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   Capítulo 6 CAPITULO 5

EXILIADO:La sangre del monarca Por Agustina Almada Palabras: 20697

Actualizado: 2021-02-22 23:46


Hansung, Capital de Joseon.

Algo más.Algo había pasado con su padre esa noche otoñal de octubre.La mañana de otoño al día siguiente, él estaba junto al jardín de su madre, con un pequeño caracol en su mano. Su madre le sonreía con dulzura, le gustaba la forma en la que sus labios se extendían hacia arriba, creando pequeñas líneas alrededor de sus comisuras. Era joven y muy risueña, reía tanto que las arrugas sobre su boca habían surgido antes de tiempo, sin embargo, era lo que el más apreciaba de su madre. Su corazón saltaba de alegría al verla sonreír, e incluso cuando él no tenía motivos para hacerlo, terminaba sonriendo.

Fue por eso, que cuando llamaron a la puerta, y ella se levantó murmurando un cálido "Ahora vuelvo". Algo en él se revolvió. La sonrisa con la que había partido hacia la puerta, decayó con fuerza, desapareciendo todas esas líneas. Él lo vio aún sentado en la tierra, el caracol dejo de ser importante cuando vio a dos hombres de la guardia real, con una expresión vacía en sus rostros.Su madre cayó de rodillas. Y corrió inmediatamente hacia ella, arrodillándose a su lado.Lo sentimos. Le habían dicho. No entendía todo a la perfección, pero era de suma preocupación, ya que su madre se largó a llorar como nunca antes la había visto hacerlo. La abrazo, la beso y la llamo. Nada sirvió para calmar sus espasmos y sollozos. Y los hombres solo se mantenían callados con las miradas gachas, como si lo que sea que hubiera ocurrido fuera su culpa.

“Lo siento. Lo siento. Lo siento tanto” Su madre lo abrazo como si su vida dependiera de ello, estrujando sus huesos. Ella se disculpaba una y otra vez, consumida en un mar de lágrimas. Y el, aún entre los brazos de su madre, giró su cabeza como pudo su pecho y miró a los hombres. Pero al contrario de la primera vez, no observó sus rostros, sino el destello que había cautivado su atención.En las manos de uno de ellos, enredado entre sus dedos rojos, había una cadena de plata brillante al resplandor del sol mañanero. Un dije de plata pulida, con la forma del rostro de un lobo.

“Un regalo que el mismo le había comprado para su cumpleaños el año anterior.”

Cuando lo vio entre sus dedos y no alrededor del cuello de su padre como siempre estaba, su cuerpo tembló e inmediatamente supo lo que había pasado.Su padre había muerto.Él era joven e ingenuo en ese momento, pero no tanto como para no sospechar sobre la verdad de su muerte que le habían contado. Su padre Lee Ki-Young, ex jefe de la guardia real, había sido encontrado muerto entre los escombros del palacio donde residía el príncipe Min, quien había perecido junto con los guardias que lo protegieron en el catastrófico incendio.

Un incendio surgido a mitad de la noche.

Se decía que fue un accidente. Eso decían en el mercado del pueblo y era ridículo. Pero otras fuentes decían que fue una emboscada, y que lo incendiaron todo para que parezca una desafortunada tragedia. Tenía demasiadas dudas, que nadie respondía.

¿Qué hacia su padre en ese lugar si no era su puesto? ¿Por qué emboscaron el palacio, con qué fin? Había posibilidad de huir, pero nadie lo hizo. El fuego no se extiende de repente, alguien tuvo que verlo y alguien tuvo que haber advertido de ello. Pero no había sobrevivientes, ni uno solo.Por eso empezó a creer que la emboscada no había sido el fuego en como todos lo decían, sino que habían atacado, y cuando incendiaron el palacio, ya no había nadie vivo.Su padre estaba por algo esa noche.Y los responsables de su muerte y la del príncipe Min estaban sueltos por allí.

El sonido de la puerta arrastrase contra el suelo, le hizo alzar la mirada. Una mueca parecida a una sonrisa apareció junto con unos ojos castaños dudosos de mirarlo a él o no hacerlo. Cerró su mano, y la arrastró sobre su escritorio hasta ocultarla bajo la mesa, encima de su regazo. No quería preguntas, ni miradas, ni nada.

La conocía. Sabía que al instante que vea el reflejo brillante del collar sobre su palma, el ambiente se volvería denso y agobiante. Empezarían los cuestionamientos, y ella nuevamente sería un mar inestable, reclamándole por qué no puede dejar el pasado atrás, por qué tiene que seguir torturándose.

Pero él al igual que ella, no habían dejado el pasado atrás. Y el joven a diferencia de ella, lo enfrentaba y buscaba todos los medios para sanar el vacío punzante que su misteriosa partida dejo. No iba a dormir en paz hasta que descubriera que pasó, y ella tampoco lo haría, por qué al contrario de su hijo, ella solo se aferraba al pasado sin intensión de dejarlo ir.

Su madre se protegía con una máscara de falsedades e hipocresía. Se escondía como una niña asustada tras el velo de una mujer fuerte que había podido dejar ir a su esposo y vivir felizmente con ello. Sonreía en las calles, pero Dong ju sabía que la madre risueña de arrugas alrededor de sus comisuras, ya no existía. Había muerto aquel día. Ahora usaba su sonrisa como escudo, y no como la viva expresión de felicidad.Dong ju la entendía. La entendía más de lo que le gustaría, por eso no le decía nada, y le hubiera gustado que ella lo entendiera también.

— Hice la cena. Es tu favorito.

La mujer sonrió ligeramente, dejando una bandeja de plata sobre su escritorio, a un lado de la pila de libros. La habitación se llenó del agridulce aroma a la comida, y la miró con calidez.

— Gracias mamá.

Ella asintió, y despegó su vista del rostro de su hijo para posarlo bruscamente sobre una hoja amarillenta desplegada contra le mesa, notó la caligrafía de tinta negra, de letras negras y desordenadas y frunció el ceño.

— ¿Todavía la lees?

Sonó más a un reproche que a una pregunta. El la miró desconcertado unos segundos, antes de seguir el camino de su mirada y chocar con la carta.

“Que idiota...” Pensó.

Arrebató la carta de la mesa, y la guardó en el pequeño cajón debajo de la mesa, cerrándola sin delicadeza. Molesto con ella por empezar una disputa sin retorno, molesto con el mismo por haber sido tan descuidado.

— Quémala — Añadió, escupiendo las palabras como si fuera veneno. Dong ju parpadeó consternado. — El ya no está aquí. ¿Por qué tienes que seguir trayendo su recuerdo como si lo estuviera?

— Porque no lo está. ¿Cree que me pondría a leer esta carta una y otra vez si lo estuviera?— Él se levantó de la acolchonada manta gris en el cual se sentaba, y se giró hacia la estantería de libros al lado derecho de su escritorio. — ¿Por qué te esmeras en fingir que mi padre no existió?

Ella guardó sus lágrimas, apretando sus uñas contra la delicada y sensible palma de sus manos. Dong ju giró su cabeza hacia ella, esperando su respuesta. Realmente la esperaba.

— Si tanto le amaste, por qué finges como si su recuerdo fuera una maldición, como si lo despreciaras.— Dong ju. — Lo detuvo, sabiendo bien que era lo que se aproximaba. Él estaba sobrepasando el límite de confianza que ella le había otorgado, la miraba sin pudor, enfrentándola como si olvidara con quién estaba hablando.

— De verdad quiero saberlo...

— No podemos seguir aferrándonos al pasado, nos lastima, nos detiene, nos vuelve infelices. — Ella se acercó a su hijo, y puso su mano sobre su hombro, dándole un ligero apretón. El joven contempló su pálida mano por el rabillo del ojo.

— La respuesta no es olvidarlo mamá... — Dong ju tomo suavemente la mano de su madre y la apartó de sí. La mujer sintió su corazón encogerse. — Aún queda está incertidumbre en mí que no me deja dormir. Quiero saberlo ¿Por qué parece que todos lo supieran, menos yo? Quiero... — Su voz se quebró y hubo un largo silenció. — Quiero quitarme este nudo en el pecho, y recordarlo sin que duela y sin dudas...Ella lo observó sin pronunciar ni un sonido. Sus ojos castaños escarbaron su alma, recorriéndolo entero, sintiendo cada emoción. Dong ju sintió un escalofríos correrle por completo, bajo la mirada de su madre, se sentía desnudo y más vacío. Los efímeros segundos que parecieron años, se desvanecieron cuando la mujer desvió la mirada a sus manos. Todo lo que vio dentro de él, no valió nada cuando en un murmullo habló.

— Quema la carta Dong ju.

Se hizo pedazos.

Se cayó frente a ella tan fuerte como una piedra, y se rompió en añicos como un frágil cristal.Parpadeó varias veces, desconcertado. Su madre se alejó de su lado, dejando un frío helado a su alrededor, rodeándolo de pies a cabeza. Dong ju miró el suelo de madera consternado, con un sabor agrio en la boca, y sintió como la presencia de su madre abandonaba la habitación, seguido del rechinar de la puerta.

El eunuco del rey entró a Sajeongjeon, su oficina de trabajo. Sin elevar la mirada y con la espada encorvada hacia delante como era propio de los eunucos, hizo una reverencia.

— Los preparativos para la ceremonia de sucesión del príncipe Kwang, están listos Su majestad.

El Rey, sentado tras su escritorio, introdujo el pincel dentro del pequeño recipiente de tinta y alzó la mirada. Sus ojos se veían cada vez más apagados, más cansados.

— La ceremonia será dentro de tres días. Procura que no haya complicaciones hasta ese día. — Volvió a tomar el pincel, y presionó ligeramente las cerdas contra el recipiente de madera para que quitar la tinta sobrante. — ¿Ha sido anunciado en la cartelera?

— Si su majestad. Ya les hemos avisado.

El rey asintió, y sin más que decir, continúo escribiendo la carta.Estaba preocupado.El peso de su enfermedad parecía agravarse cada vez más, y la sucesión al trono de su hijo, le quitaba más horas del sueño. No podía estar tranquilo.Ahora al filo de la muerte, veía las cosas con ojos que nunca había visto, y sabía que ya no podría estar allí para detener el peligro que representaba su hijo al poder. Por eso escribía la carta, esperaba tan solo que llegara a destino a tiempo.

Ye-sol vio la multitud acumularse frente a la cartelera de anuncios.Esa tabla de madera, que ocupaba espacio al lado de Gwanghwamun, la entrada principal del palacio, permanecía vacía la mayoría del tiempo. Fue por eso que guiada por su curiosidad, fue pasando entre el gentío, haciéndose paso con sus manos.En letras finas y delicadas, el anuncio publicaba la pronta coronación del príncipe Kwang al trono. Todos estaban conmocionados, luego de largos años en el que el rey no parecía hacer presencia debido a su grave enfermedad, la gente suspiraba de alivió al tener un nuevo rey joven

y fuerte. Las cosas estaban complicadas para las clases más bajas de la cuidad, sin embargo nadie veía lo que pasaba más allá del límite de la capital. En las provincias que lo rodeaban, las cosas estaban peor.

La organización Eunhwa sal, torturaba cada vez más a los pobres campesinos con sus altos impuestos, haciendo imposible pagarlas, y causando cada vez más pobreza.Ye-Sol al alejarse de la multitud y dirigirse a la entrada del palacio, pensó que las cosas podrían mejorar finalmente.

Si el rey tomaba el control de Eunhwa sal, todo volvería a equilibrarse.

La flecha se incrustó en el blanco.Otra vez, el eunuco del príncipe Kwang aplaudió orgulloso.Era una tarde de cielo despejado. Los rayos dorados del sol acariciaban las flores que flotaban en el estanque, haciendo brillar sus pétalos como pequeños diamantes.Luego de una atareada mañana, El príncipe Kwang había decidido darse un tiempo para él solo, disfrutando de un juego de "tiro al blanco", en el jardín Gyeonghoeru, uno de los jardines más hermosos y elegantes del palacio.

Quería despejar su mente, y ese era el lugar perfecto.Tensó la cuerda, y la flecha salió disparada con fuerza, cruzando el estanque que rodeaba el pabellón de dos pisos, hasta clavarse en el centro de la madera circular nuevamente.

El eunuco le ofreció otra flecha, que el tomo sin dudar, para volver a tensar y apuntar. Sus ojos negros afilados bajo unas prominentes cejas negras rectas, divisaron su objetivo, y soltó un suave respiro contra sus dedos aferrados a la cuerda.

Oyó unas voces lejanas, y bajó ligeramente el arco para afinar su oído. Eran voces suaves y agudas – Al instante se dio cuenta que eran femeninas-. Bajando el arco por completo, miró a su eunuco.

— ¿El jardín no estaría desocupado hoy?—Preguntó.

Fue duro, directo, casi molesto con la idea de que no se encontraba solo, sin embargo, también se hallaba intrigado.

— La reina debe estar paseando con sus damas de compañía, su majestad. — Contestó sin mirarlo.

El príncipe Kwang negó.

— Las damas de la reina son más silenciosas que una tumba.

Era una falta de respeto que las damas de la reina hablarán sin su orden. Esas mujeres eran calladas, serías, y jamás hablarían más de lo necesario. Eran requisitos que se debían tener cuando eras una mujer de la corte.El príncipe Kwang dirigió sus ojos al otro lado del estanque, cuando las voces se hicieron más claras y fuertes. Detrás del gran árbol de cerezo que descansaba al borde del estanque, se vieron aparecer un grupo de jovencitas, no más de siete muchachas, caminando lentamente tras el liderazgo de la Dama Superior.De vestidos coloridos, y cabellos recogidos y adornados con los más finos adornos, caminaban a la par todas iguales. Distinguió entre todas ellas un grupito de cuatro mujeres que charlaban atrás de la fila, riéndose entre sí.

— ¿Son de la selección? — Inquirió el hombre.

— Sí su majestad. Son las damas elegidas por la reina, una de ellas será su futura esposa.

“Futura esposa” Repitió. Eso nunca había estado en los planes del príncipe. Pero tampoco lo había preocupado, una esposa en la realeza no era más allá de un espejo y un requisito más. Una mujer la cual portaría el título de reina, sin ningún cargo ni responsabilidad más allá de darle un heredero. Por eso no se preocupa, para él era tan simple como casarse, pasar una noche con ella, y dejarla embarazada. No habían ligaduras sentimentales de por medio.Al menos así él quería hacerlo.

— ¡Señoritas ahí atrás! Dejen de parlotear como palomas, y sean educadas. — Les llamó la atención la dama Superior, girándose para mirarlas con molestia. Las cuatro mujeres asintieron apenadas con las manos juntas pegadas a su abdomen. La dama Superior las miro a cada una, y vio que alguien faltaba. — ¿Y la señorita Kim?

Las jóvenes se miraron entre sí, estuvieron tan distraídas en ellas mismas que no se habían dado cuenta que una de ellas había desaparecido. Solo la señorita Park Haneul, tomo la palabra.

—Se quedó atrás señora.

— ¿Atrás?

El príncipe Kwang observaba la escena como un espectador, interesado en el grupo de jóvenes que pasaba en el jardín, interrumpiendo su juego. De pronto vio una silueta moverse con rapidez.Y giró su cabeza hacia allí.

Era una mujer. Una joven más del grupo. Corriendo con la falda del vestido entre sus manos, y el cabello suelto castaño rebotando sobre sus hombros. Ella llegó a reunirse con el grupo, agitada y acalorada, tomando todo el aire por sus labios, tratando de recuperarse.

— ¡Ye-sol!

— L- lo siento. — Se inclinó hacia ella de forma brusca y torpe, para volver a levantarse, y tirar su cabello hacia atrás.

— ¿Dónde estabas?

— Ayudando a un hombre. — Contestó sin vacilar. El príncipe Kwang, se inclinó sobre la baranda de madera, queriendo escuchar mejor la conversación. Pero desde su lugar, no sé oían más que palabras distorsionadas.

—¿Qué hombre hablas? — La dama Superior parecía ya estar sin paciencia.

Ye-Sol frunció el ceño, molesta.

— El hombre de la bandeja — Respondió — Tropezó en el sendero. Pero ninguna se detuvo a verlo — Soltó sin pensar. Abrió los ojos y jadeó dándose cuenta muy tarde, del error que había cometido.La dama Superior le agarro el brazo con fuerza, tironeándola hacia arriba. Ella no evito hacer una mueca.El príncipe Kwang frunció el ceño. La dama Superior siempre le había parecido una mujer muy paciente, tal así que parecía no inmutarse por nada. Pero verla sacudiendo a su alumna, como si fuera un trapo viejo, lo dejo asombrado.

Era seguro que si ella se daba cuenta del show que había formado frente a sus ojos, se volvería roja de la vergüenza, y el príncipe Kwang aprovecho eso a su favor.

Se dirigió a las escaleras que bajaban al primer piso del pabellón, y luego a la salida para cruzar el puente que daría al otro lado del estanque.

— Suélteme, me está lastimando. — Ye-sol puso su mano sobre la de la mujer, e intento tirar de sus dedos para deshacer el agarre violento.

— ¿Cómo te atreves a alzarme la voz? — Exclamó indignada la mujer. Ye-Sol, apretó los dientes, y no apartó su mirada de los ojos de la dama Superior. — He tolerado demasiado tiempo tus actitudes Ye-Sol, pero parece que te encanta llevar la contra.

Una figura prominente y destellante llamo la atención de las jóvenes que se vieron extraídas del escándalo entre la dama Superior y la señorita Kim. Una de ellas, Park Haneul, fijó su mirada oscura en el hombre que se acercaba, lento e intimidante por el sendero, hasta que sus ojos vieron con claridad su rostro.Un hombre alto y robusto, con una cinta rojiza sobre su frente.De cabello recogido en un nudo sobre su cabeza, adornada por un manggeon – una diadema que mantenía en peinado en su lugar - de plata con una piedra brillante roja.Iba vestido con elegancia en un Hanbok, gris oscuro de fina tela, con bordados rojizos en sus mangas, hombros y en la cinta gris de su cinturón. Del borde de su cuello, sobresalía una camisa blanca.Una flecha y un arco se afirmaban con fuerza una en cada lado, sujetadas por dos manos grandes.Sus pies se detuvieron frente a ambas mujeres, ajenas a los murmullos que se habían formado a sus espaldas por la inesperada aparición del príncipe.

— Señoritas. — Llamó su atención. — ¿Se encuentra todo bien?

La dama Superior, deshizo su encuentro feroz con los ojos de la joven, y alzó la mirada. Pronto, su rostro cayó al suelo del asombro, y su cuerpo tembló por el frío escalofrío que le recorrió.

— S-su alteza. — Balbuceó y enseguida se inclinó frente a él.

Ye-sol aprovecho esa vulnerabilidad para bajar su brazo con fuerza, y quitar de un arranque la mano que la aprisionaba. La miró con el entrecejo fruncido, y soltó el aire por su boca como un animal enfurecido.

— ¿Hay algún problema? — Volvió a preguntar el príncipe posando sus ojos negros en la joven, que se giró para mirarlo, y se congeló en el lugar.El sonrojo rojizo en sus mejillas, causaron una breve sonrisa en la comisura de los labios del príncipe heredero.

— N-no hay problema Su Alteza. Solo que la joven aquí, no sabe comportarse. — Le lanzó una fulminante mirada a la muchacha su lado. Está giró sus ojos. — Ya lo hemos hablado o no ¿Señorita Kim?

— Sí, señora — Le dijo Ye-Sol sonriéndole con falsedad.

El príncipe Kwang asintió complacido. Y se detuvo en ella para mirarla con atención unos segundos más.Le llamaba la atención la muchacha, que parecía ser la única con el poder de liberar la furia de la dama Superior. La admiraba.

Con tan solo verla, podía notar por qué la mujer la tenía en la mira. Al contrario del resto, que llevaban la aburrida trenza atrás, ella llevaba el cabello natural y rebelde acariciando sus hombros. Las cejas fruncidas formando ligeros pliegues en su frente -de los cuales parecía no preocuparse- y una mirada retadora.Ye-Sol desvió la vista de la dama Superior, al momento que sintió un cosquilleo en su nuca, y se giró hacia el príncipe, posando su mirada en él.Negro y miel se entrelazaron.Los ojos filosos del príncipe, contra los transparentes ojos de la chica que al instante de encontrarse, se abrieron desconcertados.Ella se sintió incómoda.Pero el sintió una sensación en el pecho que jamás había sentido.

— Su Alteza, lamento molestarlo, pero debemos continuar el recorrido. — Habló amablemente la Superior, buscando la mirada del príncipe. — ¿Su Alteza?

“¿Tengo algo en la cara? "Pensó Ye-Sol al tener la penetrante mirada del hombre sobre ella. La joven decidió afilar su mirada haciéndole un gesto, cuestionándole en silencio que era lo que tanto miraba.El príncipe pareció caer en cuenta de lo que sucedía, y apartó la vista de ella. La dama Superior alzó levemente su boca en una nerviosa sonrisa, sin saber qué hacer con el ambiente que se había formado en esos efímeros segundos.

— Oh claro. Lamento la irrupción. — Se disculpó el príncipe enseñando sus dientes en una sonrisa. — Me iré... Por allá.La dama Superior se inclinó en despedida, y el resto del grupo la imitó.

— Continuaremos el recorrido. — Dijo la mujer para todas. — No más distracciones señorita Kim. — le advirtió por última vez.

Ye-sol asintió sin remedió, y caminó junto a sus compañeras. El príncipe Kwang -quien se había ido en dirección contraria- se giró, para verla una vez más y se cruzó con un par de ojos brillantes.

Pero no era Ye-Sol, sino Park Haneul.

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