orgullo ver qué detrás de toda esa rebeldía su hija seguía siendo una mujer educada, sino por qué sabía que ella en un principio no lo hubiera hecho, pero ahí estaba, tragando su orgullo, inclinada totalmente hacia el primer ministro.

— Siento mi comportamiento, y la incomodidad que les he hecho sufrir. Les pido disculpas... — Ye-sol se había reincorporado, más aun así se mantuvo cabizbaja. — Siento que mi padre haya tenido la desgracia de tener una hija como yo y haberlos ofendido.

Alzó los ojos un efímero segundo, observando la oculta sonrisa que su padre mantenía en la comisura de sus labios.

“Sé que lo disfruta...”

El señor Park soltó una risa nerviosa y negó con sus manos.

— Oh no diga eso señorita Kim. Al contrario, gracias a tu descuidó, dejaremos la fecha del compromiso para más adelante, cuando haya culminado la selección. Evitaremos ofender a la reina, sin descuidar la boda.Lo dijo como un halago y un consuelo para la señorita, pero aun así ella no se sentía más tranquila. Con cada palabra que ese hombre pronunciaba, más la ofendía.

“Defenderme sería cavar mi propia tumba. No estoy en posición de reclamarle.”

Ye-Sol alargó una sonrisa.

Finalmente el señor Park y su hijo se marcharon. Y ella quedó sola junto a su padre.El señor Kim borró su sonrisa como si nunca hubiera existido, y de sus ojos negros, florecieron chispeantes llamas de fuego. El corazón de la muchacha comenzó a latir con fuerza, silenciando los sonidos de los grillos cantar, y las ranas croar. Esquivando mirarle directamente, sus ojos miel se perdieron temerosos en el árbol de cerezo que se hallaba a su izquierda, a unos centímetros de la gran pared. Cómo si ese hermoso árbol de flores rosadas que despedía con el viento sus pétalos en aquella fría noche, fuera la salvación de la ira de su padre. Sus ojos rogaron una ayuda que no llegaría y admirando su belleza y serenidad, trato de calmar su corazón.

— ¿Por qué? ¿Por qué la vida me ha castigado de esta forma? — Lo escuchó decir. Le recorrió un escalofrío, y entrelazó sus manos para relajar su ligero temblor. — Mírame Ye-sol.

Titubeó. No podía mantenerle la mirada sin perder la calma.

— ¡Mírame!

Ella se sobresaltó y se obligó a girar la mirada. Sus ojos se conectaron unos segundos, pero no pudo ganar a la feroz guerra que se desataba en los orbes de su padre por su culpa, y la esquivó hacia el lunar de su nariz.

— Solo intento conseguirte un lugar digno, un lugar con alguien que te cuide y te ofrezca lo que mereces. ¡Pero solo me humillas y me desobedeces!

Ye-Sol hizo el atisbo de hablar. El negó. Ella iba a escucharlo esta vez, no le dejaría ni un espacio para sus absurdos reclamos.

— Te he escuchado muchas veces. Más de las que debí haber permitido. He aguantado cada uno de tus caprichos. — Él se fue acercando lentamente, arrastrando los pies contra el suelo. — Solo una cosa te he pedido ¿Cuándo dejaras de ser tan desconsiderada?

— L-lo siento padre.

El alzó la mano en su dirección, enfurecido con su atrevimiento a pedir disculpas. Lo enojaba que se comportará de esa forma, tan rebelde con sus ideales de cambiar el mundo, su carácter indomable y testarudo que le sacaba de quicio. Y ahora, verla ahí nerviosa y balbuceando disculpas luego de haberse comportado tan grosera frente a sus invitados, dejándolo a él con la vergüenza de tener que controlar el temperamento de una jovencita que se negaba a escucharlo si quiera una vez.

Dejo caer en peso muerto su brazo, sus ojos negros poco a poco se fueron apagando, transformando su ira en decepción. No despegaba la mirada de su hija, quien evitaba enfrentarlo y jugaba con sus manos como si tuviera nuevamente siete años. Así la veía el, como una niña pequeña y revoltosa. “Era por eso que tanto se preocupaba”

— No quedarás en la selección, no por qué no puedas, sino por qué no quieres. — Pronunció. Ye-Sol alzó la mirada, y con lo que se encontró la hizo sentirse peor, por qué ya no tenía la excusa de enfadarse con él por su enojó, al contrario, no podría hacerlo viendo que la miraba con decepción. — Obedece está última petición, cásate con Bon Hwa.

Diciendo eso último, se alejó de allí a paso lento, con las manos agarradas detrás de su espalda. Ye-sol oyó la puerta corrediza cerrarse y soltó todo el aire contenido dentro de ella.

Se sentía mal.Le resultaba irónico pensar que ella se negó en todo momento a ser parte de la selección, y que le rogó a su padre sacarla de allí. Ahora que él se daba por vencido con ella, no sé sentía como pensó que se sentiría. No sentía alivio, ni felicidad, sino lo contrario. Tenía un horrible y asfixiante hueco vacío en el pecho.Llevó su mano a su pecho y arrugando la tela de su blusa, quiso arrancar ese hueco que le arrebataba el aire, y la hacía sentir tan miserable de repente. Su padre más de una vez se había comportado horrible con ella, ¿Por qué ahora sentía tanto remordimiento cuando él nunca parecía tenerlo? ¿Por qué se sentía tan decepcionada de sí misma? ¿Su padre se sentiría igual cada vez que discutían? ¿A él también se le formaba un hueco que no le dejaba respirar?

“Por qué me siento así, si espere tanto tiempo por oír esas palabras.” Se cuestionó.

Claro que no quería casarse con Bon Hwa, pero saber que su padre ya no la presionaba para ser la mujer perfecta para el futuro rey, sentía que el se había vuelto finalmente parte del resto. Ese mundo cruel envuelto en críticas y espejos, que la había destrozado más de una vez, diciéndole entre risas y miradas de despreció que ella nunca sería parte de ellos. Su padre, pese a todo, jamás había dudado de ella, sus gritos y reclamos eran por qué siempre esperaba que solo se esforzará más, pero jamás había dudado, solo se enfurecía al saber que no hacía nada para cambiar su actitud.

“¿Y si se rindió conmigo?”

Agachó la mirada, aún sola en medio del patio, con la luz de la luna menguante, sobre su cabeza y el frío colándose por de

bajo de sus piernas.

“Tal vez debería hacer el esfuerzo. Tal vez es cierto que soy yo la equivocada, tal vez por una sola vez... Debería esmerarme por darle orgullo a mi padre.”

Ye-Sol también estaba agotada de ese círculo cotidiano. Dónde los choques en la relación de ella y su padre eran frecuentes. Sabía bien que a lo largo de esos años ninguno había dado el brazo a torcer, ambos eran orgullos, tercos y confiados en que la tenían razón. A diferencia de su madre y su hermano mayor, ella había sacado el vivo carácter de su padre, lo que provocaba desacuerdos entre ambos en cada debate. Suspiró dejando caer su mano, y sintiendo como podía volver a respirar, entendió que no llegarían a ningún lado si seguían así, solo se harían daño.Y a ella no le hacía feliz tener que ver otra vez esa mirada de decepción de su padre.Bon Hwa no se veía como un mal hombre, si le daba la oportunidad y dejaba de cerrarse solo en lo que ella quería, quizás hasta la idea no le causará tanto rechazó.Le daría la oportunidad a Bon Hwa. Lo intentaría por su padre.

Norte de la provincia de Chungcheong.Reino de Joseon.

En la sala de la casilla, MinJoon y Taewon charlaban sentados en una mesa de madera, sobre los próximos movimientos que haría el Rey.

— Ha de estar entre la espada y la pared. La oficina del magistrado no va a tolerar que otro que no sea mi hermano suba al trono.

— ¿Crees que estén controlados por él?

— Kwang es astuto, no deja ninguna ficha olvidada. — MinJoon juntó sus manos sobre la mesa — Entre las promesas de un rey enfermo, y uno fuerte con toda una vida para gobernar. ¿A quién crees que seguirán?Taewon formó una sutil mueca de desagrado. Lastimosamente sabía la respuesta, había sido testigo de ello y su amigo sentado frente suyo tuvo la desgracia de ser la víctima.

Sus palabras invocaron un recuerdo de candado abierto. Siempre latía y rugía cada noche, robándose sus sueños para corromperlos en la única pesadilla que lo atormentaba. Y como si regresara a su infierno, vio todo envuelto en llamas.

La piel pegajosa y fría. Los ojos absortos en el fuego que tragaba cada rincón de su hogar, lagrimosos por el humo y el dolor. Pero sobre todo, la herida que se extendía en una línea sobre su ojo derecho, quitándole el aliento del ardor punzante, y con un vano intento de detener el flujo de sangre carmín que brotaba y manchaba sus manos.

Por acto reflejo, llevó su mano la cicatriz. La gema de sus dedos sintió la ligera prominencia de la sensible piel arrugada. Toda ella surcaba desde la mitad de su ceja, hasta rozar su mejilla.Un calor le recorrió.

Taewon carraspeó con algo de pena por interrumpirlo. MinJoon al oírlo, apoyo su mano sobre la mesa, y lo miró prestándole atención.

— La noticia de la sucesión del trono no tardará en ser avisada en todo el reino. — Afirmó Taewon, y lentamente le entrego un papel doblado en dos, del fondo de su manga. — Cuando estuve en la capital vi a dos hombres de la Orden de la serpiente negra. Tenían una reunión con dos hombres que trabajan para la organización *Eunhwa sal*.

Frunció el ceño, y llevo sus dedos a su mentón. El sentimiento que lo había abrumado segundos atrás, se despabilo al oír esa información.La orden de la serpiente, era una mafia poderosa y antigua. Creada por Juwon Ryong, durante la era de la Silla unificada, y liderada por el primogénito lineal de la familia por generaciones, hasta llegar a la actualidad, cuyo nombre aún desconocían.La organización Eunhwa sal, era un grupo poderoso fuera del control del Rey, que controlaba los impuestos y los manejos comerciales del reino. Liderado por Ha Joon Pyeong.Luego del poder del Rey, el pueblo creía -incluso podría afirmar- que ambos hombres eran los más poderosos de Joseon. A MinJoon le recorrió un escalofrío repentino, no supo si fue por el frío que se colaba de la hendidura debajo de la puerta, o por tales noticias.

Una alianza entre ambos grupos, sería la ruina de Joseon.

— Hay que averiguar que están planeando. — Concluyó MinJoon tras largos segundos sumergido en sus pensamientos.

— ¿Hay? — Repitió Taewon, entendiendo que la misión se refería a los dos.

— Iré contigo.

Taewon lo miró inquietó.

— ¿Y si lo reconocen? — Preguntó con un ligero temblor en sus palabras. El uso "reconocen" pero esa palabra iba sin la "N". Había una sola persona en el mundo que podría reconocerlo. Era riesgoso.

Desde que el príncipe Min había sido declarado muerto en el incendio ocurrido en su palacio. No había vuelto a pisar Hansung. Se había ocultado al norte de la provincia Chungcheong, que limitaba con la capital, perdido entre los humildes pueblerinos del pequeño pueblo, que ni siquiera habían tenido la cortesía de conocerlo, culpa suya claramente, no era que ellos no hayan tenido la acción de acercarse, sino que MinJoon siempre tenía la puerta cerrada. Solitario y sigiloso casi como un fantasma, sabía pasar desapercibido entre la multitud.

Estaba cómodo en su soledad. Encerrado tras las puertas que no dejaban a nadie conocer más allá de su nombre.Volver sería riesgoso, MinJoon lo sabía.El no sería reconocido por nadie, por qué no era nadie, pero había alguien que si lo conocía, que aún lo esperaba.Su hermano Kwang. Y él si era alguien, y eso era suficiente para seguir escondido, viviendo como un herrero.Jugó con el parche de cuero negro que reposaba sobre la mesa, y lo miró unos cuantos segundos antes de levantar la mirada hacia Taewon.

— No soy el príncipe Min. — La dureza de sus palabras le dolieron. Pero era la verdad. — Soy MinJoon. Taewon frunció el entrecejo confundido.

— Nadie conoce mi rostro excepto mi familia y la gente que está en el palacio. En el pueblo puedo ser fácilmente uno más. Eso nos da un gran punto a favor. — Continuo. — y en cuanto a mi hermano, solo hace falta un buen disfraz.

Sus ojos se tornaron más oscuros.

A Taewon le asombró su despreocupación. Con o sin disfraz el seguía inquieto y nervioso. Pero la serenidad y seguridad que mantenía su alteza, le hacía temblar incluso más. Por qué si algo sabía, es que cuando sus ojos brillan en una oscuridad abrumante, había más palabras que él no quería nombrar. Y en la mayoría de las veces eso significaba una cosa; peligro.

*Flecha de plata*

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