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   Capítulo 7 CAPITULO 6

EXILIADO:La sangre del monarca Por Agustina Almada Palabras: 8906

Actualizado: 2021-02-24 00:16


Buscó, buscó y buscó.Inclinada sobre las flores rojas, busco entre ellas su Daenggi - un lazo grande, que se unía al final de la trenza- rosa pálido, que se había caído de su cabello, desarmando su trenza.

Era un problema que ocurría casi siempre. Su cabello a pesar de ser ondulado, era fino, y los lazos que usaba para peinarse solían caerse con regularidad, ocasionando que más de una vez las perdiera por allí. Obligándola a comprarse una nueva.

Por eso tenía un cajón especial para guardar “lazos de emergencia”, por esas raras casualidades en las que debía salir con urgencia, y no tenga tiempo de comprar una en el mercado.

Está en especial, no era uno de esos lazos nuevos que tenía "por si acaso", sino más bien de esa que nunca se atrevía a usar por el significado especial que guardaban. Ese lazo era de su madre, lo había usado durante toda su juventud, y era una parte tan propia y característica de ella, que la gente en la ciudad la reconocía por ese delicado lazo rosa pálido que colgaba sobre su espalda, adornando su cabello negro en un moño.

Cuando su madre se la regaló, Ye-sol cumplía los trece años. La castaña lo recordaba con mucha devoción, pues ese día su madre le había dicho que le entregaba su más preciado objeto de valor, y que esperaba, que tal como ella lo había atesorado desde el momento que se hizo mujer, Ye-sol lo apreciará de igual manera.Ye-sol no lo entendió muy bien en ese momento, aún se encontraba asustada por la gran mancha roja entre sus piernas, y las sábanas. Demasiado preocupada y temerosa de morir el día de su cumpleaños.Pero eso solo habían sido miedos divertidos y ridículos de una niña que era ignorante a lo que le sucedía. Cuando su madre le dio el lazo con una gran sonrisa, -junto con un paño húmedo y caliente-, todos sus miedos se esfumaron.

Ese era el poder que su madre tenía.

Era una mujer de pocas palabras.Que reía escasas veces y siempre la veías recorrer la casa haciendo sus cosas.Por eso Ye-Sol recordaba ese día como uno de los más preciosos que había vivido. Era solo un lazo, uno igual al resto, había otros muchos más bellos que ese. Sin embargo, no era el lazo de tela delgada sin ningún bordado ni detalle extravagante, era la sonrisa de su madre que guardaba entre los pliegues de la tela, era la juventud que resguardaba, y el cariño que su madre le tenía.Rebuscó otra vez entre el arbusto de flores. Estaba muy segura de que ese era el lugar dónde había quedado antes de irse. No había podido volver por él, como le hubiera gustado. Estuvo bajo la atenta mirada de la dama Superior en todo el camino, haciéndole imposible regresar. Y ahora que se había librado de ella, había vuelto al jardín en vez de ir directo a su hogar, con la esperanza de que siguiera allí.Pero no estaba.

Apretó los dientes, y se reincorporo.

—Que mal día para llevarlo puesto eh Ye-sol. ¿Qué harás ahora? — Se reprochó a sí misma.

— ¿Qué hace?

Ye-sol salto en el lugar, llevándose el corazón a la garganta del susto. Se giró espantada hacia la mujer que había aparecido de repente.

— ¿Señorita Park?- Fue una mezcla de pregunta, asombro e inquietud. —No, no me esperaba verla por aquí.

“¿Qué hacia ella ahí?”

Park Haneul alzó una ceja, y miró al arbusto tras ella. La había visto agachada destrozando la pobre planta con desesperación. Se preguntaba qué era lo que buscaba.

—No debería estar aquí.

Ye-sol sonrió ligeramente, y apretó sus manos entre sí.

—Bueno... — Alargó la "o" —Perdí mi lazo ¿Lo ha visto de casualidad?

Park Haneul, metió una mano en el bolsillo de su falda, y saco un Daenggi azul con bordes decorados de delicadas flores doradas hechas con hilo fino.

—Usa esté. Y vuelve a casa, no es apropiado que esté en las calles a estas horas. — Le extendió el lazo, pero Ye-sol la dejo esperando y no lo tomó.

—Lo siento, pero ese lazo era de mi madre...

Park Haneul guardó el Daenggi en su bolsillo, y la interrumpió. La noche caía, y se meterían en graves problemas si descubrían que no se habían ido ya. La imagen de ambas se vería afectada frente a la Dama Superior, y peor aún, a los ojos de la Reina.

—No debió traerlo en primer lugar si sabía que se perdería y lo especial que era. —Agarró su muñeca -—Hay que irnos. Ahora.

La chica de cabellos negros, estiró su brazo forzándola a caminar. Ye-sol no supo que hacer. Haneul tenía un carácter determinado, pero su firmeza iba a acompañada de una elegancia y delicadeza, que no jugaban en contra de s

u imagen, sino al contrario, la beneficiaban. Era suave con las palabras, agradable. Sabía cuándo y cómo endulzarte con una sutileza admirable, para conseguir lo que quería, para hacer que la escucharán.Ye-Sol por su contraparte era determinada, pero fuerte con las palabras, ruda en sus acciones, y directa, muy directa. Sabía cómo y cuándo decirte las cosas, pero no con palabras envueltas con gracia y amabilidad, tratando al otro con delicadeza, como si fuera un niño en aprendizaje. Al contrario, le hablaba a su igual, colocando las cartas en la mesa y diciendo exactamente lo que pensaba.

Sin embargo eso había jugado en contra de ella muchas veces, tanto, que la gente ya no tomaba su palabra, ya no la oían. Solo la veían como una mujer a la cual sus hijas no debían juntarse, y como el ejemplo que no debían seguir.

Atrajo su brazo hacia sí, soltando su agarré. Park Haneul se giró y la miró con el entrecejo fruncido.

—Vaya usted — Le dijo sin más.

—No puedo dejarla aquí ahora que lo sé.

— ¿Entonces para que me siguió en un primer lugar? — Cuestionó. — Si no quería problemas no hubiera venido hasta aquí.

La castaña se giró y se volvió al arbusto, buscando está vez en sus alrededores, y no entre el. Haneul dejó escapar un resoplido, indignada.

— ¿Por qué estoy aquí? Me importa, y por lo tanto, me concierne que no se meta en problemas.

Ye-sol dejo escapar una risa y giró la cabeza para mirarla.

— ¿Le importó? ¿Ahora somos un grupo fraternal de amigas? —Alzó una ceja con diversión.

—No, pero seguimos siendo un grupo y debemos cuidarnos entre sí.

Ye-sol perdió la paciencia. Se reincorporo, y caminó hacia ella.

—Si yo me metiera en problemas, sería la noticia más buena que este grupo recibiría. ¿Sabe por qué? Por qué no me quieren aquí, y no las culpo, yo tampoco quiero estar aquí.

— No es así.

Ye-sol sonrió con amargura.

—Esto no es un grupo, no es más que una linda forma de matarnos entre sí por un título mayor, por una corona. No hay amistades genuinas, ni preocupaciones sinceras. Aquí todas luchan por un puesto que solo una conseguirá. —Dejo escapar el aire. —No sé qué busca, pero sé que no es por qué le importó.

Haneul sabía - porque lo había visto- como era Ye-Sol. Era una mujer que no andaba con rodeos, que no se dejaba encantar ni engañar por nadie. Era astuta, y no temía en decirte lo que pensaba, y dejarte entre la espada y la pared al ser descubierto. Ella te desnudaba con la mirada, escurría entre tu mente descubriendo cada una de tus intenciones y pensamientos.

Y en ese momento Haneul así se sentía.Desnuda, vulnerable.Había descubierto sus verdaderas intenciones.Pero no dejaría que la viera aceptarlo.

Estiró una sonrisa.

— Oh Ye-sol. No estoy en tu contra. - Afirmó y metió sus manos en sus bolsillos. Hablándole con informalidad. —Pero si así lo crees, no niegues que he intentado ayudarte.

Ye-sol sintió una suave y cálida tela en sus manos, y agachó la mirada. Al alzarla, vio a Haneul alejarse por el sendero que llevaba a la puerta del pabellón, dejándola con un lazo azul entre los dedos.

Desde la oscuridad de la calle, oculto entre la penumbra, la vio salir de la entrada principal del palacio. Con los hombros caídos, y el cabello aún suelto y rebelde, caminando sola calle abajo.

Se despegó del gran paredón, y la siguió.Estaba a tan solo unos metros lejos de ella, pero se sentía tan cerca que sus nervios florecían a flor de piel. Era muy tarde, y su palanquín no había llegado a recogerla. Eso lo extraño enormemente, y la curiosidad que había despertado en él, aumentó.

No sabía que lo había impulsado a seguirla. Tan solo la había visto en los jardines, y por alguna razón sus pasos lo guiaron a ese punto, dónde no había vuelta atrás.Caminó en silencio, siguiéndola como una sombra cuidando su espalda, hasta que la vio adentrarse en lo que seguramente era su hogar. No sin antes ver a una impotente figura esperando en la puerta, que enseguida reconoció.

Sabía quién era.

Y eso lo dejaba aún más con más incertidumbre. Curiosidad de querer conocerla.Al regresar al palacio, entre las sábanas de su cama, no pudo quitar su rostro de su mente.¿Qué tenía esa mujer que no dejaba de pensar en ella? ¿Qué tenía que el resto de las mujeres no portaban?Fue solo un instante. Un efímero segundo que todo se vino cuesta abajo, y ahora estaba perdido en sus pensamientos, desconocido de sí mismo y el revoltijo en el estómago que no lo dejaba dormir.

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